DANZA
Desde
la Fundación Crear Vale la Pena, que preside Inés Sanguinetti y cuyas
sedes están en barrios muy pobres de San Isidro, fue convocada la coreógrafa
Susana Tambutti para dirigir un espectáculo de danza que ahora se presenta
en el Centro Cultural Recoleta. Tambutti tomó el guante, pero a su manera:
exigió a las bailarinas, vecinas de La Cava, su máximo potencial artístico,
y lo obtuvo.
Por Silvina
Szperling
Ensayo
en el Centro Cultural Puertas al Arte, ubicado a tres cuadras del barrio
La Cava. Esa es sólo
una
de las seis sedes que la Fundación Crear Vale la Pena, que preside
Inés Sanguinetti y que ha ido abriendo en barrios carenciados
de San Isidro en estos 9 años, en el marco de la Fundación
El Otro. Las demás están en el Bajo Boulogne, Barrio Binca
y Santa Ana. Con la premisa de integrar educación, arte y trabajo,
Crear... despliega un accionar que se apoya económicamente en
contribuciones individuales y algunas instancias institucionales como
el ProAme (Programa de Atención a niños y adolescentes
en riesgo), el Ministerio de Desarrollo Social y el Banco Interamericano
de Desarrollo. Bajo el gráfico título De La cava y el
Bajo Boulogne a la Recoleta, varias agrupaciones artísticas de
la fundación (el grupo de reggae Manchala, el combo de percusión
Desafinado y la compañía de danza callejera Dance Time
Group han dado el salto de pasar del taller al escenario, de la periferia
al centro. Y es aquí donde aparecen las Viejas Locas.
Las
señoras de La Cava
Lo que más llama la atención al presenciar un ensayo
de Ponéme bonita para merecer, por el grupo de danza-teatro Las
Viejas Locas, es la precisión del movimiento y la disciplina
de las intérpretes, amén de su entusiasmo por la tarea
grupal. Son características que también llamarían
la atención en grupos de bailarines profesionales quienes, muchas
veces, no atinan a ejecutar un unísono con la cohesión
que estas mujeres logran. Y es que la forma de encarar el trabajo que
Inés Sanguinetti ha trasmitido a toda su red de colaboradores,
comenzando por la laureada coreógrafa Susana Tambutti, convocada
para la ocasión, no tiene un ápice de lo que podría
llamarse beneficencia. Las redes solidarias que esta fundación
fomenta a través de la práctica y capacitación
por y para el arte se desarrollan en un clima de encuentro, trabajo
y diálogo. No se intenta evitar los temas conflictivos (desde
la lucha por el protagonismo hasta la dificultad que una integrante
del grupo encuentra en la actitud de su marido, quien se niega a que
siga bailando) sino que se abren permanentemente puertas a la reflexión
y discusión.
Esta obra la empezamos el año pasado con la profesora Susana
Tambutti, quien estaba buscando un grupo para hacer algo nuevo. Nosotras
habitualmente damos clases de distintas cosas, pero esto era algo diferente.
Con la posibilidad de hacer algo grande, como es actuar en Recoleta,
convocamos a personas interesadas en este tipo de trabajo. Y aquí
estamos, con los pro y los contra de cada una, ya que todas somos grandes,
tenemos hijos y obligaciones en nuestras casas, pero esto lo tomamos
muy en serio. Es como una salida a expresarte, a sacar todo de dentro
tuyo: lo bueno, lo malo, los problemas de cada una en la vida cotidiana,
comenta Ximena Parra, integrante del grupo y coordinadora barrial. Su
participación en el proyecto Crear Vale la Pena ha evolucionado
de alumna a docente, de profesora a coordinadora del centrocultural.
El espíritu del trabajo de la fundación conlleva la elección
de líderes naturales en cada comunidad para que desparramen las
propuestas, consigan el acercamiento de la gente y funcionen como organizadores
de la participación de los individuos.
