EL MUNDO › ESCENARIO

Otra vez sopa

 Por Santiago O’Donnell

La mesa estaba servida. La última ronda de Doha para lograr un acuerdo de comercio a nivel mundial había fracasado en mayo. Con Estados Unidos fuera de juego por el cambio de gobierno, la mirada de Latinoamérica volvió sobre Europa.

Europa buscaba nuevos aires para paliar la crisis inmobiliaria y frenar la suba de los precios de alimentos y petróleo. En esa búsqueda Latinoamérica lucía más atractiva que nunca: crecimiento record en la región, emergencia de Brasil como jugador a nivel mundial, desconexión de la crisis financiera global, apreciación de los commodities, estabilidad política y militar, avance en los procesos de integración hacia adentro a partir de la emergencia de una camada de líderes con afinidades políticas y pasados compartidos.

A nivel político, las relaciones entre las dos regiones nunca habían sido mejores. A nivel económico, las disparidades parecían achicarse y asomaban interesantes áreas de potencial complementación, sobre todo con el pujante Mercosur motorizado por Brasil.

“De alguna manera u otra, podremos avanzar más rápido con la Unión Europea el próximo semestre”, avisaba el canciller brasileño Celso Amorim al periódico británico The Guardian dos meses atrás, hablando en nombre del bloque comercial que Brasil comparte con Argentina, Venezuela, Paraguay y Uruguay.

Unos y otros se vieron las caras el mes pasado en la cumbre de Lima, a la que Europa mandó una delegación de alto nivel encabezada por el español Rodríguez Zapatero y la alemana Merkel, mientras Latinoamérica correspondió con la presencia de casi todos sus mandatarios. No sería un intercambio fácil. Los mismos obstáculos que habían surgido en Doha se repetían en Lima. Europa exigía acceso a la industria, los servicios y las compras gubernamentales a cambio de admitir más volumen de producción agrícola. “Te piden todo a cambio de casi nada”, dijo un diplomático que estuvo allí. Dentro del Mercosur Argentina adoptó la posición más dura. Igual que en Doha, donde Argentina se había unido a India y Sudáfrica para enfrentar la intransigencia europea, mientras Brasil y Estados Unidos se mostraban más flexibles.

En Lima, después de una presentación del negociador francés que algunos equipararon a la lectura de un pliego de condiciones, Cristina Kirchner les espetó a los representantes europeos que los tiempos en que les compraban espejitos de colores habían pasado.

Los intercambios en Lima habían sido ásperos, pero dejaban margen para acercar posiciones con el Viejo Continente. Brasil mostraba interés, Venezuela entraba en sintonía con incentivos financieros para empresarios y retos para las Farc, Uruguay apoyaba cualquier apertura y Paraguay acompañaba, mientras Argentina aparecía como “el malo de la película” al decir de un negociador. El acuerdo parecía cerca, al menos más cerca. Brasil empujaba, Argentina se dejaba llevar: todo bien con España, todo bien con Alemania y tren bala con Francia.

Entonces cayó la bomba. El 17 de junio el Europarlamento votó por amplia mayoría la Directiva Retorno, que permite encarcelar hasta 18 meses a los inmigrantes ilegales hasta su expulsión definitiva, y que permite por primera vez la expulsión de menores de edad, entre otras medidas draconianas. La derecha europea, con Italia y Francia a la cabeza, hacía sentir su rigor.

La Directiva Retorno afecta principalmente a Bolivia, Perú y Ecuador, los grandes exportadores de extranjeros indocumentados con destino europeo. Pero toda América latina protestó, junto a las principales organizaciones internacionales de derechos humanos. Hubo pronunciamientos de países y bloques desde el Caribe hasta el Mercosur. Evo Morales le escribió una carta llena de reproches al comisionado europeo. Hugo Chávez amenazó con sanciones comerciales. Alan García convocó a una reunión de urgencia de la Organización de Estados Americanos. Por primera vez la región entera condenaba a Europa por violar derechos humanos e insinuaba trasladar el conflicto al terreno comercial, tal como los europeos habían hecho semanas atrás con sus advertencias a los gobiernos de Zimbabwe y Sudán.

El clima político entre las regiones definitivamente se había enrarecido. España quedó expuesta. Su gobierno socialista había votado a favor de la Directiva Retorno y algunos líderes latinoamericanos no pudieron menos que sentirse traicionados. “Los diplomáticos españoles están muy angustiados por todo lo que pasó”, confió una fuente que escuchó los lamentos en persona.

La semana pasada Rodríguez Zapatero instruyó a su canciller para que viaje a la región para explicar la posición española. Esto es, que la directiva europea no cambia la política migratoria española, que la directiva fue aprobada para evitar que algunos países de la UE mantuvieran su política de detención de ilegales por tiempo indeterminado, que la legislación española ya se ajustaba a los requerimientos adoptados por el Europarlamento, y que si votaban en contra de la directiva serían señalados como el colador de Europa y la oposición se haría un festín. En otras palabras, que lo hicieron para mejorar las condiciones migratorias en otros países de Europa y, bueno, porque no les quedaba otra.

Pero ya el jueves la tormenta empezó a amainar. A la reunión de la OEA en Washington convocada por Perú sólo asistieron dos cancilleres, el peruano y el colombiano. Hubo discursos de ocasión, el comunicado de rigor, y una difusa propuesta de mandar a cancilleres innombrados a Europa para hacer quién sabe qué planteo ante quién sabe quién. La rebelión parecía apagarse como un cigarrillo olvidado en un cenicero.

“Más que una tormenta esto parece una breve ducha –graficó una fuente que asistió a la reunión de Washington–. Hubo pataleo, pero el comercio es el comercio. Brasil se ha despegado del resto de América latina y tiene un peso inmenso en Europa, eso no va a cambiar.” El martes habrá más reproches para Europa en la Cumbre del Mercosur en Tucumán. “El discurso duro seguirá por un tiempito, pero no creo que pase gran cosa”, confirma la fuente.

Mientras tanto el acuerdo comercial para romper el patronazgo norteamericano vuelve al freezer, el liderazgo latinoamericano en la defensa de los derechos humanos universales queda en amague y la solidaridad entre los pueblos de la región se posterga al servicio de intereses supuestamente superiores. La mesa estaba servida pero la euroderecha escupió el asado. Y América latina, aturdida y sin capacidad de reacción, otra vez se queda sin el pan y sin la torta.

sodonnell@página12.com.ar

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