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Planetas

Cosmovisión japonesa: Yosei Gorasu (1962).

Por Rodrigo Fresán

La ciencia-ficción está llena de grandes planetas que de un modo u otro parecen imitar ciertas obras de Shakespeare donde abundan las intrigas, los amores prohibidos, la sed de venganza y el hambre de gloria. Así, el Dune de Herbert, el Hyperion de Simmons, el Heliconia de Aldiss y, por supuesto, la conjunción cósmica de cuerpos celestes que se encuentra en las cinco novelas de la laureada escritora feminista Doris Lessing escritas bajo el título común de Canopus en Argos: Archivos. En este sistema canopiabo, el planeta Shikasta ocupa el sitio equivalente a nuestra Tierra. Es decir: un sitio complicado.
Lessing empezó a escribir su vasta saga pensando que se tratará de un volumen único teniendo como punto de partida a El Viejo Testamento y otros textos religiosos inmemoriales: “En las literaturas sagradas de todas las razas y países hay mucho en común. Hasta se diría que son el producto de un único entendimiento. Me temo que cometemos un error cuando las desechamos como fósiles exóticos de un tiempo periclitado”. Tiene razón y no es casual que todas las fuentes de las más diversas creencias apuntan, por las dudas, la existencia de otros planetas –o planos de existencia– de donde vienen Ellos y a donde nos gustaría ir a Nosotros. La carrera espacial –superado su veloz inicio– ha probado, sin embargo, convertirse en espectáculo lento. No hemos colonizado la Luna (contrario a todos los pronósticos), Marte cada vez resulta menos atractivo (James Cameron parece ser el único que se la pasa hablando del Planeta Rojo que será el escenario de una próxima miniserie) y la NASA parece más preocupada ahora en las estaciones espaciales: el equivalente cósmico a un pisito de soltero o algo así.
La idea original –buscar inteligencias extraterrestres en mundos habitados– parece ir virando a vamos a necesitar algo vacío y con buena luz y amplio. Aquí hay cada vez menos espacio y se habla que los próximos años aumentarán nuestra edad promedio a la de 120 años. Va faltar espacio: la población mundial aumentará en 77 millones por año. La gran apuesta a nivel inmobiliario parecer ser Europa –una de las lunas de Júpiter– con condiciones latentes que, bien manipuladas, podrían permitir imaginar, por lo menos, la idea de una Tierra II. ¡Otro planeta perfecto para arruinar lo más rápido y eficientemente posible, amiguitos!

 


 

Shikasta

Forbidden Planet (1956), clásico del género inspirado por La tempestad de William Shakespeare. El papel de Ariel es interpretado con dedicación metálica por, uh, el popular robot Robby.

Historia de Shikasta, VOL. 3012,
El Siglo de la Destrucción
EXTRACTO DEL CAPITULO
SINOPTICO

