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URUGUAY
Cuando está a punto de llegar el verano, todas las rivalidades con los vecinos uruguayos quedan en el olvido. Tan fuerte es la atracción de sus playas, campos y ciudades, que la tentación de cruzar el río es casi irresistible. Sobre todo en esta temporada, en la que se espera una mayor predilección por vacaciones cercanas. Por Graciela Cutuli Este año se planean vacaciones cercanas. Y es difícil encontrar una fórmula mejor que Uruguay para combinar la cercanía con cierta dosis de novedad: basta cruzar el charco y ya se está del otro lado. Que es como éste, pero diferente. Que permite estar en otro país, pero como en casa. Que tiene opciones para solitarios empedernidos, pero también para los amantes irreductibles de la movida noctámbula. Es Uruguay, y lo llaman el país natural. Empezando por la capital Montevideo es el alter ego de Buenos Aires. Cada capital quisiera seguramente tener algo de la otra: Montevideo, las luces y el ritmo de Buenos Aires. Buenos Aires, la geografía y el mar de Montevideo. Porque allí está, a la vista, lo que una ciudad puede hacer con su río cuando lo ama: vivirlo, y abrirse a él. Es lo que logra Montevideo en Pocitos, esa playa donde las lavanderas cavaban sus huecos para lavar la ropa en el río -.de ahí el nombre y que alguna vez, cuando el umbral del siglo XX prometía un progreso infinito, soñó con ser Biarritz. Hoy Pocitos, al que antiguamente se llegaba en tranvía desde el centro para pasar el día, es uno de los barrios más conocidos y elegantes de la capital uruguaya, con su mezcla de edificios de departamentos y casonas señoriales de otros tiempos. Cuando se lo deja atrás, se sigue el paseo por las ramblas y otras playas, como la del Buceo, Malvin, Punta Gorda (frente a la cual se encontraron los lingotes y monedas de oro de un galeón hundido en el siglo XVIII) y Carrasco, dominado por la silueta belle époque del Hotel Casino.
De la Ciudad Vieja... Pero el corazón histórico de Montevideo está en otra parte. Se lo encuentra en la Ciudad Vieja, en torno a la antigua Plaza Matriz, con la Catedral, el Cabildo, las grandes casonas históricas y los bancos, que hacen de este barrio el distrito financiero de la ciudad. El encanto del barrio está en la arquitectura donde se encuentran ejemplos del neogótico que supo encantar también en estas orillas del Río de la Plata, además de casas italianizantes, afrancesadas o neoclásicas en los cafés y los museos, como aquel que funciona en la casa donde vivió Giuseppe Garibaldi, uno de los artífices de la unidad italiana. Sin importar por qué parte de la Ciudad Vieja comience el itinerario, al mediodía habrá que estar en el Mercado del Puerto, cuya estructura de hierro y cristal encierra parrillas, bares y tabernas, algunas muy añejas, donde la mesa uruguaya se pone de fiesta para los paladares. ...A la Ciudad Nueva Y si hay una Ciudad Vieja, hay una Ciudad Nueva, donde alguna vez hubo murallas y hoy sólo queda la Puerta de la Ciudadela, desde donde se ve la estatua de Artigas que domina la Plaza Independencia. La plaza es una mezcla de edificios logrados, grandes hoteles y algunos horrores arquitectónicos, que se olvidan al llegar al cercano Teatro Solís, inspirado en los teatros italianos del siglo XIX. En ella nace la avenida Independencia, una de las principales avenidas de Montevideo, que termina frente al parque Batlle y Ordóñez. Plano en mano, o guiándose por el viejo método de preguntas y respuestas, hay que caminar por Montevideo en busca del Mercado de los Artesanos, los Monumentos al Gaucho, la Carreta y la Diligencia -.una trilogía criolla que vale la pena recorrer-, el Monumento a los Ultimos Charrúas, la dominguera feria de Tristán Narvaja y... sí, el Obelisco (a los Constituyentes, en su versión oriental). Hay mucho más, y no hay quien pueda preciarse de conocer Montevideo si no le ha dedicado el tiempo que la ciudad merece para descubrir sus secretos, pero sobre todo hay algo que a Buenos Aires bien le gustaría tener: es el Cerro, con su Fortaleza y su faro, el primero del Río de la Plata. Al margen del Museo de Armas que allí funciona, vale la pena sobre todo por la vista de la bahía de Montevideo desde lo alto.
Algo más
que Punta del Este La nuestra es agua de río mezclada
con mar... Así se podría cantar en las playas uruguayas,
que reciben el aluvión turístico todos los veranos y cada
vez siguen ofreciendo nuevos rincones uno poco más lejos de los
ya colonizados. Hay varios balnearios saliendo de Montevideo, pero a
unos cien kilómetros sobresale Piriápolis, que nació
cuando todavía no existía Punta del Este. El lugar es
encantador: quedan edificios antiguos sobre una playa tranquila, hay
un puerto deportivo pequeño y varios cerros detrás de
la ciudad, como el San Antonio (con su aerosilla), el Pan de Azúcar
(tiene una reserva natural) o el de las Animas. Rumbo a Punta del Este,
en Punta Ballena el paisaje ya va abandonando más decididamente
el río para volcarse al mar: este fue el lugar que eligió
el empresario naviero Antonio Lussich para crear una vasta zona forestada
con especies exóticas -.el Arboreto Lussich y donde el
artista plástico Carlos Páez Vilaró levantó
Casapueblo, una suerte de la reivindicación de la libre arquitectura
que tiene dos atractivos principales: la visita al atelier del artista
y el brillante contraste del azul del agua con las paredes encaladas
en los días de sol.
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