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OPINION
Por Mario Wainfeld

LOS PRIMEROS ACIERTOS Y ERRORES DE UN GOBIERNO QUE NACIO EN CRISIS
Lo mejor del 2001 es que ya termina

Un diagnóstico acertado y un cambio de rumbo inexorable. Las designaciones inexplicables. La alegría intrasmisible. Las promesas excesivas. La puja entre sectores económicos. La nefasta herencia de la Convertibilidad y las dudas de cómo salir. Y buenos deseos.

¿Cómo es posible que dirigentes avezados, inteligentes los más, muy astutos todos, incurran en errores de juicio que no cometería el más desprevenido de los ciudadanos de a pie? ¿Cómo se explica que –así sólo sea para conservar los sitiales a los que accedieron– no registren las más patentes señales de época, que por lo demás salen en los diarios, integran sus discursos, meten bulla en la puerta misma de sus despachos? Los historiadores del futuro acaso encuentren alguna explicación para tamaña ceguera. Desde la crónica semanal puede intuirse que tal contrasentido es la marca de fábrica de la corporación política argentina desde hace una década al menos, desdicha que se ha agravado exponencialmente en los últimos años. A título de diagnóstico provisorio, resulta evidente que esa dirigencia no está ni de lejos a la altura de la fenomenal crisis que le ha tocado pilotear. Tan distantes, como para que los primus inter pares incurran en despropósitos que harían sonrojar, contrito, al último concejal de un modesto pueblito.
Adolfo Rodríguez Saá arrancó su presidencia con algunos aciertos no menores. Entre ellos, el de mostrar (y hasta ostentar) ejecutividad para contraponer su imagen con la siestera de su predecesor. También fue correcto hacer lo ineludible –declarar el default– de una buena vez. Y es razonable el sesgo genérico –monetizador y reactivador– que se quiso imprimir a la economía. No es poco, si se hace desde un gobierno improvisado, colocado en la Rosada sin la lógica preparación previa que supondría un aterrizaje conforme las rutinas democráticas: campaña electoral, percepción de los reclamos sociales, elaboración de un discurso, cierta decantación de equipos técnicos.
Pero esos aciertos –recibidos con alivio y hasta algo parecido a la esperanza por la población, según reflejaron las primeras encuestas que febrilmente encargaron el actual oficialismo y el anterior– fueron
desleídos por una sucesión de errores de manejo tan gruesos que frisan con lo inexplicable. A saber:
De movida, algo comentado en esta columna la semana anterior, la excesiva euforia del equipo de gobierno, empezando por el Presidente. La sonrisa de Rodríguez Saá se daba de patadas con las caras hoscas y dolidas de los que hacían sufrida cola ante los bancos, de los comerciantes saqueados, el dolor de los jóvenes asesinados en un episodio que es un deber cívico investigar a fondo, de la gente que recibía las fiestas más tristes de que se tenga memoria en añares. Hace muchos años que el pueblo no se enriquece ni viaja, ni disfruta sino a través de sus representantes. O de sus parientes más cercanos. La perspicacia de percibir que “la gente” quería ver un timonel decidido y hasta intrépido ameritaba notar también que esperaba alguien preocupado y hasta mortificado por la crisis y la responsabilidad. Y que no luciera muy distante de la preocupación, la malaria y el humor de sus representados.
