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OPINION
Por Mario Wainfeld

Ahora Mingo se ahoga en un vaso de agua

La seguridad de Cavallo hace apenas seis meses.
Su depresión de hoy. Los motivos del bajón, vistos desde el Gobierno. Marx le pone números al default. Una desdichada carta del Presidente. La derecha autoritaria pide bala.
Carta conceptuosa enviada por el Presidente entre otros a Alasino, Cantarero y Genoud.


“Ustedes se están ahogando en un vaso de agua”, le dijo Domingo Cavallo a José Luis Machinea y varios de sus laderos, describiendo las dificultades de la economía. Fue en la prehistoria, hace algo menos de seis meses, durante el verano septentrional de 2001. El Gobierno había conseguido el blindaje y, algún día, el riesgo país bajó a 660 puntos básicos. Luego, rebotó a 800 y los Machi boys estaban preocupados, según Mingo sin mayores motivos que su propia inhabilidad natatoria.
La conversación ocurrió mientras se hablaba de un posible desembarco de Cavallo en Jefatura de Gabinete o al mando del Banco Central, con retención de cargo por parte de Machinea. Todos suponían que Mingo desplazaría al “Ministro de la Alianza” pero estaban dispuestos a que la operación fuera untada con vaselina. El diagnóstico de Cavallo fue recordado hace poco más de una semana, con más estupor que sorna, en la cena en que un puñado de dirigentes radicales y de ex integrantes de su equipo despidió a Machi quien se va por un año a Estados Unidos, a ocupar un alto cargo en un organismo internacional. Mientras, Cavallo está en Economía, adonde llegó por autopista y no por un atajo como se exploraba entonces.
La evocación dispara una conclusión no demasiado habitual: contra lo que inducen a pensar su fama y cierto sentido común, Cavallo se ha demostrado en estos últimos tiempos como un político astuto, inclaudicable y múltiple en tácticas, siendo al tiempo un economista que no embocó una. No se trata claro, de negar sus calificaciones técnicas sino de notar que todo lo que dijo (y ¡ay! lo que hizo) en los últimos tiempos, atinente a lo que se supone es su especialidad estuvo mal. Fue desairado por los hechos, fue goleado por adversarios que ninguneó, se viene ahogando en el vaso de agua que ahora Machi contemplará, más calmado y menos golpeado que él, desde el Norte.

