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LA INCREIBLE HISTORIA DE LA CAPTURA
DEL LIDER MAXIMO DE SENDERO LUMINOSO
Así cayó
Abimael Guzmán

Lideró una de las guerrillas más violentas y terroríficas del mundo, cuyo accionar dejó 25.000 muertos en la década del 80 y comienzos de los ‘90. Nueve años atrás Abimael Guzmán fue arrestado en Lima. Esta es la historia hasta hoy secreta de su detención, contada por los mismos que la protagonizaron.


Coronel Benedicto Jiménez.
El que capturó a Abim


General Antonio Ketín Vidal.
El que arrestó a Abimael.

Por Francesc Ralea 

Los peruanos recuerdan perfectamente las tinieblas de las noches de Lima cada vez que una torre eléctrica saltaba por los aires, el pánico del estallido de un vehículo cargado de dinamita o la matanza de campesinos de la sierra andina. La violencia dejó un aire irrespirable en el Perú de los años ‘80 y comienzos de los ‘90. Nada menos que 25.000 muertos, 6.000 desaparecidos, 600.000 desplazados, 3.000 presos condenados por terrorismo (no todos culpables), 7.000 órdenes de captura aún vigentes y buena parte de las infraestructuras destruidas son las cifras de la guerra que Sendero Luminoso, nacido en las montañas de Ayacucho, declaró al Estado peruano. La lucha contra el terrorismo fue la excusa para el autogolpe de Estado que dio el presidente Alberto Fujimori en abril de 1992. Su gobierno cambió de estrategia policial y creó el Grupo Especial de Inteligencia (GEIN) con el único fin de capturar al enemigo público número uno. Contra todo pronóstico, el Gobierno acabó derrotando aquella guerrilla fanática, que sólo dejó de existir cuando su líder mesiánico fue detenido. Gracias a eso, Fujimori fue reelegido cinco años más.

