EL MUNDO › OPINION

Las buenas y las malas del líder

 Por Sergio Kiernan

Por estatura moral o por estatura nomás, Nelson Mandela daba alto, era el centro de cualquier grupo. Y era una verdadera paradoja, porque en un país de voces tronantes y discursos en llamas, fue un orador de voz suave, casi transparente, y con ese raro acento inclasificable que tenía. De alguna manera, el Madiba se las arreglaba para que reinara el silencio de los que no se quieren perder ni una palabra. Era un truco pacífico y pícaro que perfeccionó en una vida de militancia compartida con picos de oro como Oliver Tambo, compitiendo con el brillante Steve Biko y tratando de frenar al zulú Mangosuthu Buthelezi. Fue, de paso, uno de los elementos que terminaron poniéndolo en esa curiosa situación de ser canonizado en vida.

Mandela arrancó como político y abogado de derechos humanos, pero terminó, tras añares en prisión, como el nudo esencial de la insoluble historia de Sudáfrica. Desde el siglo XVII, esa tierra tan hermosa se rigió por violencias realmente inescrutables, con divisiones que amenazaban de eternas y reduccionismos casi infantiles. Lo que resultaba difícil por allá era ser normal en el sentido de creerle a los ojos propios, de estirar la mano y tocar al otro, de entenderlo como un ser humano. Africa, lo sabe quien pase el mínimo tiempo por allá, tiene serias dificultades para forjar nacionalidades por encima de las identidades de lengua, de etnia y tribu. Sudáfrica complicó más al tener la única tribu blanca, nativa, con raíces de amor a la tierra.

Con lo que Madiba se encontró en el lugar de ser el único en el que todos, por buenas o malas, confiaban aunque sea un poco. Salvador del país, prenda de paz, única garantía para evitar la guerra civil. Era muy difícil de creer, pero bastaba verlo en acción para sentir –y era sentir– que en una de ésas salía bien. Mi ocasión fue hace justo veinte años, en esos finales de 1993 en que escribían casi a puñetazos una Constitución y los militares exigían garantías de impunidad. Mandela ni era candidato todavía, pero todos sabían que ganaría las elecciones del año siguiente, con lo que hasta el cuerpo diplomático lo trataba como un mandatario. Un día nos llegó el dato de que iba a hablar para la militancia en las afueras de Pretoria.

Era en uno de esos campos desolados y secos del Transvaal, mezcla de parque industrial y potreros, que se desparraman de Johannesburgo hacia la capital bordeando la autopista. Un sindicato afín al ANC, el partido de Mandela, tenía un inmenso campo de deportes y el acto era para abrir un mural en homenaje a Chris Hani, el líder asesinado en pleno día y en un café por un psicópata neonazi. Había cientos de militantes de la región, todos punteros o más, varios diplomáticos y el muy atorrante cuerpo de prensa sudafricano, gente ya imposible de impresionar.

Y entonces llegó Mandela y con el puño en alto se cantó el himno del partido, el N’Kosi Sikelele I’Afrika, tan en tono que esa multitud accidental parecía un coro profesional. Hablaron algunos, cantando las merecidas loas a Hani. Y luego Madiba tomó el micrófono e hizo algo que nunca hace un político. Empezó a maldecir a los cuadros del partido por hacer promesas de campaña. Empezó a maltratarlos por prometer “casas con piletas de natación” a los votantes. Se enojó porque le decían a gente sin empleo ni educación que en un año o dos vivirían como los blancos. Terminó hasta alzando la voz: “¿No les da vergüenza mentirle a la gente? ¡Ni se atrevan a usar mi nombre para eso!”. Los cuadros, con la cabeza gacha, escucharon en silencio, sin protestar.

Fue un momento dramático y un portento. Mandela ganó las elecciones, compartió el Nobel de la Paz con De Klerk, tuvo gestos de unidad como el famoso Mundial de Rugby, hizo que la violencia política prácticamente desapareciera, creó una nueva norma de comportamiento en la que la “reconciliación” era el eje. También se desentendió de casi todo lo que fuera administrar el gobierno y veinte años después se nota el precio que tuvo que pagar: la economía es prácticamente la misma, la estructura social es la misma. Hay una nueva clase media negra compuesta por los profesionales y empresarios que antes eran discriminados y ahora ganan como profesionales y empresarios. A eso se suman los “conectados” que copan las cuotas de “no blancos” en los directorios públicos y privados. Y el resto sigue igual, esperando ya no la casa con pileta, sino que lleguen la luz, el agua corriente, la escuela y la clínica. Se hizo mucho, pero la stasis del modelo –moneda firmísima, libertad de cambio, sueldos muy bajos, cero inflación– explica el eterno paisaje de villas miserias, de townships, y la violencia criminal estratosférica.

Ahora, Sudáfrica ya no tiene a su gran hombre para que siga marcando el centro y dando peso moral al ANC. El actual presidente, Jacob Zuma, tiene las maneras y los modos de un Carlos Menem. Con la muerte del Madiba, el humilde y moral Madiba, a Sudáfrica le toca tomar un par de decisiones difíciles.

Compartir: 

Twitter

 
EL MUNDO
 indice

Logo de Página/12

© 2000-2022 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Política de privacidad | Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.