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Jueves 6 de Septiembre de 2001

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POWDER, LA NOVELA ROCKER QUE CUENTA LA VERDADERA HISTORIA DE LAS BANDAS INGLESAS DISPARADAS AL ESTRELLATO

El precio
justo
 

Si viste Casi famosos, te habrás acercado a la trastienda del rock and roll. Ahora podes llegar mas cerca: desde Inglaterra y escrita por un crítico musical, acaba de aparecer en la Argentina la historia de una banda ficticia, Los Grams, que bien podría ser cualquiera de las que ya están en la cúpula ¿Oasis? ¿The Verve? ¿Travis? ¿Coldplay? Todas y ninguna , protagonistas de esta ficción realista que el No te presenta en tres fragmentos.

El contrato
pag. 57
Los chicos bebían Saint Michael y pedían algo de comer cuando Guy cruzó la calle en dirección al Don Pepe. Se había planteado celebrar la reunión en Purvert; sin embargo, a pesar de su interés en que cuajara la relación entre Jeff y la banda, no habría sido muy sensato para tratar una cuestión como aquélla en la oficina del más locuaz de los agentes. El Don Pepe, vacío antes de la afluencia masiva de las seis de la tarde, era tan buen sitio como cualquier otro para sus propósitos.
Beano y Tony lo saludaron con amplias sonrisas y apretones de manos, todavía encantados con su nuevo aliado de la alta sociedad y muy dispuestos a complacer.
–Bueno, Guy, man –dijo Beano a bocajarro–, ¿conocés algún remedio para las hemorroides?
Todos se echaron a reír. El problema de Al con las hemorroides era ya famoso. No perdía ocasión de hablar del tema, e invitaba a las chicas con quienes se acostaba a acariciarle su “clítoris”.
–No pases tanto tiempo sentado –contestó Guy sin inmutarse, arrancando nuevas carcajadas.
–Eh, Guy, ¿dónde está Ticky? –preguntó James con una mirada llena de ternura. Había empezado a pronunciarlos “Gui”, como Ticky y Hannah, que se habían pasado un par de veces por el estudio de grabación y los había acompañado a Farm Place a fumarse unos porros.
Hannah era lo más. Los Grams la adoraban. Wheezer no le quitaba ojo. Le recordaba a Tara. Pero Hannah nunca se fijaría en él. Era una chica con clase.
James tenía motivos para estarle agradecido a Hannah. Ella misma consumía con moderación, pero le había presentado a mucha gente que podía proporcionarle lo que quería. Y lo que quería era cocaína. En Liverpool, durante mucho tiempo, James había tenido que conformarse con un poco de marihuana, una raya aquí, un gramo para el fin de semana allá. Pero las cosas habían cambiado. Ahora estaba en Londres. Era James Love, el guitarrista, y ése era un dios que requería carburante. Ese era un dios que requería coca. Mucha coca.
Mientras Héctor era embromado por sus compañeros, Guy pidió otra ronda. Wheezer los hizo callar a fuerza de codazos y muecas. Guy le dirigió un gesto de agradecimiento y tomó la palabra.
–Vamos, chicos. En la vida pasarán un rato más aburrido que éste en un bar, pero les aseguro que será también uno de los más importantes. En muchos sentidos, esto es el todo, aquello por lo que han luchado durante tres años y medio: el contrato de grabación –guardó silencio por un instante para mayor efecto. Nadie despegó los labios–. Pero ahora mi intención es convencerlos de que el contrato de grabación no es ni mucho menos por lo que han luchado. En sí, no es nada. Es un punto de partida. Sin embargo, sé por experiencia que es un fundamental, importantísimo, que la banda conozca hasta el último detalle del acuerdo. Quiero que comprendan el verdadero carácter de nuestra relación comercial en profundidad.
