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ADELANTO DEL LIBRO DE SANDRA RUSSO
No sabés lo que me hizo

Lo que para una es una pesadilla para otra es un bálsamo. Lo que para una es suficiente para otra es nada. De esos contrastes se trata �No sabés lo que me hizo�, el libro de Sandra Russo que publica Editorial Sudamericana: de historias de mujeres que otras mujeres oyen en el teléfono, historias que permiten asomarse a ese raro mundo que son las parejas.

Del embarazado al ausente

No quiere estar en el parto

Cuando tenía un día y medio de atraso no pude más y me hice el Evatest. No tuve necesidad de ir a comprarlo. Ya lo había comprado dos meses antes, cuando con Fernando decidimos dejar de cuidarnos. Fue un acto de revancha, ése. Cualquier mujer que ha ido a comprar un Evatest con sudor frío corriéndole por la espalda, maldiciéndose por haberse olvidado de llevar el diafragma a la cita o por no haberle insistido lo suficiente al tipo para que se pusiera el forro, guarda un recuerdo amargo de ese momento, que no está de más borrar con el gesto decidido, esperanzado y con gusto a almíbar de quien le pide al farmacéutico un test de embarazo no con espanto sino con ilusión. Estoy segura de que todos los farmacéuticos saben perfectamente si una mujer espera una o dos rayas sólo con observar el rictus tenso o el gesto medio bobalicón con el que se les pide el Evatest del otro lado del mostrador.
Esa noche fue perfecta. Puse tres platos: uno para Fernando, otro para mí y otro para el Evatest. Después nos dormimos abrazados, sintiéndonos una diminuta célula de la sociedad. Y aunque el test es seguro cuando da positivo, hice lo que toda embarazada debe hacer con sus dos bellas rayas. Se las llevé a la obstetra. Ese fue el primero de mis desencantos con Fernando: no me acompañó. Me dijo que tenía un día muy complicado, y que después de todo, lo que yo necesitaba saber en esa consulta podía preguntarlo sola. Obvio que podía preguntarlo sola. Pero yo esperaba que desde un principio los dos enfrentásemos ese embarazo como un bloque compacto y compartido.
A la siguiente consulta, un mes más tarde, vino, y también a la siguiente y a la siguiente. Pero yo notaba que en esas visitas Fernando se incomodaba. Me aconsejó cambiar de obstetra porque ésta nos hacía esperar una hora promedio. Por supuesto que admito que los médicos que te hacen esperar una hora promedio son una pesadilla, pero temo, como todo el mundo, que los que no te hacen esperar sean novatos o tengan pendientes juicios por mala praxis. Fernando tenía toda una teoría sobre el saber médico y el manejo del poder en la clínica (creo que leyó algún apunte de Foucault), todo muy interesante pero para la charla de la sobremesa: con un embarazo de cinco meses no hay teoría que valga. Una quiere ponerse en manos del Papa.
