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ESTRATEGIAS DE LOS “ALTERNATIVOS”
La vida en verde

Son militantes de un área amplia: ambientalistas, macrobióticos, orientalistas.
Una tendencia “alternativa” que crece en Buenos Aires, donde sólo en un año el
consumo de productos orgánicos creció un 40 por ciento. Aquí se cuentan historias
de una supervivencia no siempre fácil en la urbe: la búsqueda de los alimentos,
de los restaurantes y hasta de dentífricos hechos en casa.

Antonio Urdiales Cano usa en su casa
un generador solar construido con
una hélice.

Lucía Santamaría y su hijo Lucio,
que jamás probó una hamburguesa
o un pancho.

Por Alejandra Dandan

No hay opciones. A Bety la muerte de un insecto le resulta tan insoportable como una ingestión de carne. Decidió terminar con los cucarachicidios masivos: en lugar de matar cucarachas, les habla. Bety es una extremista del género, militante de una cosmogonía donde confluyen –y se expelen– ambientalistas, naturistas o macrobióticos. Los cultivos orgánicos son quizá el único indicador cierto de una tendencia en auge en medio de la crisis. El movimiento que nuclea a los 1500 productores orgánicos del país asegura que Argentina está segunda en la producción mundial de alimentos sin químicos. En sólo un año, el consumo orgánico porteño ha tenido un aumento del 40 por ciento. Página/12 recorre en esta nota las historias de estos nuevos subversivos, comprometidos con ideas difíciles de llevar adelante en una urbe demasiado macdonalizada para sus gustos.
Establecer un mapa claro es difícil, tanto como la definición de lo alternativo. Hay puntos de coincidencia difusos en estos perfiles que se han sumado en la última década a posiciones vinculadas a una mejor calidad de vida o al menos a una vida pensada como distinta. En una galería de Lomas de Zamora, en el conurbano, funciona una de las filiales de La Esquina de las Flores donde los cursos de comida naturista se alternan con yoga mientras una vidriera promociona “seminarios de ángeles” junto a un cartel de Greenpeace.
Las “alternativas” son distintas. Las campañas de denuncia públicas de Greenpeace provocan asociaciones masivas. Desde el ‘94 hasta ahora, los verdes pasaron de 700 socios a 19 mil y en general adquieren un compromiso casi político frente los recursos de un planeta al que consideran baulera de bienes escasos. “No es una postura filosófica –deja sentado Maximiliano Ezcurra–, es una práctica ni siquiera voluntaria: no vemos otra forma posible para evitar que todo esto explote.” Hay macrobióticos o vegetarianos y representantes de distintas corrientes agrupados allí. Ese frente vuelve a repetirse en otras asociaciones ambientalistas y ecológicas, unidos por temas de contaminación de ríos, suelo y/o ante la matanza indiscriminada de animales.
Entre lo filooriental, las líneas aún son más dispersas. La macrobiótica tuvo el gran boom en Buenos Aires a fines de los 70, estimulada por la teoría taoísta del ying y el yang. Mientras Blanca Bianculli abría inspirada bajo esa corriente la primera Esquina de las Flores, aquí se distribuían traducciones de George Ohsawa, un gurú americano definido por la prensa de su país como filocientífico disidente. Su legado persiste aún mientras una especie de aire de época estimula intentos serios de búsquedas orientales mezclados con variables disparatadas de un pensamiento mágico capaz de alojar teorías contra los crímenes hacia las cucarachas.
–Les hablo –dice Bety–, les hablo mentalmente, a la conciencia grupal y les digo: “En mi casa no las quiero”.
Lo hace en serio. Si el método no funciona, vuelve a la carga:
–Te voy a dar dos o tres oportunidades –insiste contra las sediciosas–: a la cuarta te mato. De un solo golpe, para que no sufras.
Hace diez años comenzó a estudiar la alimentación alternativa en los cursos de la Esquina de las Flores. Ahora es una de las concurrentes a estas casas de comida natural donde el consumo de tabaco equivale a un destierro. La medida es tan terminante como el gesto de la camarera, decidida a servir como café una infusión etérea a base de malta. Aquí nadie parece molestarse. El bar está repleto de ávidos de radicheta, meticulosos a la hora de establecer los peligrosos potenciales de un bife, considerado tan “yang” como un golpe de Estado.
Los restaurantes se han establecido como zonas iniciáticas, son puertas hacia rituales donde se accede al yoga más filosófico, cultos de teosofía hindú o a las lógicas arquitectónicas del Feng Shui. Víctor Jara es quien da cuenta de uno de los espacios del cruce. Hace doce años es encargado de Kier, una de las editoriales que alimenta a buena parte de esta tribu donde Oriente cambia de consistencia de acuerdo con el cliente. El propio Jara ha establecido una suerte de perfiles entre clientes del local abierto desde 1907. La mayor parte, dice, son mujeres, casi 70 por ciento.
Con los clásicos volúmenes de temas angelicales y astrología, la casa ahora acelera ventas de El arte del Feng Shui de Sara Rossbach y un tomo donde Juan Alvarez habla a sus lectores sobre La armonía de vivir. Justo el tomo donde Jara aprendió, estos días, lo malo que son los caracoles y además ha conseguido darles formas antropomorfas a sus potus: “Ahora entendí –explica– por qué los españoles le dicen hidra del diablo: chupa la energía, dicen acá”.

