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RESEÑAS

Construye tu propio Antonioni

Más allá de las nubes
Michelangelo Antonioni
trad. Juan Manuel Salmerón
Mondadori
Barcelona, 2000
186 págs. $ 16

POR JONATHAN ROVNER

A la inversa de sospechosos cineastas cuyas películas nos dejan con la culposa sensación de que para justipreciarlas, hubiéramos debido leer más libros, los relatos de Antonioni nos halagan con el recordatorio de ese inmenso potencial “cinematográfico” de una buena prosa. Más aun, es como si a cada lector se le permitiera, al menos en su imaginación, producir su propio Antonioni. Allí están, a la vista, sus lugares, secuencias, personajes y planos. Mientras que todo aquello que hace a su realización material, casi siempre el cruento suplicio en el que tanto guionistas como directores son ultrajados por las miserias y bajezas de una industria, descansa, sublimado en la imaginación lectora, ajena a todo esquema de negocios y/o maniobra mercadotécnica.
De los 33 textos que conformaron la edición original de Más allá de las nubes (Bowling sul tevere, 1983), fueron cuatro relatos los que en 1995 llegaron al celuloide, bajo ese título y con la co-dirección de Wim Wenders. Dice Wenders en la contratapa: “a veces de una sola línea surgen películas enteras, no sólo las imágenes, sino también los sentimientos y emociones que las habrían acompañado si hubieran sido llevadas al cine”. Y Antonioni lo confirma. En “Este cuerpo de barro”, uno de los relatos filmados, plasma una imagen, nítida, en cuatro palabras, y reflexiona: “Una noche lluviosa y olorosa. Olorosa no es un adjetivo cinematográfico, pero yo estoy convencido de que el cine puede proporcionar incluso esa sensación”.
Pero hay más, y sólo en la lectura de Más allá de las nubes se comprende la modestia de esa apreciación. Porque si bien es innegable que, como pocos, estos dos cineastas han logrado que la pantalla proyecte imágenes mucho más que visuales, la prosa de Antonioni nos sorprende con otra cosa, otro más allá. Casi por casualidad, capricho de consagrado que se autoriza la publicación de sus apuntes personales, concesión que la literatura da a quien sin ser escritor, se ha ganado el derecho a ser leído. Y nada más lejano que la concesión o el capricho es lo que en Más allá de las nubes puede leerse.
Mucho más que un director que escribe bien, Antonioni parece un escritor que prefirió hacer cine. Más allá de las nubes, compilado fragmentario y heteróclito de películas que no fueron, tomas sin cámara y diálogos sin actores, por momentos parece invitarnos a leerlo como si de esa fragmentación pudieran sacarse los apuntes para un guión: el de una película que muestre cierta intimidad de la creación artística, siguiendo las ocurrencias y percepciones de un cineasta italiano llamado Antonioni. Y, en efecto, el cuento que da título a la versión original, “Aquel bowling junto al Tíber” es, a la vez que un temible guión de Antonioni, la receta para imaginarse guiones a lo Antonioni. Por ejemplo, ver un hombre sentado en un parque observando a los niños con expresión amable. Imagina al sujeto matando a sangre fría a los niños y revela: “Así como en Ferrara, donde nací, cae en invierno una niebla tan densa que no se ve aun metro de distancia, así ha ocurrido con mi imaginación. En cierto punto se ha extraviado en la niebla. Voy a intentar localizar en esa niebla algunos puntos seguros. Antes que nada el móvil. Por qué este hombre mata. Si tuviera que hacer una película no me la plantearía porque una película se basta a sí misma y responde contando. Pero ya que éste es un proyecto destinado a culminar en esta página, puedo ensayar una explicación”.
Y así, entonces, como si un manual para hacer Antonionis en casa fuera poco, Más allá de las nubes termina por ser una especie de cinemateca de papel, compilando 33 de las mejores películas, literalmente, jamás filmadas.