Y allá por el sexto mes, cuando la obstetra empezó a hablarnos de los grupos preparto, Fernando mostró la hilacha. Volvíamos a casa en el auto y me dijo: “Vida, yo si querés te acompaño, pero no voy a ser de mucha utilidad. Me parece una payasada eso de estar ayudándote a pujar. ¿Porque yo esté ahí soplándote puf puf en la oreja vos vas a pujar mejor?”. Le dije: “Lo de vida, te lo guardás. Y si no querés, no vengas”.
Vino. Yo veía a los otros tipos involucrados, embarazados. Tenían hipo, antojos, engordaban, charlaban sobre marcas de pañales, goteaban ternura, todos. Fernando no dejó en ningún momento de ser el marido de una embarazada que estaba haciéndose un doloroso hueco en la agenda para prestarse a la boludez de arrodillarse atrás de mí y aprender a abrazarme para, llegado el caso, ayudarme a respirar más relajada cuando las contracciones se hicieran dolorosas. Una tarde nos pasaron un video de un parto. Todos los hombres estaban tan impresionados como las mujeres con esa escena sangrienta y un poquito asquerosa que sin embargo los inflamaba de dulzura. Fernando no. A él no le parecía dulce, solamente le parecía asquerosa.
Esa noche me dijo:
–Vida, si vos querés yo voy al parto. Si es importante para vos, yo estoy. Le contesté:
–Pero debería ser importante para vos.
Me replicó:
–Si es por mí, prefiero quedarme fumando en la sala de espera. A mí la sangre me impresiona.
Le retruqué:
–Pero no es sangre de verdad. Es la sangre del nacimiento de tu hijo.
Me dijo:
–No va a ser menos mi hijo porque yo no esté allí viendo lo horrible que es un parto.
Le escupí:
–Un parto no es horrible. Un parto es un parto. Y todos los hombres que presencian el parto de sus hijos dicen que es la experiencia más maravillosa de sus vidas.
Me cortó:
–Ellos pueden decir lo que quieran. Pero un parto es algo tan importante que tengo que ser sincero. Y voy a disfrutar más la voz de la enfermera diciéndome en la sala de espera “su hijo ya nació” que estando ahí viendo cómo un bebé sale por un agujero tan chiquito.
Me indigné:
–¿Y por qué vos deberías disfrutar este parto mientras yo voy a estar ahí partiéndome en dos y sintiendo cómo el bebé sale por ese agujero tan chiquito que dicho sea de paso es mi propio agujero?
Después de esa conversación ya no insistí. ¿Para qué quiero que venga si en lugar de darme apoyo va a darme jaqueca? “Vos te lo perdés”, le digo, tolerante. Pero la verdad, no tolero que me haga perder lo que él se pierde.