El primero en saber

El es el primero en saber cuánto se han desagiado su poder, su prestigio, su proyección hacia la Presidencia 2003. No lo dice con palabras –la modestia, la introspección, la autocrítica no son lo suyo– pero lo expresa con el cuerpo. Se lo nota, más que apagado, deprimido. Así lo vieron los cronistas extranjeros que compartieron con él un desayuno. “Parece otro” comentaron varios de ellos a Página/12, “abatido, con un hilo de voz”. Igual lo oyeron los senadores peronistas en la desesperada jornada del viernes. “Nos suplicaba,” comentaba uno de ellos, “jamás lo vi así”, y a fe que lo ha visto mucho.
“Se va a recuperar, Mingo tiene fibra,” (se) consuela una figura del Gabinete que no lo quiere mal y luego hace un repaso que da motivos para ameritar una depresión machaza:
“Creyó que su sola presencia resolvía la crisis”.
“Retó a los banqueros en público por cobrarle una tasa de interés que ahora les agradecería de rodillas”.
“Decidió que Brasil era su enemigo y Estados Unidos su amigo”.
“Acá quiso aliarse con Carlos Ruckauf y crecer desde el gobierno, armando listas electorales con la oposición”.
“Creyó que el principal problema era la competitividad y que la falta de solvencia estatal era un dato superable”.
Se equivocó en todo, concluye irrefutable el funcionario y se le cayeron las fichas de su proyecto presidencial.
“Lo que más le duele,” redondea ante Página/12 otra fuente del gabinete, ésta de estirpe cavallista, “es haber perdido su reputación en el exterior”. Ese era su mayor bagaje, su bastión, su diferencia exponencial con colegas ministeriables. Se burló de los mercados y éstos le llenaron la cara de dedos. Viajó por todo el globo. Desde Estados Unidos le dieron la espalda. Y, a confesión de parte relevo de prueba, fueregresando de una gira a Europa, en el propio avión, insomne (le ocurre a menudo) que tiró su manotazo de ahogado: el déficit cero. Al fin y a la cabo la economía europea está más calzada en Argentina que la norteamericana. Franceses y españoles padecerán lo suyo cuando se licuen los activos ubicados en estas pampas o cuando los títulos públicos argentinos se devalúen. Pero el mago volvió de Europa con las manos vacías. Fue entonces cuando, perdido por perdido, echó por la borda la heterodoxia con la que pretendía sumar a su crédito de economista galardones de político, y se aferró al déficit cero. Una falacia de las tantas que ha propinado a los argentinos durante décadas. Eso sí, menos pródiga en fuegos artificiales.
Que sea un Cavallo groggy, sin reflejos y casi sin autoritarismo el mandamás de la economía en los días en que el proyecto de país que él buriló junto a un peronismo oportunista, entreguista y corrupto, tendría algo de justicia poética si no fuera porque las consecuencias de esos desaguisados malévolos la pagan en mayor proporción muchos otros.
El déficit cero, en los términos que se propone, es una fuga hacia adelante, como lo fueron el remate de las joyas de la abuela y la desfinanciación perversa del sistema jubilatorio. Solo que esta vez la falsa coartada parece signada a desbaratarse en cuestión de apenas meses, ¿semanas? ¿días?, ¿horas?
El proyecto oficial de déficit cero acentuará, mejor dicho, ya acentuó la depresión económica. Y por lo tanto, sea cual fuera el piso que tenga el recorte de salarios y jubilaciones, será insuficiente para alcanzar esa penosa utopía posmoderna. La recaudación de este mes da lástima. Héctor Rodríguez, titular de la AFIP, anuncia una caída del 4 por ciento. Se quedará corto. “Rompí los papeles con los datos, los tiré no sé donde, de la bronca,” se confiesa ante este diario un funcionario del área económica cuando se le piden más precisiones.
Cuando se cierra esta columna, al ocaso del sábado, parece que el Senado aprobará el proyecto de ley que viene de Diputados. Así fuera, todo indica que no habrá déficit cero (ni nada similar) al fin del trimestre julio-septiembre, y que –si llega hasta entonces– Cavallo tendrá más motivos para deprimirse. O para volver a afilar su tijera.
Las huestes del ministro avizoran que el horizonte cercano es ominoso. Su ladero Daniel Marx, por si las moscas, ha elaborado un cálculo econométrico del impacto del default estatal. Cuánto podrían bajar los salarios reales, el producto bruto, cuánto aumentar la desocupación. Los números espantan. La carpeta posa sobre varios escritorios oficiales y acicatea a mujeres y hombres de la Rosada a seguir tras la zanahoria de la aprobación de la ley. Las comparaciones con Ecuador (“hicieron las tres: default, devaluación y dolarización y mire donde están”), Rusia (“el PBI se redujo a la mitad, hay mucha economía en negro pero...”), y hasta Malasia integran el menú aún en caso de funcionarios no avezados en materia económica.
Bueno, esa ciencia es muy esquiva. Su mayor gurú parece una hojita en la tormenta. Hasta fue desplazado del centro de la escena por su incompetencia para moverse en democracia. Los peronistas están hartos de sus desplantes (sin poder que los sostenga), de sus rabietas y Chrystian Colombo se ha convertido en la figura central de una serie de negociaciones nerviosas y agobiantes. La política tiene sus exigencias, incluidas destrezas en las que Cavallo no califica bien. Tal vez por eso Colombo apeló a Enrique Nosiglia para manejar momentos cúlmines de la jornada del viernes. La sensación de apocalipsis posibilitó que “Coti” abandonara no solo el perfil bajo que cultiva con unción, sino también la cama donde una gripe potente lo tenía encadenado.

Si de política se trata...

