ECONOMíA › PANORAMA ECONOMICO

Italia, campeón del Mundial 2006

 Por Alfredo Zaiat

Italia será campeón del Mundial de Fútbol de Alemania. El equipo de Pekerman llegará hasta la semifinal, pero si Argentina gana y finalmente se queda con el trofeo será el momento de vender acciones y títulos públicos de ese mercado. Alemania no está entre los favoritos a ganar la copa dorada pese a la ventaja de ser anfitrión. Las plazas bursátiles de los países participantes pueden tener un impacto negativo en caso de una derrota de su equipo, pero una victoria no se reflejará en las cotizaciones. En el país organizador, el torneo incentiva a los sectores vinculados a “bienes de consumo básico” y no tanto al “de medios de comunicación y transporte” pese a que se puede estimar a priori que existe una elevada correlación de esa actividad con ese evento. La influencia positiva sobre el PIB en la nación anfitriona perdura más allá del año del torneo. Y el estado de ánimo general positivo por la magnitud del espectáculo influye psicológicamente en el mercado bursátil. Estos y otros pronósticos y análisis sobre la Copa Mundial de Fútbol 2006 forman parte de un reporte de 42 páginas elaborado por un equipo de economistas del poderoso y prestigioso banco de inversión suizo UBS.

Hoy, a las 16, Argentina comienza a jugar el Mundial en Alemania. En los próximos días, amantes y enemigos de la pelota quedarán atrapados del espectacular negocio manejado por una de las multinacionales más poderosa de la tierra, la FIFA. El fanático, el hincha tradicional y el exclusivo para los mundiales depositarán sus deseos y angustias en once jugadores que dentro de la cancha pueden hacer feliz o entristecer a una mayoría. “A los banqueros también les gusta marcar goles”, según se presenta el equipo de economistas de UBS, pero no con una pelota pasando la línea del arco, sino “con métodos profesionales como, por ejemplo, en la elaboración de una estrategia de inversión o de recomendaciones concretas para invertir”. A partir de esa declaración de principios, elaboraron un documento donde pronostica el desarrollo del torneo utilizando métodos estadísticos. Así el jugador Andreas Höfert, director del equipo de economistas de UBS, sentenció que Italia será campeón mundial. El superior de ese team, Klaus W. Wellershoff, al mejor estilo Julio Grondona, se ataja y en el prólogo advierte que “más seria es la investigación de las regularidades estadísticas en los mercados accionarios de los países emergentes”. En ese trabajo se concluye que las derrotas tienen un efecto negativo sobre los mercados, pero las victorias, en cambio, no despliegan ningún efecto positivo.

Höfert defiende su tarea, con el mismo entusiasmo que Sorin corre todas las pelotas, asegurando que apeló a las herramientas estadísticas y a la econometría para ofrecer el escenario más probable del Mundial de Fútbol. Determinó, con paso cansino similar al de Riquelme, que el club de los campeones mundiales es muy exclusivo, con siete en 17 ediciones, y que cinco concentran el 90 por ciento. También que apenas 24 países obtuvieron al menos uno de los 68 puestos en una semifinal a lo largo de la historia de los mundiales. Y que sólo 75 asociaciones de fútbol se han repartido las 361 plazas desde el campeonato de 1930. Adelantó, con una prestancia semejante de la que hace gala Cambiasso, que no todos los países tienen las mismas chances de quedarse con la copa, destacando que el local tiene ventaja teniendo en cuenta que seis de los diecisiete campeonatos fueron ganados por el equipo del país organizador. Lo mismo sucede cuando se considera el continente de origen del equipo triunfador. Los latinoamericanos terminaron victoriosos en los seis mundiales que se realizaron en su región, mientras que los europeos lo hicieron ocho de nueve (la excepción fue Brasil en 1958, en Suecia). Höfert no encontró, como el Pato Abbondanzieri la pelota en los centros cruzados, que los factores socioeconómicos determinen las posibilidades de ganar el Mundial. Lo intentó. Consideró variables demográficas (el tamaño de la población –como aproximación a la cantidad de potenciales talentos–, la edad media de la población, el porcentaje de población urbana, la tasa de natalidad) y variables macroeconómicas (el Producto Interno Bruto per cápita, el crecimiento promedio de los últimos cinco años, el desempleo, la inflación). Y nada. No encontró ningún denominador común socioeconómico entre los países que fueron campeones del mundo. Se lamentó, como Tevez en el banco de suplente, que “la pasión por el fútbol no es directamente cuantificable” en base a indicadores económicos.