Hasta quiere pujar él

Los padres de Emilio se separaron cuando él era muy chico, y en la época en que Emilio era muy chico no se usaba tener padres separados. Ahora los analistas dicen que los chicos sufren si sus padres no son “deseantes”, lo que equivale a decir, palabra más, palabra menos, que los que sufren son los chicos cuyos padres siguen casados. Pero cuando Emilio era chico ni siquiera se usaban los analistas.
Supongo que es por eso que él alimentó desde séptimo grado la ilusión de convertirse algún día en un señor Ingalls cuya postal favorita sería ver a sus hijos tomándose todo el Toddy. Lo que yo no sabía cuando me emparejé con él es que a mí iba a tocarme en deslucido papel de la señora Ingalls: a veces siento que me crecen puntillas en el cerebro.
No me quejo. Qué más puede pedir una mujer embarazada que sentir que la noticia de un bebito en camino ubica a su hombre en el estado inequívoco de la felicidad más plena y más completa. La primera noche que pasamos embarazados Emilio la durmió entera con su oído en mi vientre. Yo no estaba más fecundada que él. La conciencia de que algo de él germinaba en mí lo germinaba a él, lo cual nos acercó tanto, tanto, que en esos tres primeros meses vivimos en trance. Yo vomitaba y Emilio se mareaba. A mí me daba asco el olor a tabaco y a Emilio el olor a lavandina. Yo por cábala miraba ropa de bebé, pero me abstenía de comprarla, y él por cábala compraba ropa de bebé, pero se abstenía de contármelo: un día descubrí, metido en una valija, el ajuar completo (dicho sea de paso, no tuve oportunidad de elegir personalmente ni una sola batita). Yo buscaba libros sobre embarazo y Emilio los leía. Yo me quedaba absorta mirándome la panza y preguntando en voz alta cómo estaría “mi poroto”, y él recitaba poco menos que de memoria el largo del feto en la semana dieciséis, los órganosque ya funcionaban, en qué estado de desarrollo estaban los demás, y a las puertas de qué otro gran milagro estábamos.
Cuando empezamos a ir mensualmente a visitar a mi obstetra, Emilio participaba ya desde la sala de espera. Preguntaba a las mujeres que aparecían con bebés recién nacidos cómo habían sido sus partos, la frecuencia de sus contracciones, si ya habían pasado por la caída del ombligo o les pedía que narraran detalladamente la emoción del primer baño.
Ya en el consultorio, nos sentábamos frente al médico y a la par soltábamos todas nuestras dudas, lo interrogábamos sobre nuestras últimas lecturas y le pedíamos precisiones sobre las ecografías y la biopsia coriónica, que finalmente nos hicimos al final del tercer mes y fue precedida por una febrícula que a Emilio lo mantuvo en cama, a mi lado, los dos días que tuve que guardar reposo.
Ahora estamos haciendo el grupo de preparto. El médico nos dijo que podía integrarme a un grupo de gimnasia para embarazadas y a otro en el que iban las parejas y en el que la partera daba instrucciones para el parto. Emilio dijo que él quería venir a los dos. El médico le contestó que era posible, pero que no veía la utilidad de que él viniera conmigo a hacer gimnasia, ya que sólo iba a tratarse de elongación y relajación. Emilio respondió que él sí veía la utilidad de estar presente en cada uno de los preparativos, por nimios que éstos fueran, para la llegada del bebé. De modo que somos cuatro embarazadas de siete meses y Emilio los que ahora nos tiramos los jueves sobre las colchonetas a respirar profundamente, y adivinen quién de los cinco es el que más preguntas hace, el que más temores tiene y el que fue capaz de decirle a la partera que no lo tome a mal, pero que se quedaría más tranquilo si para la próxima clase le deja ver sus credenciales.
No es que yo pretenda quitarle derechos frente a este gran acontecimiento de su vida. Pero Emilio a veces se pasa. Por ejemplo, me ayuda a preparar los pezones para la lactancia, pasándome un cepillito el forma circular. Pero el otro día lo descubrí ante el espejo del baño, pasando el cepillito por sus tetillas.
A esta altura debo admitir que la inminencia del parto me da temor por partida doble. Temo ese momento, como cualquier mujer. Me da miedo el dolor, me dan miedo las complicaciones, me da miedo que le pase algo al bebé o que me pase algo a mí. Pero a esos temores normales yo les agrego todos los temores que me despierta Emilio. Es capaz de desmayarse, de trompear al médico, de querer controlar la situación, de ponerse a pujar él conmigo para no perderse tampoco la sensación de protagonismo en el momento cúlmine. Seré injusta y todo lo que quieran, pero preferiría tener un marido que se quedara como los de antes, fumando en la sala de espera.