Guy advirtió que Wheezer empezaba a irritarse. Si era la clase de manager que pretendía dejar al grupo al margen de los pormenores, las opciones, los contratos, Guy dudaba que la relación soportara grandes tensiones. Daba igual. Lo que tuviera que pasar, pasaría.
–Querés, ¿qué? –saltó James, y se echó a reír, mirando alrededor en busca de apoyo.
Todos hicieron caso omiso. Guy sacó unos papeles de su cartera.
–Esta pila de folios es su contrato de grabación, si bien...
–Traelos y te los firmaremos y volveremos al estudio. No puedo perder el tiempo con una estupidez.
–¡Cerrá la boca de una puta vez, Héctor! ¡Un poco de respeto! –dijo Keva entre dientes.
–¡Y dejá de hablar así! –añadió Wheezer–. ¡Cuidá el vocabulario! –¡Al carajo! –replicó James–. Guy, hermano, no lo tomes a mal, pero yo toco la guitarra en una banda de rock. Paso de todo lo demás de la relación comercial. ¡El dinero me importa un carajo! Me fío de vos. Me caés bien. ¡Hagamos música!
El resto del grupo se dispuso a arremeter contra él, pero Guy levantó una mano para pedirles calma.
–No hay problema, James. Pero quedate y escuchá, ¿no me harías ese favor? Procuraré aligerar, pero esto requiere su tiempo. De buena gana se los ahorraría, pero es demasiado importante para ocuparme yo solo. Los artistas deben saber adónde se meten, qué compromisos asumen. Créanme: lo es todo.
James hizo un gesto de indiferencia y tomó un trago de cerveza. Guy empezó de nuevo.
–Inevitablemente me dejaré en el tintero aspectos esenciales, así que interrúmpanme si no entendiesen algo.
Todos asintieron.
–Sin dudan, ustedes conocen ya los puntos básicos de los contratos de grabación entre las grandes compañías discográficas y los artistas. La compañía adelanta el dinero para cubrir los sueldos y los costos del estudio presupuestados. Paga la comercialización del disco: anuncios, posters, videoclips, agentes de prensa, etcétera. Con las ventas, recupera esos costos y una proporción acordada de los gastos de promoción. Si hay superávit, la compañía discográfica paga al artista una parte... un porcentaje, unos derechos... generalmente alrededor del 14 por ciento. Para justificar el pago de un porcentaje tan bajo al artista, suele aducirse que el costo de su lanzamiento, el costo que representa introducir una nueva banda, es tan elevado que el margen de la compañía debe reflejar el riesgo. Se alega asimismo que las distribuidoras, las editoras, las distintas sociedades de derechos, todos quieren participar en los beneficios, pero en muchos más casos la compañía discográfica es filial de la distribuidora, y en muchos casos también lo es la editora, de modo que contemplan la posibilidad de unas ganancias nada despreciables si colocan uno de sus productos. Si recuperan la inversión con el primer disco, tienen todos los números para hacer un negocio redondo. ¿Me siguen hasta el momento?

