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MEXICO
En el estado de Michoacan

La joya del lago Pátzcuaro

Rosa colonial en la fachada del Santuario de Guadalupe.

Poco conocida por los turistas argentinos, la región centro oeste de México ofrece su ancestral cultura y sus privilegiados paisajes. Un viaje a la tierra de los purépechas, la comunidad indígena de Michoacán. Plazas, iglesias y callejuelas de Pátzcuaro, la ciudad colonial junto al lago donde la riqueza de la artesanía michoacana deslumbra a cada paso.

Texto y fotos: Florencia Podestá

El sol se pone sobre los techos de teja y adobe de Pátzcuaro, la joya colonial entre los pueblos que rodean al lago Pátzcuaro. Calles ajetreadas, casas bajas, plazas pequeñas y armoniosas revelan su encanto poco a poco, sin estridencias, pero con paso seguro hacia el interior de nuestro corazón. Como sucede con los sarapes michoacanos, especie de chal que usan aquí las mujeres, la belleza de esta ciudad no golpea con colores llamativos sino que se aprecia al tacto, en la densidad del tejido, en el misterio de los tonos oscuros.

“Isla” purépecha El estado de Michoacán, en el centro oeste de México, es un lugar todavía por descubrir para los viajeros argentinos. Como introducción basta decir que es uno de los estados mexicanos con mayor diversidad de paisajes –selva, mar, lagos y montaña cubierta de bosque–, y mayor riqueza en tradiciones culturales indígenas vivas, comparable tal vez a Oaxaca o a Chiapas. La cultura de los purépechas reinaba en esta zona cuando llegaron los conquistadores españoles, y Pátzcuaro era la capital. Esta cultura, también llamada tarasca, es de origen incierto, y -lo más interesante– su lengua no tiene ninguna conexión con las otras lenguas mesoamericanas; es como una isla lingüística inexplicable, y para aumentar el enigma, muchos antropólogos lingüistas sostienen que existen conexiones con la lengua quechua, hablada por los indígenas peruanos. No obstante, para el lego y el intuitivo lo que queda a la vista es que esta gente tenía por lo menos un gran sentido musical para las palabras, cosa que puede apreciarse en los rítmicos, armónicos, cómicos y a veces impronunciables nombres de los pueblos michoacanos: Tzentzénguaro, Purenchécuaro, Erongarícuaro, Cucuchucho, Tzintzuntzan, Huiranahuipiro, Tangamandapio y el matador Parangaricutirimícuaro, por ejemplo.
Caminamos por una calle empedrada cuesta arriba hacia el mirador, una escalera de piedra sobre los techos: a esta hora el sol tiñe todo lo que es rojo con un ultrarrojo que vibra en el extremo del espectro, se transforma en otra cosa, en el camino hacia la noche. A lo lejos las sierras y a nuestros pies las casas blancas con techo de teja y las callecitas adoquinadas nos harían pensar en un pueblo blanco del sur de España (ver págs. 2 y 3) aunque aquí el paisaje humano es bien diferente: familias indígenas van y vienen con bolsas y canastas llenas de vaya a saber qué producto que traen del mercado, las mujeres con sus ruanas y saltillos (tipos de ponchos) y los hombres con el sombrero “tejano”, prenda masculina infaltable desde México central hacia el norte.
Sobre el verde de los árboles sobresalen los arcos y el campanario del Templo del Sagrario, construido en el siglo XVII, de estilo barroco sencillo. Ya comienza a hacer frío; casi olvidamos que estamos a 2200 m. de altura.

La luz del atardecer sobre los techos del Convento de las monjas Catalinas y el templo del Sagrario.

