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CIUDAD DE CORRIENTES Aires coloniales

Aljibes y jardines interiores en el barrio de Camacuá.

Con el Paraná abrazando su casco céntrico y sus calles donde se respira la herencia colonial y se oye hablar guaraní, los atractivos de la ciudad de Corrientes invitan a conocerla aunque no sea tiempo de carnaval.

Texto: Francisco Olaso
Fotos: Ulrike Altekruse

Espejado y anchísimo en el codo, el Paraná deja ver su voluntad contra las puntas de terreno que desafían su dominio. Arriba, sobre la rambla, la costanera se engalana con las flores y las vainas de jacarandás y chivatos. Con la mañana han llegado los aerobistas, caminantes y ciclistas, algunos paseantes cuyo tiempo se mide en cebadas de mate o tereré. Vendedores que pasan en bicicleta ofreciendo chipá o tortas fritas. Los pescadores sueñan atrapar alguna boga, de lo mejorcito que hoy por hoy sale desde la costa. Algunos reniegan de los mayoneros, que acaparan los peces gordos. El mayón es la red que usa el pescador ribereño. Uno de estos hombres de río guía ahora su bote a motor junto al murallón, con la red arrollada en la proa. Se dirige a Puerto Italia, donde venderá el fruto del Paraná por tonelada, a precio irrisorio. Esta gran curva del río es, a la vez, pulmón y paseo. Aquí creció la ciudad. Frente a las siete puntas de terreno que, al arremolinar el cauce, le dieron al paraje su primer nombre castellano: las Siete Corrientes.

Guaraníes y españoles
Corría 1588 cuando Juan Torres de Vera y Aragón fundó el primer asentamiento español. Pero ya en 1527 Sebastián Caboto había indicado que esta curva era una zona alta. Y los propios guaraníes certificaban con su presencia lo propicio del lugar. “Acá había un grupo de aborígenes muy grande. En la zona de barranca de la misma ciudad de Corrientes se han encontrado muchos trozos de cerámica guaraní”, dice el licenciado José Miceli, director del Gabinete de Investigaciones Antropológicas de la provincia. “Este era un territorio muy rico, con grandes lagunas. En la Laguna Seca -.donde hoy hay un pobladísmo barrio– había comida y agua dulce para todo el año. Al parecer había luchas intertribales por la posesión del territorio.”
Miceli explica que los españoles llegan cuando los guaraníes se estaban expandiendo. Entre 1610 y 1620 hubo un fuerte, que a punta de espada y flecha se corrió hacia lo que hoy es la plaza 25 de Mayo. Hasta 1650 hay un vacío en la historia, de lo que se deduce que el fuerte fue atacado muchas veces y que los españoles no se podían consolidar. Españoles, guaraníes y guaycurúes chaqueños pelearon entre sí toda esa época. Con los primeros conquistadores llegan los franciscanos, quienes inventan el sistema reduccional que luego perfeccionarían los jesuitas. “Las reducciones indigenizaron a los aborígenes, les cambiaron su cultura, muchos no volvieron a la selva”, dice Miceli. Desde entonces el cóctel genético mestizó lo guaraní con lo español, absorbiendo a las pocas colonias de inmigrantes extranjeros. La identidad nativa se asienta en bases religiosas, mitos, un lenguaje común. Más de la mitad de los 800.000 habitantes de la provincia hablan guaraní.


El encanto de las coloniales casonas correntinas.

