EL PAíS › QUIENES LO CONOCIERON CUENTAN QUIEN ERA EL COMODORO GÜIRALDES

De gauchos y guachadas

El comodoro Juan José Güiraldes es recordado por su vecino, el orfebre y platero Juan Carlos Pallarols, y por sus amigos Felipe Solá y Héctor Timerman. Sobrino tataranieto de fray Lorenzo Güiraldes, capellán mayor del Ejército de los Andes, y sobrino de Ricardo Güiraldes, a partir de 1980 presidió la Confederación Gaucha. Retirado en 1951, Frondizi lo designó al frente de Aerolíneas Argentinas. Para atacar a Horacio Verbitsky, el presidente del CELS, uno de sus hijos denigra la memoria de su padre. El fastidio de sus hermanos. Una contradicción insoluble entre el intento de presentarlo como ideólogo de la dictadura y su conocido repudio al terrorismo de Estado.

Elogio de Horacio Verbitsky

Por Martín Rodríguez *

Atacar a Verbitsky es atacar al CELS, organismo de derechos humanos que fundó Emilio Mignone y que es un capital de la democracia argentina. Trabaja en las megacausas por los crímenes de lesa humanidad del pasado, pero también produce información, defensa y seguimiento de violaciones a los derechos humanos o hechos de violencia institucional que ocurren hoy. La adhesión explícita que tienen muchos de sus miembros al kirchnerismo no ha significado un pacto de silencio sobre algunas cuestiones. Ya sea como querellante, como defensa, como parte o como testigo, el CELS actúa en estas causas:

- Mariano Ferreyra. Junto con las policías federal y bonaerense participa una patota sindical que conduce José Pedraza, vinculado de alguna manera con el Gobierno.

- Luciano Arruga, el joven que había desaparecido y cuyo cuerpo se encontró hace menos de un año.

- Parque Indoamericano, por la ocupación de tierras, a partir de la cual se creo el Ministerio de Seguridad.

- Christian Ferreyra, el joven del Mocase de Santiago del Estero asesinado por sicarios de un empresario sojero.

- El desalojo del Barrio Papa Francisco.

Y así uno puede seguir con varias causas que comprometen al Estado nacional, a los estados provinciales, a las fuerzas de seguridad. Por eso entiendo que el ataque a Horacio Verbitsky, sobre el desenlace del gobierno de Cristina y mientras se conforma la agenda de 2016, también es un ataque al organismo de derechos humanos más fundamental que tiene hoy la democracia, a su valor sobre el presente. Hemos aprendido a convivir con un museo en el casino de oficiales de la ESMA y con la desaparición de Luciano Arruga. Está preso Etchecolatz pero Scioli te presenta las virtudes de su política de seguridad con cifras de “delincuentes abatidos” por la Bonaerense. Son parte de dos consensos superpuestos. Hay un reclamo punitivo del que se hacen eco todas las fuerzas políticas, inclusive el Frente para la Victoria con Berni y también existe un consenso sobre juzgar el pasado. El CELS está presente en los juicios por los derechos humanos del pasado, pero también en lo que ocurre actualmente. Y no se avanzó tanto. Por ejemplo, un avance: se creó la Procuraduría penitenciaria, que es un organismo de contralor que puede tener acciones de regulación como un observatorio y de participación en las prisiones. Las cifras que dan ellos de violaciones y abusos sobre presos indican que los casos denunciados aumentaron. En 2007 había 300 casos denunciados, hoy son 700, más del doble. Este es un organismo que existe. La Argentina suscribió el Protocolo Facultativo de la Convención de Naciones Unidas contra la Tortura y por ley se creó el Mecanismo Nacional de Prevención contra la Tortura, con presencia estatal, con presencia de la oposición y con presencia civil extrapartidaria y extrapolítica, con atribuciones para entrar a cualquier lugar donde haya detenidos, comisaría, instituto de menores o cárcel, ya sea provincial o federal. La ley fue promulgada y reglamentada, pero la conformación de esta herramienta de control sobre la violencia institucional está trabada en el Congreso, que no designa a sus integrantes a la espera del cambio de gobierno. Cuando atacan a Verbitsky, el modo en que lo atacan y quienes lo atacan, se esboza el consenso que se está reelaborando para el próximo gobierno.

