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Jueves 29 de Noviembre de 2001

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RICKY ESPINOSA, PUNKROCKER, ROLINGA Y METALERO. TAMBIEN ANGEL Y DEMONIO

      “Intenté suicidarme seis veces.
                  Ni para eso sirvo...”

Nada que tenga que ver con la definición clásica del músico de rock –el conflictuado, el descontrolado, el difícil, etc., etc.– corresponde aquí al protagonista. En remise por el sur del Gran Buenos Aires, en su casa de Gerli, en donde se pueda, Ricky dirá que no sabe lo que hará al día siguiente, que no tiene amigos, tampoco proyecto alguno y que, tal vez, sí sea una estrella. Aunque... “no es culpa mía”, aclara.

TEXTOS. SANTIAGO RIAL UNGARO
FOTOS. TAMARA PINCO

No es fácil encontrar y entrevistar a Ricky “Flema” Espinosa. Sin embargo, mucho puede decirse sobre él: estrella del punk rock local, poeta maldito, performer suicida (capaz de atreverse a tocar “Honky Town Woman” de los Rolling Stones soportando impasible los botellazos del público punk) y cultor del glitter rock más rastrero e impactante, Ricky Espinosa es, a su pesar, un mito. Y, como tal, tiene una parte oscura e incomprensible. El mito gira alrededor del reviente y de su radical nihilismo. Realmente da la impresión de que a Ricky no le interesa nada. Pero entre el vendaval que generan Flema, Flemita y sus proyectos solistas, lo que hace que Espinosa se distinga entre tantos clichés (sexo, drogas, punkrock & roll y “no future” son los pilares de su obra) es su interés por documentar, con una honestidad verdaderamente brutal, su propia vida. Una vida auténticamente decadente: una vida espinosa, juego de palabras que le dio título a su único disco solista. Y si su actitud es autodestructiva, sucede en forma consciente.
El público de Flema, el que corea la letra de “Si yo soy así” (“Si yo soy así no es por culpa de la droga/ Si yo soy así no es por culpa del alcohol”) debería saberlo mejor que nadie. “Sonriendo me hundo un poco más”, canta Ricky en uno de sus últimos discos. El reviente es entonces una excusa para ocultar un vacío aún más monstruoso. Y de tanto atacarse a sí mismo, el personaje hace imposible cualquier juicio. ¿Qué crítica se le puede hacer al grupo si el mismo Ricky supo aparecer, en la portada de Si el placer es un pecado, bienvenidos al infierno, con una remera que dice “Flema es una mierda”? Si Flema hubiera tenido un manager dispuesto a canalizar y amplificar las peripecias de Ricky, ya lo habrían convertido en un negocio, y no sólo por su carisma personal. La leyenda se sostiene con canciones: “Surfeando en el Riachuelo”, “No quiero ir a la guerra”, “Extremista”, “Más feliz que la mierda”, “Nunca seré policía”, “Metamorfosis adolescente”, “Una droga más” o “No pasa nada” dan cuenta de su raro talento para componer himnos punks.
Claro que, desde un punto de vista convencional (desde casi cualquier punto de vista), el suyo es un talento desperdiciado o, por lo menos, desquiciado. Para empezar, a los 18 años se le rompieron un par de tendones en un incidente del que no quiere dar detalles. Por ese entonces, en Avellaneda, Ricky Espinosa era famoso por sus payasadas y por su habilidad como guitarrista. Ahora, con 34 años (casi 15 con Flema) es a la vez rolinga, punkrocker y metalero. Con ese prontuario, sus ambiciones se limitan a sobrevivir: cada show es una catarsis de saliva, electricidad y pogo y cada disco es un documental del sucio realismo que lo rodea. Ni más ni menos. Y aunque el grupo tenga el dudoso honor de haber ganado durante varios años seguidos las encuestas como “lo peor” del año, no hay ninguna intención de que eso cambie.
Se entiende, entonces, el hecho de que no sea fácil hacerle una nota a Ricky. Pero, nobleza obliga, el autor de Caretofobia I y el reciente Caretofobia II, lo advierte de antemano: “No te puedo decir qué voy a hacer mañana. Es al pedo, porque apenas sé lo que voy a hacer dentro de un rato.” Después de varios intentos y charlas telefónicas, finalmente Ricky devuelve el llamado: dice que está en Lanús, en el Complejo Musical La Viga, sala con estudio de grabación y flemático centro de operaciones. “Escuchemos unos temas”, propone... y se va. “Hacele una nota al productor”, sugiere cuando vuelve junto a Pablo Podestá, el mártir que grabó todos los discos del grupo. Desde su visión, el líder de Flema y Flemita “es un profesional”. “Sabe lo que quiere hacer y lo que no quiere hacer. Lo mejor de todo es la polenta que tiene para llevar adelante su proyecto. Pero a veces es difícil grabar a Flema, porque tal vez no saben lo que quieren hacer: los demás integrantes también son como él.” Desde la consola, la letra de “Viejo y Cansado” es bastante elocuente: “No sirvo para vivir. No sirvo para morir. No sirvo para ser hombre. No sirvo para ser mujer. No sirvo para una mierda.” Minutos después, cuando se le pide una copia del disco, Ricky dirá lacónicamente que no tiene doble casetera. Luego, al comentarle la opinión de Podestá, la reacción será despectiva: “No, yo no tengo ningún proyecto: Flema es una realidad día a día. Estaba en mi casa y quería hacer un disco. Me tomé el bondi y vine a grabar. Eso fue todo.” La actitud de indiferencia de Espinosa se corresponde con su total desinterés por la prensa: charla por teléfono, busca una birra, invita a hablar a todos los que andan por ahí (“todos pueden participar”, añade socarronamente) y, por último, ante el reclamo de atención por parte del cronista, Ricky, con cara de niño tentado, dirá: “Yo te dije que vengas, pero no te dije que íbamos a hacer la entrevista.” Más tarde, en el grabador se escuchará una banda ensayando, chistes irreproducibles, carcajadas estruendosas, anécdotas (“la primera nota que mi hicieron fue en la casa de Gamexane; me había tomado 5 birras y terminé meando por la ventana”), voces de gente que entra y que sale y alguna que otra declaración de principios estéticos del estilo “no me gusta ensayar porque termina sonando muy robotizado. Las mejores tomas siempre son las primeras.” ¿Y la nota? “Esto es la nota”, dice Ricky, manager de Flema.