Por Doris Lessing

Durante los dos siglos anteriores, las estrechas franjas de tierra situadas en el noroeste del principal continente de Shikasta alcanzaron una superioridad técnica sobre el resto del globo que les permitió conquistar materialmente o dominar por otros medios numerosas culturas y civilizaciones. Los pueblos de esta zona se caracterizaban por una peculiar insensibilidad a los méritos de las demás culturas, una insensibilidad sin precedentes en la historia anterior, y producto de una desafortunada conjunción de circunstancias. 1) Los pueblos que habitaban en esos territorios acababan de emerger de la barbarie. 2) Aunque las clases altas vivían en la opulencia, jamás habían sentido la menor responsabilidad por la suerte de las clases inferiores; de modo que, si bien la región era un conjunto infinitamente más rica que casi todo el resto del globo, abundaban en ella los contrastes entre extremos de riqueza y pobreza. Señalemos la excepción de un breve período entre las Fases II y III de la Guerra del siglo XX. (Véase vol. 3009, Economía de la Abundancia.) 3) La religión local era materialista. Esto se atribuía también a una desafortunada conjunción de circunstancias: una era de naturaleza geográfica; otra el hecho de que a lo largo de casi toda su historia la religión había sido un instrumento de las clases acomodadas; y una tercera, que se hubieran alejado, aun más que otras religiones, de las enseñanzas de su fundador. (Véanse vols. 998 y 2041, Las Religiones, Instrumentos de las Castas Dominantes.) Por estas causas, entre otras, poco o nada hacían los creyentes por mitigar la crueldad, la ignorancia y la estupidez de los habitantes de la región. Por el contrario, a menudo eran ellos los más culpables. Así, durante por lo menos dos siglos, un rasgo destacado de la escena shikastiana fue el hecho de que una casta arrogante y ególatra, una minoría dentro de la minoritaria raza blanca, dominase casi todo el planeta, y mandase sobre una multitud de razas, culturas y religiones diversas, superiores por lo general a las de los opresores. Esa minoría blanca de las franjas del noroeste no era menos aficionada a los saqueos y el pillaje que la mayoría de los conquistadores de la historia, pero tenía como ninguno la capacidad de convencerse de que lo que hacían era “por el bien” de los países conquistados: y de esto el principal responsable era la mencionada religión.
La Primera Guerra Mundial –para emplear la terminología shikastiana (o sea la Primera Fase Aguda de la guerra del siglo XX)– comenzó como un conflicto entre los pueblos del noroeste por el reparto del botín colonial. Se caracterizó por una ferocidad sin precedentes aun entre los bárbaros más atrasados. Y asimismo por la estupidez: a nosotros, espectadores, el derroche de vidas humanas y de recursos naturales nos parecía sencillamente inverosímil, aun dentro de las costumbres shikastianas. Y por último, por la incapacidad total de las masas para comprender lo que estaba ocurriendo: por primera vez se ensayó la propaganda a gran escala, utilizando métodos de adoctrinamiento basados en las nuevas tecnologías, y dio resultado. Lo que se decía a los infelices que iban a sacrificar en esa guerra vidas y bienes –o, en el mejor de los casos, la salud– no tenía la menor relación con la realidad de los hechos; y si bien es cierto que toda colectividad o cultura en guerra piensa siempre que actúa de acuerdo con sus propios intereses, jamás en la historia de Shikasta, ni de ningún otro planeta –excepto los del grupo Puttiora–, se ha utilizado el engaño en esa escala.
La guerra duró casi cinco años shikastianos. Concluyó con una epidemia en la que hubo seis veces más muertos que en los campos de batalla. En esta guerra se sacrificó, sobre todo en las franjas del noroeste, a toda una generación de los mejores hombres jóvenes. En cambio –potencialmente la consecuencia más catastrófica– fortaleció la posición de las industrias de guerra (mecánica, química y psicológica) hasta el punto de que desde entonces hubo que reconocer que esas industrias dominaban la economía y, por ende, los gobiernos de las naciones beligerantes. Por encima de todo, la guerra rebajó todavía más el nivel de una moralidad ya corrompida en lo que se llamaba entonces “el mundo civilizado”, es decir, los territorios del noroeste.
Esta guerra, o esta fase de la Guerra del siglo XX, preparó el terreno para la próxima. En muchos sitios, exacerbados por los sufrimientos de la guerra, estallaron revoluciones, entre otras en un vastísimo territorio que se extendía a lo largo de miles de miles de millas, desde la franja noroccidental hasta el mar oriental. En ese mismo período aparece una nueva forma de juzgar a los gobiernos, que se consideran “buenos” o “malos”, no por cómo actúan, sino por una etiqueta, un nombre. La razón principal fue la decadencia causada por la guerra: nadie puede pasar años y años sometido a una propaganda falaz y mentirosa sin que se le deterioren las facultades mentales. (Lo que ha sido corroborado por todos nuestros enviados a Shikasta.)