Cien años día a día

Tras las claves de Melquíades
Eligio García Márquez
Norma
Buenos Aires, 2001
630 págs. $ 30

Por Sebastián Basualdo ¿En qué momento nace verdaderamente un libro? ¿Al ser concebido? ¿Cuando se escribe? ¿Al publicarse? ¿O más bien, sólo hasta el final de su sendero, cuando el lector lo descubre, lo lee y se reconoce en él?, se pregunta Eligio García Márquez –el hermano recientemente fallecido del Premio Nobel colombiano–, haciendo referencia a una obra que comenzó a gestarse en la costa Caribe colombiana a finales de los años cuarenta y mediados de los años cincuenta, logrando ser concebida como tal en la carretera de Ciudad de México en julio de 1965, “un día en que yendo para Acapulco con Mercedes y los niños, iba yo manejando mi Opel, pensando obsesivamente en Cien años de soledad, cuando de pronto tuve la revelación: debía contar la historia como mi abuela me contaba las suyas, partiendo de aquella tarde en que el niño es llevado por su padre a conocer el hielo”.
Tras las claves de Melquíades traza fina y rigurosamente los acontecimientos que precedieron a la materialización de la obra tan buscada por aquel joven cuentista que irrumpiría en la literatura con un cuento (“La tercera resignación”) enviado al suplemento literario de El Espectador, que le valió la rápida y merecida aceptación por parte de los intelectuales de la época, y hasta del propio director del suplemento, el escritor y periodista Eduardo Zalamea Borda, quien en su columna diaria “La ciudad y el mundo” escribió un martes 28 de octubre de 1947: “Los lectores de Fin de semana, suplemento literario de este periódico, habrán advertido la aparición de un genio nuevo, original, de vigorosa personalidad”. Y si original sigue significando ser fiel al origen, entonces ahí puede encontrarse quizá uno de los rasgos más significativos dentro la poética de Gabriel García Márquez, su obsesión por construir una aldea (en el sentido de Tolstoi) con personajes tan reales como nuestros sueños y nuestros deseos inconfesados. Tan reales como el Aureliano Buendía que funda Macondo, personaje que en el capítulo cuatro de Tras las claves de Melquíades es sorpresivamente descubierto por la madre de Oscar de la Esperiella: “Una vez, oyéndolo leer, mi mamá le dijo: ‘Gabito, ése es el general Uribe’”. “¿ Cómo lo conoce?”. Ella le contestó: “Por las muñecas, porque el general Uribe tenía así de grandes las muñecas”.
La exhaustiva investigación de Eligio es un trabajo periodístico que excede lo literario sin dejar de examinar cuidadosamente la obra de su hermano desde sus inicios, sus fuentes, la tradición literaria con la que empalma luego de su recorrido por Faulkner, Viginia Woolf, John Dos Passos, Hemingway, Steinbeck, y Caldwell entre otros.
Tras las claves de Melquíades parte de los rechazos iniciales sufridos por Gabo –Losada rechazó el original de La hojarasca– para llegar a los muchos e intrincados acontecimientos que hicieron del autor de Cien años de soledad uno de los escritores más reconocidos en el mundo entero.
Dice Eligio García Márquez: “Los años pasaron, la fama de Cien años soportó los estudios arduos múltiples, sesudos o ligeros, de los expertos, y yo no me encontré satisfecho (...). Con el transcurrir de los años, las entrevistas con García Márquez aumentaron. Algunas no decían nada nuevo sobre la materia. Entre otras razones porque los periodistas le intentaban poner más de lo que él quería contar. Él les hablaba con el mismomecanismo de creación poética con que había escrito su obra maestra. Y la grabadora y el entendimiento obtuso de los periodistas daban lástima.
Esto fue hasta cuando el periodista argentino Tomás Eloy Martínez publicó su famosa ‘Reminiscencia’. Eso no era lo que yo estaba buscando pero algo era algo, sobre el mito que por una década y media se formó alrededor del libro. Y lo que yo pretendía era una obra digna del objeto de estudio: totalizante”.