Benedicto Jiménez

Vive en un barrio limeño de clase media; sin medidas de seguridad aparentes, más allá del celoso guardián del edificio que vigila atento los movimientos del visitante. La casa es más bien modesta, sin toques estridentes ni simbología alguna del mundo militar.
El coronel vive con su esposa, su hija y un perro. Cuántos senderistas, en su inmensa mayoría en prisión, darían su vida por vengar la afrenta del coronel Benedicto Jiménez, jefe de la unidad antiterrorista de la policía que capturó a Abimael Guzmán. “Realmente muy pocos conocieron lo que fue Sendero Luminoso. Muy pocos llegaron a determinar por qué Sendero crecía y crecía, a iba poniendo al Estado al borde del colapso. Tenemos que ser sinceros y admitir que hasta 1992 estábamos perdiendo la guerra. El 5 de marzo de 1990 se formó el GEIN, de la policía antiterrorista. Cambió la metodología de trabajo. Tuvimos que salir a buscar a los terroristas y no esperar a que nos los trajeran”.
Querían llegar hasta la cúpula de Sendero Luminoso, pero la captura de Guzmán parecía una empresa imposible. El caudillo senderista ni se preocupaba de la policía, su enemigo eran las Fuerzas Armadas. Nunca creyó que iba a caer, y no tenía por qué. En contra de lo que se pensaba, pasó la mayor parte de la etapa violenta en Lima y apenas estuvo en Ayacucho. Y no podía por un problema de salud: no le convenía la altura.
Su última residencia era una casa en la urbanización Los Sauces, que aparentemente albergaba una escuela de danza que dirigía la bailarina Maritza Garrido Lecca. Quién iba a sospechar de aquella joven de buena familia, bien relacionada en los ambientes artísticos. “Llegamos allí después de una investigación paciente y minuciosa, atando cabos, hasta dar con la casa. Los vecinos se sorprendieron cuando capturamos a Guzmán, nunca habían notado nada raro. Veían salir cada día, de buena mañana, al arquitecto Carlos Incháustegui, con su maletín y los planos, que aparentemente convivía con la bailarina”.
Durante todo el operativo de vigilancia, los policías nunca vieron a Guzmán. “No salía de la casa. Permaneció prácticamente un año metido dentro. Se reunía con los dirigentes de uno en uno, evitando reuniones amplias. Iba a trasladarse a otra vivienda, en el campo. La orden estaba dada ya. Guzmán estaba rodeado de tres mujeres, las dirigentes más próximas. Se iban a ir a la sierra, donde habría sido mucho más difícil encontrarle. Actuamos el día y la hora oportunos”.
La policía llegó a la conclusión de que Guzmán estaba en la casa de Los Sauces a partir de la información que proporcionó un detenido que se acogió a la ley de arrepentimiento, fue sacado de Perú con identidad falsa y vive en el extranjero. “Desde el 24 de julio hasta la captura, el 12 de setiembre, nos concentramos en la vigilancia fija de la casa y en todo loque salía de la vivienda. Inspeccionábamos restos de comida, cajas de medicinas (Guzmán padece psoriasis), cabellos, colillas”.
Dos agentes, que en aquella época eran novios, Gaviota y Ardilla, montaron guardia durante semanas frente a la casa simulando ser una pareja de enamorados. Terminaron casándose. Fueron los primeros en entrar cuando se dio la orden. En el segundo piso, Guzmán estaba sentado en un sillón. Una de las mujeres que le acompañaba acudió inmediatamente a protegerle. Guzmán se ocupaba de la parte intelectual, y la parte militar y ejecutiva corría a cargo de Elena Iparraguirre, la camarada Miriam. Un fenómeno curioso: el líder estaba rodeado de mujeres, que manejaban la parte operativa. Encerrado en aquella casa, seguía la prensa, la radio y la televisión y recibía los informes de sus camaradas, tanto del interior como del exterior.
El coronel Jiménez participó en los interrogatorios policiales. “Era un tipo impresionante, que había estado en la clandestinidad 12 años, sobre el que se había creado un mito. Al verlo tuve sentimientos encontrados. Yo viví obsesionado por la idea de capturarlo. No dormía pensando que se me había escapado. Cuando finalmente lo tuve enfrente, algo mágico se rompió. Me había preparado tanto para ese día, y ahora qué. Le habíamos estudiado hasta en el último detalle. Físicamente era un tipo poco sano, pero intelectualmente era impresionante. Era muy locuaz, un gran conversador, podía estar hablando dos o tres días sin agotarse. Era capaz de hablar un día entero de Simón Bolívar. Luego te llevaba a la Novena de Beethoven, hablaba de Mozart. Después pasaba a la historia, y hablaba de las Fuerzas Armadas peruanas (`expertos en derrotas’)”.
¿Qué siente al ver que Guzmán terminará sus días en la cárcel?
“En mayo de 1992 hubo un motín en la cárcel de Castro Castro, en el que murieron varios dirigentes de Sendero a quienes yo había capturado. No crea que uno se siente bien en estas circunstancias. Llega un momento en que, después de tanto tiempo de seguir y vigilar a un individuo, cuando has estudiado su vida hasta el más mínimo detalle, llegas a tener como una afinidad con él. En tu fuero interno piensas que si no los hubiera detenido ahora seguirían con vida. Pero ¿a qué precio? Habrían seguido cometiendo atentados terroristas. Te preguntas: ¿fue bueno o fue malo? Entras en un dilema”.

