EL MUNDO › LA REVOLUCION QUE PROPONE EL PAPADO DE FRANCISCO SE PARECE BASTANTE A LA DEMAGOGIA

Tres meses de frases contundentes

Desde que por primera vez apareció en el balcón central de la Basílica de San Pedro, luego de que el protodiácono pronunciara las célebres palabras Habemus papam, Francisco se ha mostrado muy diferente de sus predecesores.

Desde Roma

Quien ha conocido al papa Francisco cuando era el cardenal Jorge Mario Bergoglio, tal vez no se ha sorprendido por las cientos de frases contundentes dichas en estos tres meses por el primer papa argentino, primer latinoamericano y primer jesuita en el sillón de San Pedro. Pero para un europeo, y en particular para un italiano, acostumbrado a pontífices muy formales, que respetaban las tradiciones y las rígidas estructuras y ceremonias del Vaticano y que medían sus palabras, perfectamente digeridas previamente por sus asistentes, Francisco suena muy “revolucionario”. Y para algunos, ahora, al cabo de tres meses de pontificado, suena hasta demasiado “revolucionario”, casi “demagógico”.

La idea de preguntarse si el estar cerca de la gente y querer ser simple a toda costa podría degenerar en “demagogia”, fue de un periodista vaticanista, uno de los más famosos de Italia, Vittorio Messori, que ha escrito numerosos libros sobre temas relativos a la Iglesia. Se lo planteó con reserva, con dudas, pero así lo dijo en un programa televisivo de la RAI 1 esta semana. Y dicho por él, un conocedor del mundo vaticano por excelencia, sonó raro, porque ante ningún otro Papa se habría tal vez permitido semejante apreciación –aun con todas las reservas del caso– si no hubiera tenido tal vez algunas opiniones similares de respaldo dentro del mismo Vaticano. “A veces quedo perplejo precisamente porque no querría que se cayera en la demagogia”, dijo. Y agregó: “Lo que me da cierta tranquilidad es que siendo él jesuita, con la prudencia que caracteriza a los jesuitas, sabrá detenerse a tiempo”. “¿Es esa una advertencia al Papa?”, le preguntó irónicamente otro de los periodistas presentes en el programa.

Es que desde que por primera vez apareció en el balcón central de la Basílica de San Pedro, luego de que el protodiácono pronunciara las célebres palabras Habemus papam, Francisco se mostró muy diferente de sus predecesores. “Buona sera”, dijo, rompiendo el rígido protocolo vaticano y pidiendo enseguida que rezaran por él, en tácita alusión a la carga tremenda que debería afrontar. Y esto cayó bien a la gente que estaba en la plaza y que seguía el evento en televisión. De ahí en más, sus mensajes han sido claros, a diferencia de Benedicto XVI, un profesor de teología, cuyos discursos, de gran contenido, eran sin embargo, sobre todo al principio, difíciles de comprender.

Revolucionarias sonaron sus primeras palabras ante los periodistas de todo el mundo a los que recibió en audiencia en la sala Paulo VI del Vaticano, poco después de haber asumido como jefe de la Iglesia, el pasado 19 de marzo. “Cómo me gustaría una Iglesia pobre para los pobres”, dijo, y muchos de los miles de enviados a cubrir la elección del nuevo papa se quedaron con la boca abierta. Sonaba a una lectura progresista del Concilio Vaticano II, sonaba a la condenada (por el Vaticano) Teología de la Liberación, a curas obreros y muchas otras cosas que obligatoriamente cayeron en el olvido en estos últimos 40 años. Pero nadie se desbalanceó en ese momento. El Papa había sido recién elegido y tenía un largo camino por recorrer y muchas cosas por aprender y por reformar en la Iglesia de Roma. Pero, en sus homilías cotidianas en la misa que celebra en Santa Marta donde vive o en sus mensajes, volvió repetidamente a expresarse contra una Iglesia opulenta, contra la “dictadura del dinero” y a favor de los pobres del mundo.

