CULTURA › “EL HOMBRE QUE CAMINA”, EN LA SALA VILLA VILLA

La vida como as unto relativo

La obra de teatro físico que proponen Pilar Beamonte y Ana María Garat busca modificar en el espectador las nociones de tiempo y espacio, a través de un novedoso dispositivo escenográfico.

 Por Silvina Friera

Si la vida y la muerte representan dos caras de la misma moneda, el hombre sólo se diferencia del animal porque, consciente de su finitud, anhela la inmortalidad. Tal vez la existencia se parezca bastante a la imagen que transmite el que se está ahogando y manotea desesperadamente los bordes. “Cuando nacemos, la única certeza que tenemos es que vamos a morir. Desde ese punto de vista todo lo que hace el hombre es pasar el tiempo. Lo absurdo de la existencia es que por más que planifiquemos empecinadamente nuestro futuro la muerte es inevitable. Otro aspecto absurdo es la espera: el ser humano siempre está esperando que las cosas mejoren, cuando ese propósito resulta una misión imposible”, cuenta Pilar Beamonte, bailarina y coreógrafa que, junto con Ana María Garat, ideó y dirige El hombre que camina, espectáculo de teatro físico que acaba de estrenarse en la sala Villa Villa del C. C. Recoleta (Junín 1930). “El título es una alegoría sobre el transcurrir ilógico de la existencia. Caminar es una metáfora del hacer”, dice Beamonte a Página/12.
Un contenedor de estructura tubular en tres niveles, diseñado por las arquitectas Adriana Vázquez y Mariana Ibáñez, permite que los espectadores se ubiquen en el centro del espacio, mientras que los intérpretes realizan escenas simultáneamente en la periferia (en los laterales, delante y detrás del espectador, por debajo y por arriba). Al subvertir la relación entre el espectador y los actores-bailarines, el público siente la necesidad de desplazarse para observar otras perspectivas, distancias y encuadres. “Todas las relaciones humanas vinculadas con la violencia, la manipulación, el sometimiento y el poder también parecen absurdas porque el destino ineludible de los hombres es la muerte. Pero planteamos lo absurdo desde un lugar tragicómico porque logramos reírnos de esto”, explica Beamonte, graduada en la prestigiosa Martha Graham School of Contemporary Dance (Nueva York). Además de las directoras, que interpretan diversos cuadros, participan Eduardo Campo, Gabriela Branda, Fabián Gandini, Cecilia Massa, Edgardo Mercado, Dalilah Spritz, Patricia Zapata, Lucio Baglivo, Darío Rodríguez, Lisa Streif y Paula Rosignoli, entre otros bailarines y actores. El diseño de iluminación y la coordinación actoral son de Omar Pacheco, director del Grupo Teatro Libre y de las obras Cinco puertas, Memoria y Cautiverio.
Se recomienda a los espectadores dejar en la puerta la noción de que se hace camino al andar y otras de similar índole. Una vez despojados de los prejuicios, deberán entregarse al desafío de una propuesta provocadora: con música industrial, los recursos de repetición y superposición de imágenes, acompañados por un movimiento envolvente, provocan una sensación de vértigo. “Nos interesa mostrar la cara absurda del caminar, concepción que late en una multiplicidad de secuencias donde el tiempo y el espacio se vuelven relativos”, aclara Garat, ex integrante del ballet del San Martín y miembro del grupo Nucleodanza durante diez años. “Con la escenografía y la iluminación buscamos producir cierta inestabilidad emocional en el espectador en cuanto a la percepción de las distancias, que no pueda comprender cuán lejos o cerca está de lo que sucede”, explica Beamonte. “Usamos mucho el criterio de quitar el piso con respecto de la luz, para lograr escenas que parezcan como si flotáramos en el espacio.”
Garat comenta que hay cuadros que ponen de manifiesto la idea de la jerarquía y la burocracia. “A partir de la rivalidad, generada por la competencia, el hombre intenta acaparar la mayor cantidad de espacio posible. En muchas secuencias, los movimientos transmiten esta cuestión, pero lo más interesante es que, después de esa pugna aparente, todos terminamos en el mismo lugar”, señala Garat. En esta lucha por sobrevivir, acumular prestigio y “ganar” el reconocimiento público, el humor se funde con la tragedia, y en algunas acciones los hombres aparecen cosificados, sustituidos por objetos. Según Beamonte, el lenguaje que prevalece es el movimiento que va de lo sutil a lo metafórico, pero considera que está alejado del lenguaje de la danza contemporánea, muchas veces hermético y abstracto. “Además de lo absurdo de la vida, el espectáculo tiene tres hilos: la rivalidad entre los seres humanos, la relatividad del tiempo y del espacio”, precisa Beamonte. “Nos preguntamos qué pasa con el tiempo, hay escenas que tienen mucho movimiento y duran muy poco. Otras de mayor duración apenas tienen movimiento. Esta dialéctica genera una pérdida de conciencia del tiempo. El espacio es relativo; nos reímos mucho del ser humano que quiere ocupar mucho espacio. A partir de la superposición de imágenes, muy cinematográficas, queremos generar desconcierto, que el espectador dude, no sepa qué pasa con lo espacial y lo temporal.”
Identificadas con la estética teatral de Pacheco, Garat y Beamonte estuvieron becadas en Londres y en la inauguración del Greenwich and Docklands International Festival, el año pasado, presentaron Thank you, this awful. “Me cuesta catalogar este espectáculo con etiquetas de teatro, danza o teatro-danza. Lo acercaría al teatro físico, porque me identifico con una compañía que trabaja en Londres, DV8 (fundada por el coreógrafo Lloyd Newson), y creo que lo que hacemos se aproxima a esa estética. En el teatro físico los bailarines son individuos que están representando o entretejiendo la realidad. Una de las características es que se trabaja a partir de las individualidades de los intérpretes, con improvisaciones, pero nunca con una idea impuesta del movimiento”, sostiene Garat. “En esta puesta, cada espectador puede proyectar una lectura abierta desde su propia sensibilidad. El ballet posee una narrativa cerrada y la danza contemporánea, en el otro extremo, a veces ni siquiera tiene narrativa. Buscamos un contacto más emocional y sutil con el público. Esto nos diferencia con De la Guarda –advierte Beamonte–, que busca directamente el contacto físico. Nunca tocamos al espectador porque preferimos generar otro tipo de sensaciones, que sea el público el que intente acercarse.”

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“Queremos generar cierto desconcierto en el espectador”, admiten las autoras de “El hombre...”
 
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