Antonio Ketín Vidal 

Cuando cayó Guzmán, el coronel Jiménez y su superior, el general Antonio Ketín Vidal, jefe de la Dirección Nacional Contraterrorista (Dincote), estaban en su oficina. Durante la media hora de trayecto hasta la casa de Los Sauces, a Vidal no le pasó por la cabeza llamar a Vladimiro Montesinos, jefe del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN) y hombre fuerte del régimen, que se enteró de la noticia por televisión. El actual ministro del Interior de Perú es de la misma promoción de la Escuela Militar que Vladimiro Montesinos (1966). Trabajó en el SIN hasta mayo de 1991 y había sido asesor externo de Montesinos.
“Desde su puesto de observación, uno de los agentes vio una sombra que se acercó a la ventana, a través de las cortinas pudo distinguir la silueta de un hombre más bien grueso. Teóricamente no había nadie dentro porque era una academia de danza, donde sólo entraban Maritza y las alumnas. Teníamos una sospecha muy grande y había que actuar. Di la orden: si no hay resistencia, capturen a este hombre sin derramar una gota de sangre”. Cuando el general Vidal llegó a la casa y subió al segundo piso, Guzmán estaba sentado.
“Me acerqué, no había armas. Para oficializar la intervención le dije:
–Soy el general Antonio Katín Vidal, jefe de la Dincote.
Se levantó y me extendió la mano:
–Abimael Guzmán Reinoso.
–Usted sabe... En la vida se gana o se pierde. Usted que es dialéctico tiene que entender que ha perdido. Tome asiento –le dije.
–Pueden haberme capturado a mí, a la gente... Pero lo que el pueblo tiene aquí no se lo quita nadie. –La historia lo dirá”.
El general ordenó registrar la casa. Poco después se acercó el oficial encargado: “Mi general, esto es lo único que se ha encontrado”. Era una insignia que llevaba Guzmán en el bolsillo.
“–¿Y esto? –le pregunté.
–Ah, ésta es una insignia que me regaló personalmente el presidente Mao.
–Guárdesela”.
Guzmán estuvo los primeros días en poder de la Dincote, donde fue presentado a la prensa con una humillante indumentaria de presidiario y en el interior de una jaula. Le aplicaron la Ley de Traición a la Patria, fue juzgado por un tribunal militar y condenado a prisión perpetua. Primero fue recluido en la isla de San Lorenzo y de allí le trasladaron a un penal construido especialmente, un búnker a prueba de fugas, en la Dirección de Inteligencia Naval, en el Callao. Hay unos 12 presos, los principales cabecillas de Sendero y el MRTA, todos condenados a cadena perpetua. Durante los días que estuvo en la Dincote prácticamente jugó con sus interrogadores, que no obtuvieron una sola información. Fujimori dispuso entonces que el SIN entrara en acción para conversar con el detenido y tratar de descifrar por qué Sendero Luminoso llegó donde llegó. Montesinos llamó a Rafael Merino, uno de los cerebros más privilegiados del SIN. Un hombre de inteligencia de toda la vida y una de las pocas personas que tiene la documentación casi completa de Abimael Guzmán: material incautado, grabado y escrito; actas de las reuniones del Comité Central de Sendero Luminoso, de las reuniones más diversas de la cúpula, de los planes de la organización..., hasta la dieta de Guzmán.