Y a lo largo de los días y aún hablando un italiano con un fuerte acento argentino, Francisco se hizo entender rápidamente por todos y empezó a concentrar, como hasta el día de hoy, a decenas de miles de fieles –entre 60.000 y 90.000 según los días– cada miércoles en la audiencia pública en la Plaza de San Pedro, pero también el domingo a mediodía en el mismo lugar, para la oración del Angelus y la bendición. Además, por supuesto, de las celebraciones estrictamente religiosas, como la canonización de varios santos, dos de ellos latinoamericanos, que se hizo el domingo 12 de mayo.

Desde el principio hizo cosas que llamaron la atención. Y la gente lo siguió ferviente. El Jueves Santo, por ejemplo, en sus primeras celebraciones oficiales, fue a lavar los pies no a sacerdotes o ancianos en una de las principales iglesias de Roma como sus predecesores, sino a chicas y chicos de distintas nacionalidades y religiones en una cárcel juvenil. Desde el papamóvil abierto, cada miércoles de audiencia en la plaza, no sólo saluda sonriente y recibe regalos de la gente, sino que lo hace detener y baja todas las veces que quiere –y esto vuelve locos a los de la seguridad– para besar a los niños, o para abrazar a inválidos o ancianos, cosa que Benedicto XVI nunca hizo y que Juan Pablo II hizo alguna vez y sólo hasta que sufrió el atentado en la Plaza de San Pedro, en 1981.

Poco después de su elección, rechazó el anillo papal y la cruz de oro que llevan tradicionalmente los papas, y los eligió de plata. No quiso residir en el departamento papal, cuyas ventanas dan a la Plaza de San Pedro, y decidió vivir en un normal departamento en la Residencia Santa Marta, donde viven numerosos sacerdotes que trabajan en el Vaticano. Insistió desde el principio en que la Iglesia debe salir de sí misma e ir a la periferia para difundir el Evangelio y arraigarse en la gente. Y este concepto al parecer, que él había usado para describir la misión del próximo papa en las reuniones preliminares al cónclave, fue uno de los que convenció a otros cardenales para votarlo.

En estos tres meses anunció algunas cosas importantes para el futuro del Vaticano. Entre ellas, una comisión de ocho cardenales de todos los continentes que lo asesorarán en materia de reformas en la Curia romana pero también en cuanto al gobierno de la Iglesia universal. Se reunirán a partir de octubre. También anunció mayor transparencia en el IOR (Instituto para las Obras de Religión) o Banco Vaticano, un ente muy criticado porque a veces ha servido para lavar dinero de oscuros orígenes. Y las primeras medidas en este sentido es que el IOR tendrá un portal en Internet y publicará sus balances oficiales, así todo el mundo podrá saber dónde van a parar los fondos de la Iglesia. Pero también se dará la vigilancia sobre el banco a un organismo internacional externo.

Pero la críticas tampoco faltaron en estos 90 días y algunos diarios italianos, que las calificaron como una campaña difamatoria, las resumieron así: “¿Cuándo dejará de ser un cura de parroquia para pasar a ser el Papa?” “Dice siempre lo mismo.” “Un papa no está citando siempre las frases de su abuela.” “Lo que él hace es sólo ostentación de la pobreza.” “Es un papa demagogo.” “Ratzinger era un profesor, Bergoglio es un campesino.” La gota que colmó el vaso para los que critican a Francisco se refirió al presunto lobby gay y la corrupción que existe en el Vaticano y que supuestamente el Papa habría confirmado a algunos religiosos latinoamericanos con quienes conversó. Pero la oficina de prensa vaticana no confirmó la información publicada por la revista chilena Reflexión y Liberación, diciendo que se trató de un encuentro privado sobre el que no se hacen comentarios. No es un secreto para muchos vaticanistas la existencia de homosexuales dentro del Vaticano y de ambientes corruptos, y así lo han confirmado al menos algunos diarios italianos. Pero que lo diga el Papa, si es cierta la información, es otra cosa. Y tal vez, como arriesgaron algunos, se trata precisamente de una operación tendiente a hacer explotar los dos temas y facilitar las reformas dentro del Vaticano.

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Para un italiano, que el Papa esté cerca de la gente y quiera ser simple podría degenerar en demagogia.
 
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