CONTRATAPA › ARTE DE ULTIMAR

Todos con el culo en la pared

 Por Juan Sasturain

Perdón por el exabrupto popular. Machista y políticamente incorrecto. Lo admito. Por eso, recalculo (disculpas, otra vez): partamos, antes que nada, con la satisfacción de que estemos celebrando una nueva elección en plena democracia. Bien por nosotros. Nada ni nadie nos va a bajar de la convicción de que por acá, por estos imperfectos pero perfectibles medios y estos saludables fines, pasa nuestra posibilidad de construir una sociedad en unión y libertad. El que gana gobierna y el que pierde se la banca.

Y en consecuencia, lógicamente, felicitaciones y reconocimiento a los que mayoritariamente eligieron esta vez lo que les parecía mejor (los globos más lindos y mejor inflados: ahora celestes y blancos) y han hecho que a partir de las próximas semanas tengamos nuevo gobierno legítimo en ejercicio y en funciones. Nada que objetar. Sobre todo porque seguramente algunos o muchos votaron desde la esperanza. No se merecen a esta altura pincharles el globo.

Por otra parte, ánimo y máximo acompañamiento a los derrotados electorales de los que me siento (soy) parte: así son las cosas y sólo cabe mirar los resultados de frente sin escepticismo respecto del comportamiento colectivo ni rencor resentido. Todos somos parte: este mismo colectivo de país votó otras cosas/personas hace un tiempo no lejano. Ahora, no. Listo: a aprender lo que se pueda de esta experiencia. Más de diez años de gobierno desgastan a cualquier (incluso el mejor) proyecto, sobre todo por la falibilidad de las personas. Algo o mucho se habrá hecho mal. Pero nada indica (nada, absolutamente nada) que lo que viene más allá de los discursos de tarjeta de fin de año será mejor. Y sin embargo, es lo que habrá y hay que aceptarlo.

En esta oportunidad –como dicen los vendedores callejeros– no les voy a dedicar ni un momento ni reflexión a los medios de comunicación (estoy usando uno) porque sobre su perverso papel mayoritariamente distorsionador ya me/nos hemos explayado largamente. Y hay que cuidar el hígado para lo que viene. Va a ser lindísimo (es un modo eufemístico de decir) comparar el comportamiento de los medios hegemónicos a partir de este momento con relación a los nuevos poderes legítimamente constituidos, al que tuvieron hasta ahora nomás. Tomémonos un tiempo para poder analizarlos.

En cuanto a las sensaciones, no cabe ser pesimistas ni diagnosticar desgracias porque el que opina que se viene la malaria termina deseando que venga para tener razón. Y eso es muy enfermo: deseamos, como siempre, que estemos todos mejor. La joda es que solemos coincidir en qué quiere decir mejor pero no en quiénes somos todos.

Uno de los problemas es que –y de ahí la discusión– no pensamos lo mismo respecto de qué somos como totalidad, qué es un país o qué es una nación. Para muchos de nosotros, es –o debería ser– algo así como una familia, una comunidad unida por la experiencia, la memoria y la historia en común, cuyo tácito principio es el cuidado recíproco de sus integrantes. Para otros, en cambio –y es el pensamiento vigente, casi presupuesto– Argentina es una empresa (capitalista salvaje, claro: ni siquiera una cooperativa) y las reglas que han de regir su funcionamiento (para ser “exitosa”) son las empresarias, las que se enseñan en las putas escuelas de negocios o las “universidades de la empresa”: rentabilidad, viabilidad, competitividad, marketing y todo lo que se deduce de esos principios acordes –lo sabemos– con la filosofía vigente, reinante y avasallante de la vergonzosa actualidad histórica de este Occidente que nos toca vivir.

La manifestación más flagrante y perversa de esta concepción de la Argentina como empresa y no como nación soberana y solidaria formada por personas libres y por sujetos de derechos, es la preeminencia absoluta y de últimas de la banca, de los bancos en general, de la patria financiera como jodido sujeto decisorio de la que los gobernantes y funcionarios ocasionales son servidores obedientes: éstos son los dueños de la pelota, los que proponen la lógica de las transacciones, el destino último de la comunidad engayolada a sus intereses particulares. Y eso es universal: ése es el poder mundial, y ése el poder mediático globalizado que se felicita –miren los títulos de CNN, plis– por este resultado electoral, ya que hasta ahora les jodían y molestaban las políticas de confrontación con los ladrones que se llevaban adelante desde el gobierno. Para muchos vivos y otros tantos (millones de) giles esta nueva política manipulada por los operadores del establishment significará “terminar con el aislamiento”, “abrirse al mundo”. “No comment”, como diría el Coco Basile. O “retornó al coloniaje” como dijo Jauretche ante el Plan Prebisch, hace medio siglo largo y tan cercano.

Seré lechuza criolla desde el palito: los que tan clara y justamente acaban de ganar nos endeudarán otra vez (porque, rivadavianamente es lo lógico, “no les parece mal”), nos alinearán con las decisiones y la política exterior del feroz Imperio, “sincerarán” la economía para joder a los del medio para abajo, y así me permitirán desplegar todas mis sospechas –fundadas en su jodidísima experiencia de gestión totalitaria (vetos múltiples a todo lo que no le gustaba al Ejecutivo) y antipopular en esta Buenos Aires convertida en CABA– de que se traen el cuchillo bajo el falso poncho criollo. Ya lo explicó tan bien Alfredo Zaiat acá y en otras partes que qué voy a decir yo, gilito embanderado y discepoliano. Lo único que recomiendo es –a partir de ahora y después de darles la mano a los ganadores con el mejor deseo de que todos (pero todos) estemos mejor– que nos coloquemos cautelosamente con el culo en la pared.

Por si acaso, digo.

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