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el Kiosco de Página/12

Nosotros, el pueblo
Por José Pablo Feinmann

Una de las consignas más asiduas de la dictadura fue: “Achicar el Estado es agrandar la Nación”. Preparaban la economía de mercado. Ocurría, no obstante, que necesitaban, para hacerlo, al Estado en tanto instrumento de represión, de aquí que no pudieran desmantelarlo.
Fue una tarea conjunta. El equipo económico lanzaba al país a los brazos neoliberales y los militares hacían la tarea sucia de barrer con todas las resistencias que el país ofrecía. Así las cosas, el golpe del 24 de marzo de 1976 fue un golpe cívico-militar. No siempre se tiene esto en claro. No siempre, al menos, ocupa el primer plano del análisis. Se ha descargado la condena sobre los uniformados porque fueron ellos quienes concretamente mataron. Pero detrás de los militares estuvieron quienes Theodor Adorno llamó “asesinos de escritorio”.
En el país murieron 30.000 personas, todos adversarios del modelo neoliberal que se implanta desde entonces. Seamos claros: aquí no murieron treinta mil guerrilleros. Aquí murieron sindicalistas, obreros, maestros, “profesores de todos los niveles de la enseñanza”, jóvenes –desde luego– que habían optado por pertenecer a la guerrilla, psicoanalistas, filósofos, escritores, actores, periodistas (más de un centenar de ellos), militantes de superficie, jóvenes que alfabetizaban en las villas o pintaban casillas precarias, empresarios nacionales, etcétera. Infinita y trágicamente etcétera. Todo para “achicar el Estado y agrandar la Nación”. Todo se hizo para dejar el campo yermo para el capitalismo de mercado. Y ellos ganaron. Ganaron porque ya no tenemos un país sino un mercado cautivo.
La sensación de haber dejado de ser un país y ser solamente un mercado de capitales (ajenos) es difícil de expresar. No tenemos cara, nos la dibujan. No tenemos mercado interno, lo destrozaron. No tenemos industrias, las fundieron. No tenemos producción, somos importadores. No tenemos consumidores, tenemos hambrientos, desesperados o delincuentes (la nueva forma de la pobreza). No tenemos cultura, viene de afuera, sin mediaciones, torpemente, nos la imponen. Pronto no tendremos moneda sino dólares.
Estamos llenos de politólogos sagaces, hombres que destinan sus días a explicarnos que es “esto o el caos”. (¿Cómo? ¿Esto no es ya el caos?) Politólogos que se han jugado a fondo por López Murphy, que lo han pintado como el adalid de la sinceridad, del antipopulismo. Politólogos que se ríen de todo. De los políticos, de los sindicalistas y de una especie de tipos que desprecian hondamente y a quienes llaman “intelectuales progresistas”, eternos tontos que siguen clamando imposibilidades. Mariano Grondona llegó al extremo (supongo que el chiste se le volverá en contra) de decir que López Murphy es de “centroizquierda” y su colega y aliado, lo acepte o no, James Neilson, un politólogo que se exhibe fumando una pipa muy british y fue director del Buenos Aires Herald, se deshizo en elogios a la sinceridad, a la seriedad y autenticidad del hombre de FIEL. (El Buenos Aires Herald es un diario que luchó por los derechos humanos en la Argentina, derechos humanos cuya ignorancia, cuyo arrasamiento por las Fuerzas Armadas sirvió para que ahora el admirado López Murphy pueda ladrarnos su evangelio neoliberal desde todos los televisores. Tal vez Neilson debiera pensar que la violación de esos derechos que defendió en el Herald fue la que posibilitó que hoy el hombre de los bigotes castrenses, ese Sargento García torvo y ladrador, haya sido presentado como la salvación del país. Salvación que duró dos días.)