 

Del perverso al bloqueado

Es un perverso

No sabés. No sabés lo que me hizo. No puedo ni contarlo. Es que dicho no sirve, no es nada. Si ya está todo inventado. ¿Qué te puedo contar? Contado se diluye. ¿Alguien te dejó atada y se fue a caminar una hora? A mí sí me habían atado, y yo pensaba, mientras el tipo se hacía el malo, que ojalá me desatara pronto porque tenía ganas de ir al baño. ¿Te pasaron gelatina de frambuesa entre las piernas y después te lamieron? Gelatina de frambuesa no, pero con algo me habían untado, dulce de leche o mermelada de kiwi, y ni siquiera me acuerdo quién fue. ¿Te disfrazaron de visitadora médica? ¿Y de camarera de hotel cinco estrellas? A mí sí, y no fue gran cosa. “Doctor, le traje unas muestras gratis que le van a interesar”; “¿Necesita algo más el señor? Estoy acá para servirlo”, bla bla bla. ¿Te metieron desnuda y a los empujones en un ascensor y te llevaron a la terraza de un edificio de diez pisos, te pusieron al borde del orgasmo solamente mirándote y te dejaron así, caliente y helada a la vez, tiritando una noche de agosto, llorando para que te autorizaran a irte? Eso ya no, ¿ves? Los límites se iban corriendo.
Y de eso empecé a darme cuenta cuando hacía rato que mis propios límites habían quedado atrás, tan atrás que yo no sabía quién me habitaba, qué loca de la guerra yo encubría con mis buenos modales, mi puntualidad, mi orden y mi inclinación por la ropa color beige.
El se dio cuenta apenas me conoció. No es ampuloso. No es previsible. No era esperable que él, un tipo tan amable, tan correcto, una tarde, de pronto y sin aviso, barajara de nuevo y que nuestros encuentros, que hasta entonces eran solamente intensos, se convirtieran en un trance, en un túnel, en un recreo, en un viaje, en un experimento, en un test, en un confesionario, en una ceremonia, en un lapsus, en un paraíso, en una pesadilla, en una donación, en una montaña rusa, en un espejo invertido en el que él era yo y yo era él.
Con él he sido hombre y él ha sido mujer. He sido perra, soldado, mariposa y araña. He sido arpía y he sido boba. No voy a hacer ahora un anecdotario de cosas que pueden imaginarse y hasta pueden comprarse en el rubro 59. Nada de eso es esto si carece de ese hilo mental imprescindible para desenfundar la inocencia de lo sórdido.
Me hizo hacer cosas tan bellas y asquerosas que están afuera del lenguaje. Podría recuperarlas, ponerles nombre, describirlas, pero qué sentido tiene si dichas se descomponen. Lo que me hizo no me lo hizo en una cama, ni siquiera me lo hizo en mi cuerpo. Me lo hizo, creo, en algún rincón de mi pasado, en algún agujero de mi mente.
Es un perverso, es decir alguien que toma otro camino, alguien que elige atajos o da rodeos, alguien que no sabe nada y aprende todo de nuevo, que improvisa, que huele. El sabe quién soy yo, él sabe que respondo, que soy de plastilina, que me dejo vencer, que vencida soy reina, que me animo a aceptar inmigrantes ilegales en mi cabeza, que con él y no sé bien por qué me arrojo con arrojo y sin red al vacío, y que el vacío siempre está ahí, debajo de todos, y que el vacío no es una anécdota caliente para contar a las amigas, y que el vacío a veces parece lleno pero está vacío.
Es un perverso pero no del todo, y eso lo hace más perverso, porque es a su pesar que me empuja y se empuja a eso que parece sexo y es otra cosa que no se puede decir. Basta asomarse un instante al paisaje enceguecedor de lo que se ha mantenido siempre oculto para querer asirse a eso, porque en ese paisaje a veces monstruoso y a veces increíblemente infantil, lascivo o amoroso, y a veces, las mejores veces, las dos cosas, yace una misma, nadie más, ni siquiera esa otra que se ha intentado ser toda la vida. He comido de su boca y de su mano, como una jirafa o como un pajarito. He gritado impotente y he callado triunfal sobre mí misma gracias al arte con el que él me trata. No me da miedo tenerle tanto miedo. Es el único hombre al que le di la llave de la torre, y se la di porque sí. Estas cosas que pasan entre nosotros pasan porque son lógicas y sobrenaturales.
Sinceramente, no sé lo que me hizo, pero estoy segura de que todo lo que me hizo a mí se lo hizo a él. Y ojalá que siga haciéndomelo, haciéndoselo. El sexo es un pretexto para deshojarnos, para deshacernos, para desarmarnos. La cópula es una excusa para darnos cita en otro lado, es como soñar a dúo. Somos dos perversos románticos, y qué. Al amor verdadero se accede dando rodeos o eligiendo atajos, como a las perversiones. Es que el amor erótico, después de todo, es el sentimiento más oblicuo posible. El que dice que ama en línea recta miente. La recta aburre.