El segundo en orden cronológico y primero en importancia fue armar un gabinete pensado en clave de necesidad interna. El armado presidencial privilegió los gestos a distintos sectores del PJ y la cercanía de personas de añeja confianza. Ambas tienen su lógica pero exigían una enorme delicadeza en su urdimbre. Como mínimo, evitar la designación de figuras sospechadas de corrupción, de pésima imagen pública, cuya aparición iba a ser percibida –esto es de libro– como una afrenta por gente que no cobra sueldo, ya porque no tiene trabajo, ya porque los bancos se lo impiden. La legitimación democrática tiene reglas muy duras, a veces impiadosas, pero esos son los costos de un sistema de escrutinio social permanente que acumula intensas virtudes. Carlos Grosso, Víctor Reviglio, José María Vernet y Hugo Franco son personajes indigestos que no podían pasar desapercibidos para un paladar colectivo muy sensible y muy propenso a la náusea. El ex intendente municipal porteño añadió pimienta ala injuria con su desafiante frase acerca de inteligencia y prontuario. Ocurre que en el imaginario colectivo éste sigue intacto. Grosso ignoró ese dato, lo que sugiere que aquella se melló algo durante su forzado exilio político. El cacerolazo lo eyectó. Y, con renuncias del gabinete en mano (ver páginas 2 a 3 de esta edición) cabe imaginar porvenires análogos para Reviglio y Vernet, cuyo paso por la gobernación santafesina obligó a Carlos Menem a catapultar a Carlos Reutemann a la política en 1991.
Hilando algo más fino, fue desafortunada la política de comunicación del flamante gobierno. El presidente es un excelente transmisor, agradable, simpático sin edulcorar, de sonrisa plena y discurso apto para variados formatos. Los peronistas –dicho sea al pasar– son más duchos en materia mediática que los radicales. Más dispuestos a la seducción o la pelea y con más espuelas para predominar en ambas. Rodríguez Saá honra la regla: no le cuesta nada caer bien. Pero la presencia mediática de su administración se balcanizó en muchas voces que le hicieron poco favor. La de Grosso (ya se dijo), una desdichadísima intervención de Vernet por TV, los dislates plenos de autobombo del fugaz David Espósito fueron ejemplos de una falta de política letal dado el modo en que funciona el sistema comunicacional por acá. En general podría decirse que todos se comportaron como si llegaran al gobierno tras una clamorosa victoria electoral y no como mal menor dentro de una crisis casi terminal.
El último error, mestizo de los dos anteriores, es haberle bajado el precio a la gravedad de la situación heredada de los dos gobiernos precedentes. La cesación de pagos se celebró como una fiesta, como un triunfo de la voluntad nacional, siendo que era una acción quirúrgica inevitable pero no por eso menos cruel (ya se volverá sobre eso). La emisión de moneda fiduciaria es otra necesidad preñada de riesgos que impone no salir a bartolear cifras como jugando al truco. Rodríguez Saá tenía la chance –y al unísono el deber– de transmitir cuán riesgosa es la coyuntura. Privilegió el voluntarismo y la buena onda, remedios necesarios si se acierta con las dosis adecuadas, pero no fue el caso. La primera interpretación de este traspié, la que más cundió es la ambición política de prorrogar su mandato hasta 2003, que no por legítima debe ser ilimitada. Pero, obsesionado por sus anhelos, prometió más de lo que puede dar y hasta de lo que se esperaba de él. El voluntarismo también abreva en un discurso un poco simplista que cunde en ciertos sectores del peronismo: aquel de confinar los problemas nacionales suponiendo que “la crisis es política”, siendo que la falta de liderazgo, conducción y programa son una plaga –mas sólo una– de las siete que azotan estas pampas.
Destinemos siquiera sendos párrafos a los densos problemas políticos y económicos que jaquean no ya este gobierno y al anterior sino a cualquier otro que los suceda en una situación que evoca demasiado a la República de Weimar.

