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BARCELONA
La ruta gótica

Al paso catalán

Durante tres días, Turismo/12 caminó por la famosa ruta gótica de Barcelona y no pudo terminar el recorrido. Siglos de historia en un laberinto de pasadizos y edificios medievales con una maraña de bares y gente que interrumpe cualquier itinerario.

Por Mariano Blejman
desde Barcelona

Que no!, tío... ¡¡Que no!!... Que no me saque usté una foto señó!....”. Pero ya es demasiado tarde. Desde lejos, el contorno oscuro de una mujer que obtiene su limosna de la dádiva turística en la puerta de la Catedral, ha quedado estampada para siempre, para que otros ojos puedan verla, sin que ella lo sepa. La mujer se resiste a ser vista, por algo que no sean los propios ojos de los visitantes que pasean por el Barrio Gótico de Barcelona. Entre paredes de caminos confusos –tanto como la historia misma que encierran sus muros ancestrales– la ruta gótica es un laberinto del cual ni siquiera vale la pena salir. La propuesta: recorrerla para intentar comprenderla.

Primera parada de la ruta gótica: El Palau de la Generalitat.

Dia 1. Siete cuadras El trazado arbitrario por calles de la capital de Cataluña –que las guías insisten en llamar la Ruta Gótica– puede encontrarse en algunos mapas de la ciudad y recorre los edificios más representativos de un pasado presente, junto a recintos amurallados que acompañaron con su crecimiento a la época medieval. Decenas de pasadizos se cruzan entre sí, pero recorrerlos puede ser un ejercicio infructuoso. Con la guía en la mano y la cámara de fotos dispuesta, los primeros pasos cruzan con la casa de la Ciutat y el Palau de la Generalitat. Desde allí, Barcelona llegó a regir su poder sobre un vasto territorio que incluía puntos tan distantes como Sicilia o Atenas. Ahora, un grupo de alemanes se saca fotos en la puerta de ingreso y una mujer vende rosas, mientras un puñado de catalanes habla su idioma en tono fuerte, como si sus gritos resecos quisieran borrar la época en que el generalísimo les prohibió hablar en su idioma natal.
Una cuadra lleva a la otra y así. Los bares brotan de paredes oscuras y ofrecen deliciosas bocatas de jamón y queso. El recorrido sigue por la Carrer del Call. Un pasadizo se abre hacia la derecha por la Carrer dels Cecs y nada parece haber luego del último arco. Sin embargo, detrás está la Plaza Santa María del Pi, con su iglesia, construida en el siglo XIV, y tiene el esquema de una nave con capillas laterales. Conserva parte de las cristaleras góticas y una capilla llamada “revendedores” que poseía un retablo de Jaume y Huguet que ahora está en el Museo de Cataluña. Sobre los escalones de uno de los edificios de la plaza, dos jóvenes de pelos endurecidos por la indiferencia del agua y aros por todo el cuerpo, fuman hachís y saludan en catalán desde lejos, mientras se dejan atrapar por el sol frío de la primavera.
El recorrido cruza la Plaza de las Boquerías y luego atraviesa la Rambla, plagada de artistas callejeros y callejeros que hacen de artistas. Entre ellos, se encuentra Claudio, un argentino que lleva ocho años viviendo de estatua. Su trabajo consiste en pararse frente a los demás de emperador romano y esperar que caigan las monedas turistas. Eso, y sólo eso, es lo que ha hecho para subsistir en Europa y mal no le fue. Se hace tarde y un frío húmedo recorre el viejo río convertido en paseo. Primer desvío. Claudio invita una cerveza en el Harlem Café, cerca de la calle Avyñón, un bar escondido de turistas a unas cuadras de allí y la ruta gótica se esfuma de las intenciones hasta el próximo día. Casi nadie camina de noche por las calles laterales a la Rambla, a excepción de algunos argelinos y marroquíes que han ido haciéndose del barrio como pueden. Los bares, igual, están repletos.

Arcos y farolas en un laberinto de pasadizos medievales.

