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OPINION

Los Beatles o el ghetto

Por Carlos Polimeni

Cuando Lito Vitale era un chico, tocaba la batería. Quería hacer ruido. Un poco después tocaba rock, pero en la concepción beatle: un género esponja. Ya había saltado hace tiempo a los teclados cuando se dio el gusto de integrar el grupo de Luis Alberto Spinetta, aunque no llegó a grabar discos. Participó, como tecladista e ingeniero de sonido, del primero en estudios de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. La idea de la independencia discográfica de los Redondos salió de la epopeya de los Músicos Independientes Asociados (MIA), el grupo musical e ideológico que los Vitale (Donvi y Esther, a la cabeza) armaron en los años de plomo. Lito siguió el mandato beatle según fueron pasando los años: folklore, coqueteo con la new age, tango, música para ballet, música para tele, proyectos especiales más o menos logrados (entre ellos el de reversionar las canciones patrias). Hubo un tiempo en que esa variedad conspiró en su contra, y pareció dispersión. Hubo otro en que sus colchones de teclados se hicieron lugar común, convirtiéndose en redundantes. Pero más allá de su velocidad, de su efectismo y de su intuición como pianista, hay en Vitale un músico puro, que ha hecho de una actividad muchas veces menoscabada –ser solista acompañante– una profesión enaltecedora. Hay muchos Vitale en Vitale, que ha logrado ¡en la Argentina! la hazaña de hacer carrera en el terreno de la música instrumental. Y que ha aprendido que de todas las aguas musicales puede beberse, si se tiene sed. Mientras docenas de músicos de género se precian de hacer lo contrario, hasta que un día se quedan solos, boyando en la lógica del ghetto.


 

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