EL PAíS › LA HISTORIA DE 50 DESAPARECIDOS EN TEMPERLEY

La memoria de la dictadura

 Por María Sol Wasylyk Fedyszak

“Todas las tardes, después de que llegaba de su trabajo, y aun jubilado salía a la puerta, arreglaba el jardín. Esa era su costumbre. En el atardecer del 21 de marzo del ’75 mi papá se dirigió a la puerta, como siempre, y pudo ver cuando llegaron varias personas en distintos autos, entraron en el baldío de la calle Santiago del Estero y Amenedo, y arrojaron las bombas que fragmentaron los cuerpos de aquellos que fueron secuestrados y muertos por la Triple A en la llamada Masacre de Pasco. A partir de ese momento, mi papá fue perseguido aún más. Venía a casa lastimado. Ellos simulaban que lo asaltaban en el colectivo.” Este es uno de los relatos que forman parte del primer libro de Patricia Rodríguez, Las ideas no se matan, que concentra cerca de 50 historias de militantes y referentes sociales y políticos desaparecidos que fueron protagonistas de la historia de Temperley, en el sur del conurbano bonaerense, durante el Proceso. Muchos de ellos perdieron la vida durante la Masacre de Pasco o fueron integrantes de la División Perdida del colegio ENAM.

Patricia es docente y hace cuatro años comenzó a recopilar testimonios de amigos y familiares de desaparecidos de su barrio. “Lomas de Zamora fue un distrito muy movilizado, con dinámica propia”, recuerda.

En el momento del golpe ella tenía 16 años y describe ese día con una imagen que parece sacada de la película La Noche de los Lápices: “La directora de la escuela decía que a partir de ese momento el cabello debía llevarse recogido y el largo de la pollera del uniforme no podía pasar de tantos centímetros”. A partir de ahí todo cambió.

En esta labor de reconstruir la Lomas de Zamora de los ’70, Patricia cuenta que entre los testimonios de los vecinos “se hablaba mucho de la solidaridad que existía entre todos, algo que hoy parece impensable. Con el tiempo esos valores evolucionaron hacia cuestiones políticas. Fue un proceso que quedó truncado por la dictadura. Por eso yo lo quería contar. La gente cuenta del fuerte entramado social que había en los barrios. Los Montoneros en el barrio San José tenían mucha aceptación entre los vecinos y en Lomas tuvo un gran arraigo también. Por eso llegaron a tildar a Lomas como ‘la roja’”. Pero la represión, sostiene, “terminó instalando contravalores, por eso hoy cuesta tanto organizarse”.

Entonces, “yo miro para atrás y veo una película en negro”, dice. Esa necesidad de escribir también surgió en el aula, junto a sus alumnos. “Cuando hablábamos de esta etapa de la historia los chicos la reconocían por lo que sus abuelos les habían contado o por lo que habían escuchado alguna vez.” Pero esta historia estaba incompleta. “A partir de los datos que tenían mis alumnos comencé a ir a esos lugares, a encontrarme con esa gente”, retrocede.

El primer relato recuerda a Norma Arrostito, que estaba viviendo en Banfield cuando la secuestraron. “El Ejército dice que la mató, sin embargo sobrevivientes de la ESMA afirmaron haberla visto allí. La torturaron pero no colaboró ni habló. La mantuvieron viva como un trofeo, la mataron cuando la consideraron irrecuperable.”

Mientras el libro tomaba forma, “la hermana de una detenida que estuvo en El Vesubio recibió una visita de Abuelas de Plaza de Mayo que venían a contarle que su hermana desaparecida estaba embarazada cuando la detuvieron y vinieron a pedirle el ADN de la familia”, explicó Patricia. Hasta ese entonces no se había enterado de que podía tener un sobrino.

Mientras ella golpeaba distintas puertas para abrirle paso a la historia, el dolor fue parte del camino.

“Cada uno enfrentó lo que pasó como pudo: había familias con necesidad de contar, otras se negaron. Algunos son como muertos en vida. Están en la oscuridad.” Encontró gente con su historia “taponada”. Ese fue el caso de la hija de un trabajador del ferrocarril diesel de Temperley “que desconocía la participación y el compromiso que tenía su papá. Hasta que yo encontré a un compañero de él que lo describió como una gran persona, solidaria y preocupada por la situación de los trabajadores. Entonces la hija recuperó al padre desde otro lado”.

El libro, con prólogo de Osvaldo Bayer, por ahora puede adquirirse escribiendo a [email protected]. El nombre surgió después de que la mujer de Norberto Julio Ramírez, un médico asesinado, le mostrara su foto. “En el lado de atrás de la imagen estaba la frase: Las ideas no se matan.”

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El libro de Patricia Rodríguez.
 
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