Un licuado sin sustancia

Poco es el poder que atesora Rodríguez Saá y no por falta de voluntad política. Ocurre que el poder político ha venido licuándose en los últimos años, fenómeno al que el final de 2001 sobreimprime una flamante inestabilidad institucional de alcances difíciles de predecir pero siempre preocupantes.
La dirigencia nacional, como cumpliendo un pacto suicida, fue erosionando sus recursos reales y simbólicos. Los incineró en el altar de un modelo económico inviable y antipopular. Se mutiló la política monetaria (Convertibilidad), la alternancia (modelo único), la mera diferencia entre los partidos (todos votando las leyes del ajuste, v. gr., el déficit cero). Las últimas elecciones, con la cuasi victoria del voto bronca, dieron cuenta de una situación indeseable: el agotamiento de los partidos tradicionales sin que se pariera una alternativa creíble. La presencia popular en las calles parece poner fin a la democracia delegativa y al predominio del ideario neoliberal. Enhorabuena. Pero la lógica del cacerolazo, huérfana de propuesta y de banderas (antes bien, la bandera es la falta de banderas) empuja a un escenario de veto permanente, mezclado con un discurso, a fuer de cualunquista, riesgoso. La batalla contra la corrupción no debió ser abandonada y menos tomada en joda por los partidos dominantes, pero suponer que la contradicción principal es que “los políticos se la llevaron toda” es un diagnóstico pobre, que no da cuenta de la nefasta distribución del poder, del dinero y del prestigio en la sociedad argentina, concentrada, elitista e injusta como quizá jamás lo fue.
La presencia cotidiana de los ciudadanos en las calles es, en suma, un salto cualitativo al que le faltan colectivos que le den mejor sentido. Las instituciones del Estado y la corporación dirigente no parecen estar en condiciones de encuadrarla y proponerle un rumbo alternativo. No es el mejor de los mundos posibles, si se valora la formalidad democrática, pero está claro que no es “la gente” la que debe cambiar y menos acallar sus cacerolas. Los dirigentes, empezando por el Gobierno, no parecen saber cómo manejar este escenario, bien peliagudo en un marco de carencia.

La economía es estúpida

Es difícil exagerar cuánto dañó a la Argentina –no a su economía o sus finanzas sino a la comunidad, la nación misma, el proyecto de futuro– el modelo neoliberal calzado en el Plan de Convertibilidad que abrazó el peronismo en su gestión anterior. Una solución económica casi banal se transformó en el alfa y el omega de una sociedad compleja y la destruyó a niveles inenarrables.
Transformar la administración de una sociedad moderna y jacobina en una caja de conversión fue una sandez imperdonable a la que adhirieron con fervor el peronismo, el radicalismo y aun el naciente Frepaso. La convertibilidad terminó como debía terminar: con las economías regionales pulverizadas, con el gobierno nacional reducido al Ministerio de Economía y con una fenomenal redistribución de ingresos y de poder.
Se armó una sociedad al servicio de las privatizadas de servicios y del sector financiero. Hubo acá un debate ideológico, si se asume que esa pugna implica algo más que una polémica sobre valores: también una pulseada de intereses bien tangibles. No se discutió en términos de modernidad o de integración (aunque esa fachada sirvió para mimetismo de algunos vivos y distracción de algunos zonzos) sino en los clásicos de dirimir cómo se repartía la torta. Ganaron los que ganaron, que se quedaron con la sartén por el mango y con los dólares también.
El desbarajuste es tal que cuesta imaginar una salida sin dolor para los más débiles, pero acaso valga la pena sugerir una vieja sabiduría que preconizaba Arturo Jauretche: en tiempos de confusión y crisis ver qué postula el enemigo y ponerse enfrente, de pálpito nomás.
Hoy y aquí bancos y privatizadas siguen bregando contra la devaluación con el sostén, a sangre y fuego (lo que, malhadadamente, ya no es una metáfora) de la paridad cambiaria. El prepotente desparpajo que prodigaron Felipe González y del canciller español en cuestión de días demuestra cuánto interés hay en ultramar para mantener una situación que los argentinos rechazan, cacerola en mano o saqueando lo que pueden. Ese bloque sigue existiendo y presiona a un gobierno que –a trancas y barrancas, como se apuntó antes– parece mirar a otro rumbo.
Otros sectores de la producción preconizan otro camino, tamañamente impreciso, lo que implica una división del establishment económico. Pero el club de la convertibilidad sigue siendo hegemónico. Opera a diario sobre el actual gobierno, tras haber colonizado –diríase con facilidad– a los anteriores. Acaso haga falta que políticos de mayorías denuncien yenfrenten de una buena vez ese nefasto poder y su nefasto proyecto, lo que les exigiría una audacia y una autocrítica que no suelen enriquecer sus acciones.
Un modelo de país al servicio de minorías arrasó con la Argentina y la obstinación de Fernando de la Rúa y Domingo Cavallo por mantenerlo aparejó esa tragedia con una desmesurada debilidad de régimen político. Con esa, la más fea de las feas, debe bailar este gobierno. Compete reconocer que no es su culpa, pero solo a condición de registrar que el peronismo fue el partero del modelo y que una buena parte de sus dirigentes incluso integra –con patrimonio reciente y propio– esa elite de poder. Por añadidura, hasta hoy al menos, muchos de ellos integran el staff gobernante.

