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ENTREVISTA AL "LOCO DEL MARTILLO", EL PRESO MAS ANTIGUO DEL PAIS
Un record tras las rejas

Llegó a prisión el 30 de marzo de 1963, acusado de matar a tres mujeres a martillazos para robarles. A punto de cumplir 38 años preso, Aníbal González Igonet aparenta muchos más años de los que tiene y es reflejo de un sistema donde la estadía real en la cárcel depende bastante de los recursos del acusado.
González Igonet hoy, tras una vida en la cárcel.

Por Raúl Kollmann

El hombre es flaco y alto, con un porte que uno se imagina en el Quijote de la Mancha. Camina cojeando y apoyado en las paredes. Nadie diría que ese hombre que parece un anciano tenía –y aún tiene– un apodo que fue el terror del Gran Buenos Aires: el Loco del Martillo. Aníbal González Igonet es un asesino serial que a principios de los años 60 asaltó a muchas mujeres con un martillo para robarles unos pocos pesos. Nunca intentó ningún ataque sexual, pero golpeó a sus víctimas hasta desmayarlas y, en tres casos, directamente las asesinó. El Loco del Martillo es el preso más antiguo del país: en esta semana cumple 38 años entre rejas –ingresó el 30 de marzo de 1963–, la mayor parte en una de las cárceles más siniestras, el penal de Sierra Chica. Deteriorado y enfermo, Martillo habló con Página/12 y sorprendió con una afirmación y dos pedidos: “Yo no maté a nadie, me sacaron las confesiones con picana”, “quiero que me permitan estar en una cárcel para mayores de 60” y “lo que necesito es una radio, por lo menos para escuchar los partidos de Boca”. Más allá de sus afirmaciones, el Loco fue condenado y cumple una pena que ha superado con creces a la de otros famosos asesinos: Yiya Murano, “la envenenadora de Montserrat”, por ejemplo, estuvo presa 13 años por tres crímenes. González Igonet lleva 21 años con calificación 10 en conducta, pero, por ser condenado como asesino serial, no hay ningún juez que le quiera firmar un permiso para salir de la cárcel, aunque sea durante un fin de semana.
El encuentro se produce en una pequeña oficina de la unidad del Servicio Penitenciario Bonaerense ubicada en Olmos y destinada a los mayores de 60. Martillo está allí sólo por unos días, para hacerle algunos estudios médicos y psiquiátricos. Después lo llevarán de regreso a Sierra Chica, el penal de Los Doce Apóstoles, cabecillas de aquel sangriento motín en el que se comieron a varios presos y metieron los cuerpos en el horno de la panadería.
Entra caminando dificultosamente, apoyado en las únicas dos personas que lo visitan: una hermana y una amiga evangelista de la hermana. La realidad es que parece un anciano, pero en verdad no lo es: tiene 63 años.
–Está por cumplir 38 años ininterrumpidos en la cárcel.
–Sí, 38 años. ¿Le parece que no puedo estar arrepentido si hice alguna macana?
–En la Argentina, ni los condenados a reclusión perpetua están tanto tiempo en la cárcel. ¿No pidió la libertad?
–Sí, presenté unos escritos.
–¿Y qué le contestaron?
–No me contestaron nada. El juez que me condenó, Pedro Heguy, por supuesto ya murió y ahora me parece que estoy en manos de una jueza.
–Cuando piensa en aquella época en la que cometió los crímenes, ¿qué piensa? ¿Fueron momentos de locura?
–La verdad es que yo no cometí ningún crimen. Yo firmé las confesiones y todo lo que me dieron para firmar después de las palizas y las torturas con picana. No maté a nadie.
–Pero la causa judicial parece bastante sólida.
–Sí, eso dicen, pero por las buenas yo no hubiera confesado nada.
–Una de las pruebas fue que dos hijas de las víctimas lo reconocieron.
–Escúcheme. ¿Sabe cómo me trasladaban a mí de un lado al otro? Estaba lleno de fotógrafos y camarógrafos. ¿Cómo no me iban a reconocer?