La capacidad intelectual de los shikastianos, que por razones ajenas a ellos mismos nunca había sido muy notable, degeneraba rápidamente, mal empleada.
El período comprendido entre el fin de la primera guerra mundial y el comienzo de la Segunda Fase conoció numerosas guerras pequeñas, algunas sin otro objetivo que probar las armas que muy pronto serían empleadas en la destrucción de pueblos enteros. A causa de los sufrimientos y penalidades impuestas por los vencedores a una de las naciones derrotadas en la primera guerra mundial, surgió una Dictadura, como era previsible. El Continente Septentrional Aislado, conquistado en una época todavía cercana por emigrantes de las franjas del noroeste, y con la abominable brutalidad habitual, estaba en vías de convertirse en una gran potencia, en tanto que las naciones de las franjas del noroeste, debilitadas por la guerra, marchaban a la zaga. La frenética explotación de los territorios colonizados, en particular el Continente Meridional I, se intensificó con el fin de reparar los daños ocasionados por la guerra. Y como consecuencia, las poblaciones nativas, atrozmente explotadas y oprimidas, organizaron movimientos de resistencia de toda clase.
Dos grandes dictaduras se impusieron implacablemente. Las dos predicaban el exterminio y la opresión de todas las sectas que tuvieran opiniones, religiones y culturas diferentes. Las dos utilizaban la tortura en gran escala. Las dos tenían seguidores en todas partes del mundo, y cada una de ellas veía en la otra un enemigo de ideas antagónicas, perverso y despreciable, aunque las dos actuaban de la misma manera.
El intervalo entre el fin de la primera guerra mundial y el comienzo de la segunda fue de veinte años.
Hemos de subrayar aquí que la mayor parte de los habitantes de Shikasta ignoraban que vivían en una época que más tarde sería considerada una guerra de cien años, el siglo en que asistiríamos a una destrucción casi total del planeta. Hacemos hincapié en este punto porque es casi imposible para individuos sanos y cuerdos –los que hemos tenido la suerte (y no hemos de olvidar jamás que hemos tenido esa suerte) de vivir protegidos por la bienhechora sustancia de la unanimidad en el sentir–, es casi imposible, repito, comprender las lucubraciones de los shikastianos. Mientras tecnologías nefastas destruían las civilizaciones del mundo, de uno a otro confín, mientras se desencadenaban guerras por doquier, y se exterminaba deliberadamente a poblaciones enteras, para beneficio de las castas dirigentes; mientras las riquezas de todas las naciones se destinaban casi por completo a la guerra, a preparativos de guerra, a investigaciones sobre la guerra; mientras la decencia y la honestidad desaparecían a ojos vista e imperaba la corrupción, en esa atmósfera, viviendo en una pesadilla de aniquilación total, ¿era verdaderamente posible –cabe preguntarse– que aquellas infelices criaturas creyesen que “en conjunto” todo iba bien?
Respondo: sí. Sobre todo, por supuesto, para quienes ya poseían riquezas o bienestar: una minoría; pero aun para los millones, los miles de millones cada vez más numerosos... también para ellos era posible vivir día a día, entre una y otra comida escasa, entre un instante de calor y el siguiente.
Los que sentían el deseo de “hacer algo”, de buscar un remedio, no podían escapar a las redes de una de aquellas ideologías, todas iguales en los hechos, aunque se presentaran a sí mismas como muy diferentes. Estos, los “activistas”, corrían de un lado a otro, como mi infortunado amigo Taufiq, pronunciando discursos, perorando, atareados en preparativos interminables, en reuniones donde unos pocos individuos sentados alrededor de una mesa intercambiaban noticias y emitían declaraciones de buena voluntad, siempre en nombre de las masas, de las poblaciones desesperadas, enloquecidas de terror, que sabían que todo andaba mal pero creían que, de algún modo, en algún momento, las cosas se arreglarían.
No es exagerado decir que en un país devastado por la guerra, convertido en ruinas, emponzoñado, en un paisaje ennegrecido y carbonizado, bajo un cielo cargado de humo, el shikastiano era capaz de construirse un albergue con ladrillos rotos y trozos de metal, guisarse una rata y beber el agua de una charca, que claro está sabía a petróleo, y pensar luego: “Bueno, al fin y al cabo, las cosas no andan tan mal...”.
