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VAMPIRO

Jonathan Lipnichi, como Tony

En la película El pequeño vampiro, basada en una serie de libros de la escritora alemana Angela Sommer-Bodenburg, un niño solitario descubre el placer de volar por las noches, ya no al País del Nunca Jamás como Wendy y sus hermanos de la mano de Peter Pan, sino hacia los dominios de los muertos. Y al público infantil, intoxicado de ogros y extraterrestres, le encanta.

Por Moira Soto

Hace tres años, cuando se cumplió el centenario de la publicación del Drácula, de Bram Stoker, la novela que sintetizó y codificó el mito del vampirismo, se escribieron montones de artículos conmemorativos sobre el tema de los/as bebedores/as de sangre, su folklore a través de las culturas y las obras que inspiraron, pero poco y nada se dijo de una novedad relativamente reciente: los cuentos de vampiros para niñas y niños, quienes en general adoran los escalofríos que produce el género fantástico con componentes terroríficos. En nuestro país, por caso, autoras como Emma Wolf (Maruja), Lucía Laragione (Amores que matan, historias de amor y terror), Elsa Borneman (¡Socorro!), Ana María Shua (La casa del terror), Elena Hadida (Sonrisa de vampiro) hace unos años que vienen provocando el solaz –con julepe incluido– de criaturas diurnas atraídas por seres nocturnos como fantasmas, brujas, vampiros/as.
En este subgénero, que no hace otra cosa que retomar –actualizándolos y quitándoles el hierro– a los viejos monstruos de los cuentos de hadas, la escritora alemana Angela Sommer-Bodenburg merece ser saludada como una pionera en más de un sentido: hace más de veinte años, esta –en ese momento– maestra de primaria, hasta la yugular de libros infantiles ñoños y excesivamente didácticos, decidió ponerse a escribir lo que a ella le hubiera gustado leer de chica: terror con humor. Y, dentro del terror, optó por dejar de lado a brujas y otros seres supuestamente maléficos para consagrarse a los vampiros, ausentes de la literatura para párvulos/as que siempre han preferido a un ogro que se come críos antes que a un muertovivo adicto a la sangre humana fresca. En plan de innovar, Sommer Bodenburg puso como protagonista de su primer libro a un chupasangre de nueve años: El pequeño vampiro resultó un suceso y su autora, rebosante de ideas, fue escribiendo una serie de aventuras durante los ‘80 y los ‘90. El título de cada entrega empieza con el original, El pequeño vampiro, y sigue con alguna pista de lo que ocurre en la narración: Se cambia de casa (1980), En peligro (1985), Y el enigma del ataúd (1989), En el país del conde Drácula (1993), y así por el estilo hasta superar los quince volúmenes, editados localmente por Alfaguara. Como se advertirá, Angela Sommer-Bodenburg, aunque menos promocionada, se adelantó largamente con su inspirada saga a J.K. Rowling y su Harry Potter. De todos modos, las andanzas del Pequeño Vampiro Rüdiger von Schlotterstein han sido traducidas a varios idiomas y cuentan con millones de fans (incluyendo a madres, padres, educadores piolas, etc.). Para que la felicidad del club de admiradores de Angela sea perfecta, ahora llega (el 11 próximo) una deliciosa versión cinematográfica que compendia y recrea los personajes, el espíritu, los temas y las diversas tramas de la saga.

