EL PAíS

Los papeles que el Cóndor no pudo hacer desaparecer

La embajada brasileña le devolvió al esposo de una desaparecida fotos, cartas y objetos personales que había dejado en ese país –donde fue secuestrada su mujer– para volver a la Argentina en 1983.

Era el mismo sobre de papel madera de hace más de veinte años. Y el contenido estaba intacto. Edgardo Binstock ya se había olvidado de esos recuerdos. Los había dejado en San Pablo porque eran peligrosos para regresar a la Argentina. Hace unos días lo llamaron de la embajada de Brasil y Binstock no pudo evitar la sorpresa, cierta conmoción que todavía se le nota en los gestos. El llamado era de la consejera política de la embajada, Silvana Peixoto Dunley. Quería devolverle sus objetos personales, los que había dejado atrás para cruzar la frontera en marzo de 1983. “Este material había quedado olvidado en mi memoria”, reconoce Binstock. Su historia es la de un joven militante montonero que se exilió con su familia y perdió a su mujer por la coordinación represiva del Plan Cóndor. Y esa historia vuelve intacta, inevitable, en ese sobre marrón que acaban de devolverle en la embajada brasileña, en Cerrito y Alvear.
“El material”, como lo llama Binstock, es un sobre con fotos de su esposa, Mónica Pinus; de sus hijos Ana Victoria y Miguel Francisco en el círculo infantil Caperucita Roja de La Habana; cartas de compañeros (como la de Juan y Emilia, una pareja de médicos, ambos desaparecidos, que no está fechada ni dice dónde fue escrita); un pasaporte sellado en Perú; una tarjeta hecha en Cuba que lo felicita por ser un “padre ejemplar”; y un carnet de conducir internacional con la foto que exhibe su rostro con los bigotes de moda entre los militantes. “Una vez me preguntaron si estudiaba teatro. Porque me dijeron que mis bigotes se parecían a un telón”, recuerda Binstock mientras mira con extrañeza su propia imagen, pero fotografiada en 1978. Entre los recuerdos hay dos tarjetas escritas a mano, una por sus padres Mina y Julio.
Mirando sus objetos perdidos, Binstock se encuentra con su otro nombre, “Julián”. Está escrito en la tarjeta de salutación por el día del padre que firma “la abuela Mireya”. En los años de militancia se presentaba como Julián. Y en el año que pasó en Cuba –1979– lo llamaban de la misma forma: durante su estadía en la isla, Binstock estuvo a cargo del jardín de infantes que cuidaba a los hijos de los militantes montoneros. Era el famoso círculo infantil Caperucita Roja, el mismo que aparece en la tarjeta de “la abuela Mireya”. Se trataba de una cubana que promediaba los sesenta años y trabajaba en la guardería cocinando para los niños argentinos. Hay una foto que testimonia ese período de labores cotidianas: Mónica con la escoba y haciendo la V.
Los objetos estaban perdidos desde marzo de 1983. Binstock los había dejado en manos de una socióloga paulista del PT, Vera Lucia Ciamponi, para entrar a la Argentina. Era su regreso al país tras el éxodo familiar de 1979 a México, la estadía en Cuba y el secuestro de su esposa en Brasil. Entre esas fechas, Binstock había vivido en Barcelona con sus hijos. Allí trabajó de cronista en Europa - Radio Noticias del Continente, la emisora de onda corta que transmitía desde Costa Rica para toda América (“la radio que escucha/ mucha/ mucha gente”, era el eslogan) y también tuvo algunos encargos de la organización: viajó a Suecia a la entrega del Premio Nobel de la Paz a Adolfo Pérez Esquivel. Otra de sus tareas, en aquellos años, fue contactar en España al cantautor Joan Manuel Serrat. Viejo conocido de la militancia argentina, Serrat aceptó encabezar un concierto en el estadio de Vélez Sarsfield por los derechos humanos y la democratización.
Ya con la democracia, Binstock se recibió de sociólogo, fue funcionario del gobierno bonaerense y creó una ONG vinculada a los derechos humanos. Desde allí colaboró con la producción de los documentales Che vo chachai (sobre los hijos de desaparecidos en Argentina, Uruguay y Paraguay) y Alto Pibe, sobre los niños pobres marginados. Actualmente, Binstock es asesor de la Dirección General de Escuelas y colabora en emprendimientos productivos. El miércoles, tras el llamado de la consejera política de la embajada de Brasil, pudo reencontrarse con parte de su pasado. “Silvana (por Peixoto Dunley, la diplomática brasileña) trabajó mucho para que esto fuera posible”, reconoce.
No es la primera vez que el gobierno de Luiz Inácio Lula Da Silva reconoce su participación en el Plan Cóndor. El 17 de diciembre del año pasado, en la cumbre del Mercosur de Ouro Preto, Brasil admitió su complicidad en el secuestro de Pinus y Horacio Campiglia, uno de los miembros de la conducción nacional de Montoneros. El reconocimiento –que incluyó indemnizaciones para los hijos de las víctimas– se produjo en un acto oficial impulsado por el ministro de Derechos Humanos, Nilmario Miranda. En ese homenaje participaron Binstock, el secretario de Derechos Humanos, Eduardo Luis Duhalde, y el presidente Néstor Kirchner.