La segunda guerra mundial duró cinco años y fue incomparablemente más sanguinaria, en todos los sentidos. Todos los elementos de la primera se repitieron, multiplicados. El despilfarro de vidas humanas se extendió esta vez al exterminio en masa de la población civil. Las ciudades fueron reducidas a escombros. Se arrasaron enormes extensiones de tierras cultivadas. De nuevo crecieron las fábricas de armas, consolidándose como el auténtico poder en todas las zonas del planeta. Pero los daños más graves fueron los infligidos al espíritu mismo de las gentes. En todas partes, la propaganda de los distintos grupos fue inescrupulosa, virulenta y falaz, y a la larga contraproducente, porque con el tiempo ya nadie podía creer la verdad, ni aun cuando la tenía delante de los ojos. Las Dictaduras, la mentira y la propaganda eran el gobierno. En los territorios colonizados, el imperialismo se perpetuaba por medio de la mentira y la propaganda –mucho más eficaces, más contundentes que la fuerza física–, y la venganza de los oprimidos, cuando les llegó la hora, también recurrió a las mentiras y la propaganda, como habían aprendido de los opresores. Esta guerra abarcó y afectó al mundo entero; la primera guerra, o primera fase de la guerra, sólo había afectado a una parte del globo: al concluir la segunda, no quedaba en Shikasta un rincón que no hubiese sido invadido por la mentira, la impostura y la propaganda.
Esta guerra conoció, además, el empleo de armas capaces de provocar la destrucción total del planeta, mientras los dirigentes coreaban, huelga decirlo, palabras como democracia, libertad y progreso económico.
La degeneración de las criaturas ya degeneradas no hizo más que acelerarse.
Al final de la segunda guerra, una de las grandes Dictaduras –en la región que había tenido la peor derrota en la primera guerra– fue aplastada. La Dictadura que ocupaba una gran parte de las tierras centrales quedó tan debilitada que estuvo casi a punto de desaparecer, pero sobrevivió, y poco a poco, se recuperó, trabajosamente. Otra vasta región de las tierras centrales, al este de esa Dictadura, puso término a medio siglo de conflictos internos, guerras civiles y sufrimientos, y a más de un siglo de explotación y de invasiones por parte de las naciones de las franjas del noroeste, constituyéndose en Dictadura. El Continente Septentrional Aislado, fortalecido por la guerra, era ahora la mayor potencia mundial. Las franjas del nororeste habían quedado, en general, muy debilitadas. Obligadas a renunciar a sus colonias, empobrecidas y brutalizadas –pese a ser, formalmente, las vencedoras–, ya no eran potencias mundiales. Al retirarse de las colonias dejaron atrás la tecnología (es decir, una concepción de la sociedad que se basaba exclusivamente en el bienestar, las satisfacciones materiales y la acumulación de bienes) en manos de pueblos que hasta encontrarse con los devastadores de las franjas del noroeste habían vivido infinitamente más en armonía con Canopus que cualquiera de los invasores, en cualquier tiempo o lugar.
Este período puede denominarse –según algunos de nuestros historiadores– La Era de la Ideología. (Sobre este particular, véase vol. 3011, capítulo sinóptico.)
Los grupos políticos estaban todos atrincherados en las ideologías que defendían encarnizadamente.
Las diferentes religiones sobrevivían, divididas y subdivididas hasta el infinito, atrincherada cada cual en su propia ideología.
La ciencia era la ideología más reciente. La guerra le había dado un impulso extraordinario. Los planteamientos de la ciencia, flexibles al principio, se habían endurecido, como era inevitable en Shikasta, y los científicos en general –excluimos los casos individuales, en esta esfera como en todas las otras– eran tan impermeables a la experiencia real como lo fueran los teólogos. Los principios fundamentales, los prejuicios de la ciencia gobernaban el mundo entero. Así como antes los individuos que compartían nuestras aficiones y nuestro amor a la verdad –nuestros “ciudadanos”– habían tenido que vivir bajo el poder y la amenaza de religiones dispuestas a recurrir a cualquier brutalidad en defensa de los dogmas, quienes ahora tenían inclinaciones y necesidades distintas de las toleradas por la ciencia se veían obligados a llevar una vida prudente y discreta, cuidándose de no soliviantar los fanatismos de la clase científica dominante (al servicio de los gobiernos nacionales, y por ende de la guerra), una casta invisible, aliada incondicional de los hacedores de la guerra. No era fácil atacar a los fabricantes de armas, los ejércitos y los científicos que trabajaban con ellos, puesto que la versión oficial de cómo se manejaban los asuntos del planeta excluía esta realidad. Nunca, en ninguna parte, ha existido una casta dominante tan autocrática, tan omnipotente y tan temible: y sin embargo, los ciudadanos de Shikasta casi no se daban cuenta, repetían las consignas, esperaban a que llegara el holocausto. Ignoraron lo que hacían “sus” gobernantes hasta el mismísimo final. Las comunidades nacionales desarrollaban industrias, armas, monstruosidades de toda suerte, a escondidas del pueblo. Y si alguien descubría por azar esos arsenales, los gobiernos negaban que existieran. (Véase Historia de Shikasta, vols. 3013, 3014 y capítulo 9 de este volumen, “Utilización de la Luna como Base Militar”.) Había sondas espaciales, armas espaciales; se exploraban los planetas, se los explotaba; se discutía encarnizadamente, por la posesión de la luna, y todo esto a espaldas de la población.