El New Musical Express
pag. 143
Con Patt todos se sintieron a sus anchas inmediatamente. Era un tipo legal. Durante los diez minutos iniciales, mientras subían por Mount Pleasant y atajaban por una travesía hasta el Pilgrim, dejó claro que era un admirador, que consideraba a los Grams una ocasión única en su vida, sabía lo que se proponían y quería verlos alcanzar su objetivo. Incluso se ofreció a ir a la barra para la primera ronda. Cuando Keva insistió en su derecho como nativo para pagar la bebida, Hannah le tiró de la camisa desde atrás.
–Esto va a ser pan comido –dijo–. Quiere hacerse amigo de ustedes. Para él, esto es, o sea, mucho más que un simple trabajo. Es un honor. O sea, viene a ser como si hiciera la primera gran entrevista a los mismísimos Beatles. Está en Liverpool y, o sea, se siente como si fuera 1963, ¿ok?, y estuviera a punto de sentarse a tomar una copa con John Lennon en persona. Así que no lo defraudes. Tampoco le des demasiada confianza. No digo que te pongas jodido con él, eh, pero no vayas de incauto. Espera encontrarse con una estrella. ¿Me explico, Keva? ¿Sí o no?
Keva asintió con la cabeza. Hannah los dispuso en torno a una mesa del patio de modo que Pat se sentara junto a ella y enfrente del cantante. Los otros deberían inclinarse y levantar la voz si querían intervenir. Pat, bandeja en mano, subió con cuidado los escalones y expresó su satisfacción por haber recordado correctamente lo que le había pedido cada uno. Hurgó en su bolsa y sacó una diminuta grabadora. –¿Alguien tiene inconveniente en que grabe la conversación? –preguntó, mirando a Hannah.
Ella le dio autorización con una sonrisa y empezaron.
Las horas fueron pasando, y a media tarde continuaban en el bar, sin el menor deseo de marcharse. Wheezer llevaba ahí casi una hora, insinuando con delicadeza que quizás les apetecería asistir a su propia fiesta, pero nadie se movía. Estaban aturdidos, perezosos y contentos pero, sobre todo, extenuados de tanto reír. Después de una hora de interrogatorio intensivo acerca de conceptos tales como el destino, la eternidad, la cosmología y el alma, Pat tomó un largo trago de cerveza y preguntó:
–¿Cuál es la situación más disparatada en que se han encontrado hasta la fecha?
Tony ofreció un irónico relato del show de diciembre en el Gathering Hall de la isla de Skye, parte de una gira de cuatro conciertos por las tierras altas y las islas de Escocia que había patrocinado Potter’s Whisky. Allí se dio la circunstancia de cuatro chicas que acompañaron al grupo de regreso a la pensión para proseguir con sus procacidades.
–Probablemente teníamos la esperanza de que nos prodigaran ciertos favores, pero no podía darse por seguro ni mucho menos. Pensábamos sólo que eran de lo más cachondas y queríamos seguir bebiendo. Bueno, como decía, volvimos a la pensión y nos encontramos con que Margaret la Negra nos esperaba levantada. Margaret la Negra vestía siempre de negro, como una de esas presbiterianas del Nuevo Mundo, y era una psicópata de remate, la jodida. Era dueña de la pensión, la oficina de correos, la cafetería del puerto y, como pronto averiguaríamos, nada escapaba a su influencia. Lanzó una mirada a las chicas y soltó: “¡Son de las tierras bajas! ¡Putas de las tierras bajas! ¡Largo de esta isla!”. Y los ojos se le pusieron de color verde y blanco, como a la reina malvada de La bella durmiente. Las chicas se echaron a reír, y una de ellas la mandó a la mierda, en voz muy baja, casi un susurro, y al instante la chica empezó a ahogarse. Te lo juro, no podía respirar, estaba asfixiándose delante de nuestras narices. Margaret la Negra, muy digna ella, se marchó escaleras arriba. Estaba ya en el pasillo, y la cola del vestido, metros y metros de tela negra, continuaba aún al pie de la escalera. Y de pronto la chica volvió a respirar... Increíble.
–Aunque... –interrumpió Keva.
–¿Sí? –dijo Pat con vivo interés.
Keva habló de la vez que Cindy Hogan fue a Blackpool para entrevistarlos y confundió a los Sensira con los Grams. Dirigió una furtiva mirada a Hannah. Ella lo eludió. Contar aquella anécdota a Pat era un riesgo calculado, pero acaso, sospechaba Keva, despertara la rivalidad entre Melody Maker y el NME. Quería animar a Pat a comprometerse con los Grams como contrapartida al descarado apoyo que Cindy ofrecía a los Sensira.
Surtió efecto. Por lo visto, Pat McIntosh aborrecía a los Sensira por las mismas razones por las que Keva los encontraba tan detestables. Durante una hora, con la entrevista suspendida al parecer definitivamente, Pat amenizó la tertulia con anécdotas sobre las recientes “historias” de Helmet. Un cronista de Select le había explicado que un par de semanas atrás, al entrar a las cocinas del hotel Columbia para ver si había vino frío en los frigoríficos, descubrió a Helmet llenándose de comida.
–Vaya, piensa nuestro hombre de Select, ¿que tenemos aquí? Un ligero trastorno alimentario. Pobre Helmet. No obstante, seré discreto. Me marcharé sigilosamente antes de que se dé cuenta de que lo han visto. Así que vuelve al bar principal. Casi de inmediato, Helmet aparece en el mismo bar con los ojos en blanco, gimiendo, desvariando en latín. De pronto se interrumpe, mira a los presentes como si acabara de despertar de una pesadilla, sonríe y se vomita encima. Luego entra su manager y, a gritos, hace salir de allí a todo el mundo. Pero no sin antes dirigirse a todos los periodistas uno por uno para pedir disculpas y explicar que últimamente Helmet está tomándose las cosas demasiado a pecho, que va allevárselo a algún sitio a descansar, a ponerle en forma de cara al concierto de Reading.
Cuando remitieron las risas, Beano preguntó:
–¿Por qué se recrean tanto con él, pues? ¿Por qué lo presentan en las revistas como a un mesías si saben que es una mierda, un fantoche?
–Vende bien.
–¿Cómo?
–Un momento, un momento. Yo no suscribo todo eso. De hecho, somos cada vez más lo que, por no darle, no le daríamos ni la hora. Pero ya saben cómo funciona. Helmet es famoso. Más famoso cada día. Ponele un micrófono adelante y tenés aseguradas unas jugosas declaraciones. Sacalo en la tapa y agotás la tirada. La prensa musical atraviesa una época difícil. Hemos de agarrarnos a lo que podemos.

