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el Kiosco de Página/12

El planeta libro

Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona

UNO Hoy para mí y ayer para ustedes, se celebró en Barcelona –como todos los años– el Día de Saint Jordi. El rito implica que los hombres regalan una rosa a las mujeres, las mujeres un libro a los hombres y todos felices, en especial los floristas, los libreros, los editores y algún que otro autor. La fecha -.23 de abril– coincide con la del Día Mundial del Libro, marcada en rojo por la Unesco en 1995, y se las arregla para compaginar sin mentir en esa casilla del almanaque a las muertes de Shakespeare y Cervantes. Pero los catalanes ya la habían hecho suya en 1924 por idea del astuto dueño de una librería. Así que hoy todos los libros salen a las calles en stands, todos los escritores firman lo que venga y toda la ciudad se convierte en una suerte de feria atómica. Y se vende mucho (me dicen que entre el 10 y el 30 por ciento del total de libros del año -.según la euforia del consultado– y unos cinco millones de rosas), y las mujeres van con su flor entre los dientes y los hombres con sus novelas en las zarpas.

DOS Hay que verlo para creerlo y, sí, hay algo de bestial en esta tan súbita como floral y efímera catarsis de papel y tinta (que en más de un rasgo se parece a la Feria del Libro de Buenos Aires) donde el que no compra un libro nunca lo compra hoy sin entender muy bien por qué y sospechando que difícilmente vaya a leerlo una vez que se le pase el efecto de las efemérides drogotas. Lo cierto es que las encuestas y estadísticas de la Sociedad General de Autores señalan que el 49,1 por ciento de los españoles nunca leyó un libro y, supongo, la cosa debe ser bastante parecida en todas partes, cada vez más. Aun así –y más allá de esos duelos y mergers editoriales cada vez más parecidos a Star Wars o a Dune donde caballeros jedis y guerreros fremen luchan contra el Imperio o el Lado Oscuro– el misterio permanece, se sigue leyendo, se sigue escribiendo, se siguen comprando libros, por lo menos una vez al año.

TRES Hablo con varios escritores amigos que firman o no firman bajo el sol del mediodía y ninguno sabe explicarme el porqué de la rosa o el libro. Pequeño misterio que esconde un misterio más grande, inmenso, y que no es el porqué se lee sino el porqué no se lee. De acuerdo, los participantes del concurso Gran Hermano tienen prohibido llevarse libros a la casa porque no hay nada más aburrido que ver a alguien leyendo, pero tampoco hay nada más divertido que, por ejemplo, leer lo que les ocurre a los personajes encerrados en cualquier libro. Cervantes -.que inventa al lector como personaje– y Shakespeare –que estrena al actor como símbolo de todo– lo sabían a la perfección y apostaban a un mundo donde lo escrito ocupara un lugar tan privilegiado como lo actuado y la ficción nutriera a la realidad y viceversa. De esto se habló -.de la Conexión William-Miguel y de la supuestamente cretina personalidad del autor de Hamlet, según flamante y polémica biografía-. días atrás, en la ciudad de Valencia, en el séptimo congreso internacional sobre Shakespeare por primera vez en su historia con sede en un país no-anglosajón. De esto, seguro, no habla la espléndida mujer que acaba de comprar un libro -.su libro anual– titulado Cómo adelgazar follando.

CUATRO Por la noche de este día -.luego de esas visiones tan parecidas a las películas paranoicas de ciencia-ficción de los años ‘50 norteamericanos donde pueblos enteros son poseídos por inteligencias extraterrestres– la fiesta se traslada al piso del flamante cónsul mexicano Sealtiel Alatriste y a la recepción a Elena Poniatowska, premio Alfaguara 2001 de Novela. Allí la intelligentzia local descansa de tanto stand y tanta firma y se resigna o se reconcilia con la idea de que, apartir de la mañana siguiente, hay que volver a escribir, hay que seguir escribiendo. Y tal vez ahí esté la clave de la cuestión, el misterio explicado de porqué se lee cada vez menos: la raza humana ha fracasado en todos los territorios menos en el literario y quizá, resignada a convertirse en novela de sí misma, ya no tenga tiempo de leer porque intuye que alguien la está leyendo. Y ese alguien se divierte bastante. Demasiado.

REP

 

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