Erótica del pensamiento

El deseo
Diana Sperling
Biblos
Buenos Aires, 2001
140 págs. $ 17

Por Daniel Mundo La relación con el otro o con lo otro es uno de los grandes temas que la filosofía del siglo XX nos ha legado. Del deseo, el último libro de Diana Sperling, nos muestra que recién hemos comenzado a pensar qué tipo de lazo nos relaciona con el otro y cuáles son los supuestos olvidados sobre los que logramos entablar una comunicación.
Para develar estos olvidos, Sperling fuerza una extraña torsión: hace de Baruch Spinoza un lector heideggeriano. Toma el concepto de deseo en Spinoza y lo pone a funcionar dentro de la matriz conceptual y del modo de pensar inaugurado por Martin Heidegger.
La tradición oficial de la filosofía de Occidente considera que ésta nace en el mundo griego. En esto estarían de acuerdo hasta pensadores radicalmente críticos como Nietzsche o Heidegger. Uno de los aportes de Nietzsche, profundizado por Heidegger, consistió en mostrar que ese origen está marcado por un olvido. Para simplificar, podría decirse que el pensamiento se olvidó de aquello que permite pensar; para Heidegger el hombre se ha convertido en una cosa aquello que se resiste y zafa de coagularse en algo. A esto que no es, si bien nunca deja de ser, Heidegger lo llama Ser. Sperling, para sustraerse a la ontología, utiliza el concepto spinoziano de deseo: “el deseo no es”, afirma Sperling, deviene. Esta operación le permite escapar a los sutiles límites de la metafísica occidental y a la vez introducir la productividad propia del pensamiento judío.
Este pensamiento, para Sperling, constituye el otro gran olvido de la filosofía occidental. Esta filosofía se alimenta con la herencia grecorromana, pero también se construye con y desde el pensamiento judío. Leyendo el libro de Sperling, de hecho, encontramos que los descubrimientos de la filosofía del siglo XX –el otro y el problema de la diferencia, la pluralidad de los espacios en oposición a la mayoría que los puebla, la singularidad frente a la universalidad, el interpretacionismo, el posicionamiento a partir de una decisión y la responsabilidad concomitante– son temas que el pensamiento judío no ha dejado de plantearse a lo largo de su historia.
De acuerdo a qué relación se mantenga con el deseo, de acuerdo a qué manera el deseo enlace, se podrá imaginar un tipo de vida u otro. El deseo se convierte así en el principio organizador del mundo humano. Y el otro ocupa un lugar fundamental. Para el griego, la relación con el otro es siempre una relación de dominio: “El otro es un igual o un contrario”, un enemigo o en todo caso un semejante, no un diferente. Por ello, afirma Sperling, el pensamiento griego tiene que terminar celebrando la homosexualidad, y necesita partir de un origen al que debe volver: odisea que siempre remite a lo mismo. En esta cosmogonía el yo es una sustancia y la Ley una fuerza que limita y restringe. La verdad es constatación. Y el deseo tiene como fin la disolución más que la multiplicación.
En el pensamiento judío, en cambio, la Ley aparece como apertura, y la verdad, como transmisión e interpretación. La filiación, la herencia, el legado se vuelven el fin de la cultura. De este modo la mujer comienza a ocupar un lugar singular y fundante, un lugar diferente. La alteridad, la condición de diferente del otro, para un pensamiento como éste, se presentacomo irrenunciable: “El hombre/ sólo/ se encuentra en su estar siempre vuelto hacia el afuera”. En sí mismo el hombre no es, sólo es cuando se abre hacia lo otro diferente del otro. El yo finito depende del otro para desarrollar su incalculable capacidad de ser afectado y de afectar, de actuar. “El yo es un lugar”, sostiene Sperling, lugar plural abierto al encuentro y fundado por el otro.
El origen es el otro. Por ello este origen no es una falta que se completa con nuestra vuelta sino una plenitud que se despliega con nosotros. Erótica sin ego que no se consume en la acción y que necesita de la acción para desplegarse.

