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Un paseo por Buenos Aires

Es nuestra ciudad, pero espera que la descubramos. Tango, cafés y manzanas parejas son la imagen de una ciudad que quiso crecer a semejanza de las capitales europeas, pero es irremediablemente... porteña.

Por Graciela Cutuli

Como en una caja de sorpresas, dentro de Buenos Aires se ocultan otras ciudades. Son las que le sirvieron de inspiración en distintos momentos de su historia, cuando quiso dejar de ser aldea para convertirse en capital, o que simplemente se le fueron filtrando de la mano de su gente, venida con sus proyectos de casa a cuestas. Entre esas muchas ciudades se distinguen básicamente dos: la popular, la de los barrios del sur, y la aristocrática, la de los barrios del norte todavía marcados por avenidas de mansiones de probado linaje, los elegantes parques, los museos donde atesorar el arte. La Buenos Aires del sur tiene el alma que hace de la ciudad lo que realmente es, que la distingue de otras capitales del mundo y le da una identidad que es su más valioso patrimonio.
Cada una de esas partes tuvo y tiene sus propios sueños, una arquitectura diversa, espacios crecidos en función de la recreación o del trabajo, parques, plazas, estaciones y edificios que sólo a veces resignan sus diferencias para reconocerse en un único espejo porteño, aquel Buenos Aires borgeano de “las casas, cuadriculadas en manzanas, diferentes e iguales, como si fueran todas ellas monótonos recuerdos repetidos de una sola manzana”.

La mitad del sur
San Telmo, la Boca, Barracas, Montserrat y Constitución son la cara popular de Buenos Aires, la masa de españoles y criollos pobres, los negros luego misteriosamente borrados de nuestra historia; la parte de la ciudad adonde fueron a parar olas de inmigrantes europeos hasta 1930; la misma que desde de 1945 es el refugio de los migrantes del interior y de muchos empobrecidos habitantes de Bolivia y Paraguay.
Un paseo por estos barrios, dueños de una vida bohemia y de un color local que tal vez le falte a otros rincones de la Buenos Aires parisina, puede empezar en la Manzana de las Luces, donde se destacan el Colegio Nacional de Buenos Aires, levantado en el mismo predio en que existía el Real Colegio de San Carlos en tiempos de la Revolución de Mayo, y la iglesia de San Ignacio, la más antigua de la capital, en la esquina de Alsina y Bolívar. Una curiosa red de túneles, que pueden visitarse, conecta algunos de estos edificios: no se sabe muy bien con qué fines, pero se cree que eran utilizados por los jesuitas y más tarde por los contrabandistas que nunca faltaron en Buenos Aires.
Otra conocida iglesia porteña está cerca, la de Santo Domingo, en Belgrano y Defensa, en cuya torre izquierda todavía se distinguen los impactos de los proyectiles disparados durante las invasiones inglesas. Sin embargo, dicen los historiadores que hay más mito que certeza en esta historia: al parecer la torre original fue destruida por las balas de cañón, tras lo cual los religiosos del convento volvieron a levantarla y colgaron del muro exterior bochas de madera en lugar de los proyectiles de piedra originales. Como para decir que una bala de los herejes no podía destruir una torre católica...
La cercana Plaza de Mayo, con su Cabildo cortado y la Casa de Gobierno de fachada rosa furioso, tiene hoy poco que ver con la de 1810, cuando el río llegaba hasta Paseo Colón y las lavanderas venían cargadas de ropa a sus barrosas orillas. En una de las esquinas de la Plaza, donde hoy está el imponente Banco Nación, de cuya cúpula se dice que sólo la superan en peso la de San Pedro y el Capitolio, estaba en aquellas épocas el Hueco de las Animas, poético nombre de un simple terreno baldío que se creía habitado por las coloniales almas en pena. Con el tiempo, el sitio fue utilizado como subsuelo del primer Teatro Colón y como depósito de varias toneladas de hielo que permitieron, en 1856, que los porteños degustaran los primeros helados. Retomando el rumbo sur, la iglesia de San Pedro González Telmo, sobre Humberto I a media cuadra de la Plaza Dorrego, el corazón del barrio, mezcla la devoción por el dominico español Pedro González, patrono de los pescadores gallegos, con la de San Erasmo (Elmo para los napolitanos). Es toda una curiosidad ver las pequeñas celdas en los costados del altar, desde donde oían misa las mujeres viudas o las embarazadas, y que recuerdan en cierto modo a los recintos enrejados que al parecer también en el Teatro Colón servían para que las mujeres de duelo pudieran asistir a la ópera. Junto a la iglesia, el Museo Penitenciario funciona en lo que fue primero un convento y luego una cárcel: hoy guarda unas cuantas curiosidades, una más fúnebre que la otra, pero no deja de ser un punto interesante y poco conocido de la ciudad.
Enfrente está el lugar donde funcionó la primera facultad de Medicina, abierta a mediados del siglo pasado, y también la cercana casa tomada de Humberto I y Paseo Colón tiene su historia: fue la sede de la primera imprenta porteña. En cuanto a la propia plaza de San Telmo, cada domingo se convierte en una de las mecas turísticas por excelencia, gracias a sus bailarines de tango, los improvisados imitadores de Carlitos Gardel y la informalidad de sus bares y puestos con toda clase de antigüedades, o simples cosas viejas.
En San Telmo había, pese a todo, una curiosa mezcla de clases. Convivían los sectores populares, los inmigrantes que llegaban a razón de uno por minuto alrededor de 1910, y las clases altas que emprendieron la retirada a partir de 1871, cuando la epidemia de fiebre amarilla los hizo abandonar esta parte de la ciudad para correrse hacia el norte, en busca de aire más sano. Donde vivía una sola familia empezaron a convivir más de 30.