La Utopía michoacana Junto a nosotros viene a sentarse Leonardo, un adolescente a quien también le gusta ver atardecer sobre Pátzcuaro. Orgulloso de su lugar de nacimiento, nos cuenta un poco de la interesantísima y singular historia de esta zona de Michoacán, que sorprende con un hecho único en México y tal vez en el mundo: en este lugar se llevó a la realidad la organización social y económica ideada por Tomás Moro en su Utopía. Sin embargo, como todas los cuentos de la América conquistada, la historia tiene un comienzo trágico. Luego de haber sido recibidos amistosamente por los purépechas, los españoles llegaron en 1529 bajo el conquistador Nuño de Guzmán, de crueldad legendaria. Su inhumanidad hacia los indígenas era tan notoria que la iglesia y el gobierno español enviaron a Vasco de Quiroga, un respetado obispo y juez, para tratar de reparar el tendal que había dejado Nuño. Hombre de ideas progresistas, inmediatamente cayó en gracia de los indios, a esta altura bastante desconfiados. Su proyecto fue nada menos que organizar a los indígenas en cooperativas basadas en las ideas humanistas de la Utopía de Moro. Para asegurar que los purépechas no dependieran de losterratenientes españoles promovió la educación igualitaria y una agricultura autosuficiente. Su legado clave fue haber ayudado a cada pueblo a desarrollar un oficio especializado, un arte o artesanía de alta calidad que lo distinguiera y le permitiera comerciar. Las comunidades utópicas decayeron después de la muerte de Quiroga, pero hasta el día de hoy continúa la tradición de artesanato y trabajo cooperativo que él impulsó: juguetes de madera, trabajos en cobre martillado, muebles y cajas de madera laqueada, alfarería, instrumentos musicales de cuerdas, tejidos de lana, cuero, etc., se concentran en los mercados de Pátzcuaro. No sorprende que mucha gente venga aquí especialmente a comprar artesanía: existe todo lo que uno pueda imaginarse, hecho a mano y bellísimo, para amueblar una casa; desde alfombras tejidas, todo tipo de muebles en madera, cobre, cerámica pintada. Pátzcuaro se especializa en orfebrería en plata, en trabajos en madera y en las llamadas “lacas”, piezas de madera decoradas con una técnica de esmalte y pincel finísimo, un trabajo preciosista que linda casi con la joyería.
Viendo nuestro interés, Leonardo decide llevarnos a ver un par de lugares y a hacer de guía informal. No muy lejos –nada es muy lejos en Pátzcuaro– encontramos la Basílica de Nuestra Señora de la Salud, sobre una colina que domina la ciudad. Imaginada por Vasco de Quiroga como una estructura colosal de cinco naves dispuestas como los dedos de una mano (símbolo de las cinco culturas michoacanas alrededor de la palma-iglesia), nunca fue completada, aunque sigue siendo imponente. Detrás de un cristal está la supuestamente milagrosa y potencialmente comestible estatua de la Virgen de la Salud. En 1546 el Tata Vascu –como lo llamaban cariñosamente los tarascos– pidió a los artesanos indígenas que le diseñaran una estatua de la Virgen; ellos cumplieron el pedido haciéndola de tatzingue, una mezcla de hoja de maíz, pasta de caña y miel de orquídeas (para dar pringosidad), que tiene la dureza de la piedra, la apariencia de la porcelana y el peso del papel. Según nos cuenta Leonardo –y habrá que creerle ya que es un estudiante de artes populares–, el tatzingue nació del sentido de practicidad de los purépechas: durante las guerras de conquista, los tarascos iban a la batalla contra los españoles cargando un altar con el dios labrado en piedra. Pero luego, cuando debían huir, tenían que dejar tirado al dios, ya que pesaba demasiado para una carrera veloz. Para evitar cometer un sacrilegio en cada enfrentamiento, a un cacique se le ocurrió esta mezcla. Los dioses hechos de este material livianísimo podían ser cargados sin problemas en la retirada. El invento fue retomado por Vasco para crear las imágenes del cristianismo (aunque dentro de ellas los indios siempre escondían pergaminos con imágenes de sus propios dioses, dice Leonardo).

Farolitos chinos Por la noche la ciudad cambia de ritmo. La gente ya no compra y vende, la gente pasea. Las plazas están iluminadas con farolitos chinos de colores, hechos en papel delicado, que parecen flotar como luciérnagas gigantes. La gente se sienta en los bancos y realiza una de las actividades preferidas por los mexicanos: comer en la calle. Lo que sea: helados –los de Michoacán tienen la reputación justificada de ser los mejores del país–, elotes (choclos con chile y limón), corundas (tamales rellenos de carne de cerdo, frijoles y crema), enchiladas morelianas (tortillas de maíz rellenas de pollo en salsa de chile con verduras en vinagre), frutas secas, jugos, “tostadas” y tacos.
Las plazas de Pátzcuaro, dicen, son de las más bellas de México. La plaza Vasco de Quiroga es un jardín rodeado de mansiones coloniales del siglo XVII, hoy hoteles, restaurantes y edificios públicos que albergan bajo los interminables arcos de sus portales algunos puestos de artesanos michoacanos y de otros orígenes: argentinos, chilenos, españoles, por ejemplo. La otra plaza, llamada Gertrudis Bocanegra en honor a la heroína local, quien en 1817 fue fusilada en ese lugar por una escuadra española por apoyar la independencia mexicana, es menos elegante y más movida: allídesemboca el flujo de gente que sale del mercado y de algunas escuelas, y también es punto de llegada del transporte público. Aquí se encuentra el bello edificio de lo que fue el antiguo templo y convento de San Agustín, fundado en 1576. Su fachada barroca y austera alberga hoy a la Biblioteca Pública Gertrudis Bocanegra: es impresionante entrar y tener esa percepción doble de un espacio que claramente es la nave central de una iglesia de cúpula altísima, pero que hoy está cruzado de filas de mesas de lectura; en el fondo, en lo que era el ábside de la iglesia, una enorme pintura de colores fulgurantes ocupa todo el muro, del suelo al techo; fue realizada por Juan O’Gorman en 1942 y representa la historia de Michoacán desde tiempos prehispánicos hasta la Revolución de 1910, incluyendo algunos pasajes escritos de Utopía. Junto a la Biblioteca, lo que era el convento es hoy el Teatro Emperador Caltzontzin; esta laicisación de la arquitectura religiosa no queda impune: una profesía dice que en un Jueves Santo el teatro se derrumbará como castigo por el pecado de proyectar películas en un espacio consagrado.

En la plaza San Francisco, artesanías en el mercado de los martes.

DATOS UTILES

Cómo llegar: Pátzcuaro está a unas 5 horas en colectivo desde ciudad de México (30 U$S). Sin embargo, la forma más interesante de llegar es en tren; el viaje será más cómodo y más barato, aunque más largo.

Alojamiento: dormir en Pátzcuaro es siempre económico, aun en los mejores hoteles. Un lugar cómodo y agradable en zona céntrica, sin baño, vale alrededor de 10 U$S (Posada de la Salud, Posada de la Concordia, Posada de la Rosa); habitaciones con baño privado y chimenea, en mansiones coloniales con mobiliario original y TV satelital pueden valer entre 20 y 50 U$S (Hotel Los Escudos, Mansión Iturbe, Hotel Misión San Manuel, Hotel Mesón del Gallo, Posada de la Basílica).