Estados Unidos
pag. 366
Wheezer pidió otro tazón de la famosa sopa del Carnegie Deli. Aquel ligero caldo de pollo con raviolis y sabrosos pedazos de jamón era justo lo que necesitaba. Le había gustado Nueva York, le había gustado mucho, pero le alegraría verse en el avión camino a Boston esa tarde. Se sentiría más tranquilo cuando dejara atrás Nueva York: Myra, Katie, la locura... Los otros, entre risas, hablaban aún de sus experiencias de la noche anterior. La de Beano había sido la más insólita.
–Y entonces, al acabar, la chica se echa hacia atrás y se relame, mirando al techo como si intentara recordar algo. Luego mueve la cabeza y dice: “Mmmmm...”.
James empezó a reír. –¡Vaya locura!
Beano, todavía borracho, eufórico, acelerado, miraba a los otros con los ojos muy abiertos, impaciente por contarles su anécdota.
–Esperá, ¿querés? Eso no es nada. Ahora viene lo verdaderamente increíble, man. Después de relamerse, agarra su bolsito y saca una libreta. Como lo oís, una libreta. Una auténtica libreta, pequeña y negra, y escribe algo. Se los juro... Nada, una simple nota. Yo, claro, le pregunto: “¿Qué es eso?”. Y ella se queda mirándome, con las mejillas rojas. La jodida, sin maquillaje, no aparentaba más de diez años... –se interrumpió, incapaz de aguantar la risa.
–¡Vamos! –instó Wheezer, dándole un codazo–. Si has empezado, no podés dejarnos con la miel en los labios.
–¡Es increíble de verdad! No lo van a poder creer...
Keva, con un gesto, le pidió que continuara.
–La mina va y me suelta –prosiguió Beano, adoptando una voz chillona, con la de esas adolescentes de las películas ambientadas en colegios–: “Mmmm... Es salado. Más salado que el del baterista de los Sensira, pero no tanto como el del cantante de Macrobe. El lo tenía muy salado. El del baterista de los Sensira era bastante líquido. Vos tenías más semen que ellos. El tuyo también era más espeso. Espeso y salado. El más espeso, diría...”.