Rafael Merino 

“Empezamos a verlo en el penal de San Lorenzo.
–¿Usted es el responsable de 20.000 muertes? –le preguntaban los policías.
–Yo nunca he matado a nadie, ni siquiera me he agarrado a puñetazos. No sé ni manejar un revólver.
–Pero ha sido Sendero.
–Sí, pero yo soy el jefe de un partido, no controlo a los comités regionales. Pregúntenle al jefe del regional”.
Merino y Montesinos fueron a verle a la cárcel: “Salió de su celda, a una especie de salita que estaba acondicionada, con cámaras y grabadoras a la vista de él. Estaba con traje a rayas.
–Doctor, hemos venido a conversar con usted –le dijimos.
–Pero si ya me han interrogado –replicó–. Soy abogado y sé que ya pasó el período de interrogación.
–Sí, pero esto no es un interrogatorio. Hemos venido a conversar.
–¿Cómo va a ser una conversación si estoy vestido con traje a rayas? Este es el traje de un presidiario, entonces no hay ninguna conversación.
–Tiene usted razón.
A través de un teléfono móvil hablamos con el presidente, que autorizó que se vistiera como una persona normal.
–Puede usted cambiarse, doctor.
Al rato, Abimael Guzmán compareció con su vestido tipo Mao. Le invitamos a fumar, y nosotros, que no fumábamos, también prendimos un cigarrillo para no ser menos. Le dije:
–Doctor, nos guste o no, lo concreto es que cuando en el futuro se escriba la historia de Perú, su movimiento y el accionar de su partido van a ocupar páginas enteras. Pero el problema es que ha habido demasiado mito en torno a su figura, y cuando se escriba se van a repetir esos mitos, y eso no va a ser historia. Nuestro interés es simplemente conversar para restituir en la realidad de las cosas el lado oculto de la luna.
–Sí, pero no voy a dar nombres.
–Nosotros no le estamos pidiendo que delate a nadie. Nuestro interés no trata sobre nombres, personas ni atentados. Esas son cosas policiales.Dado que tanto usted como yo hemos leído y estudiado mucho el marxismo, vamos a conversar dentro de categorías marxistas, de la dialéctica.
–A mí me parece correcto”.
Vladimiro Montesinos permanecía en silencio. no era su terreno. En las primeras conversaciones, la iniciativa la llevaba Rafael Merino. El jefe del SIN entró en acción más tarde, cuando se empezó a hablar de aspectos operativos. Acordaron, para los efectos de la conversación, que Merino sería “el doctor viejo”; Montesinos, “el doctor joven”, y el jefe senderista, “el doctor Guzmán”.
“En la segunda conversación, el diálogo ya era muy fluido. Guzmán es un buen conversador. En mi caso, aunque él fue el enemigo, yo lo admiraba porque lo había estado siguiendo desde hacía mucho tiempo, hasta tal punto que leyendo un documento de Sendero era capaz de descifrar si lo había redactado Guzmán. Poco a poco se le fueron dando ciertas facilidades en su condición de presidiario, como poder estar una vez a la semana con su compañera. Claro, que todo se grababa y se filmaba. Las conversaciones con Guzmán duraron unos 60 días. Nosotros establecíamos la frecuencia para que no estuviera preparado. Eran conversaciones de varias horas, muy interesantes”.
Merino preparó la primera carta que le envió al presidente Fujimori pidiéndole un acuerdo de paz. Abimael Guzmán la leyó y sólo le borró una palabra: la había escrito utilizando exactamente el lenguaje senderista. Fue llegando a la conclusión de que, o pedía un acuerdo de paz, o su partido terminaba destrozado. No fue una capitulación en toda regla, ya que él hablaba de que no estaban dadas las condiciones para continuar la guerra. Su llamamiento fue seguido por el 80 por ciento de la militancia. Apareció en televisión leyendo el comunicado pidiendo el acuerdo de paz”.
Pasó el tiempo, y Montesinos regresó al penal para proponerle a Guzmán que escribiera su biografía. Llevó un listado de unas 400 preguntas, redactadas por Merino, desde el nacimiento hasta la captura. Se le facilitó papel y lápiz, y el líder de Sendero empezó a escribir. Cada semana, Montesinos iba a recoger el material, del que no existe copia y que guardaba celosamente. Lo que podría ser un documento histórico está en paradero desconocido, como el ex jefe del SIN.
Merino no oculta sus sentimientos al referirse a Guzmán, aislado en un penal inexpugnable para el resto de sus días. “Pienso que es un despropósito, es una pérdida de un intelectual de ese peso específico. Seguramente apuntaba al bienestar de la sociedad peruana, lo que pasa es que escogió el camino más corto, que era el de la violencia. Pienso que es un hombre más valioso suelto que detenido, lo siento así. Pero eso no puede ser, y ahora menos que nunca, porque dada la situación de desempleo, hambre y crisis económica que vive Perú, las condiciones objetivas para que pudiera producirse de nuevo un movimiento subversivo son mucho más aparentes que en 1980, cuando Abimael Guzmán inició su lucha. Ahora tendría más seguidores, sería una oleada que no podría contenerse, sería el retorno del mito a la vida”.

