EL PAíS › PANORAMA POLITICO

Los ’90

 Por Luis Bruschtein

Macri dice que la gente le pregunta si Massa es de los suyos. El tigrense hace mutis por el foro pero todo parece la coreografía de un minué. En público queda la ambigüedad de las palabras. Macri necesita hacer campaña por Massa para no desaparecer y Massa nunca exhibirá públicamente una alianza que lo emparienta indefectiblemente con el recuerdo devaluado del ensamble menemista de los ’90. Massa no dice nada pero el acuerdo existe. El que sale a salvar la ropa es Darío Giustozzi, el intendente de Almirante Brown, un hombre que se había presentado como más kirchnerista que otros intendentes y que constituye el único massista en la Tercera Sección del conurbano. Giustozzi aspiraba a ser candidato a gobernador para el 2015, como no encontró garantías en el Frente para la Victoria, emigró al massismo.

En la Tercera Sección se decide la elección bonaerense y en esa medida influye en todo el país. Y además es el punto débil de Massa. Aunque las encuestas lo colocan más o menos bien, allí es donde está más abajo y donde tiene menos estructura, con excepción de Giustozzi, que funciona como su cabecera de playa. La Matanza y Lomas de Zamora son las dos intendencias con más población. El intendente de Lomas, Martín Insaurralde, es cabeza de lista del kirchnerismo. El de La Matanza, Fernando Espinoza, que también aspira a proyectarse a la gobernación, colocó sus candidatos en las listas nacional y provincial. Almirante Brown se convirtió así en un verdadero campo de batalla. El kirchnerismo y la estructura del intendente disputan metro a metro. Hay mesas de las dos campañas en las zonas más concurridas del distrito. Propaganda de las dos fuerzas llegan a las puertas de los vecinos y se multiplican las volanteadas, las timbradas y las pegatinas.

El kirchnerismo se entusiasma porque asegura que acortó distancia. En proporción, Giustozzi fue el intendente más votado del conurbano en 2011, cuando se presentó en la elección presidencial que ganó Cristina Kirchner con más del 54 por ciento. En esa oportunidad, Giustozzi, junto con la boleta de Cristina, obtuvo el 72 por ciento de los votos. Si es que se puede creer en las encuestas de uno y otro lado, el kirchnerismo asegura que en este momento ya tiene prácticamente un empate técnico. La lista massista mediría alrededor del 38 por ciento y el kirchnerismo estaría por el 35 por ciento. Almirante Brown es un distrito con mucha desigualdad, con zonas residenciales como Adrogué, que lo asimilan socialmente a los distritos massistas del conurbano norte, y zonas populares y humildes muy extensas. El kirchnerismo deduce que con estas cifras en el territorio de uno de sus principales oponentes, puede estar mejor en el resto de la Tercera Sección –aunque nadie espera repetir las performances del 2011– y alcanzar la marca del 40 por ciento.

En la campaña de Massa no han podido consolidar estructuras propias, dirigentes visibles ni militancia en las intendencias de la Tercera Sección y pusieron toda la expectativa en la capacidad de tracción que pueda generar la pura imagen de su candidato, que en poco tiempo ya se ha deglutido a Francisco de Narváez y les puso un techo muy bajo a los demás competidores bonaerenses. Y es muy probable que si Massa se posiciona bien en las primarias, absorba todavía más votos incluso de las listas no peronistas.

El massismo es una fuerza local sin presencia en ninguna otra región del país. Al restarle votos a las demás fuerzas que sí disputan a nivel nacional, está ayudando en forma indirecta a que el resultado total favorezca al oficialismo. El Frente Renovador disputa en la provincia de Buenos Aires. El PJ disidente del gobernador José Manuel de la Sota tiene mayoría en Córdoba, seguido por una lista de la derecha del radicalismo. Y el Frente Cívico y Social es gobierno en Santa Fe. Mendoza es una provincia en disputa entre el Frente para la Victoria y el radicalismo y San Luis se mantiene como feudo de los Rodríguez Saá. El Frente para la Victoria o sus aliados ganan en todos los restantes y, a diferencia de sus competidores, está en el segundo o tercer lugar en casi todos los distritos en los que gana algún sector de la oposición. Es decir que es muy difícil que el kirchnerismo pierda la mayoría en Diputados, y más difícil aún que pierda la primera minoría.