–¿Me quiere decir que estuvo 38 años preso y es inocente?
–Puede ser, puede ser.
–Fíjese que no sólo lo condenó un juez, sino que también hubo apelaciones, sentencias de Cámara y todos coincidieron en que usted fue el culpable de los asesinatos.
–Pueden decir lo que quieran, pero yo no fui. Tal vez hayan querido proteger a alguien y echarme la culpa a mí, pero yo no fui. Necesitabanencontrar a cualquier culpable: era una conmoción tremenda la que había por las mujeres muertas a martillazos. Los jueces no me creyeron nunca, pero yo no fui.
–Mirando para atrás, ¿cómo ve estos 38 años?
–Fueron 38 años de sufrimiento. Pasé hambre, mucha hambre. Y siempre solo, sin poder desquitarme con nadie. Lo peor siempre fue Sierra Chica. Es muy peligroso y además los primeros tiempos que me llevaron ahí fueron tremendos. Por cualquier cosa iba al pabellón 12, el de castigo. A veces 15 días, a veces 20, solo y aislado, sin poder trabajar ni hacer nada. Encima en estos últimos años estoy enfermo y puedo hacer poco: me dan trabajos de limpieza, pero no sé qué tengo, ciática o no sé qué otra cosa. Vea, en Sierra Chica hubo muchas revueltas y yo nunca participé. Ahora que me trajeron a esta unidad para mayores de 60 quiero quedarme acá los días de vida que me quedan, no quiero volver a Sierra. Acá, además, tienen medicamentos para tratarme. Allá no. Igual, yo no pierdo las esperanzas de salir, el problema es que no me fijan pena (ver aparte). Que aunque sea digan que me condenan a 50 años y yo podría salir por lo menos a trabajar o a estar con mi hermana los fines de semana.
Aníbal González Igonet se para. Su pierna ya no le permite estar sentado, necesita extenderla para que no le duela. Estos días que está en la unidad para mayores de 60 le parecen un sueño: no hay barrotes en las habitaciones, puede pasar la tarde en el jardín, mira los partidos de bochas y hay internos que participan de alguna excursión de fin de semana. La unidad 6 se parece mucho más a un geriátrico que a una cárcel.
“Con lo de la pierna está simulando un poco –acota uno de los jefes del penal–. Es que quiere quedarse en esta unidad y se muestra más enfermo de lo que está. Todo para no volver a Sierra Chica. La verdad es que con 78 años, el hombre ya no está para ir a ese penal...
–¿Cómo 78 años? Tiene 63.
–Nooo, tiene 78. ¿No ve cómo está?
–Yo vi el expediente judicial. El hombre nació en 1937.
–De ninguna manera.
El jefe pide el legajo de González Igonet y no lo puede creer. El Loco del Martillo tiene 63, de los cuales 43 estuvo preso. Cinco por robo cuando era muy jovencito en un penal que por entonces era sórdido, el de Rawson, donde cumplía con trabajos forzados. Como la mayoría de los presos, se iban quedando sin plata, terminaban quedándose sin zapatos y andaban con diarios y trapos en los pies, trabajando a temperaturas bajo cero. Ingresó con 85 kilos y salió con 68 el 15 de diciembre de 1962. No tenía trabajo y nadie quiso dárselo. Volvió a robar, según el expediente, por hambre. Tres meses más tarde, el 30 de marzo de 1963, en el marco de la paranoia creada por los asaltos y asesinatos, lo detuvieron otra vez. Nunca más volvió a salir a la calle. Por ahora, no hay ningún juez que se anime a firmarle una autorización para salir: nadie quiere correr el riesgo. Es un asesino serial, aunque Martillo casi no puede caminar y esta misma semana tendrá que pasar por el quirófano para que lo operen de otra de sus dolencias.
–¿Le puedo pedir un favor? –dice cuando se va yendo hacia adentro de la unidad.
–Sí.
–¿Por qué no me consigue una radio para escuchar a Boca en la celda?
En Sierra Chica me la tengo que pasar dentro de la celda.
Investigación: Luciana Rzezak