Esta coreografía surgió como un taller de experimentación
para el cual convocamos a Susana. Todas las integrantes del grupo tienen
un fuerte entrenamiento corporal; la mayoría ya es docente de
movimiento en las distintas clases que se dan aquí. En este caso,
trabajamos con los tangos y milongas que Tambutti propuso, a través
de improvisaciones y luego una rigurosa selección y pulido del
material, acota Mónica Lozano, asistente de coreografía
en este trabajo y docente de pedagogía corporal de la fundación.
Los sonidos de El choclo, Alma en pena y Mamma ievame pal pueblo,
unas sillas y un placard semidestruido son el marco para que las 9 mujeres
vestidas de jumper y pañuelo de jean en la cabeza, blandiendo
cucharas y cucharones con los tobillos vendados, se entreguen a una
danza con toques de humor negro en el cual lo cotidiano, lo doméstico,
es a la vez cárcel y escape. Cuando Tambutti propuso lo
del placard me encantó; yo siempre había querido bailar
en un mueble. Me costaron mucho las vueltas, tenía las piernas
todas moreteadas al principio, cuenta una bailarina.
Ximena Parra (31 años), Lorena Estela (26), Erica del Castillo
(26), Olga González (38), Andrea Coria (26), Alejandra Coria
(27), Teresa Pilar (42), Marcela Soria (33) y Ester Badía (50)
no siempre estuvieron tan dócilmente de acuerdo con los planteos
de Tambutti y la actitud que ella les exigía hacia el trabajo.
Nosotras no nos creemos profesionales, somos sólo personas
a las que nos gusta hacer este tipo de cosas. Resulta que Susana tiene
una trayectoria muy buena, en varios países y todo lo demás.
Ella considera que nuestro grupo es profesional, apto para hacer lo
que ella dice, y nuestras peleas eran porque a nosotras nos costaba
mucho adaptarnos a ese modo. Y al final, después de tanta pelea,
la queremos bastante, dice Ximena. Y Erica acota: Yo creo
que ella sabía que nosotras podíamos llegar a tener un
profesionalismo que nosotras no sabíamos y ahora lo logró:
Ustedes tienen que sacar lo mejor de cada una, ustedes pueden
dar más, es lo que siempre decía ella. Yo
tenía mucho miedo de subirme arriba del mueble, yo le decía
a Susana no puedo, y ella me decía sí,
vos podés, y yo no, no puedo, no lo voy a hacer.
Y ahora me subo lo más pancha.
Las motivaciones individuales son fuertes: Para mí es un
sueño llegar a donde estoy ahora. Esto me llena de mucha alegría
y la fundación es como mi segunda casa. Yo pienso que te tiene
que salir del alma, tiene que ser parte de vos misma para que dejes
tus hijos bastantes horas, tu casa toda tirada, cuenta Olga. ¿Y
los maridos? Mi marido no se lo banca, ya en diciembre me dijo:
hoy es la última vez que vas. Después lo hablamos
acá con las chicas, con Mónica, fui a mi casa, hablé,
luché y todas me dieron mucho aliento para seguir y hacer lo
que yo quería. Ahora él me apoya, se queda con los chicos
mientras yo estoy acá, cuenta Marcela. Yo también
tuve muchas peleas con mi marido, que me pregunta qué hago yo
todo el día en la fundación, que por qué no me
busco un trabajo afuera, pero yo tengo muchas metas para hacer acá
adentro. Me gusta de alma, me gusta bailar en sí, y yo le dije:
o me bancás... o no me bancás (risas). Yo
voy a seguir con lo que a mí me gusta, porque yo tengo derecho
a hacer lo que me gusta. Y ahora él me dijo: la fundación
me tiene podrido, pero a vos te voy a bancar, expresa contundentemente
Lorena. También lo que pasa acá es que la mayoría
de las chicas toma clases de pedagogía y se convierte en profesional,
comienza a dar clases, tiene un sueldo, con el tiempo. Entonces, lo
que siempre les decimos a los que preguntan por qué estamos aquí
es que Fundación Crear Vale la Pena da a la gente que viene una
salida laboral, concluye Ximena. ¿El grupo se conformó
exclusivamente con mujeres por decisión o por casualidad? Un
enjambre de voces responde: Al principio había varones,
pero se fueron yendo. También tienen otras rutinas, ellos.