BARDEAR O ZARPAR EN EL LADO SALVAJE
La escena transcurre en algún lugar del conurbano. Ricky va a visitar a un amigo, y la ¿entrevista? continúa en un remise. Ahora Ricky explica cuál es la diferencia entre los verbos bardear y zarpar, incluidos ambos en la letra de “Hoy yo puedo volar”, uno de los mejores temas de Caretofobia II: “Bardear es algo que hacés para vos. Cuando te zarpás estás bardeando a los demás”. Con la complicada intención de “bardear” pero no “zarparse”, Ricky pide discreción al cronista: estamos en uno de esos barrios en los que la policía no entra y conoce los códigos. Nadie va a poder acusarlo nunca de buchón. Pero también hay otra razón: Ricky está de novio desde hace años, aunque tampoco quiere hablar sobre su musa. “Ella no quiere que nadie la conozca: además, es puro cholulismo”. Pero aunque el lado sentimental de Ricky quede de manifiesto en algunas canciones de amor de marcado sentimentalismo ramonero, el fuerte de Ricky es su conocimiento del lado salvaje de la realidad. “Yo escribo sobre el reviente porque es lo que mejor conozco”, dice este lector empedernido de Bukowski que supo leerse entera la Biblia, Antiguo y Nuevo Testamento. “Empecé por el Apocalipsis, como buen metalero, y después me la leí entera.”
Ricky Espinosa tiene su propios valores. Inmerso en sus conflictos, el autor de Caretofobia sólo puede vanagloriarse de su sinceridad que, aunque a menudo desemboque en lo patético, también le da a Flema una adrenalina que muchas bandas de rock envidiarían. De gira con Ricky, su confesión inicial sobre la amistad (“yo no tengo amigos porque ni siquiera soy amigo de mí mismo”) resulta, por lo menos, dudosa. La gente lo quiere y vive a los cachetazos (“no me molesta jugar de manos”, dirá al pasar luego de haber intercambiado un par de sopapos con un amigo) y a los abrazos, haciendo reír a muchos... y llorar a otros. Y aunque también debe haber algunos que lo odien, Ricky se hace querer. Y se ríe a carcajadas, varias por minuto. Por lo menos, los integrantes de Flema son amigos.
En un monoblock de Gerli está ahora junto a Fernando Rossi, integrante de Flema y autor de “Siempre estoy dado vuelta”, otro hit paradigmático de la banda. En la videocasetera se ven imágenes del último cumpleaños del grupo (los caóticos festejos por los 14 años de Flema en Cemento fueron una verdadera bacanal punk) y, periodísticamente, la situación se repite: Ricky quiere que Fernando también opine sobre Flema. Con el video de fondo, el bajista opina: “Yo creo que ya llegamos a un nivel en el que mucho no vamos a poder mejorar. Podemos mantener el nivel o bajarlo. No voy a tocar de un día para el otro como Billy Sheenan. Podemos mejorar un poco como banda. Sinceramente, creo que Flema no se caracteriza mucho por el laburo de la banda. Nosotros tocamos juntos porque nos llevamos bien. Y no nos importa nada.”
El prestigio de Flema como banda legendaria se lo debe, en parte, a la permanencia del grupo (de hecho su segundo disco, Nunca nos fuimos, es de 1995). Como también pasa con otros grupos locales, a esta altura lo importante de Flema es simplemente que exista, que siga vivo a pesar de todas las adversidades. E incluso a pesar de sí mismos: “Hace 15 años que tocamos. Si no tuviera 5 discos editados, sería un tarado”, resume Ricky. “En realidad, en Flema, ideas tenemos todos. Lo que yo tengo es ímpetu para llevarlas adelante. Tal vez cuando esté fisurado haga un disco de grandes éxitos. Pero cuando lo haga lo voy a hacer de alma. O quizás no.” Al margen de los chistes y las evasivas, de golpe se le escapa una declaración de principios trunca: “No tengo un proyecto, por eso no puedo fracasar. Si no te prometo nada, no te puedo defraudar. Yo no tengo ningún compromiso, ni siquiera conmigo mismo.”
Sin productor y sin manager, Flema convive con su propia leyenda que, a veces, le termina jugando en contra: “La otra vez me preguntaron si me costaba mucho actuar de Ricky. ¡Cómo me va a costar si yo soy así desde que me levanto! No me siento esclavo de mi personaje porque yo no me considero un personaje. Siempre fui así: cuando laburaba en la fábrica de lápices laburaba cantando. Mientras todos estaban a las puteadas yo cantaba el himno, cualquier cosa. Y era el más famoso de toda la fábrica. Sí siento que a veces me discriminan: hace poco tuve una reunión con una productora que quería editar los próximos cuatro discos de Flema. Y bueno, yo estaba dispuesto a cumplir con mi palabra (de última tocar es lo que más me gusta hacer en el mundo), pero les aclaré que si ellos no me pagaban lo que me estaban diciendo, les iba a romper toda la oficina. Y al final no se hizo nada. Se ve que sabían que no iban a cumplir su palabra... Y que yo sí iba a cumplir la mía”, dice y estalla en carcajadas.