 

Por qué los 38 años

Después de 38 años, González Igonet sigue preso, en condiciones tan rígidas, básicamente porque es pobre y no hay ningún abogado que haya seguido el caso. Esto le dijo a Página/12 uno de los penalistas más consultados del país. En verdad, la reclusión perpetua con la accesoria de reclusión por tiempo indeterminado casi nunca significa que el condenado permanezca en la cárcel durante más de 25 años. A partir de ese momento se pide una junta médica que evalúa si la persona está en condiciones de salir. “Si en esas evaluaciones, no tenés un perito psiquiatra de parte, es muy difícil que se dé el visto bueno para que un preso salga. Ni los psiquiatras forenses ni el juez quieren correr ningún riesgo. Pero eso significa dinero”, agregó el penalista.En el Servicio Penitenciario ven con buenos ojos a González Igonet. Es más, ya hubo un pedido de conmutación de pena. Sin embargo, recién ahora se contempla la posibilidad de sacarlo de Sierra Chica.

 

LOS CRIMENES QUE GENERARON PSICOSIS EN LA CIUDAD
La oscura historia del Loco

El 14 de enero de 1963, El Loco del Martillo entró en la casa de Emilia Ortiz. Mientras dormía la atacó a martillazos hasta que se desvaneció. De la casa se llevó unas pocas cosas. Unos días más tarde, hizo lo mismo en la casa de la señora Torreti y después siguieron siete ataques más, siempre con las mismas características: entraba en casas donde había mujeres solas, nunca intentó un ataque sexual, robaba muy poco y golpeaba con el martillo. La hecatombe se desató a partir del 8 de marzo de 1963. Esa noche entró en una casa de Lomas del Mirador y terminó matando a golpes a Rosa de Grosso; el 22 de marzo mató a Virginia de González y el 23 a Nelly Fernández.
En toda la Capital y el Gran Buenos Aires, especialmente La Matanza, se produjo una verdadera psicosis. Decenas de mujeres denunciaron que habían sido atacadas con martillos y hubo tres intentos de linchar a sospechosos que, al final, no tenían nada que ver. El lunes 30 de marzo todo llegó a su fin: Aníbal Raúl González Igonet fue detenido por dos policías novatos que simplemente le vieron movimientos sospechosos. Encima llevaba una sevillana, no el martillo, que según la Policía fue encontrado en un baldío cercano a una casucha en la que vivía.
La historia de González Igonet es dramática desde la niñez. Su padre quedó paralítico en el trabajo, murió cuando Aníbal era muy chico, la madre apenas se podía sostener y lo entregó a un reformatorio. Cometió robos menores, sin violencia, y terminó en el siniestro penal de Rawson. Según todos los que lo conocieron, la cárcel lo cambió totalmente y cuando salió trabajó de changarín en el Mercado Central, pero no podía conseguir empleo porque en esa época se necesitaba certificado de buena conducta.
“No quise matar, estaba muy necesitado y sólo buscaba la oportunidad para llevarme algo de valor –confesó ante la Justicia y el periodismo–. No sé por qué lo hice, a veces me parece que yo no lo hice. Elegí a mujeres porque eran las que menos peligro presentaban. No odio a las mujeres, no quise matar a ninguna y les pegué porque tenía miedo de que gritaran.”
Los psiquiatras lo consideraron “responsable de sus actos”. “Tuvo relaciones con mujeres, pero sólo la madre alienta levemente su afectividad”, señaló el doctor Oscar Blarduni. Otro psiquiatra, en cambio, diagnosticó: “Tiene graves defectos en lo afectivo e incapacidad sexual”. El 12 de abril de 1967, el juez Pedro Heguy lo condenó a reclusión perpetua por homicidio, robo y lesiones graves. Hace 38 años que está preso, 32 de los cuales los pasó en uno de los peores penales del país, Sierra Chica. En un informe del 3 de mayo de 1995, el Servicio Penitenciario Bonaerense lo califica con 10 puntos y acota, textualmente: “Se comporta como un santo”.

 

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