EL PAíS › LOS PLANES Y LAS EXPECTATIVAS ALREDEDOR DE ENARSA, LA PETROLERA ESTATAL

Cómo ganar dinero con el petróleo argentino

Seducidos por la exploración offshore, se habla hasta de fabricar plataformas y crear softwares especiales. La empresa no existe y ya hay consultas para invertir de China, Rusia y de algún país africano. Un 53 por ciento será del Estado, habrá límites para contratar personal y la obsesión es que sea “ágil y dinámica”.

 Por Mario Wainfeld

La media sanción de la ley que crea Enarsa sólo espera un trámite, que será su paso por el Senado hegemonizado por el bloque justicialista. La empresa nacional de energía saldrá a la palestra precedida de una discusión de una enorme vastedad. La derecha la blande como un espantajo, el del regreso del paquidermo maldito, el aborrecido estatismo. Para el radical Rodolfo Terragno se trata, muy en cambio, de una pyme intentando lidiar en un mundo de gigantes, de algo así como un petiso gordito tratando de jugar en la NBA. El centroizquierda opositor la sospecha de ser un caballo de Troya que, travestido de estatal, redondee la entrega del petróleo que duerme en la plataforma submarina. El Gobierno asegura haber colocado un hito fundacional, un protagonista activo y no apenas una empresa testigo. El objetivo no será, entonces, sólo moderar los precios sino recuperar presencia estatal en la actividad energética en general, muy especialmente en la búsqueda y explotación del petróleo. La primera pregunta es qué será, en realidad, Enarsa y será respondida con el decurso del tiempo. La segunda, no menos esencial, es si el desvencijado Estado argentino está en aptitud de comenzar a revertir la escandalosa rifa a precio vil del patrimonio nacional consumada en los ‘90.
Enarsa no se dedicará sólo al petróleo, será una empresa nacional de energía. Cuando escaló el conflicto con la empresa TGS, concesionaria del gasoducto del sur, el presidente Néstor Kirchner comentó en el gabinete que estaba dispuesto a revertir la concesión y ponerla en cabeza de Enarsa, de modo transitorio cuando menos. El entredicho se zanjó pero la hipótesis presidencial quedó sugerida. Si una concesión energética se cae, el Estado argentino tiene su muleto.
Claro que el petróleo es el núcleo duro del interés oficial, aquel en el que cifra más expectativas y también el que desencadena más reproches opositores. No debe ser fruto de la casualidad que el futuro presidente de la empresa, Ezequiel Espinosa, sea un ingeniero consagrado a la actividad petrolera. Y es sugestivo que su estricta especialidad sea la exploración offshore, mar adentro (ver recuadro aparte).
Pocos países del mundo fueron tan dispendiosos de su patrimonio y su renta petrolera como la Argentina. La prodigalidad derivó en una explotación desaprensiva. Extractiva fue la cultura de nuestras clases dominantes, una oligarquía fóbica al valor agregado, enriquecida en sus orígenes merced al incontenible fervor sexual de los toros y las vacas o por el trigo que crecía como maná. Los extranjeros que vinieron en los ‘90, si de ser extractivos se trata, se acriollaron al toque. La costosa exploración offshore fue abandonada con entusiasmo.
Todos los datos que se bartolean sobre las reservas de nuestro mar, aseguran los ocupantes todavía virtuales de los sillones de Enarsa, tributan más a la imaginación que al saber. De hecho, los últimos informes serios provienen de la denostada y extinta YPF. Hasta ahora poco se conoce, acaso un par de cuencas –la Austral y la de San Jorge– propinan algo de certeza acerca de la existencia cabal de reservas. El resto es a puro riesgo. “Si usted explora y tiene éxito en el 10 por ciento de los casos, ha hecho una buena inversión”, dice un especialista.
Explorar, estiman en Enarsa, tiene un par de formidables alicientes. El más obvio, producto de contingencias internacionales que la Argentina no controla, es el sideral precio del nunca tan bien llamado oro negro.
Obtener en Argentina un nivel de rentabilidad adecuado no es tan sencillo como en Venezuela o en ciertos países árabes. En el Gobierno se piensa que el petróleo seguirá orbitando por las nubes por muchos años, presupuesto casi ineludible para pensar que la exploración, a puro riesgo y cara, pueda seducir al capital.
El segundo estímulo para la inversión, prometen en oficinas oficiales, sí dependería de Argentina. Es que Enarsa puesta en acción aspira a reducirel elevado costo de la tarea exploratoria. Uno de los insumos más onerosos, las plataformas de exploración que cualquier espectador de cine conoce, deberán producirse más pronto que tarde en el país, se ilusionan en Enarsa. Reconocen que jamás se intentó pero aventuran que será factible hacerlo. El país tiene los requisitos geopolíticos necesarios para que la actividad resulte rentable y con costos sensatos: un litoral marítimo extendido, cercano a la zona explorable, donde se acollaran ciudades y pueblos, mano de obra dúctil. “Hacer una plataforma –comparó Espinosa, que pasó buena parte de su vida subido a ellas, ante oídos oficiales– no es en esencia más complejo que hacer un auto.”
