EL PAíS › LOS PERSONAJES Y EL CLIMA DE UNA ELECCIóN EN LA QUE Sí SE JUGABAN INTERNAS EN VARIOS DISTRITOS

Un recorrido por el voto del conurbano

Largas colas, mucho corte de boleta, votantes informados, mucha discusión. En Quilmes hubo 26 candidatos a intendente, pero los vecinos no se mostraban confundidos. El debate familiar, la tarea de convencer, las historias de cada quien.

 Por Alejandra Dandan

Un carrero entre los que esperan en la puerta de una escuela del corazón profundo de Francisco Solano. El dueño, pasado de años, de una peluquería recoleta del centro de Quilmes. Un hombre retirado de las Fuerzas Armadas. El pibe de un barrio de Lanús que hace seis meses entró a trabajar de armador en una fábrica de zapatillas. Una ama de casa que discute su voto con el consuegro, que perdió todo en el menemismo y escucha a su hijo más chico, a punto de mudarse a Puerto Madero y que va a darle el voto a Altamira. Cada uno de ellos, con trayectorias vitales distintas, se paró y esperó –en ocasiones más de una hora– en las colas de las primeras Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias. Llegaron informados. Se pararon mareados frente a mesas donde hubo hasta 26 candidatos a intendente. Cortaron boletas. Decidieron votos a partir de las propagandas, pero sobre todo lo hicieron en ruedas de discusión familiar. Votaron. Pese a que algunos estaban eximidos, como el peluquero jubilado que en la puerta de la escuela intentó convencer, a su vez, a otro amigo de hacerlo. Pese a que las PASO los llamaron a definir las internas de un partido, los relatos reprodujeron durante el día cierta lógica de elección general donde cada voto discute algo que es completamente propio al conglomerado completo.

Desde temprano, Quilmes se convirtió en uno de los territorios mirados. Era uno de los distritos con más candidatos en juego en las primarias, que desplegaron sobre las mesas nombres de 26 candidatos a intendente. En la puerta de la Escuela Normal, en uno de los barrios tradicionales del centro, una fiscal general le dio carnadura al asunto con datos detallados sobre la existencia de hasta cinco candidatos “anibalistas”. Entre los lugareños de pronto apareció Blanca, bibliotecaria, docente y católica, recién terminada de votar. En el cuarto oscuro se había encontrado con el piso “todo lleno de boletas cortadas y otras desparramadas sobre las mesas”, una situación que la confundió un poco porque no llegó preparada como algunos de sus vecinos: con el “paquetito” listo para votar. “Como todo lo que es por primera vez, siento que somos un poco como chanchitos de Indias”, dijo mientras revelaba otro de los modos con los que circuló la información: Blanca terminó de entender las PASO la semana pasada, en una cartilla de instructivos que le dieron en la misa del domingo de la iglesia San Cayetano de Berazategui. Una cartilla, aclaró, completamente “apolítica”.

A pocos pasos, Gabriela esperaba a su pareja. Es de las que discutieron las cuestión de las primarias en una rueda familiar de la que participaron todos los que viven con ella: su madre de 47 años, la hermana menor de 24, ella de 27 y su pareja de 38, que en ocasiones acopló la voz de toda la familia, más kirchnerista, televidentes de 6, 7, 8 y de los noticieros de “ese canal”, como le dice Gabriela a la Televisión Pública. Las mujeres de esa casa fueron las que finalmente decidieron dejar afuera esas voces, y tomaron una decisión por su lado. Gabriela, que quería votar a la izquierda o hasta pensó en la Coalición Cívica, terminó optando por Duhalde porque su madre y su hermana le aseguraron que no era “uno de los buenos por conocer”.

En el centro del hall de entrada, el peluquero jubilado discutía más bien una interna peronista. Autosituado como dueño de una de las peluquerías más top del centro de Quilmes, había convencido a su tropa de empleados y a toda la familia. Decía que los jóvenes no son buenos para el voto, que les falta experiencia. Que el único bueno fue Perón, que ya no está, que hay que votar lo que existe, que Duhalde no, pero que sí la dupla Alfonsín y De Narváez, como si fueran parte de un espacio pan-peronista.

