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PERSONAJES

la ex ideal

Claudia Fontán construyó un impecable personaje de ex mujer de Ricardo Darín en “El hijo de la novia”. Parte del guión salió de la improvisación que hizo en el casting. También es una buena ex mujer, en la vida real, de Horacio Fontova, mientras disfruta de su presente, ya sin estar a la sombra de nadie.

Por Sandra Chaher

Es paradójico que el personaje que más reconocimiento le dio esté tan vinculado con su vida real. Pero quizá por eso Claudia Fontán interpretó a la mejor ex esposa del cine argentino actual: Sandra, “ex” del personaje de Ricardo Darín en El hijo de la novia, la exitosa película de Juan José Campanella. Ella pone voz melodramática: “Yo creo que hay un momento en la vida de una mujer en la que querés la paz, sobre todo cuando venís de relaciones muy explosivas”. Habla de Sandra, y de ella. Pero que hable de paz y tranquilidad no significa que haya abandonado su hedonismo natural. Con la misma gracia y desenfado recibe a la moza de un bar coqueto de Palermo que le trae una copa de vino blanco: “¡Ay, qué rico! Saber que no tenés que volver a trabajar y podés beber”. Sigue siendo fiaca, histriónica y divertida, pero a los 35 le cayeron otras fichas: se puso las pilas con la actuación, tiene un novio publicista, se va a vivir a Nordelta y piensa tener hijos. Todo un estereotipo.
–¿Por qué te presentaste al casting de El hijo de la novia?
–La verdad es que el casting es una experiencia frustrante por donde la mires. Es como ir a dar examen, y te vienen los mismos sentimientos de cuando eras adolescente, miedos casi infantiles. Pero, bueno, cuando me dijeron de esto de Campanella, dije: “No, acá tengo que ir”. Yo a él no lo conocía pero, por la película anterior, me gusta mucho como filma el tipo. Es muy delicado, muy fino, muy sutil en el humor... Pero la verdad es que fui con la sensación de “no voy a quedar”. Me habían pasado la escena la noche anterior y la leí más o menos. Era la del departamento, la más importante. Llego al pasillo de Pol-ka y estaban todas las actrices de mi edad que se te ocurran, todas las que tienen muchísimo más cartel que yo, y que aparte tenían experiencia en cine.