Es necesario decir, ahora, cuánto mejores, cuánto más sanas de espíritu eran las masas de estas poblaciones, el individuo medio, que aquellas castas que las gobernaban. La mayoría de los ciudadanos se hubieran horrorizado con lo que hacían “sus” representantes. Puede afirmarse con certeza que si se hubieran enterado se habrían producido levantamientos en masa en todo el globo, matanzas de gobernantes, motines... Por desgracia, los pueblos desamparados, traicionados y engañados no disponen de otras armas que las (inútiles) de la algarada, el pillaje, la invectiva y el asesinato. Durante los años que siguieron a la conclusión de la segunda guerra mundial, hubo numerosas guerras “pequeñas”, algunas tan crueles y tan largas como las llamadas grandes guerras del pasado inmediato. Las necesidades de las industrias bélicas dictaminaban, tanto como la ideología, el carácter y la intensidad de dichas guerras. Durante este período tuvo lugar el salvaje exterminio de los pueblos hasta entonces autónomos, llamados “primitivos”, en particular en el Continente Meridional Aislado (también conocido como Continente Sur II). Durante este período, las grandes potencias se sirvieron de las sublevaciones coloniales para alcanzar sus propios fines. Durante este período, los métodos de guerra psicológica y de control de la población civil alcanzaron una difusión y una sutileza jamás imaginadas.
Ahora hemos de intentar aquí otra característica que puede parecer inexplicable para quienes piensan como nosotros.
Cada vez que concluía una guerra, o una fase de una guerra, con su inevitable secuela de barbarie, salvajismo y envilecimiento, se operaba en la casi totalidad de los shikastianos una especie de reajuste psicológico que les permitía “olvidar”. Lo cual no significaba que las guerras no fuesen ídolos y objetos de toda clase de cultos devotos. Los actos de heroísmo, las evasiones, las hazañas de orden local y limitadas, elevadas al rango de cuestiones de interés nacional, eran en el fondo formas de religión. Pero esto no sólo no los ayudaba, al contrario, les impedía darse cuenta de hasta qué punto había sido afectada y lesionada la estructura básica de la cultura. Después de cada guerra, había una nueva y notoria caída en el abismo de la barbarie, más al parecer los shikastianos no veían ninguna relación de causa a efecto.
Después de la segunda guerra mundial, tanto en las franjas del noroeste como en el Continente Septentrional Aislado, la corrupción y la degradación de la vida pública se hicieron evidentes. Las dos guerras “menores” emprendidas por el Continente Septentrional Aislado arrastraron a los órganos del estado, incluso los visibles y abiertos a la fiscalización popular, al escándalo público. Varias figuras prominentes fueron asesinadas. El soborno, el pillaje, el robo eran la norma, desde la cúspide hasta la base de la pirámide del poder. Se enseñaba a la gente a vivir para el progreso personal y la adquisición de bienes materiales. El consumo de alimentos, de bebidas, de cualquier producto posible, pasó a ser parte de la estructura económica de toda sociedad. (Vol. 3009, Economía de la Abundancia.) Y sin embargo, nadie veía en estos repulsivos síntomas de degradación una consecuencia directa de las guerras que arrasaban el planeta.
A lo largo del Siglo de la Destrucción hubo muchos cambios inopinados: pactos entre naciones que habían estado en guerra y que de pronto se volvían juntas contra los aliados de ayer; tratados secretos entre naciones en guerra; enemigos y aliados que cambiaban constantemente de bando, mostrando que el factor decisivo era la necesidad de la guerra como tal. Durante este período todas las grandes ciudades del hemisferio norte vivieron bajo el terror: desde satélites artificiales apostados en el cielo, desde naves submarinas que patrullaban sin cesar los océanos, desde bases terrestres situadas a veces en otro hemisferio, apuntaban a cada ciudad no menos de treinta ingenios destructivos, capaces cada uno de reducirlas a cenizas, junto con sus habitantes, en contados segundos. Esas armas mortíferas eran gobernadas por máquinas que –todo el mundo lo sabía– no eran