Fantasmas resucitados

La velocidad de la crisis es feroz. Crisis de gabinete y cambio de programa económico en horas son síntomas y acaso presagio de los días por venir.
Renacen riesgos que se creían archivados para siempre: desabastecimientos, remarcaciones, hiperinflación, inestabilidad de los gobiernos. Prueba palmaria de la precariedad del camino elegido que nos deja como al principio, pero más inermes.
La paralización letal de la economía, agravada por las perversas medidas agónicas del gobierno saliente en helicóptero, llevan inexorablemente a la necesidad de monetizar y dolarizar. Pero la solución propuesta de entrada por el gobierno –monetizar a lo loco con argentinos– estaba destinada a producir una feroz devaluación padecida por los sectores más vulnerables. Habrá que ver cómo se la sustituye para que sea menos nociva y más equitativa. No es sencillo.
La cesación de pagos obrará efectos durísimos que se empiezan a sentir. El más arduo es la carencia de insumos en un país que decidió hace una década la genialidad de no producir casi nada. Ese fenómeno aparejará carencias de productos críticos (el drama de los medicamentos ya se palpa) y además puede acentuar la concentración y extranjerización de la economía. Las empresas argentinas deben comprar pagando cash o, afinando la mira, “más que cash”: poniendo la plata antes. Las trasnacionales podrán beneficiar su situación relativa por tener acceso al crédito internacional. Equilibrar esa tendencia indeseable exigiría una intervención estatal eficaz. Estarán en juego la salud de los argentinos y también mucha, mucha plata. Lobbies probados con billeteras generosas. Que esa área haya sido confiada a Reviglio y que Luis Barrionuevo integre la mesa chica del gobierno en temas de salud han sido pasos iniciales –muy– en falso.
La presencia alegre y pacífica de mujeres y hombres de bien que solo piden poder trabajar y vivir sin desdoro en este suelo es el saldo político más gratificante de un año que, en buena hora, termina. Ojalá prediga un 2002 mejor. Con toda la onda así se lo deseo, lector. Feliz año. Y no le afloje a la olla.

 

¿quien va a gobernar este pais en los proximos dos años?
Mil escenarios y ninguna flor

Por M. W.
¿Qué va a pasar? ¿Quién gobernará este país durante este año y el que viene? La situación es tan inestable que los escenarios son numerosos, varían casi hora a hora y el más factible un día se torna ilusorio al siguiente. Repasemos algunos, sin agotar la lista:

Adolfo 2003 (I): Adolfo Rodríguez Saá conserva el impulso inicial y el consenso obtenido en los primeros días, se presenta en las elecciones de marzo. Las gana. El PJ en conjunto supera el 60 por ciento de los votos válidos (sin ponderar los blancos y los nulos) y él mismo se alza con la mitad de esos votos. Este escenario es que se imaginaba en el Gobierno este miércoles. Lo confirmaban sondeos pedidos por peronistas y radicales que registraban un enorme crecimiento de la imagen pública del puntano, gran aprobación de su discurso y una caída de la de Carlos Ruckauf. Es el mayor sueño de la Rosada que tiene un plan B, esto es...

