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Ecuador
Islas Galápagos

Las islas del tesoro
Las famosas tortugas gigantes que le dieron su nombre al archipiélago. Algunas subespecies están al borde de la extinción: de una queda apenas un macho solitario.

En medio de la nada del océano Pacífico, surgen de pronto las islas Galápagos. Desde el paso de Darwin son famosas entre los naturalistas de todo el mundo, el lugar donde unos pájaros le dieron la idea final de la evolución. Para el turista, son un archipiélago encantado donde el mundo es como fue seguramente en tiempos del paraíso terrenal.

textos y fotos:
Graciela Cutuli

Su otro nombre es Islas Encantadas. Así las llamaron los marineros que las veían aparecer en el horizonte, como por arte de magia, por encima de las olas del Pacífico. El nombre hoy parece más ligado al hecho de que en las islas conviven las aves, los mamíferos marinos, los reptiles y los seres humanos en una aparente relación de buena vecindad. Este es sin duda el aspecto más increíble de las islas: poder acercarse a cualquier animal sin que tenga miedo. La regla férrea para que esto siga siendo así la dictan los severos guardafaunas que acompañan a cada grupo de turistas en la exploración de las islas: no acercarse demasiado ni tocar a los animales, no dejar huellas de su paso, no pisar afuera de las sendas marcadas y preparadas para el turismo.

Una historia de novela Estas precauciones harían reír a Patrick Watkins, el primer hombre que residió en las islas. En 1807, este pirata irlandés fue desembarcado como castigo en la isla Floreana (o Santa María, o Charles). Logró sobrevivir dos años, alimentándose libremente de la fauna local. Después logró volver a Guayaquil, sobre la costa ecuatoriana, después de una travesía épica en la que tomó de rehén nada menos que a un barco ballenero y su tripulación.
No fue el único personaje fuera de lo común que pisó las islas. Otro fue un obispo español, desviado de su camino por una tormenta en un viaje entre las colonias de Nueva España y el Perú. A principios del siglo XX, un par de colonos alemanes trataron de inventar una nueva sociedad a medio camino entre la utopía y la aventura familiar, en viajes no muy lejanos de los famosos Robinsones suizos. Tuvieron incluso una compatriota, una baronesa comehombres que se autoproclamó emperatriz y quería atraer a los millonarios de todo el planeta con la esperanza de crear una especie de Mónaco en pleno Pacífico...
Se dice también que el mismísimo Alexander Selkirk –Robinson Crusoe– estuvo pirateando en las Galápagos después de haber sido rescatado de la isla Juan Fernández (en el Pacífico Sur y hoy perteneciente a Chile). Durante dos siglos, el archipiélago vivió sometido a la incertidumbre política que le asignaron su alejamiento del continente y su posición estratégica para las rutas marítimas del Pacífico oriental. Facciones de piratas se disputaban sus puertos naturales, que les servían de refugio, y sus tortugas, las gigantescas galápagos, que proveían carne fresca en aquellos tiempos de escorbuto. Era época de galeones, de carreras sobre las olas en medio de un caos político total, de piratas y bucaneros que luchaban en nombre de lejanas potencias por tesoros en oro y joyas, sin saber que las islas eran un verdadero tesoro natural...
La República de Ecuador tomó posesión de las islas formalmente en 1832, más con la idea de convertirlas en prisión de algunos reos y prostitutas que de crear colonias nuevas. Durante todo ese siglo, las islas apenas sirvieron de base a los balleneros de Estados Unidos que asolaron esta porción del Pacífico. En el siglo XX, llegó la revancha: al margen de las legendarias instalaciones de las familias alemanas Ritter y Wittmer, y de la baronesa Von Wagner Bosquet con sus amantes, las islas se poblaron gracias al turismo que por fin les dio buena fortuna.