infalibes, y nadie ignoraba que más de una vez ciudades y regiones enteras se habían salvado de la destrucción “por milagro”. Pero a la población se le ocultaba la frecuencia de estos “milagros”, es decir, accidentes casi fatales entre aparatos en los cielos, colisiones entre aparatos submarinos, armas detenidas justo a tiempo cuando ya iban a despegar. Visto desde fuera, el planeta parecía habitado por una raza completamente enloquecida. En grandes zonas del hemisferio septentrional el nivel de vida era el que hasta hacía poco había estado reservado para los emperadores y su corte. En el Continente Septentrional Aislado, sobre todo, la riqueza era escandalosa, incluso a los ojos de muchos de sus propios ciudadanos. Los pobres vivían allí como habían vivido los ricos en épocas pretéritas. En el continente se amontonaban los residuos, los desechos, los despojos del resto del mundo. Alrededor de cada ciudad, de cada pueblo y hasta del más insignificante villorrio del desierto, había inmensos basureros de objetos y alimentos desechados que en otras regiones menos favorecidas del globo hubieran salvado de la muerte a millones de seres humanos. Los viajeros que visitaban el continente se maravillaban, es cierto, pero de las cosas que la gente creía poder tener por derecho propio.
Esta cultura dominante daba el tono y era el modelo de casi toda Shikasta. Porque, a pesar de las etiquetas ideológicas que distinguían a cada nación, todos compartían el principio de que la tecnología era la clave de la felicidad, y de que la felicidad consistía en el eterno progreso material, en la acumulación de bienes, placeres y comodidades. Los verdaderos fines de la existencia, pervertidos desde hacía tanto tiempo, y a duras penas y a qué precio preservados por nosotros, habían caído en el olvido, reducidos a parodias por quienes alguna vez los conocieron, pues las religiones sólo conservaban atisbos desnaturalizados de la verdad. Y durante todo ese tiempo el planeta era saqueado. Se arrancaban los minerales de sus entrañas, se despilfarraban los combustibles, se empobrecían los suelos, explotándolos sin tener en cuenta el futuro, se exterminaba la fauna y la flora, se llenaban los mares de veneno e inmundicia, se corrompía la atmósfera; constantemente, a todas horas, la maquinaria de la propaganda machacaba, más, más, más, bebed más, comed más, consumid más, despilfarrad más, como en un delirio, como una obsesión. Eran seres enloquecidos, y las débiles voces que protestaban no bastaban para detener el proceso desencadenado y sustentado por la codicia. Por la falta de sustancia de la unanimidad en el sentir.
Pero las inmensas riquezas del hemisferio norte no estaban equitativamente distribuidas, y las clases menos favorecidas se mostraban cada vez más rebeldes. La población del Continente Septentrional Aislado y de las franjas del noroeste incluía también mucha gente de piel oscura, importada en un principio como mano de obra barata, para llevar a cabo los trabajos menospreciados por los blancos: y aunque esta parte de la población participaba en cierta medida de la abundancia general, en conjunto puede decirse que en Shikasta los blancos prosperaban y que los de tez oscura vegetaban.
Y los de tez oscura, que odiaban a los explotadores blancos como quizá nunca se haya odiado a ningún conquistador, lo decían en voz más alta cada vez.
Dentro del territorio de cada nación, el descontento crecía por todas partes, al norte, al sur, al este y al oeste. No sólo como consecuencia del abismo que había entre pobres y ricos, sino también porque aquel modo de vivir, fundado en el criterio único de un aumento creciente del consumo, entristecía y deprimía sus verdaderas naturalezas, sus naturalezas ocultas, que eran desdeñadas, despojadas, engañadas por todas las instituciones y todas las autoridades a quienes tendrían que respetar –les habían dicho–, pero que ya no respetaban.
Los dos grandes continentes se desgarraban en guerras y disturbios: unas veces eran guerras civiles entre negros y los restos de la antigua opresión blanca; y también entre sectas, camarillas y grupos rivales. En todas partes proliferaban los dictadores. Arrancaron bosques y selvas, destruyeron especies animales, exterminaron o dispersaron tribus enteras...
Guerra. Guerra Civil. Asesinato. Tortura. Explotación. Opresión y exterminio. Y siempre mentiras, mentiras y mentiras. Siempre en nombre del progreso y la igualdad, del desarrollo y la democracia. La ideología que prevalecía en toda Shikasta era ahora una colección de variaciones sobre el tema del desarrollo económico, la justicia, la igualdad y la democracia.