* Extracto de su columna en Radio Nacional Rock, del 19 de mayo de 2015.

Si no, sería cualquiera

Por la Princesa Montonera *

Hola @GabyLevinas. ¿Tenés información que vincula a Verbitsky con el secuestro de mis padres? Eso sugerís en tu nota, si no me equivoco. A ver, ¿ustedes qué entienden?: “La reunión del Instituto donde se informa del contrato con Verbitsky fue el 5 de octubre de 1978. Al día siguiente... la Regional de Inteligencia Buenos Aires (RIBA) de la Fuerza Aérea secuestró a Patricia Roisinblit y a su esposo José Manuel Pérez Rojo”. Imagino que tendrás más elementos que la mera sucesión de los días, el hecho de que mis viejos y Verbitsky eran montos, como otras muchas personas, y la participación de la Fuerza Aérea. Si no, sería cualquiera. Sigue @GabyLevinas “La RIBA tuvo como epicentro el centro clandestino de detención y tortura Mansión Seré, en Castelar”. Sori pero no. “Roisinblit y Pérez Rojo fueron luego derivados a la ESMA”. Sori, pero tampoco. Sólo ella. Esto es lo que yo sí sé por las pruebas acumuladas en la causa penal contra la Fuerza Aérea en la que soy querellante. El resto me imagino que sí lo habrás chequeado como corresponde. Te invito a que si tenés pruebas que vinculen a Verbitsky con la desaparición de mis padres las aportes a la causa que instruye Rafecas.

* Extracto de la publicación en https://storify.com/princesamonto/ahora-dicen-que-a-mis-papis-los-canto-verbitsky.

El hijo se equivoca *

Por Felipe Solá

En la acusación de Gabriel Levinas contra Horacio Verbitsky aparece como un testigo clave Pedro Güiraldes, ingeniero, uno de los hijos varones del comodoro (RE) Juan José Güiraldes. Levinas se equivoca cuando dice que éste fue “un intelectual orgánico” del Proceso, y Pedro se equivoca legitimando eso con su actitud.

Conocí mucho al Cadete (el comodoro) y a su familia. Y lo conté siempre entre mis amigos de ley. Lo que más me atraía de su personalidad, y traté de dejarlo claro cuando me tocó hablar en su sencillo entierro en el cementerio de San Antonio de Areco, era su conciencia clara de algunas cuestiones fundamentales. El terrorismo de Estado impuesto por los militares del Proceso era indigerible para él. Destruía cualquier discusión futura sobre el honor militar y dejaba en la deshonra a las Fuerzas Armadas y a todo lo que el comodoro defendía, asociado a su compromiso con la tradición gaucha.

Cualquier cosa que pudiera haber hecho, como recibir a los reyes de España en su estancia o mantener relaciones cordiales con los procesistas, sirvió para que su influencia le permitiera sacar del país a perseguidos y, de paso, para que no lo persiguieran a él. Sería bueno que Pedro Güiraldes destacara eso como lo que distinguió a su padre de los demás de su círculo. Y lo separara de la Fuerza Aérea de entonces, manchada de sangre hasta las patas.

* Extracto de lo publicado en Facebook y Twitter, donde se agregó un comentario de Pilar Güiraldes, otra hija del Cadete: “¡Gracias Felipe! Estoy totalmente en contra de la idea de que papá fue ideólogo y líder del Proceso”. A esto siguió un “Me gusta” de otra hermana de Pedro Güiraldes, Dolores, y de su sobrina Cata Güiraldes. Entrevistado por Hernán López Echagüe el 22 de abril de 2014, Juan Güiraldes dijo que tenía “una postura totalmente diferente de la de mi hermano” respecto de la presunta intervención de Verbitsky en discursos de los jefes de la Aeronáutica y en cambio recordó la amistad entre los padres de ambos. “No me cae bien Verbitsky, pero es por su soberbia”, agregó. También Eugenio Holmberg dijo que “la relación de HV con Güiraldes era muy fluida, si no fuera por la diferencia de edad podría decir que eran amigotes. Hablaban habitualmente por teléfono, recuerdo. Pero jamás lo vi en el despacho de Güiraldes, y eso que yo iba mucho en la época del asesinato de mi hermana Elena”.