Pese a su escasa permanencia en el poder, no debemos olvidar fácilmente a López M. La increíble ausencia de sensibilidad social y política de estos grupos económicos los lleva a los errores más disparatados. El señor López M. no sabía (indudablemente ignoraba) que hablaba al país en un momento en que estaba por cumplirse la fecha que se cumple hoy: 25 años del golpe de Videla y sus civiles. Así, se planta ante las cámaras y habla en tono cuartelero. Desde Videla que no oíamos a nadie hablarnos así. El hombre no sólo tiene cara de milico malo (muy malo: bigotazos, ceño fruncido, morrudo, la caricatura del típico policía sudamericano) sino que habla y gesticula como un milico malo. Al día siguiente... quinientos empresarios lo aplauden y hasta lo ovacionan. Ovacionan a un tipo que acaba de lanzar un ataque frontal contra las universidades, contra la educación, contra los castigados habitantes de este sufrido país en nombre del... equilibrio fiscal. Señores, la deuda de la Argentina la contrajeron ustedes (al resguardo del magnicidio militar), la estatizó Cavallo y ahora la pagamos nosotros. No es el populismo el que arruinó a este país, son ustedes. No tengo nada que rescatar del populismo y nuestra clase política tiene debilidades y culpas inabarcables (la principal: someterse a ustedes y no representar al pueblo que la votó.) Pero los que desangraron al país (humana y económicamente) son los que hoy amenazan con golpes de mercado, los que controlan ese chantaje cotidiano llamado “riesgo país”, los que representan (en el país) los intereses de los grandes grupos económicos internacionales, todos ellos y también sus propagandistas intelectuales.
La breve permanencia de López M. en el poder sirvió –no obstante– para algo. El repudio fue tan unánime que una vieja voz se hizo sentir. La voz de eso que solíamos llamar “pueblo”. Ante los rugidos del economista-milico se alzaron los estudiantes, los políticos, los sindicatos, los medios de comunicación, las asociaciones civiles, barriales. Todos, en suma. Fredi Storani previó esta reacción y renunció. Advirtió que para ser el ministro del Interior de ese plan económico debía no ser ya Fredi Storani sino Freddie Krüger. De la Rúa se lo pidió: “Fredi, no te vayas. Algo vamos a tener que hacer con los estudiantes”. Claro, romperles la cabeza. Molerlos a palos. Y no sólo a los estudiantes, a todos. Escuche De la Rúa: para aplicar el plan de López Murphy usted no lo necesita a Fredi Storani como ministro del Interior, lo necesita a Albano Harguindeguy. Ese plan requiere ese nivel de represión. ¿Está dispuesto a buscarse un ministro como Albano Harguindeguy? Ahora lo tiene a Colombo, ¿está dispuesto a decirle: “Usted arme a la Policía hasta los dientes, transfórmela en un Ejército y mate a quien sea porque necesitamos lograr el equilibrio fiscal?”. ¿Cuántas vidas requiere el “equilibrio fiscal”? ¿Vale la pena matar por eso? ¿Saben los economistas liberales que “esos” planes (los suyos) reclaman violencia, represión, en suma, muerte? ¿O están tan alejados de la realidad y tan cerca de los números que no piensan en cosas tan poco placenteras, tan poco técnicas y rigurosas?
El señor Neilson (que acostumbra a divertirse con todos nosotros) se ríe de un concepto que surgió durante los últimos quince años: “la gente”. Es cierto, ante el fracaso del populismo (no olvidemos que fue el populismo peronista de Menem el que arrasó la menguada soberanía del país y la puso a los pies de los banqueros), muchos dejaron de decir “el pueblo” y empezaron a decir “la gente”. Ellos –los politólogos neoliberales– prefieren decir “la sociedad”. Decir “la gente” es, acaso, un acto depudor. El concepto de “pueblo” –además– ha sido horriblemente manoseado y bastardeado por la dictadura. Sin embargo, deberíamos empezar la búsqueda de cierta unidad, de cierta indignación compartida, de cierta defensa integral de nosotros mismos. Porque el plan de los banqueros no es sólo acabar con el país y transformarlo en un mercado cautivo de sus intereses, es acabar con nosotros. Ellos no son personas, no tienen suelo, son capitales en tránsito, ésa es su identidad. La nuestra es la de pertenecer a una tradición y a una geografía. Aquí es donde queremos trabajar, enseñar, hacer teatro, cine, periodismo, vender nuestros libros, amar y hasta morir. Para eso tenemos que volver a ser nosotros. Volver a ser el pueblo. Hoy, en la plaza pública, podemos empezar.

REP

 

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