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Una modernidad periférica

 

Martínez Estrada tiene en sus libros el aspecto de un hombre severo y amargado que quedó atrapado en la parte de historia que le tocó vivir. Paganini y El hermano Quiroga, sin ser una excepción, muestran, sin embargo, otra cara. La del estudio, la del amor fraterno, la complicidad en la estética y la empatía vitalista.

POR ARIEL SCHETTINI

Hace ya mucho tiempo que la cultura argentina nombró a Ezequiel Martínez Estrada como el intelectual moderno por antonomasia. Su nombre forma parte ineludible de todos los debates sobre el papel de los intelectuales en la sociedad, y ello porque sus libros son tan librepensantes y diversos como no se puede imaginar en este país.
Inevitablemente atado a la historia de la Argentina del siglo XX (que posiblemente haya sentido como una carga o una fatalidad), supo ser liberal, conservador, antiperonista, gorila, marxista, revolucionario y “apolítico” en cada momento histórico. Ese pasaje por las ideologías no sólo muestra su ansiedad por lo coyuntural y cotidiano sino también una forma de pensar (consta en sus libros) que lo obliga a formarse una firme convicción a partir del mínimo detalle y de la forma baladí. Lo que sí es seguro es que sus intereses no estaban colmados de la insularidad cultural de los pensadores argentinos, y podía escribir sobre Balzac, Sarmiento, el diseño poblacional argentino, Nietzsche, la metodología de estudio de la cultura o el espíritu de la legislación argentina.
Fue en la década del cincuenta, y con la Revolución Libertadora como contexto, cuando su figura de ensayista moderno fue reivindicada (no sin críticas) por los jóvenes intelectuales reunidos alrededor de la mítica revista Contorno. Sobre todo Sebreli vio en él algo más que un motivo para oponerse al acartonamiento liberal de Sur; entendió un nuevo modo de relacionarse con la política, con ese objeto raro que es la “argentinidad” y con una prosa ensayística que volvía el género a su origen conjetural, detallista y de “mosaico” en el que las partes constituyen un todo precario.
El modelo, claro, fue el que acaso sea su libro definitivo, Radiografía de la Pampa, en el que Martínez Estrada trata de encontrar una explicación para el “ser nacional” que dé un paso más allá de la estructura definitiva que le había dado Sarmiento.
No lo logró. La sombra terrible del estadista del siglo anterior terminó por devorar casi todas las hipótesis que Martínez Estrada plantea en su libro. De todas maneras, aunque criticado violentamente en su momento y mucho después, el libro ponía en escena nuevos actores para el desarrollo de la lucha trágica entre civilización y barbarie que. según el autor, condenaba a este país a una parodia de civilización, a la máscara de un Estado. Los inmigrantes, el tango, los edificios de departamentos, las amenazantes masas urbanas, todo colabora para que nuestro país, visto desde 1933, quede condenado al grotesco.
Quienes recuperaron su obra ensayística, salvo excepciones, nunca fueron muy cultores de su obra poética. Y aunque de tono modernista y a la sombra de la decadencia de Lugones, algunos de su poemas tienen una sinceridad introspectiva notable para una época y un modo de escribir poesía en que ni la honestidad ni la introspección eran un valor en la poesía.

