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CASOS La obra de arte más robada de la historia

El cordero de Dios desaparece

Fue pintado por los hermanos Van Eyck en 1432. Desde entonces, sus partes han sido robadas, vendidas, censuradas, mutiladas y retocadas. Pasó por las manos del rey de Prusia, de Napoleón, del Kaiser y de Hitler. Estuvo al mismo tiempo en Bélgica, Alemania, Francia, Italia y Austria. Finalmente, la encontraron gracias a un dentista. Y nadie se acordaría de la pieza que falta si un policía belga no asegurase que se encuentra dentro del ataúd del rey de Bélgica. Milton Esterow, editor de la revista ARTnews, acaba de publicar The Art Stealers, en uno de cuyos capítulos, que se traduce a continuación, reconstruye la historia de La adoración del Cordero, la obra de arte más robada de la historia.

POR MILTON ESTEROW

El tesoro celestial de Flandes, La adoración del Cordero, un políptico pintado por los hermanos Hubert y Jan van Eyck, que se encuentra actualmente en la Catedral de Saint Bavon en Ghent, Bélgica, es la obra de arte más robada del mundo. Y hace poco volvió a ser noticia, cuando un policía de Amberes, el principal puerto belga, afirmó haber resuelto uno de los misterios más perdurables en la historia del robo al encontrar el panel faltante, “Los jueces justos”, desaparecido hace casi 70 años.
El policía, Christiaan Noppe, está convencido de que el panel se encuentra en el ataúd de Alberto I, el rey de Bélgica muerto en febrero de 1934 en un accidente de alpinismo. Dado que Noppe está escribiendo un libro sobre el tema, su editor le sugirió firmemente que no discutiera sus teorías con la prensa, lo que nos impide saber a ciencia cierta cómo fue que la obra llegó hasta ahí. Mientras tanto, la Justicia de Ghent considera la idea de reabrir el expediente. Un expediente ya de por sí abultado.

Cuando el políptico fue terminado por los hermanos Van Eyck en 1432, se lo ubicó en el altar de la Catedral de Saint Bavon. La obra está pintada sobre roble, mide 4,35 metros de ancho y 3,45 de alto en sus puntos más extremos, y consiste en un cuerpo central y dos alas de dos paneles cada una pintadas a ambos lados. El exterior retrata la Anunciación y San Juan Bautista, a San Juan el Evangelista, y a Josee Vyd y su esposa, los donantes de la obra. El interior consiste en la Adoración del Cordero y, sobre ella, una serie de paneles donde se retrata a Dios Padre flanqueado por la Virgen, Juan el Bautista, un coro de ángeles, y Adán y Eva.
Así, entera, la pintura permaneció en el altar de la Catedral hasta 1781, cuando el emperador José II de Bohemia y Hungría visitó la iglesia y se sintió ofendido por la desnudez de Adán y Eva. Para tranquilizarlo, ambos paneles fueron desmantelados y guardados en el depósito de la Catedral. Trece años después, en 1794, impulsadas por la Revolución, las tropas francesas tomaron Ghent y retiraron los cuatro paneles centrales para enviarlos a un museo parisino. Las alas descartadas por los franceses, desprovistas del cuerpo central de la obra, pasaron a engrosar las filas del depósito junto a los paneles de Adán y Eva. Pero París sólo retendría las partes faltantes durante 22 años. Luis XVIII, que había buscado asilo en Ghent cuando Napoleón emergió del Elba, consideró una muestra de gratitud hacia el pueblo belga devolver los cuatro paneles a la Catedral después de la batalla de Waterloo, en 1815. Pero Ghent apenas pudo admirar la pintura completa antes de que comenzara a desmembrarse nuevamente.

