EL MUNDO › CHRISTIAN WULFF DIMITIO POR UN CASO DE TRAFICO DE INFLUENCIAS QUE INVOLUCRA A UN EMPRESARIO AMIGO

Acorralado, renunció el presidente de Alemania

Investigado por un préstamo que recibió de un empresario amigo y un crédito que facilitó para otro empresario amigo. Ambos empresarios habían recibido al presidente como huésped en sus casas de vacaciones. Wulff admitió “errores”.

 Por Cristián Elena

Desde Frankfurt

El presidente alemán, Christian Wulff, anuncia su dimisión junto a su esposa Bettina en el palacio de Bellevué de Berlín.
Imagen: EFE.

En el mediodía de ayer, cercado por acusaciones y sospechas sobre presuntos actos de corrupción, el presidente alemán, Christian Wulff, presentó finalmente su dimisión al cargo. Los hechos se precipitaron en la tarde del jueves, cuando la fiscalía de Hannover solicitó la anulación de la inmunidad del jefe de Estado para investigar un caso de tráfico de influencias que tendría al ahora ex presidente como protagonista.

Vale la pena hacer un poco de historia. En febrero de 2010, pocos meses antes de que la Asamblea Federal lo consagrara presidente, Christian Wulff debió responder una requisitoria en el Parlamento de Baja Sajonia (estado federal que gobernó por siete años) por haber pasado las festividades de Navidad de 2009 en Miami como huésped de su amigo y coterráneo, el empresario Egon Geerkens. Ya el mismo vuelo a Florida le había traído complicaciones a Wulff por haber aceptado un pasaje de favor en primera clase. Pero los legisladores estaban más interesados en saber si el gobernador mantenía algún tipo de relación comercial con el tal Geerkens, lo cual Wulff negó a través de una declaración oficial.

El influyente diario Bild, por su parte, publicó el 13 de diciembre último un informe según el cual en 2008 Wulff habría recibido un préstamo de 500.000 euros (a tasa de interés preferencial) de parte de la esposa de Geerkens para la compra de una casa. Sin embargo, estando sobre aviso de esa publicación inminente, el día anterior el jefe de Estado había buscado infructuosamente el contacto telefónico con la dirección del diario para al menos posponer la difusión de los hechos. En un mensaje en el contestador automático directamente amenazó a la editorial con una “ruptura definitiva” y una “guerra”.

En los días y semanas subsiguientes, mientras Wulff lamentaba públicamente el haber “callado” el tema del préstamo hipotecario, calificaba de “gran error” su exabrupto para con Bild y ganaba tiempo con declaraciones declamatorias, fueron allanadas las oficinas de su vocero, al tiempo que salían a la luz nuevos detalles sobre la llamativa cercanía a la gobernación de Baja Sajonia de algunos empresarios durante su administración.

Fue precisamente la relación con uno de ellos, el joven productor cinematográfico David Groenewold, el disparador del pedido de desafuero que terminó forzando a Wulff a dimitir. Según la fiscalía de Hannover, Groenewold habría recibido avales financieros provinciales por cuatro millones de euros para algunos de sus proyectos, mientras que Wulff –entre otras gentilezas– habría vacacionado en 2007 en la isla de Sylt a cuenta de Groenewold (aunque los abogados del entonces gobernador explicaron que éste luego saldó su parte en efectivo). El derecho penal alemán prevé penas de hasta tres años por el otorgamiento, así como la aceptación, de beneficios en ejercicio de la función pública.

Ayer, con gesto adusto y acompañado por su esposa, Wulff leyó un escrito ante la prensa en el cual evitó cualquier tipo de pedido de disculpas por la escasa transparencia de sus actos, con la frase “cometí errores, pero siempre fui sincero”, como probable esbozo de reflexión autocrítica.

Media hora después del anuncio de Wulff, la canciller Angela Merkel se dirigió a la prensa con un escueto comunicado de claro tono personal, en el cual la única declaración política fue la intención de reunirse con los partidos de la oposición para eventualmente consensuar un sucesor en la jefatura de Estado, poniendo en marcha el carrusel de especulaciones sobre los candidatos posibles.

El arco opositor, en tanto, recibió el anuncio con una mezcla de mesura y alivio. Sigmar Gabriel, líder del partido socialdemócrata SPD y antecesor de Wulff en la gobernación de Baja Sajonia, resumió ante el diario Bild: “Estamos preparados para un nuevo comienzo (...) que finalmente se vuelve posible a través de la renuncia de Christian Wulff”.

En lo que va de su gestión al frente del gobierno alemán, Merkel ostenta el dudoso privilegio de haber visto –en menos de dos años– la salida prematura de dos presidentes, ambos de extracción demócrata cristiana, al igual que ella. Curiosamente, a pesar de haber respaldado al ex presidente desde su candidatura hasta el momento mismo de su dimisión, el “affaire Wulff” no ha hecho mella en sus altos valores de imagen pública.

En el sistema parlamentario de Alemania la figura del Bundespräsident, si bien es considerado el cargo más alto al que puede aspirar un ciudadano de ese país, concentra sólo funciones representativas del Estado federal, por lo cual quien es ungido presidente debe entregar la ficha de afiliación partidaria antes de ocupar el lujoso Palacio de Bellevué (residencia oficial). Pero también es justamente esa neutralidad partidaria la que erige al jefe de Estado en una especie de símbolo de unidad nacional, una instancia ética inapelable. En otras palabras: un traje demasiado grande para quien, como Christian Wulff, anda enredándose en la mezquindad de ciertas verdades a medias.

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