EL ENSAYO
Ezequiel Martínez Estrada usa sus libros como el laboratorio de una biblioteca utópica. Cuando la cultura argentina había definido la biblioteca como el lugar de acumulación de tradición del pasado y eventualmente del prestigio familiar privado, para Martínez Estrada la biblioteca exigía la operación inversa: una ansiedad bulímica por el próximo libro, por la insegura novedad científica y la importación modernizante. Sus libros están plagados de citas de la bibliografía más moderna, ecléctica y, a veces, contradictoria. Ese movimiento de la exuberancia bibliográfica moderna fue creado por él: la biblioteca es el reservorio del futuro. Y a esa biblioteca van a parar sus libros.
Esa misma inquietud bibliográfica aparece en el modo de armar sus libros. La estructura acumulativa del ensayo, que es plástica por definición, debe encontrar no sólo la fuente, la crítica y el contenido de su materia, sino también una serie bibliográfica más o menos lateral como la medicina, el psicoanálisis, la musicología y hasta el saber popular que le permite elaborar lo que él mismo llama “hipótesis intuitivas”. De modo que sería imposible, para Martínez Estrada, estudiar y conocer a Paganini sin una profunda meditación sobre el origen paterno y materno y, a partir de eso, sobre el análisis de la formación del feto en la mujer, y las condiciones psíquicas de la gestación, y la obra de Freud y Jung, que lo introducen en el análisis del rol de la vida infantil en la formación del carácter; y entonces partir hacia la formación del oído, su anatomía y fisiología, su lugar en la cultura, el saber contenido en el dicho “no hay peor sordo que el que no quiere oír”, la relación entre el oído musical y el órgano anatómico y, finalmente, un estudio general de las sensaciones. Todo es necesario.
Ni qué decir de sus precoces lecturas de Nietzsche o Simmel, que le permitieron detectar formaciones culturales a partir de los mínimos detalles de la conducta y develar a la sociedad en los gestos más inadvertidos o íntimos.

PAGANINI
Hacia el final de su vida, fascinado por la Revolución Cubana, Martínez Estrada se fue a vivir a Cuba. Estuvo tres años, después de los cuales volvió con varios libros bajo el brazo. Pero entonces su literatura ya no era tan interesante para los editores. A la voluminosa cantidad de libros escritos sumó varios más: Paganini es uno de esos libros que, míticamente nombrado por los intelectuales argentinos, jamás vio la luz.
Esta edición póstuma de Beatriz Viterbo (con los auspicios de la Secretaría de Cultura de la Nación) viene a reponer una ausencia notable. Como Martínez Estada era violinista, es natural que le haya dedicado un libro a quien, según el autor, prácticamente inventó el instrumento (en todo caso, tan natural como el interés de Theodor W. Adorno por el piano). Y con él todos los atributos que lo rodean: el virtuosismo y la perfección, la dedicación maniática al instrumento y la relación perversa entre el ejecutante y el violín, según la cual el cuerpo queda sometido al rigor, la tortura y la obsesión.
Por otra parte, el libro indaga en el aspecto más personal de la vida de Paganini, puesto que su lugar en la historia de la música está ligado al mito de su pacto diabólico, que lo llevó a componer y ejecutar aquello que ningún hombre podría jamás. De allí que todo el libro intente responder a la pregunta: ¿cómo es posible que el virtuosismo y el genio de Paganini contengan una fuerza que no es la mecánica y un oído que no es el anatómico, y un movimiento que no acaba en el registro muscular, y que al mismo tiempo no es un rasgo espiritual sino completamente material?
A partir de allí, Martínez Estrada lleva a cabo un análisis de las técnicas, el diseño, el comportamiento (Pavlov), y la experiencia del espacio y el tiempo humanos para ver en ello lo que hace Paganini efectivamente: superar al hombre mismo.
Y como todo el libro se impone la explicación material del “genio”, no puede menos que dedicarle largas páginas a una reflexión sobre el cuerpo desde la perspectiva del “diseño humano” que lo conforman como parte de una estrategia y una mecánica corporal: una máquina que puede modificar la sustancia del espacio y del tiempo a partir de instrumentos. Por ejemplo, la música.