De soja

Al menos por aquí, hay algunas cosas claras. Lucía Santamaría nunca leyó aquello del Feng Shui. No sólo tiene potus en la sala de masajes, además también ella otorga ciertas características humanas a esas pequeñas hojas consideradas en su microcosmos como absolutamente energizantes.
Sobre la teosofía, Lucía ha inventado su propia biblia. Adscribe a la reencarnación como creencia, aunque no termina de definirse como parte del género. Ella es una de las macrobióticas extremas, traductora amateur de filosofía oriental americana.
Se levanta a las cinco y media de la mañana. Prepara el desayuno a sus dos hijos, al marido y a su gato. Usa granos agradables, cuenta, y cebada en remojo previo. Nada de endulzantes artificiales les pone a los platos; en su lugar opta por caldo de algas y miso, un fermento japonés de agua natural y sales de manantial. Un bol es suficiente, dice: “Imparte mucha energía”.
En la mesa no hace diferencias: el gato tiene su porción de miso, lentejas y arroz, integral por supuesto.
–¿Y leche con tostadas?
–No, nada, nada, eso es inexistente. No es necesario tampoco. La alimentación, no te olvides, modifica los pensamientos: una persona bien alimentada, con alimentos puros, integrales, completos, va a tener otra perspectiva de la vida.
Detesta la leche de vaca, o mejor, cualquiera de sus derivados. No sabe bien por qué, aunque lo atribuye a sus ancestros. Entre sus antepasados más cercanos podría citar a sus abuelos. Sobre los más remotos, todavía no habla.
Esta mañana, antes de salir dejó cuatro litros de leche de soja hervida con la que hace tofú, queso crema y ricota. A lo largo de diez años, la familia ha descartado los productos más sospechosos del ámbito doméstico: primero eliminaron la lavandina, más tarde jabones y ahora también los dentífricos. Una vez por semana, “pongo el cádiz de la berenjena, orgánica por supuesto, que se queme como cenizas y después un poquitín de sal marina”. Lucía es capaz de comparar un pomo de tintura con una explosión atómica: “Peligrosísimas –se altera–, son altamente peligrosas, son absolutamente tóxicas, traen serios problemas de salud”. El tema, de pronto, le recordó un libro. Una edición de GEA, que de paso obsequia: Macrobiótica y cáncer: 35 curas naturales, entrega.
El despojo es parte de un camino evolutivo con el que ha conseguido incluso cierto antídoto contra los mosquitos. “No me pican: al que se alimenta así no lo molestan. Es más: convivimos.” Los códigos de vecindad incluyen a las hormigas. En los últimos años, dos colonias se han afincado en su jardín. “No combato nada: respeto otra forma de vida.”
Lucio aparece en escena. Es su hijo menor, hasta ahora confinado en el fondo de una sala.
–¿Alguna vez comiste una hamburguesa?
–No.
–¿Pancho?
–De soja.
–¿Por qué?
–No siento atracción por ese tipo de comidas, no me llama la atención. No es lo que se debería comer, lo que me vendría bien a mí. Yo pienso, por lo que conozco, que no son cosas factibles de comer.