Es que, puesto a “hacer política” el Gobierno es tan endeble como cuando gerencia la economía. Sólo un puñado de sus integrantes sale, al menos a negociar, dialogar o boxear: Colombo, Patricia Bullrich y ahora Juan Pablo Baylac. Ramón Mestre abandonó su tradicional ensimismamiento pero se interesó más por el tablero de su provincia (en la que José Manuel de la Sota hizo un golcito el domingo pasado) que por el nacional. Fernando de la Rúa parece no tener más nadie con quien contar.
A veces, para colmo, parece no contar ni consigo mismo. La carta que en facsímil ilustra esta página es, sin dejar de reflejar un episodio menor, un buen indicador del estilo, los límites y acaso el pensamiento del Presidente. Su redacción fue sugerida por Mario Losada, Presidente del Senado, segundo en la línea de sucesión del Ejecutivo. Es una misiva conceptuosa, llena de elogios y termina “lo saludo cordialmente” escrito de puño y letra presidenciales, apelando a la responsabilidad patriótica de los senadores para que apuren el voto de la ley de déficit cero.
Ese texto –digno de destinatarios elevados, de repúblicos intachables– fue enviado a Emilio Cantarero, Augusto Alasino y José Genoud por no citar sino algunos de los más emblemáticos representantes de una Cámara desprestigiada hasta el asco. Ya nadie se toma la molestia de hacer encuestas sobre el punto pero, en su momento, 90 de cada 100 argentinos estaban convencidos de que la mayoría de esos senadores habían traficado coimas en el trámite de aprobación de la reforma laboral. Entre esa mayoría hay algunos intérpretes calificados: Carlos Chacho Alvarez, Antonio Cafiero, el propio juez Gabriel Cavallo en su fuero íntimo por no mencionar a casi toda la corporación política cuando dialoga off the record.
No se sabe y posiblemente nunca se sabrá si Alberto Flamarique predicó que a ese cuerpo se le hablaba con la Banelco y no con un epistolario digno de próceres. Ni, en su caso, si lo suyo era una metáfora o la descripción de un modus operandi. Pero cabe aventurar que esa frase parecía sintetizar mejor que la esquela presidencial cuáles eran los puntos que calzan la mayoría de los legisladores de un cuerpo que avergüenza a la Nación.
Que la carta, infortunada a fuer de retórica, anacrónica e inoportuna, haya sido sugerida por quien vino a recalar al sillón que dejó vacante la renuncia de Chacho Alvarez, es una cuenta más en el collar de la retahíla de errores que provocó, en su entropía casi siempre autogenerada, la coalición gobernante.

Los que piden bala

“Desde el ángulo de mira de la ley lo que hay son violentos aunque sean idealistas de un lado y fuerzas del orden democrático, aunque cometan excesos del otro”. La frase, que bien podría haber suscripto Jorge Rafael Videla en sus años de oro, corresponde empero a Mariano Grondona. Se publicó en La Nación del jueves y alude al asesinato en Génova de Carlo Giuliani.
Ese mismo día todos los diarios del mundo describían atropellos cometidos por la policía italiana contra los globalifóbicos, incluidas torturas. No es de extrañar que el columnista pasara elegantemente por alto esas informaciones: su curriculum periodístico registra que ignoró por años la existencia de terrorismo de estado en su propio país. Tampoco asombra que use la palabra “excesos” dos veces en su breve nota, repicando la misma campana que usó para exculparse nuestra dictadura militar. De últimas, no es novedad que Grondona vuelva a las fuentes: apologista de la dictadura, malvinero fanático, enfurecido reclamante de tanques para reprimir a los autores de saqueos durante la híper.
Lo significativo, lo que excede lo personal es entender por qué esa nota se escribe acá y ahora, en las vísperas de los cortes de rutas concertadosconvocados por los piqueteros. Grondona pinta su aldea: menciona a Génova pero alude a La Matanza. Libera de culpas al que mató a Giuliani, carente de competencia territorial, porque procura dispensar de escrúpulos a los que –eventualmente– repriman a Luis D’Elía.
Las crisis a veces desnudan ciertos afeites y la derecha represiva argentina vuelve a sus orígenes. El menemismo permitió a algunos cierta oratoria democrática. Al fin y al cabo ese peronismo es corrupto pero además mersa lo que facilitó ciertos desplazamientos, temporales. Pero, en momentos de colapso, los alineamientos recobran su lógica y la derecha autoritaria, sencillamente, pide bala o algo así.
Algunos funcionarios del Gobierno, haciendo uso de sus espadachines mediáticos azuzaron demasiado ese fuego: Patricia Bullrich y Juan Pablo Baylac a la cabeza. Su retórica, en especial la del vocero, fue demasiado similar a la del más clásico autoritarismo nativo. El diario La Nación dio doctrina a ese pensamiento con editoriales enérgicos y artículos de penalistas que hablan de asociación ilícita, sedición y otras bellezas.
Hombres de derecha ambos, si que mezclados en coaliciones más vastas, De la Rúa y Cavallo no han podido, hasta ahora, sacar un cuatro en materia de gestión. La economía argentina no está al borde de la corrida bancaria, el default y la devaluación por arte y gracia de los militantes sociales sino de otras variables mucho más cercanas al pensamiento y a las obras del Presidente y el Superministro de Economía.
En tamaños momentos algunas mentes del gobierno imaginan capitalizar escenarios violentos, distrayendo o generando un chivo expiatorio. Y algunas mentes y plumas de derecha proponen lo de siempre. Nada es demasiado asombroso en la cabina de comando del Titanic.

 

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