EL HERMANO QUIROGA
Lo cierto es que la máquina forma parte de una de las obsesiones de Martínez Estrada. El interés es común en la época, mucho más cuando se trata de hablar de Horacio Quiroga, uno de los grandes cultores del imaginario tecno-científico.
En el libro El hermano Quiroga, un clásico secreto de la literatura argentina, grandes párrafos se le dedican a la obsesión tecnológica del escritor uruguayo. Es conocido su interés por el cine, pero también por los automóviles y todo tipo de motores, porque a Quiroga le interesaba la técnica no tanto desde la perspectiva de los resultados como del funcionamiento mismo, y así cualquier máquina capturaba su interés. En este libro podemos aprender que fue el autor de los Cuentos de amor, de locura y de muerte quien descubrió una “fórmula secreta” para deshidratar naranjas y crear un jugo concentrado de modo que “en una damajuana de diez litros pueden caber cinco mil naranjas deshidratadas”. No sólo eso: también se le asigna al producto una incipiente estructura mercadotécnica: “Calculo que si la naranja así conservada, que con sólo agregarle agua recupera su original sabor y sus propiedades vitamínicas se pone de moda en lugar de otras bebidas alcohólicas artificiales, tres confiterías solamente, El Molino, El Ideal y el Jockey Club, pueden consumir por mes hasta veinte damajuanas”, dicho esto por Quiroga mismo.
Como se trata de un libro sobre el límite de la técnica del presente, su forma de acceso no podía ser otra que una rareza tecnológica. El libro se consigue por Internet en www.libronauta.com, un portal exclusivamente dedicado a libros, relativamente novedoso en la Argentina, que vende libros en versiones digitales o en papel de acuerdo con la preferencia de lectura. Cada ejemplar se edita a pedido del consumidor, como si existiera la posibilidad de que un libro existiera más allá de la pulpa y que, una vez “hidratado”, recuperara su forma original.
El hermano Quiroga carga sobre sí, además, la extrañeza de su composición. Se trata de un retrato, o un esbozo biográfico, que sólo tiene como fuente de la vida de Horacio Quiroga las cartas que éste le envió a Martínez Estrada, junto a los testimonios de sus charlas, sus encuentros y sus discusiones. Casi no existe referencia a la literatura de ambos más allá de las que se puedan fechar biográficamente: la mascota de su casa de Vicente López era un coatí y fue el mismo Quiroga quien convenció a Martínez Estrada de que “su” género era el ensayo y no la poesía. De modo que el resultado es el de la biografía desde la perspectiva de un testigo interesado que cuenta los fragmentos de vida de su “hermano” desde un ángulo íntimo autobiográfico, con admiración y empatía.
La rareza proviene del hecho de que el género, tan común en la literatura inglesa (y con un ejemplo notable en el Benjamin de Scholem), casi no tiene referentes en nuestra literatura, tan dada al pudor y al recato convencional. Martínez Estrada acompaña el camino ascético de Quiroga hasta sus quimeras en Misiones, donde termina viviendo solo, lejos de su esposa, sus hijos, a la busca de una vida “esencial” que jamás encontró, pero que le permite al biógrafo compararlo, en su actitud de despojo, con Tolstoi y con Gandhi. El mismo Quiroga, en verdad, cuando imagina su derrotero, se piensa como el Walden de Thoreau: el hombre que se aleja de la sociedad para bastarse a sí mismo.
Esa especie de “asociación” creativa indudablemente trabajó sobre la obra de ambos hasta el punto en que, en las cartas, Quiroga no cesa de invitar a Martínez Estrada a trasladarse a la selva misionera, donde no sólo construirían esa especie de utopía intelectual de la comunidad del saber sino que también harían sus propias casas, convencidos ambos de que las tareas manuales y la obra hecha con las propias manos es la única que tiene un valor verdadero.
Martínez Estrada tiene en sus libros el aspecto de un hombre severo y amargado que quedó atrapado en la parte de historia que le tocó vivir. Estos dos libros, sin ser una excepción, muestran, sin embargo, otra cara. La del estudio, la del amor fraterno, la complicidad en la estética y la empatía vitalista.
El estilo del pensamiento de la época lo llevó siempre a las reflexiones sobre “el hombre”, “la civilización”, “el derrotero de la humanidad” o excesos por el estilo. Estos libros, que no renuncian a esa reflexión megalómana o totalizante, muestran también la cara íntima, obsesiva, personal y, probablemente, liberada.

Ezequiel Martínez Estrada en Radarlibros

El 27 de junio de 1999, Radarlibros reprodujo fragmentos de Realidad y fantasía en Balzac (1964), en ocasión del bicentenario del gran novelista francés.

 

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