EL PAIS

Dos protagonistas con nuevos roles

Cristina hace cosas que no hacía Kirchner, y viceversa. Bergoglio, el ahorro de energía, un cambio de agenda. El rol de ex presidente, por él mismo. La interna de la CGT, la mirada oficial, las chances de Moyano. Gerardo Martínez, en la cima y en el fiasco. Apuntes sobre ideología y conflicto. Un vistazo a una notable iniciativa de Macri.

 Por Mario Wainfeld

En la segunda semana de su mandato Cristina Fernández de Kirchner innovó en varias situaciones relevantes respecto del presidente que la precedió: dialogó con el cardenal Jorge Bergoglio, asumió la necesidad de promover austeridad en el consumo de energía y habló ante un auditorio militar con firmeza pero también marcando diferencias con el estilo de Néstor Kirchner.

En simultáneo, el ex presidente sacó a la calle al café literario, se llevó el atril y su hiperquinesis. Intervino decisivamente en el entredicho con Estados Unidos mediante un encendido discurso (ver también nota aparte), se hizo notar en multitud de actos, la mayoría sindicales, y hasta se dio tiempo para participar en un homenaje a Diego Maradona.

La nueva etapa del kirchnerismo dibuja un boceto peculiar: la Presidenta va mostrando su modo propio de gestionar el legado que dejó Kirchner, éste le agrega política desde el llano.

Por un lado, hay señales de más diálogo, de voluntad de afinar la mira para encauzar las disfunciones del crecimiento brutal de estos años. Y la de definir las características visibles de la autoridad presidencial, todo un tópico en una democracia del siglo XXI.

Por el otro, Cristina cuenta con un dirigente político de primer nivel, dispuesto a hacer agenda y agitación todos los días. Ella no desempeñó ese rol desde 2003, se apartó del primer plano para posibilitar el despliegue de Kirchner. Ahora el esquema es distinto: si funciona bien, sumará. Los dos políticos saben que hay riesgos en esa jugada a más: el del poder bicéfalo o el de eclipsar la primacía de la Presidenta. Los han tabulado, suponen que podrán con ellos. Por lo que parece, el diseño que emergió en estos días será mucho más que un epifenómeno de una semana tórrida.

Abrir la puerta

La reconstitución del poder político, un objetivo que Kirchner persiguió tenazmente, exigió modificar las reglas no escritas acerca de la relación entre el presidente y los poderes fácticos. Kirchner alteró los códigos de trato en aras de mejorar la correlación de fuerzas y logró bastante. Decisores opacos, no votados por nadie, representantes de minorías o de pensamientos minoritarios, estaban habituados a marcarles el paso a los gobernantes de turno. Para revertir ese esquema, un objetivo inteligente y a su modo sofisticado, Kirchner apeló a medios sencillos, en especial el de exacerbar sus características personales. Una reunión con el presidente (algo que muchos empresarios, togados, embajadores VIP o uniformados conseguían con la mera molestia de levantar el teléfono) se transformó en una proeza.

Los poderes extrapolíticos no desaparecieron, más vale, pero se amansaron bastante, la jerarquía republicana se restauró en aceptable medida. Sobre ese piso trabaja Cristina Fernández, que arranca también subrayando su propia personalidad. Normalizar canales de comunicación de primer nivel con todos los sectores es una materia pendiente del kirchnerismo o quizás un nuevo estadio, a la medida de una nueva protagonista.

Claro que esos contertulios jamás se domestican del todo. El tono cortés del coloquio con Bergoglio no opaca la intransigencia tradicional de la cúpula de la Iglesia Católica y su escasa permeabilidad con una república pluralista. Sus demandas perennes son mantener los privilegios (muchos expresados en metálico) en materia de educación privada y conservar una injerencia avasallante en materia de temas de conciencia y libertades públicas. La mayoría de las exégesis ulteriores al encuentro ensalza la prudencia y la ponderación de la jerarquía, una conclusión admirable si se tiene en cuenta que ésta reprocha el cumplimiento de las leyes vigentes en materia de educación sexual, de salud reproductiva e insta a la supresión de la búsqueda de verdad y justicia en materia de derechos humanos. Y que, casi siempre, no trata de hacer valer sus puntos de vista a través de los mecanismos democráticos (que le son muy adversos) sino por vía del lobby.

Bien hizo la Presidenta en abrir su despacho y estrechar la mano del cardenal, un paso imprescindible en una relación de tracto sucesivo. Ahora deberá cuidarse de que no le tomen el brazo hasta el codo, incordio del que Kirchner se había aliviado de un modo eficaz aunque rústico.