La ciudad popular
Esta parte de la ciudad tiene sus propios ecos literarios. En la avenida Garay había una casona donde Borges decía haber visto el Aleph, y en el Parque Lezama, que al parecer fue el sitio donde Pedro de Mendoza intentó la primera fundación de Buenos Aires, comienza el Sobre héroes y tumbas de Sabato. A un costado del parque vale la pena visitar la iglesia Ortodoxa Rusa, que el propio zar hizo construir para los rusos que emigraban a la Argentina (y que, por si se olvidaban de él, se hizo retratar en él junto a los iconos de los mártires).
Dejando atrás San Telmo para internarse en Barracas, el viejo barrio industrial, hoy lleno de cáscaras vacías y abandonadas. Es difícil que un turista llegue a conocer esta parte de Buenos Aires, que sin embargo fascina a más de uno con sus veredas levantadas por las inundaciones y con curiosidades como una casa sobre la calle San Antonio que conserva símbolos masones de la rama obrera de la organización; el famoso puente sobre el Riachuelo donde cayó un tranvía en los años 30; el mercado de pesca que funcionó hasta los años 70 y varios sitios vinculados al nacimiento del tango. Lo que hoy es moda en todo el mundo nació en los prostíbulos y burdeles de la zona, donde sobraban hombres llegados sin familia que le dieron a Buenos Aires un halo condenatorio: “la ciudad del pecado” era nuestra capital para Europa, a principios de este siglo, cuando el tango empezó a abrirse paso en París.
La siguiente parada es la Boca, una “república” que los genoveses (xeneixes en el dialecto ligur) hicieron su nueva patria y que le debe la pasión de la pelota a los marinos ingleses. Aquí nacieron Boca Juniors ytambién River Plate, que después se mudó al norte y se convirtió en el equipo de los amores de la clase media. Boca, por su parte, tenía originalmente rayas verticales blancas y negras en su camiseta, pero los perdió en un partido frente al barrio de Almagro, que también reclamaba esos colores. Obligados a buscarse un nuevo emblema, eligieron la bandera del primer barco que entró en el puerto: resultó ser un barco sueco.
El corazón del barrio es Caminito, en sus comienzos una vía de tren rescatada de la basura por Quinquela Martín y otros vecinos. Reflotado el pasaje, hicieron un paseo de los más pintorescos de la ciudad. Por los bares de la Boca pasaron Eugene O’Neill y Jack London, cuando se ganaban la vida como marineros; también anduvieron el mariscal Tito y Aristóteles Onassis. En 1882, como consecuencia de un conflicto laboral, la Boca fue lisa y llanamente declarada república por un grupo de genoveses, que se ocupó de comunicarlo al mismísimo rey de Italia. El intento terminó con la intervención del general Roca y la bandera genovesa arriada. Quinquela la refundaría años más tarde como institución cultural.

datos utiles
Salidas: El grupo Eternautas, formado por historiadores egresados de la UBA, organiza visitas guiadas los fines de semana, siempre con un enfoque histórico-cultural.
Caminata por el Centro Histórico. Domingo 2/4, 15.30 hs y jueves 20/4, 16 hs. Recorre Plaza de Mayo y los edificios más representativos de la city porteña. Los Guerrero. Sábado 8/4 y sábado 22/4, 9 hs: salida de día completo que sigue los pasos de la familia Guerrero, desde Montserrat hasta la iglesia de Santa Felicitas y el castillo de la estancia Villa Raquel. Buenos Aires al Sur. Sábado 22/4, 14.30 hs. Una recorrida por los barrios, incluyendo San Telmo y la Boca.