Yo creo que los hombres se cohíben más que las mujeres
en lo que sea movimiento. A nosotras también nos
da vergüenza, pero estamos más curtidas (risas). Mi
marido cuando vino a ver la obra me dijo que parecíamos bobas.
Es otra forma de expresar un baile. Ellos no lo saben y no lo van a
saber nunca, porque no vienen a bailar acá. No saben los sentimientos
que vos le ponés, las ganas. Ellos van a bailar cumbia y ya saben
cómo bailarla, pero esto no es así.
El
otro lado
Un clima de actividad incesante marca el trabajo del centro cultural,
clima muy acorde a la
personalidad
de Sanguinetti quien, evidentemente, ha logrado trasmitir a todos los
integrantes de esta comunidad su chispa y determinación. Una
de las cosas que destaca Sanguinetti es la del esquema centrista típicamente
argentino. Buenos Aires es reloco. Todo lo que no está
en Corrientes y Rodríguez Peña la gente te pregunta espantada
¿dónde?. Y yo les contesto ¿Viste
Corrientes y Callao? Bueno, hay otro eje que es Márquez y Panamericana.
Y sigue: Yo te juro que esto no es solamente trabajar a favor
de la equidad y la justicia, un valor totalmente devaluado en la Argentina.
No se trata de dar, colaborar de una forma asimétrica con el
que menos tiene, porque entonces resulta que no sólo has acumulado
como clase social todo el poder y la riqueza, sino que encima te adjudicás
el poder de ser bueno. Lo que queremos es conocer esa realidad y reivindicar
una vida infinitamente mejor para todas las personas que viven en la
pobreza. Se trata de mostrar aquello que está dentro de las personas
que viven en estos barrios y que se vincula con nosotros en un encuentro
humano recíproco. Interrumpida permanentemente por los
niños que andan dando vueltas por allí, los hijos de las
alumnas y docentes, Sanguinetti alude al saldo de este tipo de trabajo
para un profesional del arte como, por ejemplo, Susana Tambutti. A
mí me pareció que el rigor y la energía de Susana
iban a ser geniales para el grupo, pero además tenía ganas
de rescatar una zona dormida de su producción, más vinculada
a la comunicación directa con el público, con emocionar,
con conmover, con encontrar la identidad. De todo eso se trata Crear
Vale la Pena, tanto para las personas que viven en contextos de pobreza
como para las que no. Trabajar desde tu identidad es bien difícil
porque, hasta cuando tenés permitido tener una identidad, hay
zonas prohibidas. A la pregunta sobre qué interés
piensa ella que despierta la actividad de la fundación en Recoleta,
Sanguinetti responde: Son algunas personas que están en
el Centro Cultural Recoleta las que nos apoyan. Como no hay políticas
en relación a la búsqueda de nuevos lenguajes, ni la experimentación
del arte respecto de la organización social ni mucho menos, estamos
siempre dependiendo de individualidades en todos los campos. Acá
hay un conjunto de intereses que no eligen estas acciones, no es que
las eligirían si pudieran. Es muy claro que, como
no las eligen, no existen. Ademar Bianchi, con el grupo el Galpón
de Catalinas se va a Barcelona con 100 personas. Les pareció
tan singular el trabajo, que el supuesto impedimento de ser teatro comunitario
no es tal, sino que generó la estructura necesaria para que eso
suceda.
Un pequeño balance de causas, efectos y perspectivas: Creo
que lo inusual de esta tarea es la continuidad que se logró,
porque en general las intervenciones en contextos de pobreza suelen
ser muy breves y eso las lleva al fracaso. Así fue que el Banco
Interamericano de Desarrollo vio que esto tenía características
de seriedad y profesionalismo y nos permitió acceder a tres años
de un presupuesto concreto. En ese momentopasamos de 40 alumnos a 400.
Este año pasamos a 800, más unos 400 en lista de espera.