RICKY HORROR SHOW
Finalmente llegamos a la casa de Ricky, en Gerli. En la parecita de la casa de sus padres en donde sigue viviendo aún hoy, las pintadas confirman su condición: “Mientras Ricky siga flemando el punk seguirá sonando” o un simple “Ricky: gracias por existir” dan cuenta del cariño de la gente. También hay algunos insultos, que Espinosa señala con orgullo: “Mirá lo que me escribió éste: Ricky puto, aguante Fun People. ¡Qué hijo de puta!”. Ya en su cuarto, las paredes muestran sus metamorfosis. Empezó a pintarse en 1987, y ya a principios de los 90 su imagen se anticipaba al look monstruoso de Marilyn Manson. Desde entonces, las polleras y el maquillaje han sido una de las marcas del glamoroso y horroroso cantante de Flema. “Siempre fui ambiguo. El primer día que salí en pollera al escenario fue la primera vez que me tiraron un corpiño. La gente también es ambigua. Ya lo dijo Freud: detrás de todo machazo hay un terrible puto. O por lo menos yo lo entendí así.”
Aunque sea “Volando bajo” (título de una de las canciones incluidas en Invasión 99), Ricky ha sabido ingeniárselas para despegarse del asfalto, para subir... y volar. Claro que, se sabe, bajar es lo peor. De subidas vertiginosas hacia los paraísos artificiales y bajadas en caída libre hacia el infierno de la decadencia, están hechas esas canciones con las que su público se siente tan identificado y el resto horrorizado. Una vez más, lo mejor es que, en ausencia de la música, las letras hablen por sí solas. Por ejemplo, en “Hoy yo puedo volar”: “Otra vez me zarpé, y esto ya no es novedad. Me enrosqué y bardeé. Y esto es zarpar, no bardear. Pero hoy yo puedo volar. Esto que te estoy diciendo. No es un argumento para destacar. Y aunque no me arrepiento. No soy un ejemplo para imitar.” Cada tanto, Ricky Flema se anima a dejar de lado su faceta más bufonesca para hablar con claridad y sencillez a su público: él no es un ejemplo ni pide ser tomado como tal. “Además, a la gente le parece más fácil imitar lo malo en vez de imitar lo bueno. Es deprimente que me vengan a decir que empezaron a curtir después de haber escuchado ‘Más feliz que la mierda’. Sí, yo pasé eso, pero no quiero que la gente lo haga. Al contrario, tal vez mi mensaje sería que no hagan lo mismo que hice yo”, murmura al borde del arrepentimiento.
En la solapa de su campera de cuero, este punk rocker stone y metalero tiene un prendedor de El Otro Yo, grupo cuyo líder es casi la antítesis del nihilismo de Flema. ¿Los opuestos se atraen? “Con Cristian nos queremos como personas, además de que me gusta la música del grupo. Yo lo veo sincero, aunque no esté de acuerdo con su opinión sobre las drogas o lo que dijo de la cumbia. Y él debe ver lo mismo en mí. Lo que sí, no creo que El Otro Yo sea un grupo optimista, o que haya tantas diferencias. ¿’No me importa morir’ es optimista? O ‘Alegría’, con eso de que ‘los niños cantan en el funeral’. ¿Qué tiene de alegre eso?”.
