CONTRATAPA

Bueyes

 Por Juan Gelman

El jueves pasado, W. Bush dijo finalmente “I’m sorry”. Tardó, le costó, pero lo hizo. Las fotos de policías militares yanquis torturando y humillando a civiles iraquíes prisioneros en la siniestra cárcel de Abu Ghraif –símbolo de la ferocidad represiva de Saddam Hussein– habían dado la vuelta al mundo con las consecuencias previsibles, especialmente en el mundo árabe. “El poder militar de EE.UU. se muestra como lo que es: un monstruo con reacciones de buey musculoso y con la inteligencia de un ratón”, definió el medio saudita Arab News. También provocaron repugnancia y rechazo en no pocos norteamericanos. Las explicaciones de la Casa Blanca son inconvincentes.
El presidente Bush habló de “errores de la democracia”, como si el “error” original no fuera la invasión de un país con pretextos inanes.
Pero ocurre que esos delitos contra la humanidad, violatorios de los pactos internacionales de los que Washington es parte, fueron cometidos por estadounidenses presuntamente democráticos criados en la gran democracia del Norte –así se dice– que declaró su propósito de llevar la democracia a Irak. ¿Qué falla en la sociedad civil de la que salen tales ciudadanos? ¿O se trata de la institución militar y de la “obediencia debida”? ¿O más bien ocurre que la empresa que emprendieron los halconesgallina, como todas las empresas coloniales, “desciviliza” al colonizador “civilizado”, según señaló el gran poeta Aimé Césaire?
El general Richard Myers explotó otro filón: “Es realmente una vergüenza que apenas un grupito pueda manchar la reputación de centenares de miles de nuestros soldados y marineros, hombres de la aviación y marines”. Para el jefe del Estado Mayor Conjunto de las fuerzas armadas estadounidenses se trata de una cuestión de imagen, no de tortura a prisioneros inermes, no de un grave insulto a la tradición local, no de la humillación de los sojuzgados. Y lo de siempre: los crímenes son obra de un puñado, nunca del conjunto, son excepciones, “excesos”, afirmaba la dictadura militar argentina. Como si no dimanaran de una cultura social, económica e institucional que moldea la conciencia cívica de una nación.
Hace un año que Amnistía Internacional viene denunciando las torturas y malos tratos que las tropas ocupantes infligen en busca de información a prisioneros afganos e iraquíes. Esos “interrogatorios” han causado 25 muertes hasta ahora declaradas, que para AI son la punta del iceberg. La aseveración oficial –un grupito de delincuentes– ha sido previamente cuestionada por el general norteamericano Antonio M. Tabuga, autor de un informe confidencial que abarca la situación de los prisioneros iraquíes en Abu Ghraif desde octubre hasta diciembre de 2003. Dicho informe data de febrero de este año, pero sólo recientemente fue difundido por distintos medios. La lista de torturas, tratos crueles y degradantes que confeccionó el general es aberrante.
Cumpliendo órdenes de los servicios de inteligencia del ejército y aun de mercenarios alquilados por la CIA, los policías militares a cargo de ese penal se dedicaban a “preparar las condiciones para los interrogatorios”, es decir: a amenazar de muerte a los prisioneros pistola en mano; a intimidarlos con perros del ejército; propinarles puñetazos, bofetadas y puntapiés: pegarles con un palo de escoba y una silla; saltar con las botas puestas sobre los pies descalzos de los presos; sacar fotos y filmar videos de prisioneras y prisioneros desnudos; obligarlos a tomar posiciones sexuales explícitas para fotografiarlos; obligar a los hombres a desnudarse y a usar ropa interior femenina; obligarlos a masturbarse mientras eran fotografiados; amontonarlos desnudos y saltar sobre ellos; sodomizar a alguno con un palo de escoba; fotografiar prisioneros muertos en la tortura. Etc. Esta insistencia en la humillación sexual de los prisioneros iraquíes llevó al periodista Philip Kennicot a preguntar (The Washington Post, 5-5-04): “¿Es casual que estas imágenes sean tan parecidas a los videos porno caseros que pasan diariamente en Internet? ¿Qué expresen exactamente la naturaleza y el sentimiento de decadencia sexual que buena parte del mundo deplora en nosotros?”. Pues no parece casual.
Para el general Tabuga, más del 60 por ciento de los prisioneros iraquíes nada tiene que ver con el terrorismo o la resistencia y ésos deberían ser puestos en libertad. Sin embargo, muchos siguen presos por tiempo indeterminado y, desde luego, sin proceso. Viven amontonados en jaulas de alambre, como los de Guantánamo. Y suenan a ironía o cinismo las declaraciones que en diciembre pasado formulara al Saint Petersburg Times la general de reserva Janis Karpinski, removida en razón del escándalo del cargo de responsable de los tres penales militares de EE.UU. en Irak donde se hacinan más de 10 mil iraquíes: “Las condiciones de vida (de los prisioneros) son ahora mejores en la cárcel que en sus casas. Hasta llegamos a temer que no quisieran irse”.
Los legisladores estadounidenses piden explicaciones al gobierno. El viernes tuvo que declarar ante el Senado el jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld, y responder a dos preguntas, entre otras: cómo pudo suceder algo así y por qué tardaron tanto los senadores en saberlo. El martes pasado, luego de una reunión a puertas cerradas del comité senatorial de las fuerzas armadas, Edward Kennedy advirtió a los periodistas que las fotos publicadas eran sólo “el comienzo y no el final” de nuevas acusaciones de torturas por venir. “No parece que sean incidentes aislados.” Así dijo, sin decirlo, lo evidente: las torturas a los prisioneros iraquíes son indiscriminadas y sistemáticas. La ocupación envilece al ocupante, como bien saben los “refuzniks” israelíes.

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