Cualquiera es Darwin A su vez, el turismo le debe todo al paso de un buque inglés, el Beagle, que sólo estuvo un par de semanas anclado frente a las costas de cuatro de las islas. A bordo iba un joven naturalista que iba a cambiar el conocimiento de los hombres acerca de la naturaleza: era Charles Darwin, autor de la teoría de la evolución de las especies. Durante su viaje alrededor del mundo, Darwin reunió una importante cantidad de conocimientos sobre regiones hasta entonces muy poco estudiadas, sobretodo en América del Sur. Esas observaciones fueron decisivas a la hora de argumentar su pensamiento acerca del origen de las especies, su clásica obra publicada en 1869, unos 24 años después de anclar frente a las costas de San Cristóbal, Floreana, Isabela y Santiago.
La increíble fauna de las islas era un libro abierto para quien supiera leerlo, como hizo Darwin. Logró encontrar diferencias entre las numerosas subespecies de pinzones que viven en las islas y en la forma de los caparazones de las gigantescas tortugas. Era una ilustración de que cada una de estas subespecies, endémicas respectivamente de una isla diferente, había evolucionado a partir de un ancestro común y se había adaptado para sobrevivir en las diferentes islas, cada una con una vegetación y un suelo diferentes.
Porque ésta es la otra gran sorpresa que deparan las Galápagos: este diminuto archipiélago es todo un mundo en miniatura. Cada isla parece un continente distinto. Algunas son verdes y con poco relieve, mientras en otras los volcanes sobrepasan los 1700 metros. Algunas están cubiertas de arbustos espinosos, otras son puros campos de lava y piedras volcánicas. Las costas pueden terminar en manglares o acantilados. Como cada una ofrece un paisaje y un color diferentes, cada especie animal tuvo que desarrollar particularidades propias para cada ambiente, a distancia suficiente como para que las diferencias sean apreciables, pero no lo suficiente como para formar especies distintas. En fin, el paraíso de cualquier naturalista o biólogo.
Y es esa misma sensación que debió de haber experimentado Darwin la que sorprende a los modernos turistas, que cambiaron las libretas y plumas por cámaras con lentes poderosos. La sensación de estar frente a uno de los secretos revelados de la naturaleza, donde el espectador se funde con la naturaleza en plena observación de las aves, las iguanas, los moluscos y los mamíferos marinos.

Una iguana, especie típica de las islas, toma sol junto a un colorido grupo de cangrejos.

Las islas de las galapagos El emblema de las islas son sus tortugas, que le dieron su nombre. Sin embargo, la gran mayoría de los visitantes tendrá que contentarse con verlas en una estación de cría, en Puerto Ayora, la capital turística de las Galápagos. Su hábitat se encuentra generalmente en sectores no visitables de las islas, por lo que hay pocas probabilidades de verlas en su medio natural (aunque en el camino que cruza la isla Santa Cruz, desde Puerto Ayora hasta el aeropuerto de la isla vecina Baltra, se ven algunos carteles que aconsejan a los conductores de vehículos que presten atención al posible cruce de tortugas en la ruta).
El Centro Charles Darwin estudia y favorece la recuperación de las tortugas galápagos. Pero a pesar de todos sus esfuerzos, un día, en sus propios corrales se alargará la larga lista de las especies animales desaparecidas por la acción de los seres humanos. Es inevitable en el caso del Solitario Jorge, una tortuga centenaria y única sobreviviente de su subespecie, proveniente de la isla Pinta. A pesar de su edad –y de sus 200 kilos– Jorge tiene todavía muchos años por delante. Es la estrella de la estación Darwin, y la trágica lección que dará su muerte sin duda hace reflexionar a muchos de los turistas que pasan por las islas, que van en busca de buenas fotos y se vuelven con convicciones más firmes acerca de lo que se debe hacer para cuidar el medio ambiente.
En los prolijos senderos del Centro Darwin se pasa también por otros corrales donde se pueden ver varios representantes de las 13 subespecies de tortugas que existen en el archipiélago. Con paciencia y gracias a las explicaciones de los naturalistas que guían a cada grupo, se puede aprender a diferenciarlas por la forma y los motivos del enorme caparazón.
Otros habitantes famosos de las Galápagos son las iguanas, que se ven comúnmente en la mayoría de las costas bajas. Su tranquila vida pasa de labúsqueda de algas en el mar a baños de sol sobre las rocas, apretadas unas contra otras. Entre las aves, las fragatas son el símbolo de las islas, y sus famosos buches rojos gruesamente inflados son una de las postales más populares. Forman colonias ruidosas, de comportamiento inverso al de su belleza: las fragatas se agrupan en pandillas de piratas que no dudan en atacar a las demás aves para arrebatarles la comida. Entre sus víctimas figuran los simpáticos piqueros, de los que hay tres especies: los de patas azules, de patas rojas y los enmascarados. Son aves curiosas que a veces se acercan demasiado, poniendo al turista en la incongruente posición de huir de ellos.
Entre las aves también se ven con facilidad y frecuencia gaviotas, petreles, lechuzas, aves del paraíso, pingüinos de las Galápagos (muy parecidos a los de Magallanes, aunque más chicos), garzas, flamencos, gavilanes y pelícanos. Bajo el agua, el espectáculo es aún más impresionante, una feria de colores y cuerpos que hace de las Galápagos el paraíso de los buceadores. Pero incluso para los iniciados basta con un snorkel para ver increíbles paisajes submarinos de roca y lava colonizados por bancos de peces, entre ellos el cirujano, la damisela, el pez bandera o el pez loro, cangrejos o erizos de mar. Y hasta se puede tener la suerte de nadar cerca de grupitos de iguanas o pingüinos en busca de su desayuno.