La ejecución que no fue

El gobierno de Fujimori llegó a firmar un decreto-ley que dictaba la pena de muerte para Abimael Guzmán y otros dirigentes de Sendero Luminoso. El decreto, con fecha 14 de octubre de 1992 (un mes después de la captura), incluía un memorándum sobre las Normas de detalle para la ejecución, que no se llevó a cabo. “A la hora designada, los tres reos serán conducidos por un piquete al sitio de la ejecución. Frente al piquete ejecutor se les vendará los ojos, e inmediatamente después serán fusilados, en el orden siguiente: Elena Albertina Iparraguirre Revoredo (2) Abimael Guzmán Reynoso (3) Zenón Walter Vargas Cárdenas (1)”.
Este medio ha obtenido una copia del texto original, que provoca más escalofrío cuando se comprueban las correcciones introducidas de puño y letra (aquí marcadas en negrita) por el propio Fujimori, con el único fin de amedrentar. “Antes de proceder a la ejecución de (del) la primera (primero), un oficial previamente designado, preguntará a Elena Iparraguirre Revoredo (Zenón W. Vargas Cárdenas) si es que acepta colaborar voluntariamente, proporcionando la información que se le requiera, a cambio de la conmutación de la pena de muerte por la de prisión perpetua. Si se negara a colaborar, se procederá a la ejecución; en caso contrario, ésta será suspendida. Igual procedimiento se seguirá con los otros dos reos. Abimael Guzmán debe estar presente en el acto de ejecución de Elena Iparraguirre (Zenón Vargas y de Elena Iparraguirre), como una forma de presionarlo para que, a su turno, proporcione información.

 

MARITZA GARRIDO LECCA, DE LA BURGUESIA LIMEÑA
La bailarina que lo ocultó


Maritza en su academia.
Donde ocultaba al líder.

Tras un juicio relámpago, los jueces sin rostro leyeron la sentencia: “Cadena perpetua por traición a la patria”. Una voz precisó: “Porque es una dirigente en potencia”. “¡Entonces encierren a los niños!”, exclamó la condenada. Maritza Garrido Lecca tenía 27 años cuando fue detenida en la casa que, bajo la apariencia de una escuela de danza, servía de escondite a Abimael Guzmán y a las principales dirigentes de Sendero Luminoso. Ha pasado los últimos nueve años en tres penales, la mayor parte en la cárcel de máxima seguridad de Yanamayo (provincia de Puno), a 4000 metros sobre el nivel del mar. “En todo este tiempo no vi nunca a mis padres, sólo a mis hermanos, porque mi padre no resiste la altura. Fueron siete años muy duros. El primer año estuve sometida a lo que llamaban aislamiento celular continuo. No podíamos salir al patio ni recibir visitas. Así un año. Te sentías realmente enjaulado”.
Perteneciente a una familia de la burguesía limeña, Maritza es una mujer atractiva y cultivada que se mantiene firme en sus convicciones. Habla de la danza, de sus estudios en la cárcel o del “marxismo-leninismo-maoísmo”. Nuestra primera conversación fue en la cárcel de Socabaya, que se levanta en un descampado en las afueras de Arequipa, adonde fue trasladada el año pasado. “No vamos a salir para reiniciar la lucha armada. La guerra no es ningún juego. Pues bien, el Partido Comunista del Perú no está en condiciones de conducir una guerra popular”.
Maritza cree que “una amnistía general sin venganzas de ningún tipo hacia ninguno de los lados”, servirá para una reconciliación nacional. “La historia no se mide en años, sino en décadas. Hoy día, la necesidad es la paz. Los 25.000 muertos fueron producto de la guerra interna que hubo en el país”.
Durante su cautiverio, Maritza ha estudiado historia del arte.
¿El futuro? “Sinceramente creo que estas cosas debieran arreglarse en un tiempo no muy lejano. Mi ilusión es que tal vez en cinco años. Nunca he pensado que pasaré el resto de mi vida en la cárcel”.

 

 

 

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