Perla

Acá todo el mundo se confunde, dirá más tarde Perla mientras busca algunos parámetros ortodoxos: “La macrobiótica tiene en cuenta no sólo los valores nutricionales de los alimentos, trabaja además con los valores vibracionales: el ying y yang”.
“Para Ohsawa quien tiene buen equilibrio nunca necesita al médico”, dice Perla, a cargo ahora de uno de los restaurantes más viejos de Belgrano dedicados al cultivo de una salud empedernidamente precaria. “Vivís entre la salud y la enfermedad, siempre están el ying y el yang: el día y la noche, lo bueno y lo malo.” Su tarea es conquistar un tranquilizador término medio, ni muy yang (excitante, energético, agresivo) ni tan endeble ni edulcorado como el ying.
Esta especie de destino trágico se ha convertido en soporte, causa y motivo de conductas que los freudianos anotarían como síntomas. Perla es obsesiva con sus cosas. Carga tablas de picar cuando viaja a Punta del Este para evitar toparse con partículas tóxicas de carne. Hasta allí cualquier tipo de descanso suponía un stress. Cuando no era la tabla, el problema era la vianda o hasta los cuartos de hotel de París donde una prohibición dogmática censuraba el uso de su hornalla. Perla combatió la veda infiltrando hornallas eléctricas a escondidas.
La subversión sirvió. Cocinó arroz negro durante días. Pero al final algo falló: Perla fue citada por el conserje el día que dejó parte del cuarto quemado. La vida alternativa no siempre es fácil.

 

Una huerta en la terraza

Durante treinta días estuvo encerrado en su casa. Puso en varias mesas unas quinientas pilas. Las ordenó, clasificó algunas y cuando terminó gritó ¡eureka!: ya tenía la fórmula para recargarlas. Antonio Urdiales Cano podría ser un excéntrico: a partir de una pelea con Edenor decidió quitar el medidor de su casa. Desde hace doce años reemplaza la energía eléctrica con el motor de una vieja aspiradora y una hélice. Hace permacultura, principio que explica como una búsqueda obsesiva por lo permanente.
“La dificultad de un problema es la solución: yo hago del problema la solución”, razona Urdiales, dando cuenta de esa suerte de filosofía con la que puede por ejemplo trasformar una plaga en algo indispensable. “Si algunos tienen problemas porque los caracoles les comen las verduras, yo les digo: los caracoles son más caros que las verduras, entonces cría caracoles.”
Fue técnico de YPF durante una época que menciona como su otra vida, cuando “trabajaba para la industria contaminante haciendo planes en petroquímica y siderurgia”. Aunque lo peor, dice, fue el paso por una central atómica: “Ese fue mi pecado ecológico más grande”. En 1985 se conectó con un grupo de permacultores de Quilmes, con los que descubrió que una huerta doméstica es el principio de cualquier cambio: “Tengo en la terraza oréganos y choclos, y conseguí un zapallo de cuatro kilos. Pero lo hago como un desafío, cuando veo que crecen ya está, lo dejo”. Las plantas de Urdiales son tan autónomas que casi no necesitan riego: las raíces, los pastos altos y la disposición generan el microclima justo para su desarrollo.
Estudió en Australia, Inglaterra y Canadá tecnologías enfocadas sobre lo sustentable. Da clases en escuelas donde enseña a trasformar la basura en tierra sin olores. “Imagínense una cosa asquerosa, inútil como la basura, que es una plaga. Imagínense ahora cómo será convertida en algo útil y agradable.” Como un tomate.

 