Rudolph sólo bebe sangre vacuna
Anna, dientes de leche, corazón romántico

Sangre en vez de rouge
Roald Dahl, un gran escritor de relatos para gente de toda edad (Matilda, James y el melocotón gigante), mete alegremente la pata en su prólogo de Las brujas al afirmar que “los vampiros siempre son varones”. Minga: más allá de la histórica y sangrienta condesa Bathory, que allá por el siglo XVII desangró a más de 600 vírgenes para mantenerse lozana, la literatura, al menos desde el siglo XVIII, ofrece a unos cuantos personajes femeninos ansiosos de libar sangre humana. Algunos ejemplos: en La novia de Corinto (1797), de Goethe, la finada protagonista vuelve de su muerte a beber la hemoglobina del hombre que amó; La muerte enamorada (1879), de Gautier, presenta a Clarimonda, diabólica vampira que hechiza a joven eclesiástico; unos años antes, en 1857, Baudelaire describía poéticamente Las metamorfosis del vampiro, en verdad, una (mala) mujer. Y, desde luego, en este ramillete de rosas de sangre debe figurar la suprema Carmilla (1871) –también anterior a Drácula– de Sheridan Le Fanu.
Si saltamos al cine, veremos que las vampiras causan devastación y muerte ya en la época muda de Hollywood, con la pionera devoradora de hombres Theda Bara (en un film hasta se chupaba los huesitos de una de sus víctimas), sin desmerecer por ello en lo más mínimo la perturbadora sugestión de Musidora en el serial francés de Louis Feuillade Les Vampires (1915/16), bellamente reencarnada por Maggie Cheung en la reciente Irma Vep (1996), conducida por Olivier Assayas. Por su lado, el genial Carl Theodor Dreyer se manda en 1932 Vampyr, primera de varias adaptaciones cinematográficas de Carmilla.
A partir del éxito del Drácula interpretado por Bela Lugosi (1931) se propagan las novias y parientas del aristócrata de los Cárpatos, encabezadas por Gloria Golden, sublime en Dracula’s Daughter (1936). A comienzos de los ‘60, la incomparable Barbara Steele fue una bruja vampira (¿qué diría Roald Dahl de este mix?) en La maschera del demonio. Bathory, la de la cosmética ensangrentada, tuvo por lo menos tres intérpretes dignas de su prosapia: Ingrid Pitt (1970), Paloma Picasso (1974) y Desphine Seyrig, que llevó el personaje al siglo XX en Les levres rouges (1971). Arrimándose al siglo XXI, llegaron vampiras tan bellas y golosas como la Grace Jones de Vamp (1986) y la Anne Parrillaud de la exquisita, subvalorada por la crítica local, Innocent Blood, de John Landis.
Si en Entrevista con el vampiro (1994) de Neil Jordan, sobre la novela de Anne Rice, Kirsten Dunst intranquilizaba en grado sumo al convertirse en vampira cuando ingresaba a la pubertad (con todas las connotaciones eróticas del caso), en El pequeño vampiro, dirigida por Uli Edel, Anne, hermana de Rüdiger y enamorada de Anton (el pequeño “normal” que se hace amigo sin mayores prejuicios), es aun más precoz: si bien en las primeras entregas todavía toma leche, a la espera de que le crezcan los correspondientes colmillos, cuando llega por fin a su patria, el país del conde Drácula, la niña se recibe oficialmente de vampirita y cambia su dieta.

De las aves que vuelan...
...me disgustan las vacas, ha de pensar el obsesivo cazador de chupasangres del film El pequeño vampiro. Es que en esta adaptación, esencialmente fiel, ocurren algunas novedades: por ejemplo, integrantes de la familia de Rudolph (Rüdiger en los libros), hartos de ser perseguidos, han cambiado la tradicional sangre humana por la vacuna. Resultado: durante el día, las vacas succionadas duermen colgadas de las vigas al estilo murciélago, y en la noche despliegan sus alas desquiciando a Rookery, el cazador armado hasta los colmillos, evidente reencarnación del Van Helsing de Drácula, pero esta vez presentado como el villano represor (en las novelas, ese rol lo cubren el guardián del cementerio, Guermeier, y su ayudante Achnuppermaul). Otra de las variaciones que aparecen en esta coproducción es la nacionalidad de Anton, el chico que da refugio y protección a la peculiar familia Von Schlotterstein: en el film se llama Tony, proviene de California y junto a sus padres se ha trasladado por un tiempo a Escocia, situación que da pie a que se sienta muy solo y valore doblemente la compañía de Rudolph y, en un plano más romántico, la de Anna. Al igual que el protagonista “normal” de los relatos originales, Tony se desvela por contentar a sus padres –que hasta muy avanzado el metraje ni sospechan que las iniciales, proféticas pesadillas del chico se han vuelto realidad- y a sus nuevas relaciones. Y del mismo modo que en los textos de Angela Sommer-Bodenburg, el niño solitario descubre el placer de volar por las noches, ya no al País del Nunca Jamás como Wendy y sus hermanos de la mano de Peter Pan sino hacia los dominios de los muertos, el cementerio donde sobrevive malamente esta extraña familia unida en busca de un talismán que los liberará de la maldición. Siempre siguiendo el enfoque de la autora, el film no ofrece ninguna explicación racional (no se trata de sueños, fantasías o alucinaciones) sobre la aparición de los vampiros. Más aún, la madre y el padre de Tony se convencen finalmente al presenciar una situación a todas luces (de la luna) extraordinaria.
Además del precioso vestuario convenientemente apolillado –tiene como 300 años– de la familia vampírica (de James Acheson, nada menos), y de los aciertos del guión de Karey Kirkpatrick (Chicken Run) y Larry Wilson (Beetlejuice), El pequeño vampiro propone un reparto de ensueño –y no de pesadilla– con Jonathan Lipnick (el anteojudito de Jerry Maguire) como Tony; Rollo Weeks en la macilenta piel de Rudolph; Anna Popplewell, desafiante y soñadora vampirita; el gran Richard E. Grant encarnando (exangüe) al sombrío patriarca; y la divina Alice Krige como la vampira más dulce, refinada y familiera que se haya visto nunca en la pantalla, único sitio donde se reflejan los/as de su estirpe.