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Vulnerables

Por J. M. Pasquini Durán

El planeta quedó paralizado, estupefacto, desde el instante en que comandos suicidas no identificados consumaron ayer en Washington y Nueva York tres ataques increíbles, estrellando otros tantos aviones comerciales de cabotaje contra el ala oeste del Pentágono en el Distrito Federal y las torres gemelas del World Trade Center en Manhattan, emblemático corazón del mayor imperio del mundo contemporáneo. La potencia militar que actúa como policía mundial, con tropas propias instaladas en todos los continentes, y el gobierno que se proponía construir un escudo espacial de autoprotección, fueron atravesados por el terror igual que Argentina en su momento, en tales proporciones de horrorosa vulnerabilidad que sólo habían sido previstas en relatos de ficción. 
No existen excusas, sean ideológicas, religiosas o étnicas, para justificar la matanza masiva de civiles indefensos y desarmados, puesto que el terrorismo ciego, ejecutado por el Estado o por particulares, es incompatible con la defensa irrestricta de los derechos humanos. Esos derechos, surgidos después de la tragedia de la II Guerra Mundial, resumen la más generosa creación de la inteligencia civilizada para garantizar una vida digna a la especie humana. Por lo tanto, nada más contrario a ellos que la muerte planificada y alevosa, no importan las razones que se invoquen.
América latina, lo mismo que otras regiones, tiene fundados motivos de hostilidad contras los abusos reiterados del intervencionismo norteamericano. Basta con recordar que ayer, 11 de setiembre, se cumplieron 28 años del derrocamiento del presidente chileno Salvador Allende por un golpe militar, que fue alentado y apoyado por las autoridades de Estados Unidos, tal como se ha verificado en las pruebas documentales que integran expedientes judiciales en Chile y en Washington. A pesar de esa historia, nadie puede arrogarse el derecho a la indiferencia por lo sucedido, ya que el futuro y la tranquilidad de todos están en riesgo. Dado que el atacado es el centro imperial del mundo, la irradiación de su conducta puede alcanzar los sitios más remotos. 
Es sabido que los ambientes de temor facilitan las decisiones de poder de signo autoritario y ceden a la tentación de imponer por la fuerza una presunción de seguridad que termina por sacrificar la libertad, en lugar de garantizarla, y restringir la democracia en lugar de ampliar sus opciones. Nadie ignora, además, la capacidad de represalia que puede exhibir Estados Unidos, sobre todo si se imponen las legítimas reacciones provocadas por la dolorosa afrenta combinadas con las ideas de venganza a toda costa para afianzar el liderazgo internacional. Elegir con precipitación un blanco externo para la revancha, además, podría ser utilizado para encubrir los sentimientos de fastidio de la población norteamericana sobre las falencias demostradas por el carísimo aparato de inteligencia y seguridad para prevenir semejante operación terrorista. Ningún recurso a la mano de �por ejemplo� el saudí Bin Laden, sospechoso favorito de la CIA, puede compararse con los que dispone Estados Unidos. 
Ninguna persona sensible puede retacear la solidaridad y el respeto con las víctimas y sus familiares, pero esos sentimientos no pueden ni deben ser los únicos elementos de juicio. El respeto por la ley y los derechos ciudadanos es una condición inseparable de la búsqueda de justicia. Los argentinos recorren desde hace muchos años ese fatigoso camino, a pesar de las enormes heridas abiertas por el terrorismo de Estado y por los ataques que sufrieron entidades como la AMIA, sin que un solo acto de justicia por mano propia haya empañado la trayectoria de los afectados directos y de los defensores de los derechos humanos. Estos son motivos adicionales, aparte de los riesgos futuros, para que las decisiones que afectan al equilibrio de las relaciones internacionales sean responsabilidad compartida con todas las naciones que estén dispuestas a consolidar la voluntad de cooperación y convivencia pacífica en lugar del odio y la discriminación. Sería penoso que el gobierno nacional y otros, en su afán de estar al lado de Estados Unidos en este momento tan difícil, interpreten que su obligación es secundarlo a cualquier costo, no importa la ruta que elija para encontrar compensaciones. Por su parte, Estados Unidos debería reflexionar sobre sus propias actitudes, como las que lo llevaron en estos días a retirarse de la conferencia internacional contra el racismo que tuvo lugar en la ciudad de Durban, o sus reticencias para la formación de un Tribunal Penal Internacional o para defender la calidad del medio ambiente que afecta a todos. Los ataques de ayer llegaron en un momento de notoria debilidad de la potencia del Norte. Con la economía en declive acelerado y una presidencia surgida de un trámite judicial que despertó múltiples sospechas de manipulación, arrastra también la impotencia para influir en conflictos como el de Medio Oriente y la responsabilidad de haber colaborado en Afganistán para que los talibanes, a los que ahora mira con el ceño fruncido, asumieran el poder a fin de desplazar las influencias de la Unión Soviética durante los años de la guerra fría y los conflictos de baja intensidad. A estas horas, sin embargo, la sensación más fuerte es que ayer se produjo uno de esos momentos de la historia que cambian rumbos, tal como ocurrió con la bomba atómica en Hiroshima o la caída del Muro en Berlín. Si es el principio o el final de algo es un interrogante abierto a la espera de respuesta, flotando entre otras intrigantes cuestiones sobre la inolvidable pila de escombros y cadáveres que conmueve desde ayer al mundo entero.

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