Pesado entre la pesada del Rock & Roll, Ricky también siente respeto por otro predicador, más polémico aún: Ricardo Iorio. “Lo conocí y es igual a lo que canta: ‘Venga mi amigo Espinosa, vamos a comer un asado.’ Me pareció un buen tipo.” Lo mismo deberán ver las miles de personas que compraron los discos de Flema y Flemita. Y aunque el nihilismo de Ricky puede llegar a resultar recalcitrante, es una realidad y un síntoma. Son muchos, cada vez más, los que se sienten condenados de antemano por el círculo vicioso de la ignorancia, la pobreza, el desempleo y que encuentran en la épica de la autodestrucción una forma de, por momentos, escapar un instante de la cruda realidad. Y aunque Ricky sea una persona bastante productiva (además de sus proyectos paralelos tiene escrito un guión semiautobiográfico, titulado El Alta –No hay futuro–, numerosos escritos que piensa compilar en un libro de dichos y poemas que piensa titular Si fuese alto y rubio y sería skinhead, y un fanzine que salió dos veces en 5 años), la palabra nihilismo aparece una y otra vez, a veces como una condena y otras como excusa. “Lamentablemente, yo ya no tengo esperanza. Sigo por inercia. Estaría rebueno tener esperanza. Lo que nunca perdí es la inocencia. Yo me puedo ver reflejado en Boom Boom Kid o en María Fernanda de El Otro Yo. Pero lo único que tengo es esperanza de que me sigan cagando.”
Inútil preguntarle por qué sigue vivo: “La letra de ‘Viejo y cansado’ habla de eso: ya intenté suicidarme 6 veces. No sirvo ni para eso.” De alguna manera u otra, yerba mala nunca muere: “Y sí, tal vez tenga un uno por ciento de esperanza. Tal vez sea un llamado de atención. De última estoy vivo y hago cagar de risa a todo el mundo desde hace años.” Ese negro sentido del humor y el rock angustiado y vital de Flema lo han convertido, entonces, en un mito: aunque cueste creerlo, la gente que lo escupe (que lo viene escupiendo desde hace décadas) y que consume sus shows, sus discos, sus remeras y sus entrevistas lo fueron convirtiendo en una estrella auténtica. Previsiblemente, en ningún momento de la charla Ricky se hará cargo de su condición. Inclusive, uno de sus amigos le dará la razón, aclarando que “en el barrio, estrella se le dice al músico creído. Ricky canta lo que siente. Para él es normal, pero para los demás es extraordinario.”
¿Será su radical caretofobia lo que lo hace extraordinario? ¿Puede ser tan mal ejemplo una persona sincera? Lo cierto es que mucho se puede decir de Ricky Espinosa. Y aunque sea difícil hacerle una entrevista, es una persona accesible que, entre zarpes y bardos, acumuló unas cuantas experiencias extraordinarias: “Una vez hablé con una estrella”, recuerda y se pone serio, casi solemne. “Era relindo. Ningún idioma ni nada. Tal vez para alguien eso sea algo superficial, pero para mí eso fue una de las cosas más importantes que me pasó en mi vida.” Y entre toda la podredumbre, queda un espacio para la ternura. Y, a veces, para la lucidez. Como buena estrella de punkrock del tercer mundo, Ricky, atento a su seguridad, va de acá para allá con su remisero particular. Y desde allí, ante la insistencia sobre su estrellato, reflexiona y casi termina aceptándolo: “Si yo soy una estrella, no es por culpa mía. A lo sumo me eligieron. Por eso el país anda como anda.” Y, por una vez, no se ríe.