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OPINION

Un profeta impaciente

Por James Neilson

Para que un orden político consiga sobrevivir a los cambios propios de todas las sociedades modernas es necesario que los comprometidos con él sepan incorporar a los rebeldes, transformándolos, les guste o no, en pilares de statu quo cuya mera presencia entre los presuntamente poderosos sirva para apaciguar a la próxima generación de inquietos. Claro, esta modalidad no funcionará si el sistema es demasiado rígido como para permitirles a los así domesticados ufanarse de por lo menos algunos logros valiosos. Pues bien: más allá de su aporte a un triunfo electoral nada espectacular sobre un rival débil, ¿qué pudo exhibir Carlos “Chacho” Alvarez luego de algunos meses en la vicepresidencia? Casi nada. Su participación en el gobierno de Fernando de la Rúa pareció significar que, fuera de la caza de dos o tres “emblemáticos” –léase, chivos emisarios–, no habría ninguna lucha en serio contra la asfixiante cultura de la corrupción, que todo quedaría en lo “testimonial”, para emplear lo que para él es una mala palabra.
El fracaso de Alvarez lo es también del orden político nacional. Al fin y al cabo, no es que haya representado una causa fantasiosa, una mera expresión de deseos que se haya elaborado en el café de la esquina. Por el contrario, la conciencia de que es imprescindible reducir a niveles menos esperpénticos la corrupción política, empresa que requeriría reformas profundas, está compartida por buena parte de la ciudadanía y, como si esto ya no fuera más que suficiente, también por “los mercados” y por los gobiernos de los países más avanzados. Asimismo, hasta el Banco Mundial concuerda en que los de arriba deberían tratar el drama social como algo más que una fuente de materia para discursos hipócritas.
Luego de dar su “portazo”, Alvarez opinó que “la política atraviesa una crisis terminal”. ¿Estaba en lo cierto? Si creía que el PJ y la UCR se desmantelarían el día siguiente, claro que se equivocaba, pero el que aún estén entre nosotros no quiere decir que el orden que juzgó agonizante ya goce de buena salud. En verdad, lo único que mantiene con vida a los aparatos característicos de la “vieja política” es la expectativa de que en las próximas elecciones sus listas recauden los votos de siempre a pesar de que hayan abandonado la pretensión de estar en condiciones de gobernar el país al confiar esta tarea a Domingo Cavallo. Puede que el sistema político efectivamente existente se prolongue algunos años más, pero aun así sorprendería que los anatemas de Alvarez no resultaran ser proféticos, lo cual no querría decir que a él le tocaría desempeñar un papel clave en lo que sobreviniera después.


 

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