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Una guerra de dos horas
Por Martín Granovsky

En Vietnam murieron 58 mil norteamericanos. Ayer, en una sola mañana, cayeron miles de civiles. Qué papel juega la tecnología del comando suicida, los riesgos de la venganza indiscriminada y la idea criminal de que ahora queda debilitado Wall Street. 


En toda la guerra de Vietnam, donde Washington abrazó una causa deplorable, murieron 58 mil soldados norteamericanos y, obviamente, casi no hubo bajas civiles. Si ayer cayeron 10 mil estadounidenses en las Torres Gemelas, quiere decir que en dos horas murió más de la quinta parte de los muertos en Vietnam durante toda una guerra de intervención. Y no hubo bajas militares. Sólo civiles.
Esas cifras, junto a los aviones civiles secuestrados y sacrificados en vuelo, expresan como ninguna otra la magnitud de lo sucedido ayer en los Estados Unidos. La expresan mucho más que el valor simbólico del ataque a los signos del poder económico (las Gemelas) y del poder militar (el Pentágono) de los Estados Unidos. Y se trata, además, de números monstruosos que no hubieran sido posibles sin la utilización de la tecnología de última generación en terrorismo: los comandos suicidas.
El diario israelí Maariv publicó hace unos días el relato de un funcionario de seguridad, Avi Dichter, a miembros de la Comisión de Relaciones Exteriores y Defensa del Parlamento. Contó Dichter que un terrorista suicida que intentó un ataque en la Franja de Gaza fue herido y capturado por las fuerzas israelíes y llevado sin conocimiento al Hospital Barzilai de Ashkelon. Cuando despertó y recuperó la conciencia el investigador del servicio de seguridad le preguntó:
�¿Sabés dónde estás?
�Por supuesto �contestó el terrorista mientras miraba a su alrededor un mundo limpio de sábanas blancas, luminosidad y hermosas enfermeras que lo rodeaban mirándolo suavemente�. En el Paraíso.
�Y decime �preguntó el interrogador�. ¿Hay judíos en el Paraíso, o solo 70 vírgenes? 
�No, no hay judíos. 
�Entonces no estás en el Paraíso �informó el interrogador.
La historia es verdadera y, más allá del humor, es una de las pocas que sirve para explicar la disposición a morir que exhiben los comandos. En la guerra tradicional, e incluso en el terrorismo clásico, la capacidad de daño está minimizada por la necesidad de conseguir la logística para el escape. La muerte es siempre una posibilidad pero jamás una certeza. Para los comandos suicidas, en cambio, la muerte es una seguridad y, además, la garantía de acceder al más placentero de los paraísos que ofrecen las grandes religiones monoteístas. El mayor arma del suicida es el propio suicida, que puede valerse de explosivos como ayer se valió de aviones a los que secuestró con cuchillos o cortantes de papelería. 
Entonces, ¿cualquier fanático es un terrorista en potencia? Más todavía: ¿cualquier musulmán es un suicida futuro? En la respuesta a esas preguntas reside, justamente, el mayor riesgo que puede desatarse luego del horrible atentado de ayer: la caza del musulmán o la revancha (retaliación, dicen los expertos en estrategia) contestando con violencia indiscriminada a la violencia de los comandos.
El teórico conservador Samuel Huntington escribió hace unos cinco años su libro �El choque de civilizaciones�. En ese esquema, fenómenos como el de ayer quedarían como un simple �choque de culturas�. Sin embargo, esa sobresimplificacion choca con la realidad e impedirá combatir al terrorismo:
No hay una internacional del terrorismo islámico. Son grupos fragmentados con objetivos diferentes. 
Si el autor del atentado de ayer fue Osama Bin Laden, y si es verdad que el millonario saudí está en Afganistán refugiado entre los talibanes, conviene recordar un punto: el intolerable fundamentalismo de la teocracia afgana hizo que cientos de miles de personas huyeran... a Irán. Y en Teherán, hoy, el fundamentalismo más extremista cotiza en baja. 
El islamismo de los suicidas no es el Islam sino su caricatura. 
El poder de los talibanes, que por otra parte no controlan todo el país, no surgió de la crisis del Oriente Medio sino de otra realidad. En1979 la Unión Soviética invadió Afganistán. Los Estados Unidos, entonces, alimentaron a unos guerrilleros fundamentalistas y los ungieron como �combatientes de la libertad�. Son los actuales talibanes. 
Una retaliación indiscriminada sobre Afganistán podrá reparar la humillación sufrida ayer por la Casa Blanca pero no contribuirá a destrabar el complicado conflicto político afgano. Y la guerra escalará con nuevas víctimas civiles y sin garantía de una solución siquiera militar para los Estados Unidos. 
Una retaliación de otro tipo, por ejemplo en el Oriente Medio, solo recalentaría la violencia entre dos pueblos que, como los judíos y los palestinos, no solo deben convivir sino que, como vecinos, están condenados a hacerlo.
Esta descripción no equivale a negar que George W. Bush buscará la retaliación. Pone en duda tanto su legitimidad, más aún si es indiscriminada, como su eficacia. El ejemplo en contra de este argumento suele ser el de Muammar Kadafy. La participación del líder libio en atentados terroristas cesó luego de que los Estados Unidos bombardearan sus cuarteles y sus casas, a tal punto que Kadafy salvó por poco su vida. Pero la diferencia entre un caso y otro es notable. Kadafy era la cabeza de un Estado. Bin Laden no lo es, y tras el santuario afgano, o eventualmente el sudanés, podría encontrar otro. Y, de nuevo, la tecnología del suicidio a disposición de los comandos ha demostrado ser accesible y eficiente para producir miles de muertos.
Frente a esos muertos, no cabe duda de dónde es mejor ubicarse: junto a ellos. Cualquier razonamiento de que así, igual que los suicidas, se combate al imperio, dejaría en pie la evidencia de que el imperio, por el contrario, sigue, y ofrecería compañeros de ruta deleznables, que no dudarían un segundo en estrellarse contra un edificio de Catalinas en pleno centro de Buenos Aires matando miles de empleados mientras van a su trabajo en hora pico. Ayer, en la Facultad de Filosofía y Letras, un pequeño grupo de estudiantes festejó el atentado. Como no son terroristas de Ben Laden, en cuyo caso se trataría de algo peor, cometieron un acto idiota. Pensaron, criminalmente, que la masacre de civiles debilitaría al poder financiero. Basta pensar en un ejemplo. Hace solo una semana, el primer ministro francés propuso a los países industrializados adoptar la tasa Tobin, que grava la especulación de capitales. La propuesta había salido de los grupos más pacíficos del movimiento antiglobalización. Es temprano para decir si la idea triunfará luego del espaldarazo de Leonel Jospin, pero con solo obligar al mundo a debatir la perspectiva de justicia estará más cerca. 
Ayer, en la guerra de dos horas, en la batalla de las Torres Gemelas, lo único que estuvo más cerca fue la muerte. 


 

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