Mientras el obispo se encontraba fuera de la ciudad, el vicario general, que había nacido en Francia, secuestró parte de las alas del depósito (no las de Adán y Eva) y las vendió por una cifra considerable a un mercader de Bruselas. Al poco tiempo, el rey de Prusia, Federico Guillermo III, las adquirió siguiendo el consejo de su hijo, Guillermo I, quien aspiraba a construir una colección real que superara en todos los aspectos a la del Louvre. Esa colección (que nunca llegó a compararse con la del museo francés, pero que de todos modos se contaba entre las más importantes de Europa) fue donada por la familia real al Museo Kaiser Friedrich en Berlín, donde permaneció hasta 1920. Pero, aunque los reyes de Prusia habían adquirido los Van Eyck de buena fe, que se encontraran en un museo alemán era algo que los belgas simplemente no podían tolerar.
En 1861, el gobierno belga llegó a un acuerdo con los representantes de la Iglesia por el cual los paneles de Adán y Eva, todavía en el depósito, pasaban a ser propiedad del Estado, previo pago de 50 mil francos. La Iglesia también recibiría copias de los paneles, mientras los originales se exhibirían de manera permanente en el Musée des Beaux Arts de Bruselas. Así, cuando la Primera Guerra Mundial estalló en agosto de 1914, el políptico se encontraba dividido entre Bruselas, Berlín y Ghent.
Cuando Alemania invadió Bélgica, había motivos más que suficientes para temer por el futuro de los paneles. En Ghent, el canónigo Van den Gheyn, arqueólogo, historiador y encargado de los tesoros de Saint Bavon, estaba al tanto de la situación. Apenas un par de días antes de que los alemanes entraran en Ghent, el canónigo y cuatro habitantes de la ciudad escondieron los pocos paneles todavía en manos de la Iglesia. Durante buena parte de la ocupación, su locación exacta se volvió un tema recurrente durante los interrogatorios, pero el canónigo no dijo una palabra en cuatro años de regimen alemán. Dos semanas después del armisticio, a finales de noviembre de 1918, él mismo se ocupó de retirar los paneles de sus escondites y llevarlos a Saint Bavon. Pero éste no es, por mucho, el final de la historia.
Bajo el artículo 247 del Tratado de Versailles, Alemania estaba obligada a devolver a Bélgica los paneles comprados por la casa real de Prusia y expuestos en el Museo Kaiser Friedrich. Y así lo hizo. La llegada de esas planchas de roble desató celebraciones a lo largo y ancho de toda Bélgica. Durante seis semanas, la obra completa fue expuesta en el Museo Real de Bruselas, y miles de belgas, incluidos el rey y la reina, acudieron a verla. Después, el gobierno cedió los paneles de Adán y Eva que había a la Catedral y el políptico, tal como había salido del taller de los hermanos Van Eyck, entró triunfante en Ghent. Y todo fue bien hasta 1934.

La noche del 10 de abril de ese año, un ladrón entró a la Catedral y se llevó el panel de “Los jueces justos” (1,43 metro por 50 centímetros), que en el reverso muestra a San Juan Bautista. Se ordenó un fuerte control en todos los pasos fronterizos y la inspección de cada barco que zarpara de puerto belga. Pero nadie pensaba sacarlo del país; pocos días después, el obispo recibió un pedido de rescate: el panel a cambio de un millón de francos (unos 46 mil dólares de la época). Para probar que se trataba de una oferta concreta, el ladrón informaba que había serruchado a “Los jueces justos” al medio y una de las mitades podía recogerse en un casillero ubicado en la estación de trenes, motivo por el cual adjuntaba a la nota el ticket correspondiente. En efecto, ahí encontraron el medio panel. Pero ante el despliegue policial que el caso había suscitado, el ladrón entró en pánico y decidió interrumpir las negociaciones.
A fines de ese año, después de sufrir un ataque al corazón, Arsène Goedertier, un respetado y excéntrico banquero de la ciudad, dijo, entre murmullos, saber dónde se encontraba el medio panel. Murió antes de revelar el secreto, pero sus herederos encontraron cartas que lo señalaban, sin lugar a dudas, como el responsable del robo. Su casa fue virtualmente desmantelada; se cavó en el jardín; se buscó en las casas de sus familiares. Pero el medio panel no apareció.
En 1935 se instaló una copia de “Los jueces justos” en el ángulo inferior izquierdo del políptico, que volvía a estar una vez más casi intacto. En mayo de 1940, cuando los alemanes invadieron Holanda y Bélgica, el gobierno belga decidió enviar la obra al Vaticano, pero la entrada de Italia a la guerra y su alianza con Alemania obligó a los belgas a cambiar de parecer y aceptar el ofrecimiento del gobierno francés. Embalada en diez cajas de madera, La adoración del Cordero fue enviada al Château de Pau, en el sur de Francia, donde fue almacenada junto a un número importante de obras provenientes del Louvre. Un mes después, Alemania ocupó no sólo Bélgica sino también Francia. Ernst Buchner, director de los museos de Bavaria, se apersonó escoltado por tres oficiales del Reich en el Château y le ordenó al oficial a cargo que le entregara la obra. Nada se sabe de ese período salvo que Buchner transportó el políptico a París.

