Principal RADAR NO Turismo Libros Futuro CASH LAS12

JUJUY
Salinas grandes, Purmamarca y Tilcara

El color de la Puna

En lo alto de un cerro, los restos del Pucará de Tilcara.

Un valle de sal de 2000 kilómetros cuadrados en las alturas del sur de la Puna: son las Salinas Grandes, un espejismo blanco en medio de la nada. En la Quebrada de Humahuaca, el poblado de Purmamarca quedó anclado en el tiempo, a la sombra del cerro Siete Colores. Y a los pies del Pucará, una fortaleza indígena casi milenaria, el pueblo de Tilcara, centro arqueológico del noroeste argentino.

Por Julian Varsavsky

La escena transcurre en otro planeta. Tras la huella de la camioneta han quedado pueblitos con cinco casas y una iglesia, y allí parece que termina el mundo. De pronto, pasando la Cuesta de Lipan, la Puna Sur se extiende sobre una planicie desértica totalmente blanca que se pierde en el infinito.
En las Salinas Grandes, a 3500 metros sobre el nivel del mar, no hay arbustos, ni siquiera una rama seca; solamente se vislumbra un suelo liso con resquebrajamientos en forma de pentágono de un metro por lado, que se reproducen con la exactitud matemática de una telaraña. La única excepción son unas misteriosas pirámides de sal acumulada por los trabajadores de la salina, que brillan con el sol. Difícilmente otro paisaje pueda transmitir mejor la idea de la nada absoluta; la dolorosa belleza del reino de la desolación.
Abandonamos el camino y nos internamos a baja velocidad hacia las profundidades de la salina, un valle de sal que parece no tener fin. Hacia el norte la mirada es infinita y se diluye en un horizonte blanco. En cambio, hacia el este y el oeste, la salina sí tiene fin, al pie de unas serranías que detienen la visión. El sol oblicuo del atardecer va tomando posición para un encuentro muy particular con la luna. No se trata de un simple y melancólico crepúsculo: es algo que ocurre cada 13 de agosto. Tras una montaña comienza a descender el sol de las siete, un globo rojizo que ya no enceguece. Enfrente, tras otra montaña, la luna asoma apenas la curva de su disco perfecto, y refleja hacia nosotros la luz del sol yaciente. Nuestra indiscreta presencia en medio de aquel gran anfiteatro blanco se ve conmovida en lo más íntimo. En cinco minutos el círculo de fuego hunde medio cuerpo en el ocaso, mientras la luna revela la mitad de su esfera radiante. La velada de los dioses dura unos instantes, tiempo en el que se pasan la posta para iluminar a los mortales. No llegan a verse entre sí de cuerpo entero, y el sol desaparece bajo una luminosidad roja, mientras la luna llena destella un color malva que se extiende por todo el cielo y desciende sobre la puna blanca... y sobre nosotros.

Llamas de la puna jujeña cruzan el camino que atraviesa su territorio.

El arco iris de Purmamarca Tras una hilera de álamos, al costado de la Ruta 52, se vislumbra un arco iris de piedra; una montaña con franjas horizontales de mucho más de siete colores; rojo arcilla, violeta, rosa, verde claro, turquesa, amarillo, azufre, naranja, celeste, blanco, gris...
Los cerros jujeños deslumbran no sólo por su belleza sino también por la originalidad de sus colores, que hacen a estos paisajes únicos en el mundo. En semejante contexto está el poblado de Purmamarca, al pie del escarpado cerro Siete Colores. Sus callecitas de tierra suben a la montaña, y las casas de adobe parecen brotar de la tierra. Pareciera que el tiempo no roza este pueblo fundado en 1594. Unas veinte manzanas se arremolinan alrededor de una iglesia con techo de madera de cardón, construida en 1648. Del interior de un negocio fluye la aguda melodía de una baguala, ese canto anónimo de los valles inspirado en la pura soledad. En lo alto del cerro un cementerio de altura le otorga trascendencia a cada sosegado paso de los habitantes del pueblo, en su mayoría gente mayor.
Los turistas llegan por la mañana –hora ideal para fotografiar el cerro– y parten en una hora. Cuando se van, el pueblo queda casi desierto y recupera su serenidad. Pero en esa hora alterada, los purmamarqueños se vuelven esquivos, ya que generalmente los turistas les toman fotos mientras los atosigan con preguntas, sin esperar la meditada respuesta que viene detrás. En los pueblos de la Quebrada de Humahuaca la gente no grita; el silencio los acostumbra a hablar despacio, casi en susurros. La barrera de la timidez se levanta, justamente, cuando uno se acerca con timidez y les habla sin urgencia, evitando hacer demasiadas preguntas. Al entrar en confianza, quien antes se expresaba con monosílabos, es capaz de relatar su vida en un extenso monólogo. Es el caso del señor Aramayo Valdivieso, quien sale de la iglesia avanzando con pasos lentísimos y másde 90 años a cuestas. En el camino se detiene a observar un antiquísimo algarrobo y se muestra dispuesto a entablar conversación: “Mi apellido es mitad quechua y mitad español”, comenta haciendo una larga pausa antes de proseguir. Al rato ya habla solo, sin que se le pregunte, y cuenta que bajo la sombra del algarrobo de mil años bajo el cual estábamos parados, el cacique Diego Viltipoco y otros jefes indios se conjuraron para resistir al español, conformando un ejército de 10.000 guerreros. Una de las estrategias urdidas por el cacique fue simular una conversión al cristianismo para acercarse al enemigo y estudiarlo antes de atacar. Y fue también aquí, bajo el árbol, que Viltipoco fue sorprendido mientras dormía, victima de una traición. Así lo recuerda una placa al costado del tronco.

