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el Kiosco de Página/12

Esperanza
Por Sandra Russo

El líder catalán Jordi Pujol se vio en un aprieto impensado la semana pasada, al haber aceptado presentar un libro que finalmente no llegó a las librerías y generó un escándalo de madre en Barcelona. El libro en cuestión lo firma Heribert Barreda, un veteranísimo dirigente que supo ser durante años presidente del Parlamento catalán y que hasta ahora gozaba de respeto por haber conducido su vida sin haber sacado nunca los pies del plato de la política, pero adhiriendo a las reivindicaciones nacionalistas que, en esas tierras, se sostienen con una amplia gama de recursos: desde la defensa del idioma, los usos y las costumbres catalanes, hasta la empatía con metodologías que en el país de al lado, Euskadi, implican las bombas y los asesinatos de ETA. Pero los tiempos han cambiado y parece que el tal Barreda no se enteró.
En su libro, el hombre sostiene dos cosas que erizaron la piel de mucha gente y también de la nueva progresía, y es que los valores progresistas hoy mutan y se entrechocan entre sí. Barreda dice, por un lado, que prefiere al que mata por ideas que al que mata por dinero. Eso suena mal en un país en el que ya hace rato que el coqueteo intelectual con el terrorismo quedó en suspenso por tiempo indeterminado, a la luz de la sucesión de asesinatos que no conducen a nada más que a otros asesinatos, sean éstos cometidos por ideas o dinero. Los muertos, en uno y en otro caso, mueren igual. Pero Barreda también dice que, si la inmigración no se detiene, Cataluña desaparecerá. Y es especialmente ahí, en esa línea, que los viejos y los nuevos valores progresistas entran en cortocircuito. La preservación de las identidades nacionales en desmedro de una homogeneización primero española y ahora global es una línea de pensamiento que ahora aparece tachada por la necesidad de hacerles lugar a los parias del mundo. La nueva Ley de Extranjería española, que expulsa a los indeseables, reagrupa a la progresía: por sobre aquellas identidades nacionales, hoy los biempensantes entienden que España, cuya población ha germinado en otros lugares del planeta gracias a sus propias migraciones, no sólo debe tolerar sino además proteger a quienes desde países menos favorecidos llegan como mano de obra barata. España, hoy, es el país con menor crecimiento demográfico del mundo. Todo hace suponer que serán extranjeros quienes hagan en las próximas décadas el trabajo que dejarán de hacer los niños que no nazcan.
Luego de un reportaje en una radio, centenares de inmigrantes y de ciudadanos catalanes esperaron a la salida a Barreda para abuchearlo. La indignación popular era tal que la editorial que publicó su libro decidió suspender la presentación. Por televisión, Jordi Pujol explicaba que él no había leído el libro cuando aceptó presentarlo. Y que “vamos, uno también puede presentar un libro con el que no está de acuerdo”. En la misma entrevista, y para despegar de su propia imagen la costra xenófoba que cubre al autor del libro, el presidente catalán apuntó datos interesantes sobre la inmigración ilegal en España. No son los más pobres, dijo, no son lúmpenes. Hace poco estuvo en Marruecos, después de que doce marroquíes murieran en una barcaza. El ministro de Relaciones Exteriores de Marruecos le confió que uno de los muertos era un primo de altos funcionarios de ese ministerio. Los otros once también eran marroquíes de clase media. “Quienes dejan todo y se animan a empezar de nuevo en otro sitio son quienes han perdido algo y quieren recuperarlo. Algo material o algo emocional. Los que nunca tuvieron nada no se mueven. Se mueven los que todavía tienen esperanza.” La misma esperanza que tuvieron un día, por ejemplo, los millones de españoles que soñaron con hacer la América.

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