Casi dos años pasaron, y los aliados planeaban la invasión a Europa. Se consideraban los más diversos y elaborados planes para salvar las obras de arte en los países ocupados. En el comando general de cada ejército aliado había un grupo de oficiales especializados en monumentos y obras artísticas. Muchos de ellos eran universitarios, empleados de museos o arquitectos. El oficial a cargo de esta tarea dentro del Tercer Ejército era el capitán y arquitecto Robert K. Posey. Uno de los hombres a su cargo era el soldado Lincoln Kirstein, que años más tarde se convertiría en el director del Ballet de Nueva York. A medida que el Tercer Ejército penetraba en Alemania, Posey recibía cada vez más información sobre las obras de arte que habían pasado a formar parte del botín nazi, pero el destino de la obra de los hermanos Van Eyck permanecía desconocido. En Trier, el primer pueblo alemán en el que se detuvieron, Posey y Kirstein pensaban encontrar una pista. Entonces, en pleno 1945, la historia cambió por un dolor de muelas.
Una mañana, Posey se despertó con un dolor insoportable en una muela de juicio. Como los dentistas del Tercer Ejército se encontraban a más de 30 kilómetros, Kirstein salió en busca de un dentista local. En la calle se cruzó con un adolescente que se mostró entusiasmado ante la idea de socializar con un soldado norteamericano. Ni Kirstein hablaba alemán ni el chico hablaba inglés, pero después de regalarle los chicles que llevaba encima y señalarse la muela haciendo muecas de dolor, Kirstein consiguió que el chico lo llevara hasta el consultorio de un dentista. Media hora después, Posey estaba sentado ahí, con la boca abierta.
El dentista sí hablaba inglés, y durante la conversación los dos norteamericanos le explicaron que el trabajo que hacían para el ejército consistía en preservar y proteger monumentos y obras de arte. El dentista se mostró sorprendido y entusiasmado: su yerno, que había sido un oficial del ejército alemán, se dedicaba a lo mismo. Con la muela arreglada, Posey convenció al dentista de que lo llevara a ver a su par alemán. Los tres hicieron el viaje en jeep hasta las afueras (años después, Posey contaría que, en el camino, el dentista se empecinaba en detenerse en distintas granjas para recoger vino, verduras y alguna novedad, lo que inquietaba a los dos norteamericanos, ya que esa ciudad alemana no ostentaba demasiadas banderas blancas y todavía quedaban alemanes dispuestos a combatir a los aliados).
Finalmente llegaron a una cabaña detrás de la ciudad, al pie de una colina. Adentro se encontraban el yerno, un hombre joven llamado Herman Bunjes, su mujer y su hija. Ese era el primer hogar civil que Posey y Kirstein visitaban en Alemania. “Era un lugar agradable, con fotos de Nôtre Dame y Versailles colgadas en las paredes, libros en las bibliotecas y flores sobre la mesa: la atmósfera placentera en la que habita un hombre dedicado al estudio, muy alejada de la guerra”, recuerda Kirstein. “A medida que hablábamos, en francés, la información salía a flote; las respuestas a preguntas por las que habíamos transpirado durante meses de pronto se nos revelaron en menos de diez minutos.”
En París, Bunjes había pertenecido, en calidad de experto en arte, al staff de Alfred Rosenberg, quien había estado a cargo del saqueo de Francia. Bunjes había estudiado en Bonn y realizado un posgrado en Harvard. Guardaba información sobre todo lo que había sido robado y dónde estaba guardado. El precio que exigía a cambio de esa información era un salvoconducto para su mujer, su hija y él mismo. Pero Posey y Kirstein no podían asegurarle protección. Y tampoco entendían por qué la necesitaba. Porque durante cinco años, les explicó Bunjes, había servido como oficial en la SS. Podía recibir un balazo no sólo de los aliados sino también de los propios alemanes, que odiaban a la SS. Posey y Kirstein se negaron a negociar. Y Bunjes finalmente entregó toda la información que tenía catalogada. Sobre un mapa militar dibujó un pequeño círculo. Ahí, en la cima de las montañas austríacas, cerca de Salzburgo, en las minas de sal de Alt Aussee, encontrarían tesoros increíbles, incluyendo La adoración del Cordero. Pero, según Bunjes, los nazis nunca permitirían que los norteamericanos, ni nadie, tomaran la mina. De hecho, ya había planes para dinamitarla.
Esto no amedrentó a Posey y Kirstein, que partieron en busca de la mina. Kirstein dijo: “No había nada de importancia militar en los alrededores. El terreno era muy irregular. Las montañas estaban repletas de tropas de la SS y del Sexto Ejército alemán, que retrocedían cuesta arriba a través de los Alpes italianos. De hecho, dos días antes de llegar habíamos quedado atrapados en medio de un convoy alemán. Iban armados, así que todavía no se habían rendido. Durante quince kilómetros, ni ellos ni nosotros pudimos saber quién era prisionero de quién, pero al final no se disparó ni una bala”.