pag. 428
El guardia de seguridad explicó el problema con la mayor cortesía posible dadas las circunstancias. Los ascensores no funcionaban a causa de una batalla con extintores entre los roadies rivales de las tres bandas alojadas en el hotel. Eso planteó un serio dilema a James, que no era precisamente el más atlético de los hedonistas indolentes. Se agachó junto a la silla de ruedas.
–Vamos.
Ella se dejó caer sobre la espalda. Pesaba lo suyo.
Subió los primeros tramos de la escalera con relativa facilidad, deteniéndose de vez en cuando para tomar aliento y volviendo después a la brega. A cada peldaño, notaba más el cansancio en los muslos y en laspantorrillas. Cada paso era más mecánico. Cuando llegó a su piso, ya no podía más con su alma, y la chica, colgada de sus hombros, se sostenía por su propia fuerza. James contempló el largo pasillo. Su habitación se hallaba al final de todo, frente a la de Marty. Tuvo una idea. Tendió a la chica en el suelo, boca arriba.
–No te importa, ¿verdad? –preguntó con voz entrecortada mientras la llevaba a la rastra, tirando de sus tobillos–. Un poco impropio de una dama, pero así es mucho más fácil.
A ella le rebotaba la cabeza en cada bulto de la alfombra.
–¡Eh, cuidado!
Tambaleándose, James pasó junto a las toallas de baño amontonadas en el suelo y se desplomó en la cama de Keva, jadeando, dejando a la chica allí tirada. Ella lo miraba, esperando.
–¡Loco, deberías hacer un poco más de ejercicio! –comentó con una sonrisa.
–Ah, eso me propongo –respondió James. Observó sus piernas inservibles, inútilmente enfundadas en unos 501 negros. La compadecía. De todo corazón–. Veamos, pues, ¿cómo te gustaría que la pasáramos?
Billy el Breve, dormido como un tronco, se volvió del otro lado y se tapó con la toalla, captando sus sentidos vagamente una voz masculina en las inmediaciones. James apoyó a la chica contra la cama, los brazos y la cara sobre el colchón, arrodillada en precario equilibrio.
–Aguantá un momento –dijo con un cigarrillo en la boca mientras intentaba bajarle los jeans con una mano y la sujetaba con la otra, hincándole una rodilla en los riñones para mayor estabilidad. Se rindió al cabo de un momento, la levantó y la echó en la cama, donde pudo quitarle el pantalón más fácilmente. Ante sus ojos apareció un bonito culo, aguardando sus caricias.
–¡Vaya, nena! ¡Esto es precioso, cariño! –exclamó, palpándole el culo, asombrado por la flexible resistencia de su carne. Sin pérdida de tiempo, se despojó de sus propios Levi’s y se provocó una plena erección. Guiándose y empujando hasta penetrarla, susurró–: Todos tus placeres te llegarán por detrás.
–¡Dios! ¡Sí, joder! ¡Sí! ¡OoOoooooooooh! ¡Me la has metido por el culo! ¡Dios! ¡Dios mío! ¡Me está dando por el culo!
–Así es –observó James con satisfacción.