Cambalache

EL PENSAMIENTO MESTIZO
Serge Gruzinski
trad. E. Folch González
Paidós
Barcelona, 2001
364 págs., $ 27

POR RUBEN RIOS Kusch y Deleuze se encuentran en un intersticio, una articulación, una bisagra, se conectan entre sí. El concepto es el mismo, las formulaciones difieren: mestizaje para Kusch, patchwork para Deleuze. Que eventualmente se ensamblen o se tramen significa que ese concepto entra en acción. De algún modo estos pensamientos, al cruzarse, cumplen su destino de heterodoxias. Ambos, tal vez, no hubieran rechazado el diálogo, la mutua influencia. La América mestiza de Kusch y la Europa rizomática de Deleuze (y Guattari) se abren a un espacio que filtra todo pensamiento único, toda estructura final.
Por esto resulta curioso, al menos, que en la amplia bibliografía erudita de El pensamiento mestizo no figure Deleuze (mucho menos Kusch, un gran marginal aun entre nosotros). Estas ausencias quizá expliquen las falencias teóricas y la floja argumentación de Gruzinski acerca del carácter híbrido y mestizo de la cultura occidental, que existe –por lo menos– ya desde los viajes de Pitágoras, Hecateo de Mileto, Solón o Polibio más allá de la antigua Grecia. En el mismo Platón podemos encontrar signos de esa conexión con otras culturas, de forma preponderante con Egipto (cuyo culto de los muertos sería la matriz de la doctrina platónica de la transmigración de las almas).
El propósito de Gruzinski –demostrar que la mezcla socava y forma parte la identidad occidental, más todavía en el proceso de la mundialización del capitalismo– se apoya en una profusa investigación de la estética indoamericana en el México del siglo XVI. Estética, por supuesto, que mezcla sin confundir elementos de las culturas indígenas precolombinas, el cristianismo y el paganismo.
Mejor suerte tiene el autor con el otro polo de apoyatura, el cine contemporáneo –aparte de los filmes de Greenaway– de Hong Kong. Las películas del director Wong Kar–wi (una de ellas, Happy Together, narra las peripecias de dos chinos en Buenos Aires) expondrían la potencia del mestizaje cultural y político que se prepara en la aldea global, donde a los flujos de información y al despliegue a escala mundial de la cultura “capitalística” le es inherente el choque y la mezcla con otras culturas.
En cualquier caso, nunca se pone en crisis la identidad de Occidente. Ni la sobredeterminación de sus imágenes. Calvin Klein al lado de la estatua de Lenin o el western mixturado con las sagas de samurais, todo parece mezclarse en una Babel ordenada (o desordenada) en torno al viejo centro de la cultura occidental.
El pensamiento mestizo lleva sobre sus espaldas el estigma de los estudios poscoloniales. Esto no lo invalida, pero lo
delimita como una alteridad enjaulada, una mera particularidad en la universalidad de Occidente, apenas la resistencia que conlleva todo poder. Porque si bien los discursos y prácticas mestizas cuestionan la pureza de las identidades, la legitimidad de la operación sólo la otorga una de las partes. La cultura mestiza de la
planetarización, como tal perfectamente posible, parece más suscitada por un
relajamiento o agotamiento de la gran
tradición occidental que por el despertar súbito de las culturas sometidas. En cualquier caso, Occidente se globaliza de la mano de latecnología y el capitalismo.
El mestizaje –entendido ahora como un tránsito hacia lo ilimitadamente “otro”,
la alteridad– quizá sea la única posibilidad de que el viaje emprendido por
Ulises no se cierre, otra vez, sobre su propio círculo.

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