Cuando el Tercer Ejército aliado llegó a la mina –unos pocas construcciones defendidas por la infantería de la 80ª División alemana–, Posey y Kirstein descubrieron que todavía no había sido dinamitada. Armados con lámparas de acetileno, ambos penetraron seiscientos metros en la mina antes de encontrarse con los primeros alambres conectados a los explosivos escondidos entre las piedras. Aunque los mineros austríacos calcularon que llevaría entre 7 y 15 días limpiar el lugar, a la mañana siguiente, bajo las órdenes de Posey, la mina estaba despejada.
A ochocientos metros de la entrada, los dos oficiales rompieron los candados de la primera puerta de acero y ahí, apoyadas contra cuatro cajas de cartón vacías, desenvueltas y a veinte centímetros del barro, estaban ocho de los paneles de La adoración del Cordero. A la luz de las lámparas, escribiría Kirstein en la revista Town & Country, “las joyas de la Virgen coronada parecían atraer la luz; sereno y hermoso, el retablo parecía sencillo”. En ese mismo cuarto encontraron un tríptico de Dieric Bouts, un Fragonard, un Watteau, un Van Ostade, y piezas pertenecientes a la colección vienesa de Louis de Rothschild. Karl Sieber, un restaurador alemán, les dijo a Kirstein y a Posey que los nazis habían trasladado el Van Eyck de París al castillo Neuschwanstein, en Alemania, donde un restaurador de Munich había trabajado en unas ampollas aparecidas en algunos de los paneles. El retablo, dijo, había permanecido en el castillo durante dos años, hasta que en el verano de 1944 fue transportado a la mina. Todavía quedaban restos de papel de cera en las zonas donde habían tratado las ampollas y el panel de San Juan, que se encontraba en el taller de Sieber, había sido partido a lo largo.
La mina de Alt Aussee resultó ser todo lo que Bunjes había pronosticado: una galería subterránea, de un blanco fulgurante, repleta de obras de arte provenientes de toda Europa: 6577 pinturas, 230 acuarelas y dibujos, 954 grabados y bosquejos, 137 estatuas, 128 armas y armaduras, 79 canastos de arte decorativo, 78 muebles, 122 tapices, y 1500 cajas de libros y publicaciones diversas. Había pinturas de Rembrandt, Hals, Brueghel, Tiziano, Tintoretto, Rubens y Reynolds; el Retrato del artista en suestudio, de Vermeer; y cientos de obras de pintores alemanes del siglo XIX, por los que Hitler sentía particular predilección. No había dudas de que la mina estaba pensada para convertirse en un cementerio artístico. Los nazis ya habían destruido otros botines antes de que cayeran en manos rusas, y la SS había quemado la colección personal de Himmler antes de que las tropas inglesas pudieran detenerlos.
Poco tiempo después, Posey y Kirstein se enteraron de que Bunjes se había suicidado de un balazo, no sin antes matar a su mujer y a su hijo.

Mientras tanto, en los cuarteles se llevaban adelante los preparativos para restituir las obras de arte encontradas por las tropas norteamericanas. Esto fue ordenado personalmente por el general Eisenhower como símbolo de la política norteamericana. Las obras serían repatriadas desde Alemania a expensas del gobierno de Estados Unidos. Representantes de varios países fueron invitados a los centros de recolección, donde recibirían las obras para acompañarlas de vuelta a su lugar de origen. Bélgica recibiría el primer tesoro: La adoración del Cordero, que se encontraba en Munich desde que había abandonado Alt Aussee. Un avión voló especialmente a Bruselas para llevarlo. Los paneles viajaron atados a unos soportes metálicos en la cabina junto al único pasajero: el capitán Posey.
Al día siguiente, el embajador norteamericano entregó los paneles al príncipe belga en nombre del general Eisenhower. Bélgica, por supuesto, celebró. La obra fue expuesta durante un mes en el Museo Real de Bruselas, y miles de belgas concurrieron a verla, tal como lo habían hecho tres siglos y medio antes cuando la municipalidad donó la pintura a la Iglesia, y tal como lo habían hecho en 1919. En noviembre de 1945, la pintura regresó a Ghent casi entera: sólo faltaba la mitad del panel robado por Arsène Goedertier en 1934 y que todavía hoy sigue sin aparecer. Aunque habrá que esperar las fascinantes revelaciones que el policía Christiaan Noppe nos tiene guardadas, parece difícil de creer que la mitad de “Los jueces justos”, robado en abril de 1934, se encuentre en el ataúd de un rey muerto dos meses antes.

 

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