En la escuela, alguien tomó los tiempos. Las esperas parecían demoradas. La polución de boletas, sin embargo, parecía no tener impacto en las demoras porque la gente entraba y salía rápidamente de las aulas. Una cierta rectitud en el control de los sobres de las autoridades de mesa parecía dar alguna explicación. En el otro extremo de Quilmes, también extremo simbólico, las esperas se hacían largas, pero sobre la calle, en medio de los tendidos de tierra del barrio Zucamor de Solano. Los vecinos llegaron a votar hasta con sus carros de cartoneros. Sergio, un electricista, con trabajo en blanco en una gráfica de Pompeya, estaba en la cola. Se quejaba porque hace un año y medio su suegro tuvo que pagarse una placa de radiografía en el hospital público de Solano; pero lo del voto era distinto, y lo entendió. “Es lo mismo que en otras elecciones –dijo–, sólo que podemos cortar boletas de acuerdo con lo que cada uno quiera, pero finalmente esto es como una encuesta a gran escala.”

Ese peregrinaje continuo no cesó en todo el día. La avenida Mitre de Avellaneda parecía tener el tránsito de los días de semana. Sobre la avenida Hipólito Yrigoyen, en el centro de Lanús, los fiscales estuvieron desesperados durante el día porque cada tanto alguien reportaba alguna falta. A la mañana establecieron un mecanismo: los 17 fiscales enclavados en la escuela Inmaculada para siete mesas entraron y salieron de las aulas al menos una vez cada hora. Con las urnas en el primer piso y ubicadas en pasillos estrechos, las columnas de los numerosos controladores terminaron imponiendo el tono de Armada Brancaleone a la causa.

Gloria Roma esperó una hora. Salió. Y salió conmovida. Además de todo, era la primera vez en su vida que decidió cortar boleta: “Yo pienso que estuve bien –dijo–, y cuando uno elige, se queda bastante satisfecho”. Gloria cortó boleta en la línea más baja, entre los candidatos a intendentes. Ella, que se define ama de casa, dice que hasta ahora tenía miedo de hacerlo. Que aprendió en las últimas semanas, que discutió y discutió con su acalorada familia. Que a su casa llegaron 20 boletas de candidatos a intendente. Que escuchó noticias en TN. “Lo que pasa es que yo miro mucho TN –dijo–, pero sé que hay que mirar otros canales también; pasa que lo pongo después de las diez de la noche con los programas más políticos, pero ahora también estoy viendo la Televisión del Estado y el 9, que también tira bastante para el Estado.” Sus hijos finalmente le dijeron cómo era la cosa de las primarias. Y entonces entendió. En una de las charlas, el más chico –que terminó Comercio Exterior y el año que viene se muda a Puerto Madero– le dijo que iba a votar a Altamira porque escuchó que necesitaba llegar a 400 mil votos. Que el padre de su nuera defiende a Cristina “a capa y espada, y nos trata de poner letra”. Que su yerno, el abogado, parece que votó por Duhalde. Que a su vez él le cuestionó al menor cómo era eso de que iba a votar a Altamira y vivir en Puerto Madero. Que el más chico le respondió que por qué no, si se rompió trabajando los últimos diez años. Y Gloria dice que tiene razón, que también tiene un poco de razón su consuegro que perdió todo con el menemismo, pero que también ella dice que no entiende lo de las minerías, que las transnacionales se están llevando el agua y tampoco entiende el caso Schoklender.

Hubo más y hubo mucho. Leandro, el chico de la fábrica de zapatillas, seguía hablando con su novia. Dos hombres de la Marina ordenaban a la gente de la escuela con el “formen filaaaaaaaaaaaa”. Un hombre de 55 años que votó a Binner se iba preocupado porque en la cola la gente estaba un poco confundida. Una mujer se fue veloz, contenta porque sí sentía asistir a una interna.

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La multitud de boletas no confundió a los vecinos del conurbano, que llegaron informados.
Imagen: Diego Spivacow
 
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