–¿Por qué la sensación de derrota?
–Nunca quedé en un casting. Nunca. Se ve que me pongo muy nerviosa. Pero, bueno, entré y divino, porque aparte te lo hace Campanella. Normalmente te lo hace un asistente que te filma. Acá estaba él, su asistente de dirección, que es actor y hacía el papel de Darín y sabía bien la escena. Campanella supo bien qué pedirme, y después nos pidió una improvisación y yo veía que la improvisación no la cortaba, no la cortaba, y sentía de atrás risitas, con lo cual se ve que me empecé a envalentonar y no sé, viste esos momentos iluminados, decía: “Está bárbaro lo que estoy haciendo”, y seguís y seguís y seguís. Me fui con cierto aliento. Hasta que un día me dijeron: “Bueno, sos vos”, y me fui a comprar una botella de champán y me emborraché.
Ella no lo sabe, pero Campanella no tuvo dudas. Después de haberla visto esa noche, última porque venía de la grabación de “Buenos vecinos”, no dudó en que el papel era para ella.
–Un día me citó para decirme por qué me había elegido. Le había gustado mi humor, cómo había resuelto el personaje. Y me dijo: “Es más, a partir de eso reescribí la escena y vas a ver que hay muchas cosas que salieron del casting”. Para mí fue un honor.
–Hubo un chiste que hiciste que él incorporó.
–El del Profesor Jirafales, el de Mister Ed. Todo salió el día de la improvisación.
Más conocida aún como la “ex” de Horacio Fontova que como actriz, llegó a los textos desde la danza. “Yo era la ‘B’ de ‘Sábados de la bondad’, ¿te acordás?” Pero como era vaga para las prácticas de danza, “poco a poco me pasaban a la actuación”.
–Varias cosas que hiciste tenían que ver con el humor: “Peor es nada”, “Infómanas”...
–Me divierte más. A mí me resulta mucho más fácil hacer drama, pero me parece más interesante el humor y evidentemente tengo algo natural que va siempre para ese lado.
–La escena del departamento en “El hijo de la novia” es dramática, pero a la vez irónica y con un humor ácido.
–Yo tomo el humor de la vida normal. Uno en una situación desesperada hace cosas que, si te estás mirando, son muy graciosas. El otro día fui a ver a una amiga que estaba recién separada, y estaba limpiando el inodoro con Cif y taca, taca (hace el gesto de limpiar con fruición). Y yo pensaba que si se hubiera podido ver... era muy gracioso. Ensañada con el inodoro porque “imaginate...”, y llorando y limpiando la caca. Yo por lo general trato de ver esas cosas en la vida. Porque me gusta el humor que se desprende de lo dramático. Veo un señor que se cae en la calle, esa cosa torpe, y me río, es ese humor que roza con... ¿lloro o me río? Es tan patético que no sabés qué hacer.
–Igual, con el personaje de Sandra mostraste una veta dramática que no habías desarrollado mucho hasta ahora.
–Claro. Yo creo que se me vio de otra manera por la dirección de Campanella. Yo traté de no hacer nada de lo que siempre hago. Norma Aleandro dijo: “Lo mejor de Campanella es que uno puede ir como un ciego”. Y puedo afirmar eso, porque el tipo te dice: “Acá hacé esto, acá lo otro”. Vos le vas tirando cosas y el tipo tiene mucho registro, no te deja sola. Por lo general lo que pasa con los directores acá es que vos tenés que funcionar medio como un director de lo que estás haciendo. Pero ahora hay otra camada de directores, más jóvenes, que no se quedan en lo técnico solamente.
–¿Cómo te resultó interpretar a Sandra, el estereotipo de la ex que elige la tranquilidad después de la pasión y del caos?
–Justo a mí me agarra en un momento en que yo también quiero la paz. Qué sé yo. Yo estuve con el Negro (Fontova) quince años, desde mis 19, y teníamos una relación muy apasionada y de mucho rock & roll, por decirlo de alguna manera. Y hay un momento en que uno quiere lo otro. Cuando tuviste muchos años un marido bancario, ya tenés ganas de tener uno que toque la guitarra. Yo creo que uno necesita hacer complemento.
–¿No es un estereotipo pensar que en una segunda pareja, aunque sea más tranquila, no hay pasión?
–Lo que pasa es que hay que ver cómo es ella también. Es una tipa muy irónica, con un carácter muy fuerte, y me parece que necesita eso por ella. Creo que tal vez el personaje de Ricardo le potenciaba su locura. Cuando uno elige la paz total del otro lado, a veces es porque necesita refrenarse, necesita el opuesto total. Si estás con uno que es medio loquito, y... para loca ya estoy yo. Creo que eso es lo que busca esta mujer, para loca ya está ella. Necesita un hijito, y con este tipo se siente protegida en un lugar, pero también ahí es ella la que le dice: “Te estás yendo descalzo”. Y el tipo se iba descalzo a comprar las empanadas de los nervios que tenía. Sin embargo, ella tenía que ser la más nerviosa en la situación y pudo con todo.
–Trabajaste poco como actriz y haciendo bolos o en papeles secundarios. ¿Por qué?
–Yo creo que tuvo bastante que ver con la pareja que yo tenía con el Negro. Cuando una está con un tipo tan conocido, tan poderoso en los medios, termina quedándose al costado por temor a que piensen que estás trabajando porque sos “la mujer de”. Yo tenía mucho prejuicio con eso, mirá que a mí Jorge Guinzburg me convocó varias veces para “Peor es nada” y yo decía: “No, no sé”, porque me daba vergüenza lo que pensara la gente. A mí me importa mucho lo que piensa la gente, soy una pesada en ese aspecto. Sé que es algo que tengo que modificar, pero bueno... Y creo que ahora, a partir de que me separé del Negro, empecé a laburar más y es por una actitud mía de abrirme. Pero no era que no trabajaba porque eso me traía conflictos con el Negro, era más bien como que estaba “a la sombra de” y para mí era un lugar cómodo. Yo soy medio fiaca, no soy de las minas de: “¡Ay, vamos a trabajar!”. Quiero hacer lo que me gusta, trato de ahorrar para tomarme períodos sin trabajar, que el laburo sea un lugar de placer.
–En “Infómanas”, que conducías con Elizabeth Vernaci, pudiste mostrar bien tu faceta humorística, que es bastante sutil.
–A mí me encanta ese humor y me encanta la gente que lo tiene. Para mí una de las mejores actrices que hay es Valeria Bertuccelli.
–Ella dice algo parecido a vos: que el humor que más la atrae es el que se desprende de una historia triste.
–Claro. O Mercedes Morán, también tiene eso. Son mis dos actrices favoritas, y yo trato de mirarlas mucho para no alejarme nunca de eso. Porque también está el otro humor. En “Infómanas” me costaba mucho y a veces terminaba haciendo el chiste chabacano.
–En “El Loco” esa faceta aparece, y además es como tu línea histórica de interpretación.
–¡Me estás diciendo prostituta! (Risas) Sí, es cierto, el personaje desenfadado. Es copado, la mina quiere salir de la prostitución y no puede. Sabe que en la calle se gana 300 pesos, y en el bar para ganarlos hay que remarla. Y la única manera que ella conoce de ganar plata es poniendo el cuerpo. Le dicen: “Hay que conseguir 300 pesos”, y ella dice: “Pará, ahora vengo”. Va y viene como si nada, no tiene ningún prejuicio con eso. Y creo posible que uno pueda salirse en el sexo, correrte como si fuese una clase de yoga. “Y va y viene, y va y viene, om... om...” (Risas) Yo creo que Karina dice: “Vení, dale, te la chupo”, y está pensando en... no sé, Ricky Martin: “Ay, sí (jadea) quiero ir a ver el recital”. El día que le caiga la ficha, pobrecita, ¿no?
–Estás trabajando de nuevo con Fontova sin estar en pareja con él y en una relación laboral más equitativa. ¿Cómo se lleva eso?
–Es como la situación deseada. Viste que con tu ex pareja te dejás de ver, ya no hablás por teléfono... Y esto hizo que nos veamos de nuevo, con una amistad total, buena onda, le cuento mis nuevas... es bárbaro. Y aparte, ¿qué sé yo? El otro día me estaba maquillando y escucho una tos y digo: “Ese es el Negro”. Conocer cosas tan íntimas... a mí me encantaría ser íntima del Negro, que sea padrino de mis hijos, pero sé que no se puede porque, bueno, uno hace otras vidas.