El barrio Cambacuá
El pasado colonial asoma en las calles céntricas. En cada cuadra hay varias casas con ventanas enrejadas y zaguán con mayólica española, que desemboca en un patio con aljibe. Pero para ver las más antiguas hay que correrse hasta el barrio Cambacuá. “Antes era todo zanja acá, esto era la cueva de los negros, era muy renombrado. Yo era pibe, habré tenido nueve años, y acá era todo a remo y a vela. Los negros tenían los botes, traían mandarina, banana, naranja, mandioca, zapallo, leña y carbón de la isla, que acá se descargaba en carros y en Ford T a manivela”, cuenta Ramón Baro, empleado municipal, frente al mural de San Baltazar erigido en pleno parque Cambacuá. Es que el barrio tuvo su origen en los esclavos africanos, comprados vía Buenos Aires, después que las reducciones les quitaran a los encomenderos la mano de obra aborigen. Aunque hoy en Corrientes casi no se ven mulatos, la cultura negra dejó su huella. “Nací y me crié en la boca del Cambacuá. El santo patrono del barrio es San Baltazar, que se festeja el 6 de enero”, dice Toto Aranda en la oficina de Turismo provincial. “Cuando yo era chico, una vecina llamada doña María recorría con el santito esas seis casas tradicionales del barrio. Se rezaba, venía gente de la manzana, y a todas se les servía uncóctel, café, chocolate. El rezo es puramente de la Iglesia Católica, pidiendo la bendición para la casa y la gente..
San Baltazar no es el único culto religioso que late todavía en los barrios tradicionales. “San La Muerte es un santo de culto muy antiguo, con origen en la España medieval. Por eso no sólo existe en Corrientes, sino también en México”, dice Miceli. “Esa misma creencia que traía el español ya estaba presente en la concepción aborigen: ellos veían nacer y morir el universo natural. Es un rito muy complejo, con bailes, imágenes, velas; está vinculado con el acto del payé. Hay un aspecto de lo guaraní y otro de la magia negra.”
Aunque muchas casas en el barrio fueron demolidas, y hoy crecen alrededor los edificios, todavía se mantiene en pie un puñado que data de 1860. “En la Guerra de la Triple Alianza esta casa fue un fortín. Desde el mirador arriba se dominaba toda la vuelta que pega el río”, dice Sandra Cabrera, en el patio interior de la histórica esquina de Pellegrini y Entre Ríos. Y cuenta que durante la guerra, las familias acomodadas enterraban sus riquezas en cofres, ante el temor, luego concretado, de que Paraguay tomara la ciudad. A esos tesoros ocultos se los llamó entierros. Unos pocos, con libras esterlinas de oro en su interior, fueron descubiertos décadas más tarde. Para que la historia gane en interés, convirtiéndose en leyenda, a muchos se les perdió el rastro.

Mural de San Baltazar en pleno parque Cambacuá.
En la Costanera, bicicletas frente al Paraná.

Murales a la hora de la siesta
Si usted tiene una duda existencial, o tan sólo una duda acerca de la ubicación de algún punto de interés en la ciudad, intente que no sea a la hora de la siesta. Entonces Corrientes duerme. Y en su sueño no hay turistas inoportunos ni visitas a deshora. Si no aprieta el sol, los murales de la ciudad pueden ser un buen programa. El más interesante se halla emplazado en la medianera del Convento San Francisco, cuya raíz se remonta a 1607. En un estilo que le debe bastante a los muralistas mexicanos y a Ricardo Carpani, el Mural Grande recorre el hilo que va del guaraní al conquistador y el franciscano, buscando el presente mestizo de la ciudad. Para visitar el antiguo convento hay que tocar timbre de mañana o al caer la tarde. En la misma manzana está la iglesia de San Francisco, una de las más importantes, junto con la de la Cruz de los Milagros. Tanto más que sus iglesias, en Corrientes llama la atención la religiosidad de la gente. Surge espontánea en las expresiones cotidianas de las personas con que uno habla. “La gran religiosidad del correntino no viene solamente de los españoles, sino de los mismos guaraníes, que son un pueblo muy religioso”, dice Miceli.
La noche tiene nombres porteños. El epicentro joven es la Recoleta, la esquina de Junín Peatonal y Buenos Aires, dominada por varios pubs y algunas discos. Pero donde nadie falta es en los carritos de la costanera. Sobre la vereda del paseo costero se forma una interminable terraza de cerveza. Familias enteras pasean en la brisa ribereña. El tránsito hormiga hace difícil cruzar la rambla. Contra la baranda, los pescadores son casi tantos como a la mañana. Pero se les han agregado grupitos de adolescentes y muchas parejas. El puente se ilumina como un barco. La luna espeja el río. En el agua titilan otras luces mínimas, las de los mayoneros, que insisten en pedirle frutos al insomnio del Paraná.

Los Antiguos Correntinos
Mucha de la historia correntina está por desenterrarse. Se están encontrando restos líticos de la cultura Humaitá, a los cuales se les calculan 12.000 años. La última en llegar, hace entre 1.200 y 1.500 años, es la cultura tupí-guaraní, especie de federación intertribal, mucho más desarrollada. “Lograron adaptarse biológica y culturalmente, conocer el sistema natural que los proveía de recursos vegetales y animalesnecesarios para subsistir”, explica José Miceli. “Y ahí es donde el mito funciona muy bien. Explica cuando nacieron, cómo se tienen que vincular con el sistema natural, cuándo y cómo cazar y pescar. El monte le habla al hombre a través de sus colores, o si no le tapa a través de la neblina. El ciclo anual tiene que ver con la transformación, y los personajes mitomágicos permiten explicar esos procesos. El aumento de la depredación del sistema natural es porque se atacó el mito, y ya no hay un sistema que regule la relación del individuo con el medio.”