Reglas de un hogar ecológico

La sensación de que el planeta se extingue en casa de los Ezcurra no es ni fenoménica ni metafórica. Que el planeta se destruye es un principio que funciona como rector en el ámbito doméstico. Desde él se encaran batallas a veces quijotescas contra los códigos y los usos de la gran urbe, demasiado entrenada en prácticas pro contaminación.
Al principio pensaron en poner una huerta. Hacía unos meses que Emiliano y Fabiana se habían mudado a Palermo y creyeron que la terraza podía ser el sitio de experimentación. Después de un tiempo tendrían, de cosecha propia, verduras libres de agroquímicos y tóxicos, demasiado escasos y costosos en el barrio. Se entusiasmaron, hasta que vieron los primeros tomates: los creyeron de dudosa ingestión. “Nunca sabés –dice Fabiana–, pueden estar en contacto con los gorriones y las palomas, que son plagas y suelen trasmitir pestes”, explica ahora, convencida de que las aves fueron traídas en la época de Sarmiento y sólo alteran el equilibrio ambiental de este espacio del cosmos.
Pensando en la falta de árboles y contrario al talado irracional, Emiliano recoge los papeles y diarios de su casa y los lleva cada semana hasta Greenpeace para reciclarlos. Como además considera preferible usar medios de trasporte no contaminantes, en general ese camino lo hace en bicicleta. Con el tiempo, en la casa nació Martina, que ahora le llega a la rodilla a su mamá. La pequeña, a su modo, también es entrenada en prácticas pro medio ambiente, sobre todo cuando le toca el baño. Como el agua es un bien escaso, Fabiana suele recolectar de la bañadera el resto dejado por Martina. A partir de allí sube con un balde por la escalera hasta la terraza, recién ahí lo descarga, siempre sobre las plantas. Cuando termina el riego de sus plantas, usa el resto para el baldeo.
La cosa se pone difícil entre los platos sucios. Para lavarlos después de haber comido algún producto no orgánico, primero tiran a un tacho los restos capaces de seguir contaminado las napas de agua. A partir de allí los platos ingresan en la pileta donde sólo dos veces entrarán en contacto con el agua. Una al comienzo y otra vez al final. En el medio, lógico, detergente biodegradable.

 

EL CAMPO ENTRO FUERTE EN LA TENDENCIA NATURAL
Las vaquitas son orgánicas

Por A. D.

El concepto de vida sana obsesiona a los agroganaderos, cada vez más preocupados por evitar cualquier síntoma de stress entre sus animales y cultivos. La moda es todo un beneficio: por una tonelada de maíz tradicional les pagan 80 dólares; por una de orgánico, 180. Desde 1999 hasta ahora, la superficie destinada a este tipo de producción pasó de 1.800.000 a 3 millones de hectáreas; la Argentina es ahora la segunda productora mundial de orgánicos y exporta 90 por ciento de lo hecho. Este avance empujó el consumo local, que en un año creció entre 30 y 40 por ciento, pero todavía constituye una demanda fragmentada: 85 por ciento del consumo orgánico se concentra en Capital Federal y Gran Buenos Aires, y un 75 por ciento de ese universo se distribuye únicamente en la zona norte.
El Movimiento Argentino de Productores Orgánicos (MAPO) nuclea ahora a 150 mil empresas. El dato impacta cuando se compara con los números de 1992, cuando eran apenas cinco mil las hectáreas destinadas a esa producción. El auge mayor ocurrió entre 1998 y 1999, cuando las tierras dedicadas pasaron de 300 mil a 1.010.000 hectáreas. En estas cifras sólo se cuentan grandes y medianos productores que cumplen con las normativas exigidas por el Senasa para obtener la certificación orgánica: libre de pesticidas y agroquímicos. En forma paralela, la producción creció además entre los pequeños productores, un sector donde hoy trabajan unas seis mil familias.
Rodolfo Tarraubella, presidente de MAPO, sostiene que el consumo local aún no tuvo su gran boom y señala 1998 como año de despegue: la distribución dejó los carriles exclusivos de dietéticas y entregas domiciliarias para avanzar sobre los supermercados, boca de salida actual para el 80 por ciento de los productos. “Las góndolas fue el modo encontrado por los hipermercados de origen no nacional –dice– para orientar una demanda exitosa en el mundo.”
La concentración del consumo en el norte porteño y del conurbano responde, entre otras variables, a precios que están entre un 10 y 40 por ciento más altos que sus versiones convencionales: “Un animal orgánico debe ser alimentado sin hormonas ni anabólicos –explican Tarraubella–. Mientras un pollo tradicional tarda 45 días en crecer, uno orgánico demora 100”. No por nada es uno de los consumos más caros: en general 200 por ciento más.
El proceso del pollo se repite entre las vacas, por ejemplo. Los productores deben dejarlas deambular libres por el campo, sin encierros ni alimentos artificiales. Los derivados de la vaca son uno de los consumos en crecimiento, aunque la yerba mate orgánica, las frutas y las verduras son todavía los productos más pedidos en la urbe.

 

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