CONTRATAPA

Armagedón Inc.

 Por Rodrigo Fresán

Desde Barcelona

UNO

Afuera, en la ciudad, todos miran al cielo y rezan porque caiga la lluvia y que Barcelona se moje para así poner fin a la sequía más grave en medio siglo. Ya han entrado en vigencia normas que establecen multas para el que lave el auto, el que llene la piscina y, dentro de poco, para el que transpire de más. Se viene un verano literalmente ardiente. Los vecinos no quieren que se trasvasen sus ríos para prestar agua y ya se acercan desde el horizonte barcos cisterna cargados con “el precioso y líquido elemento” o “el oro transparente” o lo que prefieran. En un futuro más cercano de lo que creemos, las batallas ya no se librarán en nombre de ese jarabe oscuro que hace correr a los autos y andar a las máquinas sino por el H2O que mueve a los hombres. Literal sed de guerra. “Si el agua hubiera sido inventada después de la Coca-Cola tendría un éxito bárbaro”, teorizó alguna vez Bioy Casares, nativo de otro lugar, de otro afuera, del alguna vez llamado “granero del mundo” donde, por estos días, bueno, ya saben...

DOS

Mientras tanto, refiriéndose a un afuera todavía más afuera, George W. Bush insiste en que todo va todo lo bien que cabía esperarse y yo leo un libro sobre el asunto. Un ensayo de esos que lo cuentan todo y que juran decir la verdad y nada más que la verdad y, de golpe y sin anestesia, nos enfrentan al hecho de que la realidad cada vez es menos realista y cada vez se parece más a una película de los Hermanos Marx. El libro se llama Vida imperial en la Ciudad Esmeralda, está firmado por Rajiv Chandrasekaran y es una de las cosas más graciosas (por todas las razones incorrectas) que he leído en los últimos tiempos. Porque lo que cuenta Chandrasekaran es el modo en que los norteamericanos, luego de la caída de la capital de Irak, fundaron y organizaron lo que se conoce como “Zona Verde”: el supuestamente seguro oasis made in USA donde intentan reproducirse absurda, automática y compulsivamente los rasgos más distintivos del american way of life para mantener el buen ánimo de los soldados y para que los hijos de los amigos de Cheney & Rumsfeld & Co. (jóvenes destinados allí para realizar tareas para las que no suelen estar capacitados) no extrañasen las bondades de la patria durante la catastrófica gestión del virrey L. Paul Bremmer III. Un lugar demencial cruza de Disneylandia con la Freedonia de Sopa de ganso que muy pronto comenzó a ser conocida con un nombre que se refería a otro clásico del cine: Ciudad Esmeralda, aquel lugar donde moraba el supuestamente todopoderoso pero finalmente insignificante Mago de Oz.

TRES

Y las páginas de la crónica de Chandrasekaran pasaban a varias risas heladas por minuto y en la televisión pasaron No End in Sight, documental de Charles Ferguson cuyo título en español sería Sin final a la vista. Otra de norteamericanos en la Zona Verde. Entrevistas puras y duras a personas que, en principio, pensaban que estaban haciendo lo correcto pero... Miradas fijas y vacilantes a cámara y palabras que, en ocasiones, cuestan oír por lo que se dice y porque se dice en voz baja y trata más de The War on Error que de The War on Terror. “Sabíamos que había dos o tres maneras de hacer las cosas bien y unas quinientas maneras de hacerlo mal. Lo que no podíamos imaginar es que iban a ponerse en práctica todas y cada una de esas quinientas maneras”, dice allí alguien con el impecable humor negro de ciertos escritores.

CUATRO

Y, sí, mientras yo leía Vida imperial en la Ciudad Esmeralda todo el tiempo se me aparecían los fantasmas de dos de los escritores que mejor narraron la guerra porque supieron ver en ella la posibilidad de contar armoniosamente un caos que desbordaba de posibilidades anecdóticas. Me refiero a Joseph “Catch-22” Heller y a Kurt “Matadero-Cinco” Vonnegut. Heller y Vonnegut marcharon y volaron y fueron bombardeados durante la Segunda Guerra Mundial, esa guerra que marcó a fuego el inconsciente colectivo de los Estados Unidos, una guerra donde fueron buenos indiscutidos e indiscutibles y aquélla en cuya memoria, de tanto en tanto, salen despedidos para caer en sucesivos y cada vez más esperpénticos desastres. La Segunda Guerra Mundial fue la guerra que les tocó sobrevivir para contarla a Heller y a Vonnegut pero –leyendo sus dos novelas más justamente célebres– está claro que tanto uno como otro ya están anticipando y poniendo por escrito a Vietnam y a todo lo que vino y vendrá después. Vietnam es la guerra/estigma/maldición que todavía no ha terminado. Vietnam es la puerta que ya nunca va a cerrarse. Vietnam queda en el Atlántico Sur, en el País Vasco, en la selva colombiana y en la Zona Verde de Bagdad donde sólo se sirven cereales norteamericanos para así elevar la moral de las tropas.

CINCO

Y no hay mal (la muerte de un genio) que por bien no venga (la publicación de un libro del genio que probablemente el genio no habría publicado nunca). Y así acaba de salir a la venta Armaggedon In Retrospect: recopilación de textos dispersos, cuentos primerizos, cartas, apuntes (y un apocalíptico último discurso que no llegó a pronunciar) de Kurt Vonnegut sobre su rol en el frente y en la destrucción de Dresde. Y hasta la lista de la compra de Vonnegut es importante y digna de ser leída; pero lo especialmente interesante de este volumen póstumo es que muestra cómo el escritor decidió no seguir el rumbo natural y reflejo de otros colegas soldados –como James Jones, William Styron, Norman Mailer y, antes, el fundante Ernest Hemingway– para optar por hacer con la materia de la guerra algo muy diferente. Así, cuando alguna vez le preguntaron a Vonnegut por qué no había escrito nada autobiográfico sobre su experiencia como prisionero de guerra, respondió: “Es que fue una experiencia definitivamente pasiva... Mierda, yo no hice nada. Fue a mí a quien le hicieron todo. Así que no es algo acerca de lo que te guste hablar”. Cuando, años más tarde, Vonnegut decidió “hablar” al respecto en una novela, bueno, como apuntó un crítico, “le salió algo un poco raro”. Eso “un poco raro” fue Matadero-Cinco.

SEIS

¿Y qué fue lo que hizo a Vonnegut un escritor diferente? Sencillo y complejo: el darse cuenta de la imposibilidad de escribir sobre la Segunda Guerra Mundial (la auténtica “madre de todas las batallas”) como si se tratase de una “guerra buena”. Lo intentó pero no le salía. Sobre esa “imposibilidad” trata Human Smoke, el polémico y reciente libro de Nicholson Baker subtitulado “Los comienzos de la Segunda Guerra Mundial y el final de la civilización”. La tesis del obsesivo y revulsivo Baker –recordar libros como La mezanina o Vox– es, apoyado en fragmentos de información recortada de la época, que entonces hubo malos muy malos (los nazis) y buenos no tan buenos (Roosevelt y Churchill). Y Human Smoke ya ha sido atacado desde varios flancos así como defendido por críticos y lectores que no pueden creer lo que están leyendo porque, por fin, comprenden que toda guerra es básicamente increíble y, aun así, por desgracia, hay tantos graciosos que –en el nombre de Dios y de la Patria– siguen creyendo en ella. El resto, nosotros, aquellos a los que les hacen todo, somos los prisioneros de guerra.

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