Dia 2. Hacia la Catedral Esta vez, recomenzar el camino es sencillo. Los Frente a la Catedral, sobre la Pla de la Seu, tres uruguayos de caras pintadas entonan canciones murgueras.últimos pasos dados en La Rambla se continúan hacia El Hospital de la Santa Creu, edificio iniciado en 1401 por el rey Martí I y ampliado en el siglo XVI, con naves góticas, y actualmente es la sede de la Biblioteca. Luego, el camino recto hacia la derecha va hasta la Plaza Nova e ilusiona sobre la posibilidad de terminar el recorrido. Pero la ruta gótica todavía depara sorpresas. Llegar a la Plaza de la Iglesia de Sant Felip Neri es un trabajo aparte. Se siente un mayor afluente de turistas por la zona, lo que indica que la Catedral está cerca. Tiendas de regalos con la imagen deBarcelona estampada en cuanto objeto sea posible de vender se encuentran por esas calles laterales.
–Soñado. Una belleza– se escucha en acento porteño. La acústica de las paredes antiguas es poderosa y en uno de los escalones, un grupo de músicos hacen turno para tocar su canción y recibir sus duros. Entre ellos, se encuentra una pareja de argentinos que vive en Barcelona desde hace un año. Recién llegados, Martín es periodista y hace un doctorado en antropología y Mara, su novia, estudia teatro y es moza. Hermosa moza. Los fines de semana hacen su aguinaldo cantando canciones como Desaparecidos, de Rubén Blades, más conocida por la versión de los Fabulosos Cadillacs. Frente a la Catedral, sobre la Pla de la Seu, tres uruguayos de caras pintadas entonan canciones murgueras con ese tono nasal, que sólo a ellos les sale. Murga es la eterna sonrisa, que redobla mi cantar, dicen. Detrás de los redoblantes está el mate que no se acaba.
La Catedral es del siglo XIV, tiene tres naves y un crucero. Sus capillas laterales rodean una cripta dedicada a santa Eulàlia y también está el Claustro, construido entre 1350 y 1448. Los catalanes se tomaban su tiempo: la fachada de la Catedral recién fue proyectada a finales del siglo XIX, siguiendo un modelo gótico de 1408. Y algunos turistas también se toman el suyo: aunque el recorrido aún no ha terminado, ya es hora de una cerveza en la Plaza del “Tripi” o de sentarse en el Bar Bahía donde atiende un argentino que sirve unas copas de vino riojano, pero de La Rioja española.

Dia 3. La tercera es la vencida La caminata no corresponde, casi en Callejuelas entre paredes oscuras donde siempre es posible encontrar un bar. nada, al paseo turístico propuesto. Demasiado lenta y oblicua es la marcha ahora hacia los palacios de la calle Moncada, luego de pasar por la Carrer Boria y Corders. Un conjunto de palacios de la época gótica se encuentran allí: el palacio de los Cervelló, del siglo XV; el palacio Dalmases del XVII, que conserva una capilla gótica; el palacio de los Marqueses de Llió; el Aguilar, sede del Museu Picasso desde 1963 y el Nadal. Vestigios de un centro comercial del medioevo desde los siglos XIII al XV en cada pincelada de arte gótico, bella pero rebuscada, por cierto, a los ojos pragmáticos del mundo de McDonald’s, que tanto desentona en la ciudad.
Ahora sí, la caminata está en la recta final para terminar el recorrido. Nada parece detener el final en un pretendido sendero recto. La iglesia Santa María del Mar es una de las últimas estaciones. Luego vienen, según el mapa claro, la Plaza dels Sants Just I Pastor y el Palacio Real Major. Y a la vista, una maraña de bares, música y gente que detiene cualquier trayecto posible. El tercer desvío se produce cuando el mapa se pierde en algún bolsillo agujereado y no hay forma de volver a tomar la ruta que va directo al pasado y desemboca en el mar, sobre un muelle de yates ociosos. ¡Qué va! En tal caso, el círculo no ha sido cerrado y la ciudad siempre puede dar un cuarto día para terminar el recorrido.