CONTRATAPA

Restart

 Por Rodrigo Fresán

Desde Barcelona

UNO La orden/sugerencia en nuestras pantallas cuando algo no salió bien, cuando los programas no se cargaron ok, cuando se detectó un error, cuando mejor hacer como que aquí no ha pasado nada. Y volver a empezar. Va de nuevo. Restart. Una magia modesta al alcance de la mano. Una huida de ratón. Borrar lo sucedido, perder el pasado, no salir a buscarlo. Dejarlo atrás. Tachar más que arrepentirse.

DOS Leo en The New York Times que se viene una revolución en la DC Comics. Una tormenta perfecta y revisionista y re/generacional. Un salir a capturar jóvenes –en tiempos en que las películas y los videogames con superhéroes venden tanto más que el papel y la tinta– prometiéndoles nueva génesis de la que serán testigos privilegiados y adiós a mitos de abuelos y padres pacientemente trabajados. Me incluyo allí, entre ellos: soy de la generación en que estas fracturas históricas sólo se permitían gracias a la trampa de las “aventuras imaginarias” o al reflejo alternativo y encandilador de aquella Tierra 2 o a esa desconcertante y regocijadora polución pop del Batman televisivo con pancita y bailando el Batusi. Pero eran feriados ocasionales. Y los semidioses nacidos en tiempos de la Gran Depresión norteamericana y traducidos en México guardaban las formas, respetaban sus manuales de instrucciones y buenos modales. Después –yo ya no estuve allí, yo ya andaba viajando con el Corto Maltés e investigando con Alack Sinner y revisando la Buenos Aires de Juan Salvo– supe de oídas y de vistazos de muertes y resurrecciones de Batman y de Superman y de la periódica renovación de trajes y rostros en el cine arrastrado por el encanto de las precuelas. Así, el Hombre Murciélago subió y cayó y ahora está más alto que nunca. Superman (en cambio) se estrelló estrepitosamente en su última incursión de celuloide y ya se promete puesta a nuevo. Y la Marvel (que en el 2000 había hecho borrón y cuenta nueva con la creación de Ultimate Universe, ya anunció la publicación del último número de X-Men para octubre, y no hace mucho mató a uno de los Fantastic Four) no deja de despachar productos de calidad media como Thor o inesperadamente gratificante como X-Men: First Class. Pero lo de la DC es cosa seria: el 31 de agosto, 52 series darán marcha atrás hasta su Big Bang y, sí, restart. A comprar los flamantes números 1, guardarlos bien y que nuestros descendientes los subasten por cantidades millonarias a principios del siglo XXII. Habrá otra vez y Superman llevará jeans de leñador, llegará un Batman negro y africano, Catwoman será asumida finalmente como ícono erótico, y se presentará a un titán hispano de nombre Blue Beetle. El asunto –advierten los especialistas– es si una vez pasados los fuegos artificiales del estreno, estas nuevas versiones de las antiguas deidades conseguirán que la gente crea en ellas.

TRES Semejante desafío –que también marca nuestras vidas, en lo profesional y lo sentimental y en todas partes– es claramente visible en la vida de los políticos. Un diputado norteamericano –sin que nadie lo comprenda– decide enviar por Internet fotos suyas en superheroicos calzoncillos. Maradona no cesa de reinventarse sin cambiar hasta el hartazgo (sean sinceros: ¿no les da un poco de miedito el cocktail Diego + Dubai?). Y José Luis Rodríguez Zapatero –alguna vez caricaturizado con ZP en escudo pectoral y capa y uniforme y logo-ceja de Michael Keaton– ya no vuela y apenas planea en caída libre. Desgastado por la kriptonita del poder y del no-poder, respondiendo crípticamente a las preguntas sobre un adelanto de las elecciones generales, y aguantando las gracias de paladines ancestrales como Mega Felipe G arrojando puñales del tipo “Sigo siendo militante del PSOE, pero soy menos simpatizante del PSOE”. Y con compañeros de partido así, la verdad que mejor sacar pasaje de ida a la Fortaleza de la Soledad. No es el único en horas bajas: luego de las protestas en el mundo árabe (el rey de Marruecos, por las dudas, se restó constitucionalmente superpoderes mutando, con terminología à la Stan Lee, de “sagrado” a “inviolable”), las monarquías del Viejo Mundo contemplan con inquietud las masas de indignados tomando las calles de España (hasta no hace mucho potencia mundial, pero ahora “país periférico”) al grito de “los Borbones a los tiburones” y “Yo quiero un pisito como el del Principito”. Y los banqueros y políticos continentales esperan que pase un terremoto que no parece conformarse con ser, apenas, temblor. La gente sale a la calle (fueron miles el pasado domingo), los vecinos se organizan en plan Fuenteovejuna para impedir desahucios, y se enarbolan elaboradas consignas como “Hemos sido hijos de la comodidad pero no seremos padres del conformismo”. Y entre todo esto y estos, como siempre, los infiltrados, las virus, los anticuerpos. El peligro latente en esa máscara de Anonymous de sonrisa tan parecida a la del Joker y, ahí, ese indignante y sistemático antisistema que, durante la última batalla de Barcelona, intentó robarle su perro lazarillo a un diputado ciego.

CUATRO Otros buscan soluciones más cómicas sin dejar de lado el comic. Un pequeño pueblo de Málaga llamado Júzcar, 170 casas, consintió –por un puñado de euros– en ser pintado al completo de azul para así promocionar el inminente estreno cinematográfica en 3D de Los Pitufos. Y ahí están: pitufizados. Y el dueño del bar rebautizado La cueva de Gargamel –malvado en el que más de uno creyó detectar ciertos rasgos antisemitas cortesía de Peyo en el contexto de una utopía totalitaria, y no olvidar esa aventura en la que son “invadidos” por pitufos negros– dice que vende más cervezas que nunca por el aumento de turistas. Y son muchos entre los 250 habitantes que ya están pensando en quedarse azules para siempre para ver si así se acaban los blues. Todo bien. Recomenzar. Pero me digo que la maniobra sería peligrosa de crecer a modo y tendencia y epidemia de inasible bacteria e-Comic. Todos a historietizarse histéricamente para escapar al estruendo histórico de las onomatopeyas tipo CRASH! CRACK! PLAF! UFFF!

CINCO Y noches atrás volví a ver la que posiblemente sea la mejor película sobre la naturaleza del comic de superhéroes. Paradójicamente es, también, una de las menos espectaculares y seguramente la más hablada. En Unbreakable de M. Night Shyamalan, el sufrido y reticente y más bien común mortal David Dunn (Bruce Willis) viste apenas un impermeable de trabajo e intenta esquivar la responsabilidad de saberse titán. Como suele ocurrir, es un formidable villano mucho más “interesante” que Dunn (el Elijah Price a.k.a. Mr. Glass de Samuel L. Jackson) quien logra arrancarlo de su letargo para hacerlo pasar a la enaltecedora acción. La realidad, en ocasiones, funciona exactamente así a la hora de pinchar grandes globos supurando &*Ç?¿+?%@#!!! o de inflar globitos con buena letra. A ver qué pasa. El problema, sí, es que cuando no estamos dándole constantemente a la tentación de esa orgásmica y pequeña muerte del restart –sin aprender nada de la experiencia de anteriores episodios– vivimos entregados a la eterna y frígida resignación del continuará...

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