Hágase la luz,
pero no tanto

La propuesta de un plan de austeridad en el consumo de energía era una necesidad que se difirió demasiado. Cuesta imaginar que tendrá gran impacto (las convocatorias a la contención no suelen calar mucho en la sociedad argentina, menos en tiempos de auge del consumo) pero el mensaje va en el rumbo correcto y corrige delicadamente la dejadez previa.

Mirada desde la lógica de Palacio, la movida de la Presidenta confirmaría una hipótesis previa que es el mayor margen que podría tener durante su gestión Daniel Cameron. El secretario de Energía tuvo disputas conocidas con su ministro Julio De Vido, en este tema entre otros. Más allá de esas comidillas, que habrá que corroborar andando camino con hechos más rotundos, lo real es que el máximo objetor a limitar el consumo energético o encarecerlo era el presidente en persona. Convencido de que el consumo es una variable central para la dinamización de la economía y para la recuperación de la autoestima de los sectores populares, Kirchner gerenció esa rama a todo o nada, sin admitir rectificaciones siquiera de detalle.

Ese imaginario no es refutado por la Presidenta. Pero ahora, quizá, le agregará sintonía fina. Quizá.

¿Mucho más que dos?

Alterada que fue la distribución de las sillas en la mesa chica, los funcionarios comienzan a registrar el nuevo escenario. “Tengo más posibilidades de conversar –repiten en calco tres integrantes high del gabinete–. Cristina escucha más y pregunta más. Y Néstor está cambiado, distendido, más coloquial.”

Cuando Kirchner aterrizó en la Casa Rosada, acuñó una frase que propalaba por doquier: “Llegamos de causalidad, somos un poco la Armada Brancaleone. Tuvimos suerte, la vamos a aprovechar, les vamos a romper el alma a todos”. No decía “alma”, más vale. “Todos” eran sus blancos favoritos entre 2003 y 2007: el noventismo, los organismos internacionales de crédito, la derecha vernácula.

Ahora, cuando conversa con sus ex compañeros de gestión y sus aliados, tiene otro slogan: “me encanta estar donde estoy, no se hacen una idea del lío que voy a armar”. Tampoco dice “lío”.

Hablando de lío

En 2008 se renueva la cúpula de la CGT, los aprontes comienzan a verse. Hugo Moyano va por la reelección, ni tiene la vaca atada ni está vencido. El actual secretario general se ganó a pulso su lugar: lo legitimaban su pelea contra el menemismo, sus logros reivindicativos, su capacidad de convocatoria y su “poder de calle”. En estos años hizo crecer el poder de su gremio y fue útil para garantizar la gobernabilidad que el Gobierno necesita tanto como el oxígeno. Su liderazgo en la CGT, aceptado a regañadientes por muchos otros dirigentes, sigue siendo cuestionado. El acto que realizó esta semana reflejó sus apoyos (los gremios del transporte, Smata, sectores de la alimentación), también espejó la ausencia de sindicatos grandes, muchos de ellos crecidos en la coyuntura.

La representación sindical, en una etapa en la que ha recuperado terreno y conquistas, es muy fragmentada. La CGT y la CTA no agotan para nada la nómina, a su interior proliferan las diferencias y las internas. Es un cuadro curioso, el crecimiento no ha generado unidad, más bien al revés. Excede las incumbencias de esta columna interpretar el fenómeno, ineludible para entender las acciones de todos los protagonistas.

El Gobierno, coinciden dos altos funcionarios de Trabajo y la Rosada, no se comprometerá a fondo en la interna cegetista. No es prescindencia pura pero sí una lectura pragmática: es imposible resolver desde afuera las pulseadas gremiales. La CGT es muy tributaria de la política estatal pero conserva zonas de autonomía y aun de recelo.

Lo que espera el oficialismo, lo que sigue necesitando, es un liderazgo que canalice el conflicto, incitando al unísono a la mejora sectorial. Para conseguir eso, los opositores a Moyano (los “gordos”, el metalúrgico Antonio Caló, Gerardo Martínez) deben acopiar suficiente masa crítica como para desplazar al líder más reconocido, aunque no del todo consolidado. Podrán contar con la aprobación del Gobierno si consiguen un grado de representatividad amplio (y le dan un lugar a Moyano conteniéndolo, cláusula obvia escrita en tinta limón). Esto es, si construyen una opción a Moyano que “garantice” (valgan las comillas) lo que garantizó el líder camionero.

La puja es de final abierto. Si hay empate o algo así, coinciden funcionarios y analistas avezados, el local tiene ventaja deportiva. Si hay empate, gana Moyano.