Un mundo aparte Para conocer las Galápagos, la fórmula más cómoda es vivir a bordo de uno de los numerosos barcos que van de una isla a otra con sus pasajeros, y organizan un par de excursiones cada día. Los grupos siempre viajan acompañados por guías naturalistas y tienen que seguir las estrictas consignas de circulación en las pequeñas zonas autorizadas para el turismo (cada isla tiene su senderito de unos cientos de metros, bien marcado, que es la única porción que se puede ver y pisar). La única excepción son las pocas zonas habilitadas para los colonos y la agricultura en las islas San Cristóbal, Santa Cruz e Isabela, donde están las tres principales ciudades de las Galápagos: Puerto Barquerizo Moreno (la capital), Puerto Ayora (la capital turística) y Puerto Villamil.
Puerto Ayora es apenas una calle que bordea un mar tranquilo, protegido en el fondo de una bahía, donde descansan barcas de pescadores pintadas de azul. Las casas de buceo y de recuerdos que la bordean atraen una clientela mayoritariamente europea o norteamericana. Los lugareños, por su parte, viven en torno del pequeño mercado cubierto de pescadores, donde las barcas son esperadas tanto por las madres de familia como por los pelícanos, que tratan de robar algún que otro pescado que se descarga de los barcos.
La ciudad se extiende hacia los montes, detrás de esta simpática y pintoresca fachada marítima, en una desordenada y pobre villa. A medida que se sube por la única ruta que cruza toda la isla para unir la ciudad y el embarcadero hasta la vecina isla de Baltra, donde está el aeropuerto, las casas se pierden entre los campos cultivados, hasta que el paisaje cambia totalmente y en pocos kilómetros la verde vegetación tropical deja lugar a una meseta árida. Este contraste es permanente en las islas. Por eso no se las puede conocer completamente en un solo viaje: apenas se puede descubrir su increíble secreto, que es el de estar en un mundo aparte, diferente del resto del mundo, donde animales y hombres no se temen, un mundo donde los paisajes son diferentes a cada paso, donde las tortugas son enormes, un mundo donde los hombres sabios reciben la clave del conocimiento y donde se puede comprender lo importante que es cuidar como aquí tantas otras partes desprotegidas del globo. Estas son las islas Galápagos. Estas son las islas que se pierden detrás de la cortina de nubes a medida que el avión sube. Las islas encantadas desaparecen otra vez, para preservar mejor su tesoro.

Los veleros son el mejor modo de transporte en el archipiélago.

Datos útiles

Puerto Ayora: tiene 10.000 habitantes que viven principalmente de la explosión del turismo en las islas (en 1981 no había más que 5000 habitantes en todas las Galápagos).
Parque Nacional: las islas están enteramente protegidas por el Parque Nacional Galápagos. Se cobra un derecho de entrada de 50 dólares por persona (se calcula que unos 45.000 turistas llegan cada año a las islas), y se pueden visitar sólo 48 puntos en todo el archipiélago. Algunos son apenas un acantilado o un par de metros al borde la playa, en tanto otros son verdaderos circuitos peatonales balizados. No está permitido emprender excursiones sin ir acompañado por personal autorizado por la administración del parque.
Cómo llegar: desde Quito o Guayaquil con vuelos de cabotaje de TAME. Hay dos vuelos por día hasta y desde el aeropuerto de Baltra. Desde Buenos Aires, se llega a Quito por LanChile. Se pueden combinar los vuelos de LanChile y TAME en un mismo paquete. Informes en el sitio www.lanchile.com
Clima: el segundo semestre es frío y seco. El primero es lluvioso y cálido. Por las corrientes marinas, la temperatura en setiembre puede bajar a unos 15ºC, a pesar de estar sobre la línea del Ecuador... La temperatura del agua es igual de fría.
Moneda: como en el resto de Ecuador, el dólar norteamericano.
Datos sobre Ecuador y circuitos turísticos: Metropolitan Touring: ventas@metropolitan.com.ec Turismo en Ecuador: www.ecuadorable.com