La historia que vuelve:

La escena de Binstock abriendo el sobre que consideraba perdido tiene algo de Tierra y Libertad, la película de Ken Loach sobre la guerra civil española. El film comenzaba con una niña inglesa que hallaba un maletín con los objetos que su abuelo, voluntario de las brigadas internacionales, había traído de la guerra contra el fascismo. La diferencia es que Binstock se asoma a su propia historia, a la de su familia y a la de su generación.
De madre polaca y padre de origen ucraniano pero “bien porteño”, criado en Caballito, estudiante del Colegio Nacional Buenos Aires, Binstock se incorporó a la JP a principios de 1971. En esa época entró a la UBA a estudiar sociología y conoció a su esposa, quien quería estudiar la misma carrera. Mientras estudiaban, ambos militaban en dos barrios del oeste del conurbano. El compromiso fue ganando en intensidad, pero la represión también: en enero de 1979 los dos se fueron a México con sus dos hijos, Ana Victoria y Miguel Francisco.
En el Distrito Federal, se contactaron con los exiliados argentinos, la mayoría miembros y simpatizantes de Montoneros. De allí viajaron a Cuba. Un año después habían decidido colaborar con el regreso de militantes a la Argentina –la trágica “contraofensiva”–, para lo cual debían viajar hasta Brasil. Binstock viajó primero y esperó en Río de Janeiro con sus dos hijos. Unos días después, el 12 de marzo de 1980, debían llegar Campiglia y su esposa. Los dos llegaron a Río de Janeiro en un vuelo de Viasa vía Panamá. A pocas horas de encontrarse con Binstock, fueron secuestrados por un comando del Ejército. Los militares habían contactado a la Inteligencia brasileña para viajar a Río y capturarlos allí. Los brasileños autorizaron el pedido. Como corresponde, Washington fue informado: un oficial de la embajada norteamericana en Buenos Aires, James Blystone, transmitió la novedad el 7 de abril de 1980.
Mónica Pinus estuvo detenida en Campo de Mayo al menos hasta la primera semana de abril. Así consta en el cable diplomático que Blystone redactó en Buenos Aires y que se mantuvo en secreto hasta agosto de 2002, fecha en que el Departamento de Estado desclasificó 4677 documentos. “Los brasileños otorgaron su permiso y un equipo especial de argentinos voló bajo el comando operacional del teniente coronel Román a Río en un C130 de la Fuerza Aérea Argentina. Ambos montoneros fueron capturados vivos y volvieron a la Argentina en el C130. Estos dos montoneros están actualmente bajo custodia en la cárcel secreta del Ejército, Campo de Mayo”, había escrito Blystone en el memorándum. Binstock esperó unos días en Río hasta que imaginó que algo había pasado con su esposa. Regresó a México y de allí se fue a Barcelona con sus hijos Ana y Miguel.

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Edgardo Binstock trabaja actualmente en la Dirección General de Escuelas bonaerense.
 
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