A partir de esa base, se acerca el momento de empezar a definir el modelo para saber quién será el campeón. Dos variables son relevantes en casi todas las simulaciones, explica Höfert, con el idéntico entusiasmo de Pekerman en las conferencias de prensa: la cantidad de participaciones en un Mundial y la cantidad de clasificaciones para la semifinal. Después suma a esas dos variables “históricas”, otras dos. La primera, la cantidad de jugadores destacados en un equipo, tomando como base de información la lista que publicó Pelé de los 120 mejores. De esas estrellas, 30 participarán del Mundial. La segunda es el “rating Elo” de selecciones –el confeccionado en marzo del año del Mundial–, cuyo nombre se debe al físico y ajedrecista húngaro Arpad Elo y que se utiliza para calificar a los grandes campeones de ajedrez. Por ejemplo, tiene en cuenta el hecho de que es más importante un triunfo contra Brasil que contra Andorra, o que una victoria como local vale menos que una como visitante. Y finalmente, Höfert calculó, con clase de guerrero como la que exhibe Heinze, todo el calendario de partidos del Mundial con la ayuda del modelo Probit (una estimación que permite precisar las probabilidades de que se produzca un determinado suceso).

Así, Höfert recuerda, con parecida elegancia a la de Crespo gritando sus goles, que con ese modelo ha pronosticado “correctamente” para los cinco últimos mundiales entre 13 y 15 de los 16 clasificados para los octavos de final. Y que acertó en todos los ganadores de esa instancia. Disminuye bastante en la siguiente ronda, en los cuartos de final, al reconocer que “nuestro modelo pronosticó correctamente el 65 por ciento de los ganadores”. En esa instancia, Höfert dice que “la llegada de los equipos de los cuartos de final a la semifinal es, por lo tanto, el pronóstico más difícil”, aunque asegura que “sólo parece claro el triunfo de Brasil contra España”. En cambio, Alemania-Argentina, Italia-Francia y Holanda-Inglaterra “presentan probabilidades similares”. Pero el Mascherano de la banca UBS no se achica y da como ganadores a Argentina, Italia y Holanda. “Nuestro procedimiento ha pronosticado para los pasados nueve mundiales el 89 por ciento de los ganadores de los partidos de semifinal correctamente”. Considera que el triunfo de Argentina sobre Italia en el Mundial de 1990 “se debe constatar como un error del modelo”. La final la jugará según el economista de UBS, entonces, Brasil e Italia. “Nuestro modelo probabilístico se inclina a favor de los italianos.”

Ahora bien: ¿qué seguridad ofrece esa estimación? “Si se recorre en sentido inverso el camino de Italia hasta la primera ronda, sólo tiene el 9 por ciento de probabilidad de ganar el Campeonato Mundial”, concluye Höfert, con igual ilusión que tiene de jugar Ustari. Esa probabilidad es tres veces mayor que 1/32, pero de todos modos muy reducida.

Este trabajo de simulación revela como ninguno la tarea del economista pronosticador. Toda la ciencia, las herramientas estadísticas a disposición y la elaboración de modelos sofisticados aplicados para saber qué va a pasar. Y casi nada. O muy poco. El problema es que esos mismos economistas hacen lo mismo con “métodos profesionales” para subir o bajar el pulgar a países con la misma seguridad y la tan poca certeza como pronostican el campeón del Mundial 2006.

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