El desierto blanco de las Salinas Grandes: un suelo resquebrajado con extrañas pirámides de sal que brillan bajo el sol.

Por los recovecos del Pucara Nos dirigimos por la Ruta 9 hacia el pueblo de Tilcara –la capital arqueológica del NOA–, 30 kilómetros al sur de Purmamarca. A cada lado de la carretera se levantan altísimas cadenas montañosas de color rosado, con una extraña gama de vivos colores cerca de las cumbres, donde se descubren los primeros cardones.
Se ingresa al pueblo cruzando un puente sobre el río Grande. Gran parte de las casas son de adobe, y por sus calles empedradas sin autos corretean los chicos y las gallinas. Algunas llamas pastan en el patio de un hotel, y ciertas casas tienen una vitrina en el frente con una gran vasija indígena desenterrada en el lugar.
Una empinada calle con escalones conduce hasta lo alto de un cerro. Allí, entre cardones gruesos como el tronco de un árbol y casas de piedra, se capta un panorama de Tilcara donde sobresalen los campanarios amarillos de la iglesia de 1797. Y a un kilómetro del pueblo, también en las alturas de un cerro, se erigen los restos del Pucará de Tilcara, un asentamiento fortificado de antigüedad casi milenaria. Fue descubierto en 1908 por Juan Ambrosetti, y en 1948 se lo restauró parcialmente con un criterio muy discutido por los arqueólogos actuales.
Ingresar en los recintos cuadrangulares de este laberinto de muros y casas de piedra inspira un silencio reverencial. Este poblado fortificado, donde vivían unas dos mil personas, ocupaba 17.000 hectáreas. Algunas casas están reconstruidas y se ingresa en ellas por entradas muy bajas, agachando un poco el cuerpo. En su interior hay esculturas actuales que reproducen a indígenas omaguacas de tamaño natural. Uno podría pasarse horas recorriendo los recovecos del Pucará, o caminando entre los cardones con el pasto hasta las rodillas, sobre grandes piedras milenarias desperdigadas que alguna vez sirvieron para sostener los muros de una infranqueable fortaleza.

La calle principal de Tilcara se tiende hacia la altísima cadena montañosa de color rosado.

Magia en Tilcara ¿Qué tiene Tilcara de especial? No se sabe, pero todos los sienten. Todos hablan de su magia, al margen de los delirios místicos de algún cultor porteño de la “new age” que vende “piedras rúnicas” en la plaza. Aquí el misticismo es cosa seria. Así como los ancestrales habitantes del Pucará no encontraban a Dios en el cielo sino en la tierra, los tilcareños siguen hoy ofrendando alimentos a la Madre Tierra en medio de emocionantes rituales. Tilcara yace sumisa a los pies de una fortaleza sagrada, la máxima expresión de los habitantes del Kollasuyo en la zona. Aquí, el peso de una cultura se nos viene encima, desde lo alto de una colina. No hay forma de escaparle.

Datos útiles

- Desde San Salvador de Jujuy parten micros muy económicos hacia toda la Quebrada de Humahuaca. Tilcara es el lugar ideal para utilizarla como base.
- Un paquete turístico de 3 días y 2 noches (aéreo aparte), incluyendo traslados y alojamiento en Purmamarca, un trekking por el Valle de los Colorados, la visita a Tilcara, mountain bike en Maimará, rappel y la excursión en 4x4 a las Salinas Grandes, cuesta $ 297 por persona, con pensión completa. Agencia de Viajes Marco Polo. Telefax 0388-423-0751 email: aventur@imagine.com.ar
Sitio web: www.lanzadera.com/marcopoloadventures
- La cabalgata en Tiraxi se contrata en el complejo turístico El Refugio. Ruta 9 . Km.14 (pasando el puente de Yala). Tel.: 0388-4909344 e-mail: elrefugio@arnet.com.ar Se ofrecen otras excusiones de turismo alternativo.
- Informes: Secretaria de Turismo de San Salvador. Urquiza 354. Tel.:03884221326 e-mail: setjujuy@cootepal.com.ar

 

Datos útiles

- Desde San Salvador de Jujuy parten micros muy económicos hacia toda la Quebrada de Humahuaca. Tilcara es el lugar ideal para utilizarla como base.
- Un paquete turístico de 3 días y 2 noches (aéreo aparte), incluyendo traslados y alojamiento en Purmamarca, un trekking por el Valle de los Colorados, la visita a Tilcara, mountain bike en Maimará, rappel y la excursión en 4x4 a las Salinas Grandes, cuesta $ 297 por persona, con pensión completa. Agencia de Viajes Marco Polo. Telefax 0388-423-0751 email: aventur@imagine.com.ar
Sitio web: www.lanzadera.com/marcopoloadventures
- La cabalgata en Tiraxi se contrata en el complejo turístico El Refugio. Ruta 9 . Km.14 (pasando el puente de Yala). Tel.: 0388-4909344 e-mail: elrefugio@arnet.com.ar Se ofrecen otras excusiones de turismo alternativo.
- Informes: Secretaria de Turismo de San Salvador. Urquiza 354. Tel.:03884221326 e-mail: setjujuy@cootepal.com.ar