Es un bloqueado

Me gustaría saber qué tiene en la cabeza. Algo hay. Tiene que haber. En todo lo demás nos llevamos muy bien. Es tierno, es comprensivo, es muy trabajador. Y durante un par de años también nos entendimos en la cama. Es que al principio hay rosca: el otro sigue siendo un desconocido hasta mucho después de que una sabe los nombres de todos sus primos y todas sus anécdotas del secundario.
Ya sé que para cada persona la desnudez es algo diferente, pero al menos para mí y para él, nuestras desnudeces fueron algo parecido a un problema que nos tomó cierto tiempo superar. Yo desde chica arrastro unos kilos de más; él tiene complejo de alfeñique. Los primeros meses preferíamos la luz apagada y los trámites rápidos. Después, cuando ya había confianza entre nosotros, lentamente nos animamos a reconocernos, y resultó que yo le parecía sensual y él me parecía atractivo. Nos aceptamos. Y entonces pudimos hacerlo hasta de día, sin bajar las persianas y sin taparnos.
Después pasamos otros cuantos meses ocupados en disfrutar esa placidez casi estudiantil de la charla en bolas, esa seguridad maravillosa que te da poder abandonar la espalda derecha para disimular los rollos, esa gratitud de saber que el otro te quiere y te desea aunque vos sos consciente de que cuando estás yendo para la cocina a buscar algo para comer, vista de atrás sos más parecida a un paisaje lunar lleno de cráteres que a una postal de la sedosa campiña inglesa. Pero, como decía Vox Dei, todo tiene un final, y si hay algo que termina, denlo por seguro, es la chispa entre camaradas. A él y a mí, les decía, nos llevó un buen tiempo poder estar en paz con nuestras desnudeces. Bien: toda pareja pasa sexualmente por tres etapas bien diferenciadas: en la primera, se gustan vestidos. En la segunda, se gustan desnudos. Y en la tercera, hay que volver a vestirse: es la época en la que, “para reflotar el deseo”, las mujeres salimos a comprarnos lencería de encaje, beibidoles, mallas de látex o disfraces.
Con la lencería de encaje y los beibidoles no hubo problema. El los recibió más que contento. Pero un abismo comenzó a abrirse entre los dos cuando me aparecí con las mallas de látex y los disfraces. La primera vez que le dije que me esperara en la cama mientras yo iba al baño a calzarme una malla negra de un látex pegajoso que había comprado en el Once, en un negocio en el que vendían ropa para vedettes, pensé, mientras luchaba entre el inodoro y el bidet para calzármelo y las carnes se me rebelaban, que él iba a festejar mi ocurrencia y que íbamos a beber juntos las mieles de una lujuria confianzuda y chapucera, bien guarra. Salí del baño sintiéndome Pamela Anderson, pero su mirada me aproximó más a CarmenBarbieri. Empezó a reírse tanto y tan fuerte que me hizo preguntarme cuál era el chiste. Y ahí me di cuenta de que el chiste era yo. Que el tipo pensaba que todo era una formidable broma, que lo que yo quería, vestida así, de látex, no era calentarlo sino hacerle una payasada. Qué iba a hacer: me prendí, y terminamos riéndonos juntos de mi aspecto de aceituna negra y abundante. Para mí, pensé: el látex no es lo suyo.
Poco después probé con un disfraz de mucamita que me compré en Casa Leonor. Un batoncito vichy celeste y blanco que pensaba sacarme y un delantal inmaculado de organdí. Lo sorprendí a la vuelta del trabajo, con el plumero en una mano y un whisky en la otra. El ya no se rió. Me miró extrañado, desconociéndome, dejó el portafolios sobre la mesa, se sacó el saco, se sentó en el sofá, y desde allí, muy firme, me dijo: “Sacate eso”. El tono no dejaba resquicio para la duda. Me estaba hablando en serio.
Desde entonces he dejado de probar estrategias para levantarle tanto el ánimo como la virilidad. El quiere hacerme creer que con lo que tenemos le alcanza, pero vamos, que una sabe cuando la cosa alcanza, y no es el caso. Ni me alcanza a mí ni le alcanza a él. A veces, en el entrevero, he intentado contarle historias, pero me hace callar. Le pregunto con una dosis esquelética de picardía por sus compañeras de oficina, y se escandaliza. Dejo revistas hot en la mesa de luz, y él finge no verlas o las guarda. Le comento algún desliz ligeramente chancho de alguna amiga mía, y él me sugiere que cambie de amistades. Y cuando le pregunto qué le pasa, dice que me pregunte a mí misma qué me pasa, que no soy capaz de disfrutar el hecho de tener un marido que respeta tanto.

 

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