Del condottiero de la CIA al Big Brother *

Por Juan José Salinas

En los años ’80 Verbitsky fue acusado por Rodolfo Galimberti (que después admitiría, ingresó a comienzos de esa década en la CIA) de lo mismo que lo acusa ahora Gabriel Levinas (haber trabajado para la Fuerza Aérea de la dictadura) más alguna otra cosa, por ejemplo haber participado en la colocación de una bomba en la entrada del Edificio Libertador con el objetivo de matar al general Videla muy poco antes del 24 de marzo de 1976. Ya entonces defendí a Verbitsky de aquellas acusaciones, diciendo lo que él no podía decir: que haber querido matar al tirano en ciernes no sería en absoluto un demérito sino todo lo contrario.

Esas acusaciones fueron luego retomadas por un montón de tipos vinculados con los servicios de Inteligencia de la dictadura. A principios de los ’90, HV me hizo mucho daño y nos distanciamos. La paradoja es que yo lo critiqué ácidamente varias veces, incluso aquí, en el Pájaro Rojo, a causa de sus innegables buenas relaciones con Clarín, que ahora lo persigue.

Otra paradoja es que, en el ínterin, y a pesar de estar enemistados, declaré a favor de él en un juicio en el que un allegado a la Policía Federal quería sacarle dinero... ¡en base a lo que había dicho Levinas! a quien había entrevistado a propósito de la inexistencia de la supuesta Trafic-bomba y la negada existencia del volquete relleno. Curiosamente, mientras Verbitsky comienza a hablar de estos temas, Levinas guarda silencio.

Verbitsky es, con todos sus defectos y las injusticias que a veces comete, el mejor periodista de este país, y bien puede defenderse solo, pero tampoco está mal poner las cosas en su sitio.

Lo que no puedo dejar pasar es mi profundo desagrado por la actitud de Levinas, que parece dispuesto a hacer lo que sea con tal de estar en el candelero y disfrutar de algunas de las prerrogativas de las que goza Jorge Lanata, el mascarón de proa del Grupo.

PD 1: Levinas me llamó por teléfono hace un par de meses. Quería que yo cargara las tintas sobre mis afrentas y resentimientos con HV, basados en cosas que HV les dijo a sus allegados hace un cuarto de siglo, cosas que trascendieron y me dejaron servido en bandeja para la maledicencia de los mismos que hoy, si pudieran, lo despedazarían a él. Me negué a hacerlo. Mis cuitas están en el libro de López Echagüe, en el que HV, con tanta cintura como Nicolino Locche, se defendió diciendo que él no me había impedido entrar en Página/12, algo de lo que yo nunca lo acusé, ya que estuvo clarísimo desde un principio que Lanata nunca me iba a llevar consigo pues nos habíamos enfrentado reiteradamente en El Porteño.

PD 2: Notas como la última de Verbitsky, en la que desenmascaró el doblez esencial del doctor Moisés Pérez, alias Fayt, se me hace, provocan tsunamis de envidia.

* Extracto de lo publicado en el blog Pájaro Rojo.

En defensa de Güiraldes

Por Héctor Timerman

La afirmación de que Horacio Verbitsky colaboró con la dictadura no me sorprendió. Hace tiempo que las operaciones que Clarín arma contra quienes no se subordinan han dejado de interesarme. En cambio, me apena ver su redacción convertida en un grupo de tareas al servicio de patrones que ni siquiera valoran la obediencia debida de sus integrantes.

Sin embargo me da cierta esperanza comprobar que cada vez necesitan buscar personajes más insignificantes, más marginales de la política y del periodismo, que por unos minutos de fama están dispuestos a decir cualquier estupidez. Peor aún, a repetir cualquier estupidez que ya fue usada por otros insignificantes marginales que también tuvieron sus minutos de gloria clarinesca para volver sin pena ni gloria al olvido.