No era la primera vez, en la desdichada historia de aquel siglo terrible, que esta particular ideología –justicia económica, igualdad, democracia y todo lo demás– tomaba el poder en el momento en que la economía de una región se derrumbaba: bajo los gobiernos “de izquierda”, las naciones de las franjas noroccidentales se hundían en la miseria y el caos.
Las regiones del mundo antes explotadas veían con regocijo la caída de sus antiguos perseguidores y opresores, la raza que los redujera a la esclavitud y la servidumbre, que los había expoliado, y que, sobre todo, los había menospreciado porque eran gente de color; la misma raza que se había burlado de las culturas indígenas, que ahora, por fin, empezaban a ser comprendidas y apreciadas... demasiado tarde, ay, pues la raza blanca y su teconología las habían aniquilado.
Nadie acudió en auxilio de las franjas del noroeste cuando cayeron en manos de dictaduras dogmáticas, que aparecían con una asombrosa regularidad, incapaces siempre de resolver los problemas heredados. El principal y más grave era el de los imperios que habían enriquecido a los países de la franja, y que ahora se habían desmoronado, pero dejando una herencia de ideas falsas sobre la naturaleza e importancia que ellos mismos tenían en términos planetarios. La venganza desempeñaba un papel, y nada despreciable, en lo que estaba ocurriendo.
El caos imperaba. El caos económico, mental y espiritual –empleo la palabra en su sentido exacto, en el sentido canopiano– triunfaba en todas partes, mientras la propaganda rugía y atronaba por los altavoces, la radio y la televisión.
Había comenzado la era de las epidemias y las enfermedades, la época del hambre y las muertes en masa.
En el continente principal, dos grandes Potencias se oponían en un combate mortal. El conflicto entre la Dictadura nacida al concluir la primera guerra en los territorios del centro y la que se había impuesto en las regiones orientales implicaba directa o indirectamente a casi toda Shikasta. La Dictadura más joven era la más fuerte. La más antigua ya estaba en decadencia; el imperio que se desmembraba, la población cada vez más rebelde o perezosa y la clase dominante cada vez más alejada del pueblo (los procesos de florecimiento y decadencia, que en otros tiempos se arrastraban a lo largo de dos o tres siglos, duraban ahora unos pocos decenios). Esta Dictadura no pudo resistir los avances de la Dictadura del este cuya población desbordaba las fronteras, hasta que al fin invadió gran parte de los territorios de la Dictadura más antigua, y luego también las franjas al noroeste, en nombre de una ideología superior, que en realidad no era sino una variedad de la ideología predominante. Los nuevos amos eran perspicaces, hábiles e inteligentes, pretendían conquistar todo el continente principal de Shikasta, para ellos mismos y sus descendientes.
Pero mientras tanto las armas se acumulaban, se multiplicaban...
La guerra comenzó por error. Falló un mecanismo y grandes ciudades quedaron reducidas a polvo. Que algo así tenía que ocurrir tarde o temprano, lo habían pronosticado muchísimas veces los técnicos de todas las naciones... pero la influencia de Shammat era demasiado fuerte.
En poco tiempo, la casi totalidad del hemisferio norte estuvo cubierta de ruinas. Unas ruinas éstas muy distintas de las de la segunda guerra, sobre las que había sido posible reconstruir enseguida las mismas ciudades. No, las nuevas ruinas eran inhabitables porque la tierra de alrededor estaba envenenada.
Las armas guardadas hasta entonces en secreto llenaban ahora los cielos, y los supervivientes, moribundos, se tambaleaban, llorando y vomitando entre las ruinas, alzaban los ojos para ver las titánicas batallas, y junto con el último suspiro, susurraban algo sobre “Dioses”, “Demonios”, “Angeles” e “Infierno”.
Había refugios subterráneos a prueba de radiaciones, de venenos de agentes químicos, de las mortíferas vibraciones sonoras y de los rayos de la muerte. Habían sido construidos para las clases dominantes. Allí sobrevivieron unas pocas personas.
En las regiones apartadas, en islas y algunos lugares protegidos por la suerte, también hubo supervivientes.
La población de todos los continentes e islas meridionales, afectada por la peste, las radiaciones y la contaminación del suelo y del agua, quedó considerablemente disminuida.
En menos de un par de décadas, de los miles de millones de habitantes de Shikasta quedó tal vez un uno por ciento. La sustancia de la unanimidad en el sentir, que antes se repartía entre inmensas multitudes, bastaba ahora para mantener a todos cuerdos y sanos.
Habiendo recuperado su verdadera naturaleza, los habitantes de Shikasta miraban incrédulos alrededor, y se preguntaban por qué habían estado locos.

De Canopus en Argos: Archivos/Shikasta, de Doris Lessing. Se reproduce aquí por gentileza de Ediciones Minotauro.

 

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