KEVIN SAMPSON, EL AUTOR

Oportunista, no estúpido

Kevin Sampson (Liverpool, 1963) se dedicó a la literatura de cerveza, fútbol y rock and roll mucho antes de que Nick Hornby, la última estrella de la narrativa popular británica, publicara Fiebre en las gradas, su debut. En 1982, cuando era un estudiante de 19 años, Sampson escribió Awaydays, una novela que transcurre en 1979 que trata sobre los días de Joy Division, los hooligans de un equipo pueblerino de tercera división y las consecuencias del primer gobierno de Margaret Thatcher en pleno período post-punk. Pero, más allá de eso, relata el momento de las grandes, traumáticas decisiones de Paul Carty, el adolescente que la protagoniza. La novela fue rechazada por las editoriales, y la decepción que sufrió Kevin fue tal que no volvería a escribir ficción durante los siguientes dieciséis años. Se desempeñó como periodista de música en diversas publicaciones –NME, Time Out, The Face, Sounds–, fue asistente de cultura joven en el prestigioso Channel Four y, en 1986, la revista Cosmopolitan lo eligió “la mejor escritora joven del año” en un concurso al que se había presentado con el seudónimo de Jane White. Recuperado del rechazo editorial de principios de los ‘80, y luego de un lustro como manager del grupo de Liverpool The Farm, Sampson volvió a enfrentarse a la máquina de escribir y cayó en la cuenta de que entretanto había aparecido Trainspotting, de Irving Welsh, y que todas las clases del Reino Unido habían podido husmear en las alcantarillas de la sociedad. “De pronto había un montón de gente joven escribiendo sobre la cultura que yo conocía y entendía. Y pensé: ‘Tal vez tengo algo para decir, después de todo’”, recuerda Sampson. Nutrido de su experiencia como periodista y manager de rock, se dedicó a narrar la explosión/implosión de The Grams, banda ficticia que protagoniza su segunda novela, Powder (1998), cuyo éxito le abrió el camino para publicar la hasta entonces inédita Awaydays y ponerse a trabajar rápidamente en sus dos obras siguientes. Leisure, la tercera, relata los contratiempos de una pareja que intenta salvar su matrimonio con una semana de vacaciones en la Costa del Sol. Outlaws, la más reciente, es una historia de debilidad humana narrada en el contexto de la guerra de pandillas en Liverpool. Mientras tanto, el autor se lamenta por los años perdidos por el desaliento y reniega del subgénero laddism (término acuñado por la prensa inglesa para designar a la literatura rockera y futbolera de Hornby y Cía.). “Eso fue inventado por gente que mira desde afuera la cultura masculina de clase trabajadora”, observa. “Hay un mundo de diferencia entre esa gente y la que yo conozco. Es la misma diferencia que hay entre la gente que sigue al Liverpool y los que siguen a la selección inglesa. Los hinchas de Inglaterra la van de callejeros; los del Liverpool tiene la sabiduría de la calle. Son oportunistas, no estúpidos; leen vorazmente, y pueden citar frases de las películas que aman.” P.P.

 

PARA ENTENDERLA UN POCO MAS

Reparto

Los personajes que protagonizan Powder suman cientos, seguramente. Pero los principales, mencionados en los fragmentos publicados, son:

Keva. Mc Cluskey, el cantante, compositor y estrella de la banda. Melancólico y talentoso, dotado de la suficiente dosis de ego como para ser EL hombre. Con el correr del relato y a medida que Los Grams se elevan, reclamará para sí el total de las regalías de las canciones y asumirá el control total de la banda.

James. El guitarrista y, por tanto, la segunda estrella. Apodado “James Love”, en realidad se llama Héctor Lovett. Lo más gracioso es que su padre lo bautizó “Héctor” (una rareza en Inglaterra) en honor a Héctor Chumpitaz, zaguero central peruano, figura de su selección en los mundiales de 1970 y 1978.

Tony y Beano. Baterista y bajista, respectivamente. Ocupan en verdad un rol bien secundario y no tienen muchas más ambiciones que ganar una buena cantidad de libras para irse de vacaciones, drogarse y pasarla bien.

Guy. El dueño de la compañía Rehab, la que lanza a la fama al grupo. Joven de clase alta inglesa, ex ejecutivo de Universal y junkie recuperado (de ahí lo de “Rehab”, rehabilitación), consigue el dinero para lanzar a la banda con una parte de la herencia familiar.

Wheezer. El manager. Proveniente de una familia de clase media-alta venida a menos, fan del grupo de la primera hora (a veces suele suceder así con los managers) y adicto al placer solitario de los videos porno.

Helmet. Cantante y líder de The Sensira (el grupo rival de Los Grams), una verdadera obsesión para Keva y los demás. Al comienzo de la novela es quien alcanza la fama, pero luego es “derrotado”.