Mi padre fue socio y amigo del comodoro Juan José Güiraldes, mi madre fue amiga de su maravillosa mujer Tachi, y en mi adolescencia supe divertirme con los hijos de los Güiraldes, especialmente con Pedro, en aquel caserón de la calle Corrientes en Olivos siempre lleno de amigos de los siete hijos del Cadete y Tachi, con la noble presencia de la abuela, llamada por todos la Pachamama.

Más conocida es la relación de mi familia con la familia de Verbitsky. Mi padre siempre recordaba la fuerte influencia que tuvieron en su formación el padre y el tío de Horacio. Ambos fueron grandes personajes del periodismo y de las letras y tuvieron gestos de gran generosidad con mi padre. Mi primer recuerdo de Horacio son los días de vacaciones que pasó con nosotros, que mi padre aprovechaba para planear alguno de sus proyectos periodísticos. Yo debería tener diez o doce años, Horacio apenas pasaba los veinte. Mi admiración y cariño por Horacio ya están por cumplir cinco décadas.

El último domingo antes de que mi padre falleciera tomamos un café en La Biela. Me recibió con una sonrisa y me dijo que a su edad pocas cosas le podían dar placer, y fumarse un Gitanes leyendo al sol un buen artículo periodístico era una de ellas. Estaba leyendo la columna dominical de Horacio. Por más que trato, siguió diciendo, no le encuentro ningún error. Está escrita como los dioses, la información está solventada con muchos datos y no se guarda nada. Horacio sabe que debe ser fiel con sus lectores. Al lector no se le debe esconder nada. Esa lealtad con sus lectores, esa obsesión por chequear hasta el último dato que hace tan difícil refutarlo es lo que muchos no le perdonan. Lo difaman porque no pueden desmentirlo.

Mi padre nunca le perdonó a Horacio que haya entrado a Montoneros. Muchas veces repetía que su enojo con él era por ver cómo el más brillante periodista de su generación cometía “la chiquilinada” de jugar a la revolución. Y por más que yo le insistía que no había sido el único no había forma de que entendiera la decisión de Horacio. Una discusión que ya habíamos tenido muchas veces. No volvieron a verse hasta el retorno de la democracia. Los dos habían cambiado y también había cambiado la Argentina, que entraba en otros debates de aquellos que los alejaron al principio de los ’70. Si cuento esto es porque ese último domingo de mi padre también comentamos las versiones, que ya circulaban, sobre el supuesto colaboracionismo de Horacio. “Son pelotudeces, Horacio ni es traidor ni es estúpido”, me dijo.

Varios miembros de mi familia me pidieron que cuente esa última charla con mi padre, ahora que Clarín ha decidido ejecutarlo. No hace falta, Horacio sabe defenderse solo.

Lo que me apena es que Pedro Güiraldes mienta sobre su propio padre para atacar a Verbitsky. El Cadete Güiraldes no fue nunca un asesor de la Junta Militar ni escribió las bases ideológicas de la dictadura. Cualquier estudioso del tema lo sabe. También lo sabe Pedro Güiraldes. Y lo sé yo porque luego del secuestro de mi padre, en abril de 1977, lo vi en varias oportunidades y siempre expresó una gran amargura por lo que “sus” Fuerzas Armadas estaban haciendo en el país. Es cierto que fue enterrado con guardia de honor de los granaderos. Lo que Pedro no aclara es que ya eran las Fuerzas Armadas de la democracia.

Me impresionó ver a Pedro en el programa de Carlos Pagni denostar a su padre, mentir sobre su historia para poder difamar a Verbitsky. Fue un momento tan triste que hasta Pagni parecía un tipo honesto.

¿Acaso se olvida Pedro de que Massera ordenó asesinar a su tía, la diplomática Elena Holmberg? ¿No le enorgullece que sus padres hayan impedido que ingresara la corona de la Armada al velorio? ¿Haría eso el “ideólogo de la dictadura”? Recuerdo que desde mi exilio les escribí una carta de pésame. La respuesta de Tachi Güiraldes no era precisamente un panegírico de la dictadura.

Una última historia. A los pocos días del secuestro de mi padre, Güiraldes invitó a mi madre a almorzar al Grill del Hotel Plaza, centro de la política de aquellos años. La invito, le dijo, porque usted es una dama, Jacobo es mi amigo y quiero ver avergonzarse a quienes ayer le chupaban las medias al director de La Opinión y hoy se hacen los distraídos.

