EL PAíS › MANIFESTACIONES ESPONTANEAS Y MARCHA A PLAZA DE MAYO

Otro cacerolazo contra el corralito

Casi a las diez comenzaron a sonar las cacerolas en toda la ciudad y hasta en los countries. Para la medianoche, la gente se concentraba en la plaza. La consigna: “Que no nos roben”.

 Por Sergio Kiernan

Eran casi las diez de la noche, las familias habían terminado de comer y ya cerraban los programas políticos y los noticieros. Entonces empezaron a sonar las cacerolas, como una conclusión frente a los anuncios económicos del día, una respuesta al largo corralito de los ahorros decretado por el ministro Jorge Remes Lenicov. Fue sin duda la clase media, como se obsesionaba en aclarar una y otra vez una señora nerviosa, o “the Argentine middle class”, como dijo otra en mal inglés, en una perorata destinada “al mundo”. Y fue sin duda por una razón clara: el dinero. “Ladrones” y “se va a acabar esa costumbre de robar” fueron las consignas casi excluyentes de la noche.
El cacerolazo comenzó en muchos puntos de la ciudad y fue ganando en gente y en intensidad. En Barrio Norte, arrancó en los balcones y en las puertas, con los autos contestando a bocinazos entusiasmados. Todavía no había cantos ni banderas, y nadie había cortado el tránsito, pero el volumen ya llegaba a ensordecer. Para las diez de la noche, Belgrano empezaba a derramarse de los edificios a las calles. Había un grupo en Virrey Loreto y Libertador, batiendo metales y cantando en veredas y en la plazoleta sobre el túnel. Otro grupo empezaba a crecer en Cabildo y Juramento. En San Cristóbal, un barrio muy movilizado en los anteriores cacerolazos, los vecinos se reunían en San Juan y La Rioja. En Flores, el escenario fue la calle Rivera Indarte, cerca de la plaza. Hasta en los countries de Tortuguitas sonaron las cacerolas desde los jardines, una movilización sin calles, piquetes ni tránsito que cortar.
Para las once comenzaba la concentración frente al Congreso. Primero unas pocas docenas, después algunos cientos y finalmente grupos cada vez mayores que llegaban de otros barrios por Rivadavia, Callao y Entre Ríos, ya completamente cortadas. La policía se limitaba a ver detrás de las vallas de la escalinata principal. Como para dar una señal de tranquilidad, la línea azul alternaba un hombre con una mujer. De poco sirvió: una veintena de policías que se aventuró a caminar frente al edificio recibió infinitas puteadas y un interminable canto de “asesinos”.
Cuando hubo masa crítica, se formó una columna que comenzó a bajar hacia la Plaza de Mayo. El disparador fue un gran grupo que llegó por Callao con decenas de banderas argentinas ondeando. Como en los anteriores cacerolazos, no se veía ni un cartel partidario.
La bronca por lo que muchos consideraron un confiscamiento de sus ahorros era evidente y vocal. En Cabildo, un señor bramaba reclamando un “uno a uno” para sus ahorros y pidiendo que no se abandonara la convertibilidad. Una señora asentía y exigía a los gritos que Carlos Menem “se vuelva de Chile y devuelva toda la guita que se afanó”. En Santa Fe y Coronel Díaz, una señora aprovechó la única cámara de televisión presente y se despachó con su discurso en inglés ante el asombro del periodista, que no se esperaba algo así. La mujer explicó que esta “Argentine middle class” está cansada de que la roben y de la corrupción.
El mismo tema apareció una y otra vez entre los muchos convocados en los muchos “piquetes” urbanos de los barrios. “Acá hacen cualquier cosa y nunca nadie va preso”, protestaba un señor airado. “No puede ser que sigamos así.” Una señora le daba la razón e interpretaba que el cacerolazo no era “sólo por el corralito, por la plata” sino por la falta de castigo “a la corrupción y el abuso de poder”. Una señora evidentemente alterada explicó en pocas palabras por qué estaba en la protesta: “Mi hijo se fue hoy a Miami. Se fue. Va a vivir en otro país porque acá no tiene nada”.
Pero fue Plaza de Mayo el escenario grande de la bronca. Casi con gentileza, los primeros centenares de manifestantes se llevaron por delante la primera barrera metálica, montada sobre la vereda de la plaza que da a la Casa Rosada, y la acostaron contra el piso. Así, los manifestantes quedaron cara a cara con la segunda barrera, a metros de la casa de gobierno, frente a una línea de policías de casco, escudo y garrote, esta vez sin mujeres. Por las laterales de la plaza desfilaba una caravana de autos tocando bocinas y golpeando metales. Llamaba la atención un paquete jeep Mercedes Benz anaranjado: el conductor de la 4x4 agitaba con entusiasmo un gigantesco cencerro de bronce. En la plaza, sonaban campanas navales, chapas, fuentes de cocina, tapitas de ollas, canastos plásticos de basura arrancados de alguna esquina. Todo el tiempo llegaba más y más gente, un muestrario de la clase media local que bajaba por avenida de Mayo: parejas jóvenes con bebés y chicos sorprendidos y adormilados, parejas gay, señores canosos en bermudas, chicas con banderas de poncho, fieritas con camisetas de los Dead Kennedys, madres setentistas con hijos adolescentes, chicas arregladísimas y con suecos de gruesas suelas, gentes de todas las edades con camisetas de fútbol y, en medio de todo y del brazo de su marido que batía la cacerola, una señora con pantalones de raso celestes y tacos aguja, caminando como podía a paso rápido.
Por la avenida ardían las primeras fogatas en las esquinas, con el olor a plástico de las bolsas y los tachos de basura públicos. No se veía un policía en ninguna parte: el centro de la ciudad estaba a merced de los manifestantes que seguían llegando. No había columnas, ni grupos, ni organización aparente. Eran parejas, dúos o tríos de amigos, algunas familias, hasta gente sola. Un solitario cartel sostenido por cuatro personas avisaba de la presencia de los vecinos de Almagro movilizados. Era la única “firma” de la noche.
Casi a la una, al cerrarse esta edición de Página/12, la clase media se miraba con cara de pocos amigos con la policía por encima del vallado. No había disturbios, ni violencia, ni siquiera muchas consignas. Apenas el monocorde, insistente batir de metal protestando el plan económico.

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Por toda la ciudad hubo focos de protesta y cortes de calle espontáneos. Después, como siempre, a la plaza.
 
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