DEBATES
La
ciencia żes cultura?
Por Hernán
A. Bonadeo *
Según el Diccionario
de la Real Academia Española, cultura es el resultado o
efecto de cultivar los conocimientos humanos y de afinarse por medio
del ejercicio las facultades intelectuales del hombre. Pese a
esta amplia definición, el estereotipo de una persona culta distingue
los cuartetos de Mozart de los de Haydn, lee Günther Grass y Yeats,
y, Dios lo perdone, Lacan en idioma original, y vio todo Fellini, Bergman
y Woody Allen, pero es incapaz de distinguir un leucocito de un neutrón.
¿Cuántos oyeron hablar alguna vez de Landau o Fermi, o
tienen la más mínima noción de por qué diablos
les dieron el Premio Nobel a nuestros hiperpublicitados Houssay y Leloir,
o tan siquiera a Milstein, el clonador? El mismo hecho de que la finalidad
de la investigación básica es la obtención de conocimiento
por el conocimiento mismo es universalmente ignorado.
Los medios de difusión contribuyen alegremente a la confusión;
no hablemos ya de obviedades tales como llamar ciencia a la parapsicología
o a la astrología: los términos tecnológico
y científico son usados casi siempre indistinta e
incorrectamente, y títulos rimbombantes transforman pequeños
avances en la cura universal del cáncer.
Y está, por supuesto, la educación media: se suman los
efectos de planes de estudio obsoletos y profesores que muchas veces
están poco actualizados. Física, química y biología
suelen reducirse a una sucesión de leyes y nombres aprendidos
de memoria, donde se mezclan discepolianamente Lavoisier, Mendel, y
Ohm, desprendidos de su contexto histórico y filosófico.
Se enseñan retazos de la ciencia, no qué es la ciencia,
ni qué es el método científico; a lo sumo los chicos
aprenden, de memoria, las palabrejas inductivo-deductivo,
sin sospechar siquiera los misterios de la primera. Pensar está
prohibido: guay del alumno que en un arranque de independencia recorra
uno de los infinitos caminos que llevan de una hipótesis a una
tesis, apartándose de la respuesta envasada. Esa lógica
férrea que los chicos menores poseen en gran medida se pierde
en la escuela, para no recuperarse, en muchos casos, nunca.
La profesión de profesor secundario es dura: corriendo de colegio
en colegio, mal pagos, aguantando cargadas, barullo e indiferencia por
parte de hordas salvajes de adolescentes. Pero, con las consabidas honrosas
excepciones, ellos contribuyen. La caída en la rutina es casi
inevitable, porque ¿cómo podrían hablar con imaginación
y entusiasmo de aquello que desconocen, o que ven que se les escapa
día a día? Como resultado, en la mentalidad de la mayoría,
la ciencia es algo difícil. Como no pudieron entender
ni jota de la tabla de Mendeleiev, y apenas rascaron un cuatro en física
en marzo colgándose con alfileres frases y fórmulas sin
aparente contenido (fuerzaigualmasaporaceleración), concluyen
que cualquiera que se anima a estudiar ciencia es un bocho.
Y esa mitificación por un lado aísla al científico
y bloquea la capacidad de comprensión del lego.
Los científicos tenemos también nuestra buena tajada de
culpa. Pareciera que no nos gusta tomarnos el trabajo de pensar en cómo
explicar lo que hacemos, o por qué lo hacemos, en un nivel que
sea comprensible; nos refugiamos mayormente en nuestro aislamiento o,
peor, en la pedantería de hablar difícil para demostrar
cuán inteligentes somos. Otra lacra es la vulgarización
científica que pretende demostrar que cualquier idiota aprende
mecánica cuántica en cinco minutos y sin pensar. Y la
tercera, el academicismo ferozmente aburrido. Pero ¡qué
difícil es atraer o interesara nadie con honestos y arduos experimentos
en la época de la guerra de las galaxias, o competir con las
chantadas pseudocientíficas producidas a costo infinito para
cine o televisión!
Lo cierto es que la ciencia no es trivial, hay problemas terriblemente
complejos, y nadie se hace experto en electroquímica leyendo
Selecciones. Pero además: es divertida, fascinante, elusiva,
y muy laboriosa para aquel que la tiene como medio de vida. Y las cosas
importantes, globales, pueden ser explicadas y entendidas por cualquier
individuo medianamente culto y pensante: un ejemplo claro fue esa serie
maravillosa, Cosmos, que tuvo fascinados a chicos y adultos. La divulgación
científica no implica trivialización y tergiversación,
pero resulta fácil caer en ella o, por temor a que así
sea, en el opuesto. Los ahora más frecuentes y alguna vez
serios suplementos científicos de algunos diarios, y otras
publicaciones tecnológico-científicas más o menos
accesibles quizás contribuyan a acostumbrar a la gente a digerir
mejor la ciencia.
En el 66, cuando renunciaron las cuatro quintas partes del staff
científico de la Facultad de Ciencias de la UBA recuerdo muy
bien la frase: ¿pero cómo van a permitir que nos
vayamos todos?. Y permitieron, nomás, y no pasó
nada. Y tampoco recuerdo manifestaciones populares cuando la misión
Ottalagano echó a Dios y María Santísima en el
74, ahorrándole ese trabajo a la dictadura. Hoy, un becario
o un científico joven, formado, gana 700 u 800 pesos. Y se van,
no algunos, no los mejores, se van todos, y nosotros tenemos que ayudarlos
para hacerlo, escribimos cartas y recomendaciones. Y sabemos que los
perdemos y, claro, el país. Pero ¿con qué cara
podemos siquiera tratar de retenerlos cuando ellos ven que no sólo
se están muriendo de hambre ahora, sino que los científicos
senior exitosos ni siquiera pueden mantener razonablemente
a sus familias? El éxodo de los jóvenes es la verdadera
tragedia para nuestra ciencia: sin ellos estamos condenados al anquilosamiento
y a la muerte vegetativa. Siempre fue complicado hacer ciencia en países
subdesarrollados: la exigüidad de medios materiales y el aislamiento
geográfico son factores importantes. Sin embargo se pudo hacer
bastante, dignamente, y con la esperanza confirmada por los hechos de
que nuestros alumnos serían más y mejores que nosotros,
y que harían más y mejor ciencia en el país. Ahora,
realmente no sé.
El rigor del pensamiento, que no es privativo pero sí una característica
esencial de la ciencia, sirve para demostrar teoremas y clasificar aminoácidos.
Pero también para analizar la marcha de una explotación
agrícola o una industria, planear un viaje, analizar un libro
o sopesar los argumentos de una discusión parlamentaria. Pero
lo más importante es el espíritu de búsqueda, de
relativización de la verdad absoluta. Paradigmas se establecen
y destruyen; nuevas evidencias se incorporan corroborando o demoliendo
teorías hasta ayer universalmente aceptadas. Y sin embargo los
paradigmas perimidos y las viejas teorías siguen formando parte
del edificio y no son simplemente desechadas y tiradas a la basura.
Si esto no constituye la base de la cultura, ciertamente debiera serlo
del comportamiento humano civilizado.
* Doctor en Física.
Departamento de Física, Facultad de Ciencias Exactas y Naturales,
UBA. Futuro deja este espacio abierto para continuar este u otros debates.