Juan José Güiraldes hizo un culto de la amistad. Espero que sean muchos quienes testimonien contra las tan falsas como inexplicables acusaciones de Pedro contra su padre, un parricidio intelectual que tan bien sabe aprovechar el grupo de tareas de Clarín. Muchos de sus miembros conocen a Horacio desde que comenzaron en el periodismo, no los voy a nombrar. Pero les pregunto, ¿no tienen nada para decir? ¿Tanto les exige Magnetto? ¿Tanto le deben? Tal vez sea cierto, entonces, lo que mi padre decía de los periodistas de Clarín: escriben engrillados al escritorio.

Falso de toda falsedad

Por Jorge Schussheim

El tándem de conversos Levinas-Leuco asegura que Horacio Verbitsky trabajaba para la Fuerza Aérea Argentina durante la dictadura en una oficina militar, en Paraguay al 700, “justo enfrente de un garaje de dicha fuerza en el que guardaban sus autos, por la cercanía, los del Círculo Naval y los del Círculo Militar”. Además asevera Levinas que Güiraldes, retirado de la Fuerza Aérea en la década del ’50, “volvió a la actividad militar durante la dictadura”, dato falso de toda falsedad.

Datos de la realidad:

- Esa oficina era propiedad de Güiraldes, adonde entre otras actividades comerciales, funcionaba desde la década del ’60 una sociedad legal y comercial entre éste y Jacobo Timerman. Estuve en ella un par de veces y así me consta.

- El presunto “garaje de la aeronáutica” es de una sociedad llamada Erosa y Angió. Yo tuve cochera mensual allá desde junio de 1969 hasta noviembre de 1979, y jamás vi autos con chapas militares, custodios o cosas parecidas.

(Publicado en Facebook.)

Un gaucho de oro y plata

Juan Carlos Pallarols,
con la réplica del sable de
San Martín.

Por Martín Antoniucci

“No tengo militancia política sino amor a la patria”, dijo Juan Carlos Pallarols, el gran orfebre y platero, mientras terminaba la exacta réplica del sable de San Martín, que hoy será depositado en el Regimiento de Granaderos a Caballo, cuyo original regresa al Museo Histórico Nacional. “Interrumpo el trabajo para defender la memoria de mi amigo y lejano pariente” (una hija de Pallarols está casada con un sobrino nieto de Güiraldes). Tenía su campo al lado del mío. Me invitaba a tomar mate y charlar. Hasta pasados sus ochenta años salía a pasear a caballo y venía a visitarme. Siempre percibí en Güiraldes y en toda la familia un gran resentimiento con la dictadura, más porque le habían matado a su cuñada Elena Holmberg.”

El Cadete “como le decíamos los amigos, fue un tipo muy amante de las tradiciones. Un día lo vi pelearse en el Teatro Colón porque iba vestido de gaucho y le decían que no, que era de etiqueta, y él decía: ‘¡Pero si yo estoy de gala con esta ropa!’. Me acompañó en París a una exposición de platería que yo hice. Presentó la platería criolla en castellano, en inglés y francés. Cuando terminó salimos a caminar y manifestó algunas cosas en contra de la dictadura”.

–¿Qué cosas?

–En un bar frente a la Torre Eiffel, la mujer de Güiraldes contó que le habían mandado las manos de su hermana en un frasco de formol. Estaban indignados con la dictadura.

Pallarols dice que nunca vio militares en las fiestas que organizaba Güiraldes. “A Verbitsky me lo presentó en una de esas ocasiones, en una exhibición de platería donde había mucha gente, era un muchacho flaquito. Si hubiera estado otra vez yo lo hubiera sabido. Tengo un campito pegado al de Güiraldes. Y pueblo chico, infierno grande, se sabe todo.” La ex esposa de Pallarols, Mirta Molinari, ratificó sus dichos sobre lo que escucharon en aquella mesa en París: “Y otra vez también volví a escuchar de boca de los Güiraldes que habían recibido las manos de la desaparecida Elena en una caja o un frasco”.

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Juan José Güiraldes, cuando presidía la Confederación Gaucha Argentina.
 
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