Cascos amarillos

El titular de la Uocra, Gerardo Martínez, acumuló centimil, en formatos distintos, de la gloria a tribunales. Cristina Kirchner lo acompañó en un acto, recobrando en el discurso el tópico peronista de “la columna vertebral”. Honraba así una promesa otorgada en campaña: “Gerardo” había movilizado miles de trabajadores para los actos de la candidata. Los cascos amarillos en todo el territorio bonaerense reconfortaban a los Kirchner, no sólo por su aporte a la masividad sino también por entibiar su corazoncito desarrollista productivista. “Es uno de los contados sindicalistas que movilizan a sus laburantes y no a marginales o barras bravas”, computa uno de los principales candidatos del kirchnerismo en 2007, una lisonja que tiene su costado de autocrítica.

Reconocido y gratificado, Martínez produjo horas después una movilización que lo puso en primera plana de los medios electrónicos y le vale una citación judicial. El motivo de la protesta era sobradamente válido: cuatro trabajadores de la construcción murieron en accidentes de trabajo, en el área metropolitana, en cuestión de días.

Consecuencia notoria de la desaprensión empresaria, los accidentes laborales son una muestra cruel de la explotación que, como tantas otras, se transforma fácilmente en parte del paisaje. Un psicoanalista francés, Christophe Dejours, tiene escrita una obra formidable, La banalización de la injusticia social, que describe y se abruma ante “el desarrollo de la tolerancia a la injusticia”. Dejours sistematiza cómo se naturalizan el padecimiento laboral y la injusticia, diluyendo hasta la consunción el asombro y (ni qué hablar) la ira y la movilización.

Martínez, que carga con una ominosa denuncia sobre corrupción en materia de seguridad laboral, tenía algo más que derecho a protestar por esa escalada de muertes evitables. Empezó bien, con una amplia e ilustrada campaña de difusión. Y quiso seguir con una megamovilización, treinta cortes de calles en toda la geografía de la Capital. La protesta puso en vilo la cotidianidad porteña, bajo un calor de panadería. Las derivaciones son de libro: la cólera de otros ciudadanos y el fastidio del Gobierno, desafiado por un número de piquetes que tal vez no tuvo ni siquiera en 2003, cuando el movimiento de desocupados dominaba la calle.

Pero lo peor, magnificado por la repercusión mediática, fue la absoluta pérdida de visibilidad del reclamo. A los diez minutos de empezar los cortes, nadie hablaba de su móvil, ni el mismo Martínez pudo hacerlo. Un dirigente que apela a la acción directa debe contar con una comprensión de la lógica de los sectores que pretende interpelar, sobre todo si los afecta la lesividad de sus jugadas. Terminadas las dos horas de calor urbano, las patronales desaprensivas y jamás concernidas por la movilización, ni se enteraron de lo que pasó.

La mayor responsabilidad de una acción necesaria y fallida, ya se dijo, concierne al dirigente social que manejó mal a su base. De cualquier modo, amerita una línea crítica la cobertura mediática, que, mayoritariamente y en aras de la preservación de la normalidad del tránsito (un hecho importante en cualquier metrópoli pero subalterno a valores como la vida), ninguneó su motivación. Como en el sonado caso de los tickets, la excitación informativa promedio se apacigua si de cuestionar patronales se trata.

De árboles y bosques

- La puja por la distribución del ingreso signará los años que vienen. La negociación colectiva, esencial restitución obrada por el oficialismo, será ardua. La paritaria nacional docente se añadirá al frondoso calendario. Se consagra una sentida reivindicación de los maestros, un paso necesario para jerarquizar la actividad. Se instala también una instancia de conflicto, que incluye la virtualidad de medidas de fuerza de alcance nacional. El progreso es dialéctico, todo pase de pantalla complejiza los problemas y los desafíos.

- Mauricio Macri formuló un anuncio que se las trae: una suerte de derecho de admisión en los hospitales. Un Martín pescador que relega a los provincianos. Quienes predican el fin de las ideologías estarían en un brete, si pensaran y tuvieran capacidad para revisar sus premisas. La propuesta de Macri es consistentemente de derecha, elitista, filodiscriminatoria, filoinconstitucional, demagógica de cara a las plateas y los palcos. Será interesante ver cómo reacciona la sociedad porteña que lo votó en tropel, seducida por un discurso vacuo, de gestión. En la cancha se ven (empiezan a perfilarse) los pingos, mención que en este caso alude a Macri y a los ciudadanos porteños.

- Las relaciones con las corporaciones, la necesidad de mantener y garantizar el crecimiento, la pugna por la distribución del ingreso, la lucha contra la desigualdad y la injusticia, la lucha ideológica son ítem centrales de una sociedad democrática. La crónica cotidiana se divierte más con otras noticias quizá por casualidad o por ligereza o por desviación profesional. Quizás.

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Imagen: Gustavo Mujica
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