Adolfo 2003 (II): Al adolfismo se le agregan sectores del poder económico. Recelan de las elecciones: se ven como un riesgo (mucho voto bronca, una remota amenaza del ARI) y también como un límite al poder del gobierno transitorio. El radicalismo se suma: está dispuesto a cualquier alquimia para evitar que le cuenten las costillas escrutando votos. Esta variopinta coalición que también congrega al menemismo impulsa –siempre imaginando que subsista la aprobación colectiva al gobierno– que se prolongue el mandato presidencial. Los medios están en debate: puede ser convocar a una nueva Asamblea Legislativa o dejar prosperar las acciones legales que persiguen la nulidad del llamado a elecciones. A mediados de semana sonaba como lo más probable. Al cierre de esta columna, con el gabinete renunciado en pleno y un resurgimiento del poder de los demás gobernadores peronistas, asoma como más lejano.

Peronismo 2003: Variante del primer escenario. Las elecciones las gana otro sublema del peronismo. Es lo que buscan José Manuel De la Sota, Carlos Ruckauf, Néstor Kirchner y Ramón Puerta. Los primeros conservan las ambiciones que alientan desde hace un rato. Kirchner y Puerta se ilusionan con cuánto ha crecido su conocimiento público en los últimos días. Las encuestas revelan que ha sido en progresión geométrica. El gobernador de Santa Cruz polariza imagen: tiene mucha gente que la considera buena o muy buena y mucha gente en contra. Sus huestes creen que este dato es positivo, el propio de un liderazgo emergente y confían en galvanizar el apoyo del progresismo no peronista para ganar la interna abierta más grande de la historia, la del 3 de marzo. Puerta imagina un perfil más conservador, sea de segundo de Ruckauf, sea encabezando fórmula con Mauricio Macri de vice. Es el escenario que acumula más consenso en el PJ, excepción hecha del adolfismo y del menemismo.

Algún otro (2003): La crisis se lleva puesto al peronismo y emerge una tercera fuerza que lo supera en las elecciones. Parece imposible y detonaría una situación ingobernable, pero cerca de Elisa Carrió creen que la dinámica de la situación no autoriza a eliminar ninguna hipótesis. Su consecuencia inevitable sería barajar y dar de nuevo: una Constituyente que diera cuenta y marco del fin del bipartidismo y del modelo que prohijaron PJ y UCR.

Bordaberry o cómo se llame (2002): Pocos lo nombran pero está ahí. El poder económico coloca a un presidente títere –o deja al que está imponiéndole o consensuando tal condición– y articula la continuidad de la política económica desandando la continuidad democrática. Ya se menciona en algunos corrillos de la City, preocupados por la presencia de la gente en las calles, por los devaneos “populistas” del gobierno, por el discurso antimodelo que cala sin fisuras en las personas del común y la atronadora mayoría de la clase política. Considerando su ejecutividad y su eventual desdén por formas democráticos en la City imaginan que el sayo le calza a un peronista. Incluso a alguno recientemente salido de prisión.

Cualquier otro, cuando sea: La política ha pasado a ser la dinámica de lo impensado. El catálogo de escenarios anteriores, los más obvios, sugiere que predominan los disvaliosos sobre los deseables. Toda una advertencia sobre los riesgos que acechan en una coyuntura muy lábil y por ende muy exigente para sus protagonistas. No ayudan a mejorarla jueces que embargan bancos para cobrar sus dineros, senadores que ganan sus bancas en tribunales tras perderlas en las urnas, y en general una dirigencia frívola que parece complotada para desprestigiar a la democracia, una adquisición colectiva que los excede largamente y que hoy está en terapia intensiva.

 

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