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Grondona: deuda, opinión pública y manipulación privada

En estos días la Argentina está encarando una negociación sin duda crucial y decisiva para su futuro: la refinanciación de su deuda externa en default. Existe absoluto consenso en que de su resultado dependerá en buena medida nuestro destino como país en los próximos años. Esa negociación es sumamente compleja, afecta numerosos intereses, y por ello es comprensible que existan presiones, fuertes divergencias y opiniones encontradas sobre la forma en que el Gobierno la encara. Lo que en cambio no es admisible es que a través de medios de comunicación sean emitidos como veraces datos erróneos y falaces sobre el pasado argentino.
Esto es lo que ha realizado Mariano Grondona en su columna del 10 de octubre en el diario La Nación, al reseñar la historia de nuestra deuda externa y referirse a la crisis de 1890. Allí afirma que el endeudamiento de entonces se empleó en “obras de desarrollo formidables” y concluye que Avellaneda y Pellegrini lograron evitar el default prometiendo pagar “aun con el hambre y la sed de los argentinos” y “rematando de ser necesario la Casa de Gobierno”. Según Grondona,
de ello se desprende que “cuando un país deudor muestra voluntad heroica de pagar gana la confianza de los acreedores y no tiene que hacerlo”. El mensaje del Dr. Grondona es claro. Lamentablemente, los hechos históricos son absolutamente diferentes.
Como lo indica cualquier texto medianamente serio de Historia Económica, la Argentina en 1890 entró en default, y así estuvo técnicamente por dieciséis años, hasta 1906, cuando terminó de renegociar su deuda, y tuvo nuevamente acceso fluido a los mercados internacionales de capitales. Pellegrini intentó en 1891 salir del default sólo por una porción de la deuda: los títulos nacionales (poco más de un quinto del total). Pero el resultado de su intento fue tan desastroso que tan pronto asumió el nuevo gobierno de Luis Sáenz Peña, se debió denunciar el acuerdo anterior e imponer en forma casi unilateral uno nuevo, calificado por el mismo Pellegrini de “concordato compulsivo”.
En segundo lugar, los acreedores de entonces (véase el Bankers Magazine de Londres) se mostraron muy irónicos y escépticos con las afirmaciones de Pellegrini. No estaban interesados en el hambre y la sed de los argentinos, ni siquiera en su Casa de Gobierno. Lo que querían era oro, o en su defecto libras esterlinas y la política económica de Pellegrini había dejado en caja reservas por sólo 3407 libras, para una deuda argentina total que se estimaba en 200 millones de esa moneda. Por último, es muy discutible que la deuda de entonces se haya empleado en “formidables obras de desarrollo”. Las estadísticas aduaneras muestran que los bienes de capital importados en 1889 constituían un escaso 25 por ciento del total, y el impresionante contrabando de la época permite suponer que este porcentaje, en la práctica, era mucho menor. Todo indica que también entonces la deuda se invirtió fundamentalmente en consumo, por momentos muy ostentoso, en crear estructuras clientelísticas nacionales y provinciales, y por sobre todo en préstamos, desde luego nunca devueltos, que la banca oficial efectuara a ciertos y determinados “particulares”.
Podemos concordar con el Dr. Grondona en que la historia puede servir de guía y orientación frente a los interrogantes del presente. Pero para ello es menester no tergiversarla a sabiendas, para transmitir subliminalmente a través de ese relato falseado la posición de los acreedores del presente.
* Jorge Gaggero, Ricardo Gerardi, Pablo Jacovkis, Israel Lotersztain, Roberto Perazzo, Alejandro Peyrou y Víctor de Zavalía.

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