CONTRATAPA

Salas de espera

 Por Noé Jitrik

De todos los seres que conozco, a ninguno le ha faltado la experiencia de las salas de espera, previstas por los médicos, ya sea en hospitales ya en sus consultorios privados, para someter, humillar y empobrecer el imaginario de, en esa instancia, pobres y doloridos pacientes, cada vez más doloridos a medida que los terapeutas se muestran, por ausencia, nada más que por eso, remisos a atenderlos.

Los que esperan lo hacen de manera diferente en uno u otro sitio; todos, sin embargo, tascan el freno por igual, no les queda otra y ven pasar los minutos con desesperante parsimonia, conteniendo la respiración y, en muchos casos, la indignación. Miran a las ocupadas secretarias que, porque la forma de su espera es de otra índole, o bien piden papeles o bien cobran la consulta con una presteza inversamente proporcional al tiempo que va a transcurrir hasta que el encuentro con el médico tenga efecto en el individuo concreto.

Ver salir a uno y entrar a otro, que nunca es quien mira y debe seguir esperando, genera un sordo resentimiento, apoyado, desde luego, en la envidia: por qué ése y no yo. En los hospitales, públicos o privados, lo más corriente es la resignación, es como si quienes esperan hubieran sido domados previamente y a veces lo son gracias a la torturante espera previa de la sacada de un turno, en ocasiones desde el comienzo de una madrugada fría hasta un mediodía caliginoso para, luego, el día fijado, esperar en otra parte; muerden la ansiedad en silencio, no se conectan entre ellos, no hay solidaridad ni comunicación, se miran unos a otros con recelo, acaso piensan que el que va a ser atendido antes robará un poco de energía terapéutica y, por lo tanto, el médico dedicará menos tiempo a su mal que, como se comprende, es el más grave y urgente de todos: un hosco silencio ocupa el sitio, a lo sumo un bisbiseo reservado e inaudible, nadie sabe de qué mal padece el que está al lado ni tampoco conmueve la expresión que ocupa las caras de los afortunados que han sido recibido antes y que han recibido un diagnóstico, poco les importa a los demás cuál haya sido. Cuando el privilegiado sale se dispara hacia el exterior, no tiene la menor piedad con los que todavía permanecen ahí, le brillan los ojos aunque el diagnóstico que recibiera no sea lo mejor del mundo.

En los consultorios privados es otra cosa; por de pronto suele haber revistas, por lo general –a veces un médico distinguido deja entrar otras un poco más respetuosas del probable nivel intelectual de los pacientes– pertenecen a un universo extraño, forman parte de ese tipo de publicaciones que no se encuentran en ningún otro lugar; como son imposibles, quienes esperan, que al principio se muestran reservados y dignos, poco a poco abren sus corazones y comienza un diálogo cuyos alcances no suelen pasar los límites del “caso” que lleva a cada uno a buscar respuestas en ese semidiós que está puertas adentro y que aparece fugazmente llamando según el turno.

Casi todos los ciudadanos, y aun quienes no gozan de esa designación, han estado alguna vez en parecida situación, en uno u otro lugar y a veces en los dos, hay casos. Tal vez lo que es la espera en hospitales sea más fácil de tipificar y seguramente se ha hecho; lo que ocurre en los consultorios privados es multiforme, variado, imprevisible, múltiple: tratar de saber cómo es ahí para generalizar es tan difícil como tratar de saber lo que sucede en todas las casas de una ciudad –cada casa es un mundo– para tener una visión de conjunto.

Pero lo que sí se puede hacer, saliendo del tema que lo lleva a uno mismo a la consulta, es prestar un oído atento en lo posible a los relatos de los males que aquejan a todos y cada uno de los que esperan ser recibidos. Por cierto, todos tenemos el prejuicio de que esos relatos serán tan aburridos como atravesados por el narcisismo de la enfermedad o, si eso no es tanto, del malestar. Hay que ponerse afuera y no participar de la competición narrativa que inevitablemente se produce y que empieza casi con inocencia, con una frase de pura cortesía, “¿para qué viene a ver al doctor?” por ejemplo, que desencadena un torrente de detalles a cuál más significativo desde el punto de vista del que relata y un poco plomizo desde el punto de vista de la posibilidad de narración del que escucha, siempre dispuesto a replicar y a tapar con un “eso no es nada, fíjese que a mí...” lo que el otro ha tratado de mostrar como si fuera, y en ocasiones lo es, el drama más espectacular de todos los tiempos.

¿Qué tienen de particular tales incesantes e infinitos relatos? Nada en principio, son olvidables y olvidados en dos momentos, cuando se entra en el consultorio y el médico empieza a trabajar, y cuando se sale de él y la calle abre los pulmones y algo hay que hacer con la información recibida.

Cada consultorio, a su vez, recinto de una especialidad, reúne a personas, pacientes, ligados por el mismo paradigma: es difícil hallar a alguien que padece de insomnio en una sala de espera de un odontólogo, así como es raro que un cardíaco esté esperando a un traumatólogo o un psicótico a un urólogo. Por lo general el paradigma de las especialidades se cumple de modo que entre declaración –o narración– y escucha se tiende en la sala de espera un puente se diría que racional, aunque suele ser insatisfactorio porque siempre hay un “además” –ya que nadie padece de un solo mal– y que no puede ser expresado. ¿Quién no se ha sentido perplejo o incomprendido frente a relatos divergentes de lo que debería ser el relato principal y propio del lugar?

Pero ¿qué tipo de relatos toman forma en los diferentes consultorios y las diversas especialidades? Para responder esta inquietante pregunta me aparto del presunto dolor o preocupación o patetismo o autoconmiseración de quienes logran hacerse escuchar para ponerme en otra parte, en el lugar de lo que podría llamar la “identidad” de los relatos. Entiendo, desde ese lugar, que cada especialidad conduce a relatos que, por ser congruentes con ella, solicitan categorizaciones usuales y formas bien definidas, en un nivel superior. ¿O los genera?

Me explico. ¿No será que Samuel Beckett escribió Malone muere después de haber estado esperando que un gerontólogo lo atendiera? ¿Es impensable que Stephen King haya escrito Cementerio de animales después de haber estado esperando al veterinario cuando su perro estaba enfermo? Puede ser aunque, quién lo puede dudar, la creación literaria es más que eso y, además, ni siquiera necesite afinidades de ese tipo para imaginar situaciones, tonos o atmósferas que bien podrían relacionarse con especialidades médicas.

Pero, no obstante, algunas relaciones se pueden intentar. Por ejemplo, en la sala de espera de un traumatólogo los relatos envían a las películas de catástrofes o de accidentes; en la de un psiquiatra a los relatos de horror; en la de un clínico general a las novelas costumbristas, esas que no terminan nunca de describir nacimientos, enfermedades y muertes; en la de un sexólogo a los relatos eróticos o pornográficos, eso es fácil de entender; en la de un cirujano historias de amputaciones o prótesis como Frankenstein por ejemplo; en la de un psicólogo novelas de amor o de fracaso; en la de un pediatra cuentos infantiles o de evocaciones; en la de un proctólogo relatos de homosexualidad.

Me refiero, desde luego, a la imaginación, no a una relación torpemente causal; a una semejanza, a un orden de lo real que en la literatura, el cine o el teatro aparece transformado para un deleite tal que si guardan relación con las salas de espera de los consultorios de especialidades, a quién le importa.

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