En el peor de los escenarios posibles para el kirchnerismo, para controlar la Cámara baja la oposición tendría que subvertir el espíritu del status parlamentario, como ya lo hizo, y recrear el Grupo A, que sólo sirvió para obstruir y dejar al país sin Congreso. En caso de que se den las cosas así, sería difícil que no cedan a esa tentación para desplazar de las comisiones al oficialismo y frenar todos los proyectos de ley que envíe el Ejecutivo. El massismo tuvo que firmar un acta trucha jurando que no respaldará ningún proyecto de reforma de la Constitución, pero las declaraciones de sus candidatos son tan ambiguas que no queda claro si se integrará a esa oposición que ya ha probado su pólvora en intentos de baja intensidad democrática como fue el frustrado Grupo A.

En realidad, su alianza con el macrismo daría la impresión de que va encaminado en ese sentido. Si Massa quería mantener cierta ambigüedad hasta las elecciones de octubre para no decantar al electorado kirchnerista que todavía lo pueda seguir, la alianza con el centroderecha porteño lo encasilló rápidamente. No alcanzan las declaraciones de Giustozzi para reequilibrar la imagen. Una cosa es lo que diga Giustozzi –que son palabras– y otra muy diferente es la alianza concreta por la que se incluyeron tres dirigentes del PRO en la lista de Massa, además de gran cantidad de candidatos a concejales en los municipios.

Algunos podrán presentar esa movida con el PRO como el producto de un estratega genial, pero para Massa, esa alianza tiene un costo alto en su imagen: no hay progresismo, ni filokirchnerismo que sean compatibles con ella. De esa forma limita su intento de aparecer como candidato todo terreno, arrastrando votos de todos los sectores del espectro político.

La pregunta es por qué hizo esa alianza si lo limita. Una alianza que trató de no asumir en forma pública supuestamente para evitar que le haga daño. Lo real es que el macrismo se estaba extendiendo como posibilidad de voto hacia las intendencias del norte del conurbano. Ya había hecho pie en Vicente López con Jorge Macri. Sin esta alianza, el voto hubiera sido para el macrismo. Ahora, ese voto sigue teniendo las mismas características socioculturales, pero lo capitaliza Massa, como esperanza blanca del voto anti K más duro. Una especie de voto útil anti K, como ya ha sido elegido así por los grandes medios que buscan la caída del kirchnerismo.

Es una alianza parecida a la que convocó en su momento el menemismo con la UCeDé, el partido del cual proviene Sergio Massa. No por casualidad, en estas elecciones primarias en el distrito de San Martín, de donde proviene Massa, y donde pasó de la juventud de la UCeDé al peronismo de la mano del gastronómico Luis Barrionuevo, compitan dos listas massistas, una de ellas apadrinada por Graciela Camaño, esposa del sindicalista. Esta alianza hacia el centroderecha, que reedita la estrategia del menemismo, es la única que puede competir con el kirchnerismo. Las alianzas del peronismo hacia el centroizquierda están cubiertas por el kirchnerismo y no queda lugar en ese espacio a no ser el de un antiperonismo estéril desde el punto de vista electoral.

Pero esta alianza vergonzante con el PRO terminó por triturar las expectativas que podría haber tenido Mauricio Macri para una candidatura en el 2015, cuando debe dejar la jefatura de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Al subordinarse al intendente de Tigre, Macri llegará a las presidenciales de ese año sin estructura propia en el distrito más poblado del país. Así no será nunca un candidato con posibilidades.

Massa empezó con mucha ventaja en las primeras encuestas, en este tiempo Insaurralde ha crecido y ya está cerca del tigrense. Pero, en definitiva, la verdad verdadera se sabrá en los resultados electorales.

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