La idea de los encadenamientos productivos excita la libido desarrollista del Gobierno, que también se entusiasma cuando piensa en que el despliegue de Enarsa puede catalizar el crecimiento de la industria del software. “Hay dos empresas multinacionales que venden el mejor software del mundo para la exploración de petróleo. Pero no lo fabrican ellos, se produce en la India, un país cuyos standards están al alcance de Argentina, que podría desarrollar su propia producción cuando se necesite”, se entusiasman en los pisos altos del tradicional edificio del Ministerio de Economía que ahora ocupa el de Planificación comandado por Julio De Vido.
Capitales de la industria
El plan de negocios de la incipiente empresa se reserva con cautela. El mercado respectivo es más que competitivo, por lo que resultaría una ingenuidad mostrar las cartas antes de tiempo, explican en Planificación. Sólo se adelanta que ya hay previsiones para el corto plazo (los primeros dos años), el mediano (del segundo al quinto) y el largo, ése que ilusionaba tan poco a John Maynard Keynes, ese lord que pugna por resucitar.
La obsesión del Gobierno es que Enarsa sea ágil y dinámica, para entrar y salir de los negocios que hará en asociación con otras empresas. He ahí una de las razones por la que el Gobierno se opuso a que fuera una sociedad del Estado, lo que hubiera garantizado mayor control, un reclamo más que sensato de la oposición. El capital inicial será mínimo. Se establecerá, prometen los gestores, un porcentual inamovible para dedicar a personal y management, o sea que no se incrementará la planta de personal si no se obtienen más recursos.
Enarsa no se limitará a la exploración. Su vocación es abarcar todo el ciclo de la actividad, desde la búsqueda hasta el (más redituable) surtidor en la estación de servicio. Socios no han de faltar, profetizan. “Ya tenemos ofrecimientos de capital y eso que no existimos”, se ponen metafísicos los funcionarios más empinados vinculados al proyecto, aludiendo a las muy conocidas tratativas con la estatal venezolana Pdvsa pero también a propuestas del Estado chino, de capitales rusos y hasta de algún país africano. La afluencia de capitales ha de ser grande, se ilusionan en un gobierno que siempre fue voluntarista y que en las últimas semanas rezuma optimismo. Muchos inversores serán argentinos, extrapolan, sacando la proverbial plata del colchón.
Los interesados pueden volcarse a la exploración onshore, esto es, de petróleo que pertenece a las respectivas provincias. Un emprendimiento más barato pero menos ambicioso, ya que las reservas no explotadas no parecen ser fastuosas. La alternativa es jugar fuerte y apostar a la exploración aguas adentro.
Los pactos a realizarse con empresas extranjeras no se pueden anticipar pero sí un postulado, se comprometen, innegociable. La Argentina no renunciará nuevamente a la inalienable propiedad del petróleo. Recurso generoso y no renovable puesto ahí por la naturaleza o por Dios (como prefiera el lector), su enajenación total no se volverá a plasmar. Argentina pone el petróleo y la capacidad de gestión. Los inversores, el dinero. Y serán socios.
“No vamos a ser sólo una empresa petrolera. Ni mucho menos una empresa testigo, un Consejo de ancianos que apenas pontifica sobre lo que hacen los otros. Vamos a sumar un nuevo protagonista”, prometen los que saldrán a la cancha en cuestión de días.
Hace un puñado de años la marcha peronista acompasó en el Congreso la entrega de YPF. En los próximos días, con el aval de muchos coristas de entonces, se implementará una empresa que pretende reparar ese desaguisado. En el camino el Estado argentino se desguazó, la riqueza engordó bolsillos ajenos y la pobreza asoló al país. Una empresa que se pretende pequeña y versátil, bien distinta a YPF, pensada con la lógica gerencial del siglo XXI, dispuesta a surtidas joint ventures, será la herramienta elegida. ¿Darán la talla Enarsa, el Gobierno, el Estado mismo? ¿Será Enarsa una pyme, un elefante, un caballo de Troya como profetizan desde diversas tribunas opositoras? ¿O un hecho fundacional que revierta una tendencia, como prometen en la Rosada y zonas aledañas? Por ahora, nada más pero nada menos, se trata de una oportunidad.

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Las reservas en tierra firme no son precisamente colosales, por eso se piensa en el mar.
 
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